Los niños enjaulados y la cantinera

Los niños enjaulados y la cantinera

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En política todos los signos, todas las señales y gestos cuentan. Más ahora que las redes vigilan con ojo crítico y reflectores cada movimiento de las personas públicas.

                Mucho se ha hablado y criticado acerca de la postura del presidente gringo de separar niños de sus familias en la frontera texana, de encerrarlos en jaulas, del trastorno psicológico que sufrirán de por vida esas familias y del incierto futuro que les espera.

                En contra de toda lógica, de la condición más simple de humanidad, el gobierno de Trump ha defendido esta salvaje iniciativa, con declaraciones brutales de que esa es la ley y no más.

                Toda la prensa, incluida la norteamericana, con excepción de Fox News, ha criticado esta postura y ha puesto la figura de Trump por los bajos suelos de la ignominia.

                Y eso es justamente lo que él quiere.

                Desde que anunció su candidatura a la presidencia por el conservador Partido Republicano, ha hecho declaraciones llenas de odio, de repudio y sarcasmo en contra de sus oponentes y de los más débiles del mundo.

                Y desde ese momento, ha sido el dominador de los medios y las redes.

Su megalomanía necesita que se hable de él, bueno y malo, y ese es su comportamiento.

Pega, habla pestes del otro, lo maltrata públicamente, lo amenaza, declara que concederá un gracioso acercamiento, el discurso cambia, crea expectativas, ve con buenos ojos lo que antes había golpeado, hace los acercamientos y concede el perdón.

Es un comportamiento zigzagueante que le ha dado lo que quiere. Estar en boca de todo el mundo, literalmente y provocar el miedo que tal vez confunda con el respeto y la admiración.

Acabamos de ver este procedimiento con el líder norcoreano. Lo vimos con Peña, con sus colaboradores más cercanos y más recientemente con los niños latinoamericanos separados de sus familias, entre otros muchos ejemplos.

No creo que sea errática esta actitud. Amenaza con un decreto para separar legalmente a las familias, deja que el mundo cacaree, espera agazapado detrás de la indignación, calcula y de repente, como el Mesías, dispone el perdón.

Sabe cómo mangonear medios, redes, conciencias, personas.

Cada paso es premeditado y todo lo vuelca hacia sus votantes que sufren de ansiedad racial ante la inminente proliferación de latinos, negros, asiáticos y todo lo que no sea ni se parezca a eso conocido como “wasp”.

White, anglo, saxon and protestant. Blancos, ingleses, sajones y protestantes.

Sin duda, Trump ganó gracias al voto del miedo, del racismo y del odio. Y por supuesto que ese voto ganador fue concebido, amamantado, crecido y enfermamente cuidado por él y su mórbido discurso.

Una vez creado este escenario, firma un decreto que prohíbe apartar a los niños de sus padres a partir del pasado jueves. Sin embargo, la política de tolerancia cero y las detenciones de los migrantes se mantienen.

A partir de ahora, los menores serán retenidos junto a los adultos. Los 2,300 infantes que han sido raptados y separados aún no serán reunidos con sus familiares. Y ese comportamiento es el que ha seguido desde que tiene el poder: te ofrezco la mano y te doy la mugre de las uñas.

Estas políticas inhumanas, perversas, tal vez logren el objetivo de parar la migración hacia Estados Unidos. Aunque no sean la solución, la masa ignorante y racista está encantada con aquel a quien considera su Sheriff.

Figura ampliada, magnificada por los medios: el justiciero macho, blanco, alto, poderoso, que no tiene prejuicios ni moral con tal de defender su caballo, su pistola y su vida.

Y en esas mismas historias de cine y televisión que ya llevan setenta años machacando la conciencia nacional -la de ellos y la de las clases poderosas de América Latina- se conforma la figura de la mujer casi invisible para esa narrativa del hombre solo, inconquistable y nómada a caballo.

Esa mujer que ha sido confinadaa las cantinas y a las apartadas granjas, esclava minimizada por la brutal imagen del vaquero armado hasta los dientes, hoy juega otro papel más acorde con los tiempos convulsos.

Ahí tenemos el ejemplo de la vida nada ejemplar de la Melanie Trump, enjaulada en oro, mansa, sierva, obediente que juega a la invisibilidad por ser la primera dama del peligroso cowboy.

Mujer rudimentaria que para ir a ver a los niños encerrados en la frontera texana se puso un abrigo verde militar que decía en toda la espalda y en letras mayúsculas “I REALLY DON´T CARE, DO U”?

Un abrigo de la colección 2016 de la marca Zara, que costó 39 dólares.

¿En qué demonios estaría pensando Melanie? ¿Una ex modelo, con una conciencia clara de su propia imagen y para quien la moda no es un accidente?

No hay sorpresa. Este Sheriff no podría tener otro tipo de mujer más que la glamorosa cantinera del pueblo.

Hablando sin falsos feminismos.

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