Mario y su circunstancia

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Mario y su circunstancia

De los tres fiscales antidrogas que persiguieron a Mario Villanueva por órdenes políticas del entonces presidente priista de la República, Ernesto Zedillo, dos fueron carne de presidio: Mariano Herrán Salvatti y Noé Ramírez Mandujano.

El primero, ya finado, fue jefe de la siniestra Fiscalía antidrogas, convertida luego en Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada, la SIEDO -hoy SEIDO-, y tuvo como colaborador al también ya finado José Luis Santiago Vasconcelos -carne de avionazo, caído con el entonces secretario calderonista de Gobernación, el panista Juan Camilo Mouriño, al precipitarse a tierra el avión en que viajaban, porque era piloteado por pilotos egresados de escuelas de aviación ‘patito’, que es como se hacen las cosas del poder político en México-, quien no llegó a ser también carne de presidio, Santiago Vasconcelos, como su exjefe Herrán y su exsubordinado Ramírez Mandujano (Santiago Vasconcelos fue sucesor de Herrán, y Ramírez Mandujano de Santiago Vasconcelos), justo porque antes de poder serlo fue carne de avionazo.

Tres delincuentes consumados, pues; cómplices de bandas criminales, como las de los grandes jefes del ‘narco’, el Chapo Guzmán y Arturo Beltrán Leyva -también finado-, quien falló, este último, en una emboscada para matar a Santiago Vasconcelos por traicionar su sociedad con él, con Beltrán Leyva, asociado con el Chapo, para atrapar, como ocurrió, al Mochomo –Humberto-, hermano menor de Arturo Beltrán.

La DEA quería a Santiago Vasconcelos y a Ramírez Mandujano para procesarlos en Estados Unidos –y acaso convertirlos en testigos protegidos- y hacerlos hablar sobre la relación del Gobierno mexicano y las mafias más poderosas del ‘narco’, pero el Gobierno federal panista de Felipe Calderón los encubrió: a Santiago Vasconcelos lo hizo de inmediato asesor presidencial en asuntos de crimen organizado –luego se lo turnó a su entrañable amigo Juan Camilo, para que a través de él y de sus inmejorables contactos se informara y operara las relaciones que hubiese que entablar con el ‘narco’- y a Ramírez Mandujano lo envió de representante mexicano a la oficina antidrogas de la ONU en Viena.

El procurador general de la República de entonces, Eduardo Medina Mora, se inventó luego, como se sabe, una llamada ‘Operación limpieza’, y puso tras las rejas a Ramírez Mandujano –como hubiera hecho con Santiago Vasconcelos- y a decenas de agentes del Ministerio Público Federal adscritos a la SIEDO, del mismo modo que a funcionarios policiales de la Interpol de México coludidos con el crimen organizado, e integró unas averiguaciones previas muy a modo y sólo para que sus procesados consentidos, al tiempo que se le escamoteaban a la DEA, fueran liberados a la postre por la debilidad de las consignaciones penales, lo que ocurrió ya en la Presidencia priista de Enrique Peña Nieto, quien premió e inmunizó a Medina Mora con nada menos que un puesto de ministro en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, con las aprobaciones del PAN y del PRD, aliados parlamentarios del PRI.

(En la lógica básica no podría caber que un procurador que no sabe integrar un expediente penal, y todos sus imputados por los más graves delitos salen libres –y no uno ni dos, sino decenas de ellos, acusados de criminales, además, por el principal organismo antidrogas del mundo-, sea llamado más tarde a formar parte del primer cuerpo de decisiones del tribunal constitucional del país.

En una nación civilizada y donde las mafias del poder político y del crimen organizado no son caras de la misma moneda del Estado de Derecho, sería inconcebible que un fiscal incompetente durante un mandato de Gobierno, fuese convertido, en el siguiente, en uno de los jefes principales de la Suprema Corte de Justicia justo cuando el Gobierno que lo premia ha exonerado de toda culpa y pedido perdón a los criminales que el ahora ministro consignó.)

De modo que si Medina Mora, Herrán Salvatti, Santiago Vasconcelos, Ramírez Mandujano, Mouriño, Calderón, y Peña, no eran amigos del ‘narco’, entonces -como diría el mejor periodista que ha habido en este país, Manuel Buendía- “un pato ha dejado de parecerse a otro pato”.

José Luis Santiago Vasconcelos engañó a Mario Villanueva en la víspera de su extradición a los Estados Unidos. Le ofreció su intermediación al exgobernador a cambio de su silencio.

“No hablen de él, si es posible”, nos dijo luego de la publicación de un texto en el que se hacía referencia a Santiago Vasconcelos en términos similares a los que referimos ahora. “Estamos hablando, y eso no me favorece”, dijo, a través de una línea telefónica intervenida por la PGR.

