“México y su España imaginaria”, ensayo del historiador chetumaleño Héctor Aguilar Camín

“México y su España imaginaria”, ensayo del historiador chetumaleño Héctor Aguilar Camín

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“En 1993, para un congreso de historia y literatura celebrado en Almería escribí el texto que sigue: ‘México y su España imaginaria’. Lo recobro de mis archivos ahora que el Gobierno de México exige a la corona española que pida perdón por sus agravios a los ‘pueblos originarios’. La respuesta del Gobierno español ha sido que miremos hacia el futuro, no hacia atrás. Yo he tratado en este texto de mirar hacia atrás para tratar de entender algunas de las cosas que nos impiden, hace tanto tiempo, mirar verdaderamente hacia adelante. Los mexicanos tenemos un litigio viejo, no resuelto, con España. Nuestro litigio no es, en sentido estricto, con España, con la España histórica, habitante de la Península Ibérica, sino con una España en gran medida imaginaria, que es el fruto de nuestra historia y de nuestras propias necesidades de fundación nacional. Así como la unidad española se consolidó mediante la exclusión de todo lo que no fuera católico, la nacionalidad mexicana se afirmó durante el siglo XIX a partir de la negación de su legado hispánico. México condenó su historia colonial, nada menos que trescientos años de existencia de la Nueva España, y vio, como un destino más deseable, el ejemplo de los países emergentes del mundo anglosajón, precisamente aquellos cuya prosperidad alimentaba la decadencia del imperio español.

La mayor paradoja de este desencuentro es que quienes sembraron en la Nueva España el rechazo al mundo hispánico fueron precisamente los hijos de los españoles que establecieron el orden colonial, los criollos novohispanos, que resintieron su condición de súbditos de segunda y optaron por proclamarse orgullosa, resentida y excluyentemente americanos. Nadie encarna mejor ese desgarramiento familiar que el propio padre de la Independencia mexicana, Miguel Hidalgo, un cura criollo, proclive a la innovación técnica y a las libres costumbres, que aparece de pronto, llevado por el fuego de su pasión familiar, al frente de los contingentes mestizos, indígenas y mulatos dispuestos a vengar sus afrentas sociales. No hay grito más terrible en la historia de Hidalgo que su consigna, en un momento difícil de la campaña: ‘Estamos perdidos. Vamos a coger gachupines’. La paradoja se completa con el hecho de que fue precisamente en ese pasado negado de la Nueva España donde se verificó el tránsito histórico de mayor envergadura para el México de hoy, nada menos que la aparición del pueblo o la población que propiamente hemos de llamar mexicano o mexicana, y que no es, en su origen, sino el fruto de la mezcla racial y cultural verificada en la Colonia. La de los criollos novohispanos es la historia de un resentimiento y la hazaña cultural de la fundación de una nueva sensibilidad nacional. Para afirmarse ante los españoles peninsulares, los criollos crearon, en el lento curso de los siglos, algunos de los motivos simbólicos más persistentes de la nacionalidad mexicana.

Los criollos propagaron la noción de la superioridad americana frente a los vicios de la metrópoli, afianzaron en la conciencia histórica de la República la noción de la Colonia como una época oscura, y eligieron como raíz de la nueva identidad americana a que aspiraban, justamente aquello que nada tenía que ver con ellos, aquello de lo que no descendían: el pasado indígena, que se cuidaron de separar de los indios de carne y hueso, a quienes siguieron tratando con naturalidad segregatoria. El triunfo de los liberales mexicanos en el siglo XIX prolongó la visión criolla del orbe colonial no como el origen de nuestra textura nacional, sino como la impedimenta del progreso, el lugar del oscurantismo religioso, los fueros medioevales, etcétera. Para las élites liberales triunfadoras, empeñadas en alcanzar la modernidad política y económica, el pasado a superar fue la herencia feudal hispánica. De espaldas a España durante el siglo XIX, como consecuencia lógica de su independencia, alcanzada en 1821, la incipiente nación mexicana dio la espalda también a la zona mayor de su propio pasado, la Nueva España, el molde donde había nacido y madurado. Se definió así una continuidad entre el rechazo criollo al legado español y el espíritu antihispánico de los liberales mexicanos, continuidad acentuada por el hecho de que la lucha de los liberales se libró en gran parte para limitar los poderes terrenales de la Iglesia católica, una de las mayores herencias novohispanas”.

