Meade, hacia la candidatura presidencial

Meade, hacia la candidatura presidencial

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La semana pasada decíamos:

“En términos éticos, de bagaje académico e internacionalista, y de eficiencia profesional, es el mejor candidato presidencial no militante priista que podría postular el PRI para la sucesión del 2018.

Y, en términos de alianzas partidistas, también.

El primer factor tiene implicaciones decisivas en el segundo.

Ha operado en administraciones federales panistas y priistas, y no tiene el mínimo expediente negativo en su trayectoria pública y en los diversos encargos de la más estratégica responsabilidad que ha asumido.

Ha operado con pertinencia y discreción la política hacendaria del panismo y el priismo presidenciales, lo mismo que la Cancillería y los programas sociales. Y no ha sido mencionado en ninguno de los escándalos de corrupción y de las incontables condenas de opinión pública que han censurado la gestión de los jefes presidenciales de los que ha sido un colaborador decisivo.

Sin protagonismos mediáticos –y por supuesto con el auxilio de un leve y eventual repunte de los ingresos petroleros, del repliegue de las amenazas proteccionistas de Donald Trump, y de la confianza de los mercados financieros en él y en la estabilidad inversora-, es el actual gestor de las políticas de saneamiento del déficit fiscal y de recuperación monetaria. La correcta renegociación del TLC, sobria y sin sobresaltos, es obra suya: de su experiencia y su buena imagen financiera, y de su serenidad y buenos oficios diplomáticos.

Tiene, pues, un perfil de impecables relaciones políticas e inmejorables trayectoria pública y ética personal.

Y acaso su principal defecto sea ése: no expresa la catadura de poder de un líder de Estado fuerte, popular y decidido, a la medida de las soluciones necesarias para una nación devastada por regímenes partidistas como en los que él ha servido.

Pueden ser innegables sus méritos y la naturaleza de su personalidad para convocar adhesiones en el PRI y sus potenciales aliados electorales del PAN, el PRD, el Verde y las baratijas que se le sumen.

Es, además, el aspirante del peñismo más aventajado en las encuestas, y el menos corrupto y más competente de todos los demás aspirantes presidenciales priistas, panistas y perredistas.

Tiene un bajo perfil político y electoral, sin embargo, como decimos, aunque no más que el que tenía Ernesto Zedillo en las horas aciagas en que, para su mala suerte, Carlos Salinas lo eligió para sucederlo a él tras la muerte de Luis Donaldo Colosio.

Y, si a la historia nos remontamos, tan bajo y tan dócil perfil tenía Lázaro Cárdenas en su momento que Plutarco Elías Calles, el “Jefe Máximo”, que ponía a los presidentes de la República que le venían en gana, lo eligió por eso para que fuera el siguiente en la lista de sus títeres manipulables, y ya sabemos lo que Cárdenas hizo con el “Jefe Máximo” apenas asumió el poder.

Así que la sumisión a los jefes y el supuesto bajo perfil para el liderazgo presidencial, son hipotéticos y misteriosos. Cárdenas echó del país a Calles con rigor aunque con buenos modos, y Salinas se fue por cuenta propia aunque con el temor de que Zedillo -que había llegado al supremo poder del Estado por accidente y ‘por la puerta de atrás’, un burócrata improvisado como líder político que de pronto se sintió presidente de la República, diría Salinas más o menos-, envalentonado y con toda la fuerza del poder nacional en las manos, lo persiguiera política y penalmente por haberlo acusado de tonto y de culpable en el amanecer navideño de la funesta crisis del ‘error de diciembre’.

Lo más probable por ahora es que Meade no sea candidato presidencial ni presidente de la República.

No será fácil que Peña impulse o imponga por él y para él la reforma estatutaria que permita meterlo como precandidato priista, y que pueda hacerlo, además, sin que una alud de inconformidades por el debilitamiento de su partido termine por aplastarlo en la peor hora de su destino. Pero también si no puede controlar al PRI en la Asamblea Nacional que se avecina, su porvenir electoral y el del tricolor serán peores de lo imaginable.

Por sus cualidades éticas, acaso José Antonio Meade tampoco sería el mandatario federal de su partido y de los posibles asociados que más le conviniera a Peña para limpiar sus cochineros y cuidar sus intereses; ¿qué tal si en una de ésas saliera más firme que Zedillo, pero menos arbitrario y más justo, estadista e institucional que él?

Lo más probable, por supuesto, es que ni se reformen los estatutos priistas, ni gane la precandidatura ni menos que sea el próximo jefe de la nación. Pero de que sería el mejor candidato de un PRI aliancista, lo sería, sin duda alguna”.

Eso decíamos.

Pues bien: corregimos.

Meade puede ser ahora candidato presidencial del PRI con todas las de la ley. De hecho está en camino de serlo.

Y podría ser un candidato exitoso liderando una alianza con el PAN y aun con el PRD, puesto que este partido no tendría tampoco un mejor candidato aliancista para oponer contra el Morena y López Obrador (el jefe de Gobierno capitalino no sería aceptado ni en el PAN ni en el PRI), cuyo handicap esencial, como en la pasadas elecciones locales del Estado de México, es la desafección del perredismo, entre cuyas filas parece tener ahora más fobias que filias.

El presidente Peña ha logrado desatorar la cláusula estatutaria que impedía la postulación de candidaturas no emanadas de la militancia. Dentro de la agenda de la XXII Asamblea Nacional Ordinaria del PRI, la Mesa de Estatutos, que fue instalada en Campeche, determinó eliminar el candado respectivo para que los simples simpatizantes y no militantes de ese partido, con capacidad de liderazgo y representación electoral, pudieran contender como candidatos externos en los comicios venideros, por puestos de elección popular como el de la Presidencia de la República.

De modo que sí: Meade puede ser ahora el candidato de Peña a sucederlo en el poder presidencial y puede ser el mejor candidato del presidente, su partido y sus aliados actuales y potenciales contra el Morena y López Obrador.

Sería un buen candidato del peñismo. Pero, como candidato y con las distancias éticas que a leguas lo separan de Peña –como las que separaban a Donaldo Colosio del entonces presidente Carlos Salinas-, ¿no empezaría Meade, como Colosio en su campaña presidencial, a poner terreno de por medio en su campaña para destintarse el betún y sacudirse la peste de la mala imagen de su actual jefe como recurso estratégico para fortalecer su candidatura y sus posibilidades de arribo a Los Pinos? ¿No adoptaría la sumisión cardenista –respecto de Calles- para ganar la confianza y la postulación partidaria, para luego (al fin y al cabo que ni siquiera priista es, y es bastante menos tricolor y tiene mucho menos compromisos militantes que el mismísimo Ernesto Zedillo cuando fue nominado por Salinas como el candidato más a modo para sucederlo) deshacerse de los priistas, y sobre todo del más nocivo de todos ellos, su actual jefe, el presidente Peña, quien pudiera estar pensando que Meade sería el mejor candidato contra López Obrador y para cuidar su turbia y delictiva herencia presidencial y sus vastos intereses personales –lo cual en el primer caso sin duda sería cierto, pero quizá no tanto en el segundo, donde podría ser todo lo contrario-?

SM

estosdias@gmail.com

 

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