“¡México, México, ra ra rá!”

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El 5 de mayo de 1862, en Puebla, las armas nacionales se cubrieron de gloria contra el mejor ejército del mundo. El 17 de junio de 2018, en Moscú, los botines nacionales se cubrieron de gloria ante el mejor equipo nacional de fútbol del mundo.

Hoy día, la mayoría de los mexicanos no saben quién diablos fue el general Ignacio Zaragoza (México es uno de los países más iletrados del orbe), pero sabe quién es el colombiano Juan Carlos Osorio, convertido de un día para otro –o de un gol a otro- en héroe nacional de México.

El nacionalismo futbolero mexicano está uncido al fanatismo milagrero guadalupano.

Si a Juan Carlos Osorio se le permitiera postularse hoy mismo para las elecciones presidenciales y éstas fueran antes del próximo partido del equipo nacional mexicano en el presente Mundial de Fútbol en Rusia, acaso le ganaría a López Obrador con los votos sumados de todos los electores de la oposición al Morena, e, incluso, con los del fuero interno de muchos lópezobradoristas y de la mayoría de los abstencionistas y apartidistas.

El 5 de mayo de 1862, México sólo le ganó a los franceses dos o tres batallas, como la de Puebla. La guerra la ganó, porque Napoleón III (Luis Bonaparte o Luis XVIII) optó por retirar sus tropas ante las advertencias de Estados Unidos de aplastarlas luego del triunfal unionismo expansionista del imperio americano naciente tras la Guerra de Secesión ganada por los federalistas del Norte a los confederados del Sur, a cuyas fronteras había llegado la campaña intervencionista francesa y a cuyas fronteras había llegado también a confrontarla el poder político y bélico de Washington.

Lo de menos, ahora, es si México pasa a una ronda clasificatoria, como nunca lo ha hecho en su historia de ridículas exhibiciones futboleras mundialistas: México es ya un gran nacionalismo campeón, pase lo que pase.

Tal es la invencible tragedia educativa y crítica mexicana: basta una victoria para coronar el espíritu nacional por encima de todos sus incontables fracasos históricos, ésos que tienen al país postrado en la ruina crítica y moral desde hace dos siglos.

Hoy día, creo yo, el Real Madrid puede ganarle por goleada a la mejor Selección Nacional de Fútbol del mundo entero.

Los nacionalismos y el enajenante facilismo de la patada, son piltrafas culturales.

Tendría que imponerse el concepto de Patria, ése que condensa lo mejor del espíritu de un pueblo, lo que más lo significa y debe amarse: sus valores reales de autogestión y soberanía, sus principios humanísticos y solidarios, sus herencias estéticas y culturales más universales, sus fundamentos éticos, sus virtudes de superación y trascendencia, su fuerza cognitiva y competitiva, sus luchas por la justicia y la verdad, entre otros.

Hoy ha ganado el nacionalismo ramplón de los peñistas, los anayistas, los cetemistas, los narcos, los verdes, los corruptos y los depredadores. Pero la patria, con ellos, seguirá de bruces, sea campeón del mundo o no, el equipo nacional, y, porque, además, en dicho equipo nacional no juega un solo futbolista que cotice en el mercado mundial de ese espectáculo deportivo, ni siquiera cerca del peor de los seleccionados alemanes, lo que quiere decir que los Mundiales de balompié ya están tan devaluados como los nacionalismos globales no asociados al fascismo sectario y faccioso (que ahora resurge en las potencias democráticas con la fuerza de los masivos éxodos migratorios procedentes del terrorismo y la miseria de las excolonias imperiales que las alcanzan).

SM

estosdias@gmail.com

 

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