Santiago J. Santamaría Gurtubay

La política triunfante en el siglo XIX mexicano fue liberal, en tanto enemiga del conservadurismo hispánico, y laica, en tanto opuesta a la herencia católica novohispana, que era, sin embargo, más allá de los excesos del clero, el subsuelo espiritual de la mayoría de la población. La Revolución Mexicana de 1910 trajo consigo la aparición de la extraordinaria diversidad social, étnica y cultural del país. A consecuencia de su catártica diversidad, un instinto de la Revolución fue reconocer la pluralidad de México y abrirle sus puertas a todos los pasados y a todos los presentes del país. Las décadas postrevolucionarias trajeron una considerable ampliación del imaginario nacionalista de México, una nueva reconciliación con el pasado indígena, una incorporación del siglo XIX no como la zona de anarquía que fue, sino como el antecedente formativo del país que habría de expresarse en la Revolución, y una reafirmación de la frontera norte como la línea número uno de resistencia nacional, ya que toda la Revolución transcurrió en medio de intervenciones, amagos y reclamaciones estadunidenses.

No obstante este refrendo nacionalista del ‘enemigo identificado’ en Estados Unidos, no hubo reconciliación nacional para la Nueva España, cuyo legado cultural habría sido el contrapeso más lógico ante la influencia de nuestra frontera norte. La visión derogatoria del patriotismo criollo siguió viva en el corazón del nuevo nacionalismo revolucionario.El primer reacercamiento de México y España en el siglo XX se dio con la España del exilio, la España republicana, perdedora de la guerra civil. Fue una diáspora riquísima, que fecundó como ninguna la cultura y la vida intelectual de México. Pero aquel reencuentro vivificante con la España del exilio, apartó a México, tanto en lo oficial como en lo real, de la España que ganó la guerra, la España franquista, que pronto ocupó nuevamente en nuestras cabezas el casillero derogatorio que la España peninsular había ocupado en la vindicación criolla. La España de la realidad franquista volvió a ser para el discurso público mexicano, con buenas razones, el reino del oscurantismo, la intolerancia, la sepultura del progreso.

Por esta convergencia desdichada de lo real y lo imaginario, nuestro litigio con España siguió vigente, más vigente que nunca. Los Gobiernos revolucionarios acendraron el discurso criollo de la riqueza prehispánica y la reivindicación indigenista. México fue más indigenista que nunca y su nacionalismo quedó definitivamente atado al orgullo prehispánico más que a cualquiera de sus otras herencias. Pero el México postrevolucionario no se indianizaba sino más bien lo contrario. Entre 1920 y 1980, la población mexicana se urbanizó y se castellanizó, devino una población abrumadoramente no indígena. A contrapelo de su discurso indigenista, la Revolución desindigenizó a la sociedad mexicana, creó una población menos indígena y más mestiza, hispanoparlante.

“A partir de los años ochenta, la realidad histórica de España desmintió los rasgos derogatorios de nuestra hispanidad imaginaria”

