¿Más de lo mismo?

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¿Más de lo mismo?

Hace mucho que los Municipios del Estado -igual que el Estado- son administrados por depredadores investidos de gobernantes -gracias a instituciones electorales y de transparencia disfrazadas de autónomas sólo para permitir y legalizar ahora los atropellos de la corrupción de siempre-. Y, del gobernador Joaquín Hendricks Díaz para acá -con particular énfasis durante las gestiones de Félix González Canto y Roberto Borge Angulo-, el saqueo a los erarios y bienes estatales y municipales ha sido implacable y despiadado. La entidad y los Municipios turísticos más ricos y rentables del país -los del Caribe mexicano- fueron devastados en sus arcas y sus patrimonios inmobiliarios y territoriales. Mientras sus principales ciudades se desparramaban en el caos de la indigencia, la violencia, la insalubridad y la ingobernabilidad, sus recursos financieros menguaban, sus deudas se disparaban, y las quiebras fiscales crecían al ritmo de la demanda, el rezago, la falta de infraestructuras y servicios básicos, la saturación y la perversión urbanas, la degradación ambiental y la extrema descomposición social, al grado de que todo hacía ver, con la más nítida e incontrovertible objetividad, que era mejor no tener Gobiernos a padecerésos que había y que eran los más mortíferos enemigos del Estado y de sus Municipios, lo cual evidenciaba el peor de los contrasentidos históricos: En la era de la pluralidad y los equilibrios de la democracia anhelada, la institucionalidad electoral y anticorrupción -tan autónoma y tan ciudadana- legitimaba los peores engendros políticos y las mayores aberraciones hechas Gobiernos y representaciones populares.

En las pasadas elecciones de julio alumbrarían el cambio y la reconstrucción, y emergería un nuevo destino (por lo menos en las municipalidades). Pero quien haya atestiguado la dinámica del voto en las casillas como lo hicimos nosotros, habría advertido la carga de la emocionalidad milagrera irreprimible con que en mayor medida se ejercía el sufragio: el elector entraba y sufragaba en cuestión de segundos; preguntados algunos de ellos por esa rapidez, respondían que votaban por López Obrador y sólo cruzaban el logo del Morena en todas las papeletas, más allá de que conocieran o no a los candidatos a los Ayuntamientos y al Congreso de la Unión; y los antilopezobradoristas, claro, sólo marcaban todo lo contrario. Y ocurre que en lo que se refiere a las Comunas, lo que ha llegado no es mejor que lo que se ha ido, y que a los Municipios y las ciudades no les espera un mejor destino si no reciben ayuda de los niveles republicanos superiores a los municipales, por lo menos en la medida en que no tenga que seguirse diciendo que mejor no haya Gobierno si ha de seguir siendo el peor enemigo del interés público.

Sería de esperarse que en los Municipios y la entidad -como parece estar ocurriendo en el Senado y en la Cámara baja- las advertencias del presidente electo se hicieran mandato público cuando menos en materia de control presupuestario, y castigo severo contra la malversación y el dispendio, de modo que si las gestiones políticas y administrativas siguen siendo mediocres y anodinas, por lo menos no sean tan criminales, tan rapaces y tan enemigas de los gobernados (aunque las notas de la víspera en Cancún, Playa del Carmen y Chetumal no auguran buenas noticias).

Y, por cierto, entre el chismorreo en el vecindario del Facebook sobre la propuesta de la alcaldesa entrante de Benito Juárez, Mara Lezama, de cambiarle el nombre de Benito Juárez al Municipio que gobernará y ponerle el de su cabecera, Cancún, porque es de más ‘caché’ turístico (lo que no habrá de proceder, entre otras cosas porque su expatrón y jefe político, el empresario Gastón Alegre, del que era locutora -cual único mérito profesional y de liderazgo; ¿pues qué no hay más que eso para postular como alternativa en el Municipio más poblado de la entidad?-, ya la regañó, y de muy feo modo); en ese fuego cruzado de tal verdulerismo, decimos, lo que acaso no estaría de más considerar sería el cambio de nombre del Municipio de Solidaridad. Porque es ofensivo en su origen, y en el andar generacional tiende a olvidarse o a confundirse. No es una invocación de ese supremo sentimiento humanitario de hermandad y fraternidad. Se le puso el nombre de Solidaridad del mismo modo en que muchos políticos -con algún grado de poder y al viejo estilo del arribismo clientelar de las tradiciones autoritarias del culto a la personalidad- han humillado a numerosas comunidades y pueblos con nomenclaturas que nombran sujetos o acciones condenables por las mayorías pero de utilidad eventual para ellos, los corifeos de temporada, a modo de quedar bien con esos tipos nombrados o con los autores de esas acciones ‘inmortalizadas’ (Colonia Luis Echeverría, Avenida José López Portillo, Sindicato Joaquín Hendricks, Escuela Jongitud Barrios, Ejido Plan Sexenal, etcétera). Y así, el presidente que más enriqueció a la oligarquía de su entorno personal de socios y familiares en la historia de México entregándole las más rentables empresas nacionales, Carlos Salinas de Gortari, fue ‘homenajeado’ con el Municipio de Solidaridad –igual que con asentamientos llamados del mismo modo-, porque Solidaridad se llamó el programa asistencialista con que pretendió encubrir, cual instrumento de propaganda populista, los despojos de su libertino neoliberalismo privatizador y predatorio, al que con todo cinismo y la mayor desvergüenza llamó ‘liberalismo social’, en una ‘amalgama ideológica’, dijeron sus propagandistas y aduladores, de juarismo y cardenismo. Nada menos. En tal sentido, Playa del Carmen sería un mejor nombre que Solidaridad, y playense un mejor gentilicio que el procedente de la infamia eternizadora del grotesco populismo salinista.

SM

estosdias@hotmail.com

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