Pero de Santiago Vasconcelos no debía fiarse nadie –aunque, en su circunstancia, el exgobernador tampoco tenía para dónde hacerse: Había ganado el juicio contra los mayores cargos en su contra, los relativos al narcotráfico, y la PGR había apelado a un juez federal a modo para revocar el amparo que lo exoneraba de toda culpa, y por cuya sentencia –fulminante, además: unos cuantos días para revisar un expediente de miles de páginas- Villanueva fue reaprehendido apenas en la puerta de salida del penal de Almoloya para enfrentar el juicio de extradición: Washington lo reclamaba y México no había probado los cargos en su contra que sólo pudo imponerle a partir de una sentencia judicial improvisada, frívola y absurda que, en contra del Derecho Internacional, sirvió de base para la sentencia estadounidense por los mismos delitos (los relativos a narcotráfico; en el caso de lavado de dinero, Villanueva aceptó las acusaciones en la Corte neoyorquina, que pagó puntualmente allá, como los había pagado acá).

José Luis Santiago Vasconcelos –de las mismas hechuras de Mariano Herrán Salvatti y Noé Ramírez Mandujano- era un criminal consumado y un traidor. Tuvo suerte de que su exsocio Beltrán Leyva no lo matara justamente por eso, por traicionar su sociedad del crimen, aunque sólo para matarse en aquel accidente aéreo estúpido de los pilotos ‘patito’ que eran los responsables de primera línea de trasladar por aire al secretario calderonista de Gobernación, quien por esa calidad de hacer Gobierno pereció con su asesor de lujo: el también socio del Chapo, José Luis Santiago Vasconcelos.

El diputado local, Carlos Mario Villanueva Tenorio, hijo de Mario Villanueva, pide a los seguidores del exgobernador que no hagan manifestaciones públicas elocuentes en su favor ahora que la Justicia mexicana lo ha regresado a su ciudad natal.

Se le ha traído por una razón humanitaria y no por otra causa, ha dicho. Y es probable que así sea, pero, también, que se haya condicionado su traslado a su silencio y a su inmovilidad política.

Villanueva sigue siendo influyente y popular, y son tiempos electorales.

Pero el exgobernador sirvió en alguna medida a la causa de López Obrador, cuando en la cárcel entabló relación con Gustavo Ponce, aquel que fuera jefe administrativo del Gobierno lópezobradorista de la Ciudad de México y al que pescaron y vídeograbaron jugándose el erario en el Bellagio, de Las Vegas, y al que además de cesar de inmediato de su cargo se le envió a pagar sus culpas tras las rejas.

Gustavo Ponce fue presionado por abogados y emisarios de Fox, a cambio de beneficios penales, para que vinculara al entonces jefe de Gobierno de la Ciudad de México con los delitos que la Presidencia foxista quería fincarle para convertirlo en criminal, y cerrarle, por la vía de las trampas judiciales, el camino por el que finalmente pudo ascender, entre otras cosas gracias a esas marrullerías presidenciales ridículas, que en lugar de cerrarle la puerta le hicieron el favor de incrementar su popularidad con el descrédito proporcional de sus acusadores, como sigue ocurriendo ahora mismo cada vez que unos y otros, viejos y nuevos de la misma o peor calaña, insisten en campañas de desprestigio similares que no terminan de entender por qué se les convierten en sonoros y destructivos boomerangs.

Gustavo Ponce puso en conocimiento de Villanueva tales maniobras del panismo presidencial, y Villanueva decidió certificarlas y hacer llegar su testimonio, en su momento, a López Obrador, con el añadido fundamental de que Ponce nunca había cedido a los chantajes foxistas a pesar del escarnio padecido, como haría saber Mario Villanueva en entrevista con Ciro Gómez Leyva.

Y a partir de ese pasaje testimonial, es seguro que al exgobernador quintanarroense le vaya mucho mejor ahora, si López Obrador gana, como todo indica, la Presidencia de la República.

Pero en vía de mientras, también es muy seguro que su retorno a Chetumal y su silencio público estén condicionados políticamente, y que a eso se deba el argumento humanitario con que se quieren desalentar e impedir las posibles manifestaciones populares en favor del popular chetumaleño.

Villanueva tiene poder de movilización e influencia política innegable. Y, él, a pesar de sus precariedades de salud, ha estado muy activo en sus manifestaciones políticas desde la cárcel –por la vía epistolar y editorial, sobre todo-, luego de su extradición a México.

Son tiempos electorales decisivos. Y parece obvio que hay un acuerdo de inmovilidad política a cambio del beneficio de una mejor situación penal.

¿Con quiénes podrían haberse establecido esos acuerdos?: pues eso sólo lo saben sus actores, aunque si hay algo fácil de conjeturar y deducir en esta circunstancia, es tal cosa.

SM

estosdias@gmail.com

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