Pero ni esa realidad ostensible nos ha hecho volver a mirar nuestro pasado hispánico con ojos modernos, a la vez generosos y prácticos. De hecho, grandes historiadores y escritores que, a lo largo de los siglos, han reclamado esa herencia como propicia a nuestra construcción nacional, historiadores como Lucas Alamán o José Vasconcelos, han sido puestos, de un modo u otro, en el casillero del conservadurismo. La enseñanza en las escuelas públicas del país —que atienden al 85 por ciento de los educandos en México— ha sido guiada por estos contenidos nacionalistas. No obstante, así como la historia de la España franquista refrendó la imagen negra de nuestra España imaginaria, así también los ostensibles logros de la España democrática la volvieron una fuente de inspiración y reconocimiento. A partir de los años ochenta, la realidad histórica de España desmintió los rasgos derogatorios de nuestra hispanidad imaginaria. Echó por tierra incuso una idea tan arraigada como que nuestra herencia hispánica era la responsable parcial de nuestro atraso económico y nuestra incapacidad para la democracia. Lo que sucedió en España después de la muerte de Franco, probó justamente lo contrario, a saber: que la modernización económica y la democracia política eran posibles en el país cuyo legado supuestamente ayudaba a frenar la modernidad de nuestros países.

La historia reciente nos ha situado en el umbral de lo que puede ser un fértil dilema. Por un lado está el síndrome de la Nueva España que quiere decir desigualdad, improductividad, falta de democracia. Por el otro está el rostro deseable de la España nueva, que nos habla de prosperidad y democracia. El dilema no es tal. Hay muchas cosas que recoger de la Nueva España y muchas también que aprender de la España nueva. Para empezar, nosotros, los mexicanos y los hispanoamericanos, tenemos que reconciliarnos con nuestra raíz hispánica negada, porque en esa raíz hay la diversidad que necesitamos para vivir en nuestro tiempo.

“La gran experiencia iberoamericana hispanohablante empieza con las dominaciones griega y romana de la Península Ibérica”

Necesitamos no el aislamiento, sino la ampliación de nuestras fronteras mentales, hacia adelante y hacia atrás. Hacia adelante, asimilando creativamente la oleada de integración y contacto que, en todos los órdenes, gobierna nuestro mundo. Hacia atrás, aprendiendo a leer nuestra historia como parte de la historia del orbe hispánico, que a su vez no puede verse sino como parte de la historia de Occidente. El más grande error que se comete en la enseñanza de nuestra historia ha dicho Luis González, es igualar la historia de México, con la historia de lo sucedido en el territorio de lo que hoy llamamos México. La historia de México empieza mucho después que la historia de su actual territorio. Partes fundamentales de la historia de los mexicanos no sucedieron en el territorio que hoy es México, sino fuera de él, precisamente en España. Sólo por esta confusión, digamos, territorial, puede alguien creer que los mexicanos son más olmecas que musulmanes o más teotihuacanos que andaluces. Por esa confusión, añado yo, nos hemos privado absurdamente de enseñar nuestra historia como el cruce de culturas que es, dedicándole tanto tiempo a las civilizaciones indígenas, como a la civilización española. Nos hemos privado así de la posibilidad de abrir nuestras fronteras históricas, de entender más y ser más cosas, que las que dicta nuestro localismo historiográfico.

A la hora de las integraciones planetarias que nos propone el mundo, nuestra respuesta no puede ser el exclusivismo local —azteca, guaraní, cholo, chicano o catalán— sino la recuperación de la gran experiencia iberoamericana de la diversidad en la unidad que empieza con las dominaciones griega y romana de la Península Ibérica y termina, por ahora, con el hispanohablante indocumentado que busca su lugar en la economía norteamericana, se radica y se mezcla, pero al mismo tiempo resiste, como a lo largo de los siglos ha resistido la frontera cultural de Iberoamérica con los Estados Unidos, como si a lo largo de esa frontera siguieran peleando, en una lucha sin vencedor, las raíces culturales de un imperio muerto y las puertas abiertas al presente de un imperio vivo.

Durante 40 años Héctor Aguilar Camín no supo nada de su padre, pero en 1996 reapareció, lo recogió en estado casi de indigencia

“Nuestra modernidad de fin de siglo requiere salir de la negación anticolonial y asumir y reencontrar nuestra poderosa raíz hispánica, no en lo que tuvo de exclusivismo colonial, sino en lo que tiene de mezcla y diversidad fundidas en un producto único. Es una tarea digna de nuestro mejor esfuerzo tratar de recuperar a plenitud nuestro pasado, para enfrentar con mejores recursos nuestro presente y nuestro futuro. Y los mejores recursos para ello son los que hablan en nuestra historia del contacto, la mezcla y la asimilación, los recursos de la identidad mestiza y la fortaleza cultural de la matriz hispánica, una de las más poderosas de Occidente…”. Héctor Aguilar Camín (Chetumal, Quintana Roo, 9 de julio de 1946) es un periodista, novelista e historiador mexicano. Emma Camín García, su madre, nació en Cuba. Recuerda Aguilar Camín que un momento clave de su infancia fue cuando en 1955 pasó por Chetumal “el ciclón Jeanette y, mientras su casa se inundaba, su madre y su tía Luisa daban muestras de mucho coraje”. Cuenta también que ella, aunque no hizo estudios, leía mucho, especialmente novelas de amor: “A mi madre había dos cosas que le parecían lo mejor en el mundo: leer y estudiar”.Su muerte, en 1995, le provocó “una peligrosa y dramática falta de inspiración”.Sobre su padre, Héctor Aguilar Marrufo, dice: “Es la gran ausencia de mi vida. Era un fantasma y siguió siéndolo hasta que se fue de la casa cuando yo tenía 13 años. Durante 40 años no supe nada de él, pero en 1996 reapareció, lo recogí en estado casi de indigencia y desde entonces lo he sostenido”. Su abuelo fue el causante del desastre del progenitor de Aguilar Camín: “No tuvo miramientos para reventar la empresa de su propio vástago, a quien desconoció por el atrevimiento de hacerle la competencia. El quebranto de mi padre fue tal que jamás se recuperó, y cuatro años después abandonó a la familia”. Se trasladó a los nueve años a Ciudad de México con su madre y sus cuatro hermanos. Estudió en el Instituto Patria, un colegio jesuita, luego ingresó en Ciencias y Técnicas de la Comunicación de la Universidad Iberoamericana y se doctoró en Historia en el Colegio de México.

Aguilar Camín ha destacado en sus tres vertientes de periodista, escritor e historiador. En la primera, recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural.  Ha sido colaborador de diversos medios, como La Jornada (diario del que fue subdirector), Milenio, Unomasuno, La Cultura en México. Fue director de la revista Nexos entre 1983 y 1995, cargo que retomó a fines de 2008. Condujo el programa televisivo Zona Abierta y participó en Tercer Grado, ambos transmitidos por Televisa. Es fundador de Ediciones Cal y Arena (1988), la cual dirigió. Publicó su primer libro de ficción en 1983: la recopilación de cuentos “La decadencia del dragón”, la que tuvo una gran repercusión en la crítica y, dos años después, después de mantener en secreto otros borradores, sale su primera novela: “Morir en el golfo”, que sería llevada al cine con el mismo nombre en 1990 por Alejandro Pelayo. Esta novela, ambientada en el mundo de la producción petrolera, fue muy debatida y le valió la primera acusación nunca probada de escribir por encargo del poder. Daniel SalinasBasave escribe que “si alguien quiere profundizar en el auge petrolero de los 70 e impregnarse de la atmósfera que rodeó al sexenio de José López Portillo, leer “Morir en el golfo” es una opción más que recomendable. Una época huérfana de creaciones rescatables en todos los ámbitos artísticos, tiene una novela que la retrata a la perfección. Vaya, casi me atrevería a decir, guardando toda obvia proporción, que si “La región más transparente” de Carlos Fuentes es la novela que retrató la época de Miguel Alemán y el aburguesamiento de la Revolución, “Morir en el golfo” es la obra del lópezportillismo”. En 1985 apareció su segunda novela, “La guerra de Galio”, la más conocida por el público latinoamericano entre las que ha escrito. Desde entonces ha seguido publicando con regularidad libros de ficción, entre los que destacan su premiada novela “Un soplo en el río”.

Como historiador ha escrito principalmente sobre México y sus problemas. Participa en la vida política de México y ha sido miembro del Consejo de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (1990-1999). Aguilar Camín reconocía en 2009 su simpatía por el expresidente, pero rechazaba esa asociación: “Yo nunca tuve con Carlos Salinas una colaboración política ni una complicidad personal en términos de trabajar para él. Rechacé tres propuestas suyas de colaboración con su Gobierno, pero en el rumor periodístico y en el litigio político acabé siendo presentado como un asesor áulico de Salinas, como un colaborador secreto de sus más oscuras maquinaciones, como su amigo íntimo y confidente. Puras fantasías”. Más tarde, en 2011, incluso se enzarzó en una polémica pública con Salinas.Se ha expresado en contra de la gratuidad de la educación superior, a favor de la asociación de Pemex con empresas privadas y a favor de la Ley Televisa, una fallida iniciativa que pretendía incrementar significativamente los privilegios de las dos principales televisoras mexicanas y que fue declarada anticonstitucional por la Suprema Corte de Justicia. Alegando un atentado contra la libertad de expresión, fue opositor a la nueva ley electoral de 2007, que reduce el papel y los beneficios económicos de las televisoras en las campañas políticas.

Su serie de artículos publicada en los últimos tres meses de 2007 en la revista Nexos, titulada ‘Regreso a Acteal’ y en la que reconstruye la tragedia ocurrida en esa localidad de Chiapas en diciembre de 1997, desató un fuerte polémica y provocó críticas de parte de los zapatistas, incluida la del propio ‘Subcomandante Marcos’. En 2009 escribió, con Jorge Castañeda, “Un futuro para México”, artículo publicado en el número de noviembre de la revista Nexos en el que los autores plantean una serie de propuestas para fomentar el crecimiento del país en diversos rubros como el económico, educativo y social. Héctor Aguilar Camín es finalista del Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa.En 2017 fue distinguido con la medalla de Bellas Artes. Casado en dos ocasiones, es padre de tres hijos; su segunda esposa es la escritora Ángeles Mastretta.

La gran migración española a tierras americanas no se dio, como puede pensarse, durante la época colonial, sino en los siglos XIX y XX

La gran migración española a tierras americanas no se dio, como puede pensarse, durante la época colonial, sino en los siglos XIX y XX. Entre 1492 y 1821, pasaron a las posesiones de ultramar sólo 500 mil españoles. Entre 1880 y 1930, en cambio, zarparon de la península a “hacer la América”, 3.3 millones de españoles. La Guerra Civil expulsó a 30 mil exiliados, de los cuales 20 mil llegaron a México. Entre 1946 y 1959, la migración fue de 500 mil y de ahí en adelante, poco significativa.En el año del 500º aniversario de la llegada a suelo mexicano con poco más de medio millar de hombres de Hernán Cortés (Medellín, Badajoz, 1485-Castilleja de la Cuesta, Sevilla, 1547), resurge una pregunta: ¿Cómo conmemorar a un conquistador? El ministro de Cultura, José Guirao, explicó hace unos días, en un encuentro con la prensa sus planes de dialogar con las autoridades mexicanas para ello, dado que la figura del extremeño “no es muy simpática en México”? Luego vinieron las explicaciones prácticas: Guirao sostuvo que, cuando el PSOE llegó al Gobierno, no había ninguna partida prevista en los Presupuestos por el anterior Ejecutivo del PP. Cortés, como Colón en Estados Unidos recientemente, aún genera controversia. Jesús Bustamante, mexicanista del Instituto de Historia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, apunta que “el problema es reducir fenómenos complejos. Después de 1492, el momento decisivo es 1519, cuando se descubre en toda su dimensión a América, lo que obliga a crear una legislación e instituciones propias”. Bustamante, que ha trabajado con las crónicas en lengua náhualt de aquellos hechos, es uno de los historiadores que participa en la serie de conferencias que en torno a Cortés organiza en Madrid la Casa de América, un ciclo que comenzó el 16 de enero y finalizará el 6 de junio. En él, investigadores de distintos ámbitos analizan el impacto que tuvo en la cartografía, la navegación o la ciencia la conquista de México.

El historiador mexicano Alejandro Rosas reconoce que en su país se han centrado “en culpar de todos los males a los españoles”. La toma de ese territorio fue “de un tipo como las de Roma, porque cambió la población y la sociedad”, continúa Bustamante, que pone un toque de humor a la cuestión: “En México se dice que el país fue conquistado por los indígenas e independizado por los españoles”, para señalar que “había linajes descontentos con los gobernantes aztecas, a los que querían sustituir, por ello se aliaron con los españoles. Es imposible pensar que se pudo dominar a varios millones de personas con medio millar de soldados”. Por eso, Rosas, autor de ‘365 días para conocer la historia de México’, reconoce su “capacidad para hacer alianzas”.

El director de cine estadounidense, Steven Spielberg, va a rodar una serie para Netflix sobre Cortés, protagonizada por el español Javier Bardem

En esa línea de “complejidad de un momento crucial de un pasado compartido” se mueve el último número de la revista mensual Letras Libres, que dirige el historiador y escritor mexicano Enrique Krauze. Con el título de ‘El encuentro que cambió la historia’, esta publicación recoge, entre otros, un artículo del medievalista Guillermo Serés, director del Centro de Estudios de la América Colonial, de la Universidad Autónoma de Barcelona. Serés lo retrata “como un maestro del divide y vencerás”. “Los indios conquistadores” fueron más de 100,000 en la toma de Tenochtitlán en 1521, cuando se rindió el último emperador azteca, apunta, en otro texto el historiador Guilhem Olivier, del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Lo innegable es que el hombre que con 16 años se alistó en una expedición a La Española sigue atrayendo a historiadores, escritores y cineastas. Spielberg va a producir una serie sobre el personaje protagonizada por Javier Bardem. El novelista José Ángel Mañas (Historias del Kronen) acaba de publicar “Conquistadores de lo imposible” (Arzalia Ediciones), un recorrido por las vidas y hechos de protagonistas como Cortés, Pizarro, Almagro, Bartolomé de las Casas o Lope de Aguirre. “Cortés fue un gran diplomático renacentista, culto, poliédrico y maquiavélico. Es, para bien o para mal, posiblemente el español más influyente de la historia, me atrevo a decir que incluso por delante de Cervantes. Sin él, no se entiende la historia de América y, por lo tanto, del mundo. Es uno de esos personajes que cambia, con su conquista, el curso de la humanidad”. Mañas subraya que la conquista, “entre salvajadas, organizó un territorio muy vasto con pocos medios”.

Historiadores en México y en España apelan a “conmemorar lo que nos une y, sobre todo, a celebrar más el hecho que a la persona”

Hechos como la matanza de Cholula, al menos 3,000 indios asesinados, o su brutalidad como gobernador de la Nueva España, motivo por el que el Consejo de Indias, órgano asesor del rey, le despojó de su autoridad, proyectan la imagen de un hombre de armas despiadado. Carmen Sanz Ayán, de la Real Academia de la Historia, advierte contra “las relecturas de la historia fuera de su contexto, aplicando prejuicios contemporáneos”. Sanz, catedrática de Historia Moderna de la Universidad Complutense de Madrid, destaca de ese encuentro entre dos mundos, “el mestizaje y una globalización temprana”. Tanto Sanz como Bustamante coinciden en que la diatriba sobre la conquista americana se cebó en España en el siglo XIX. “La historia fue arma arrojadiza entre liberales y conservadores y la visión tenebrosa ha tenido continuidad en sectores del progresismo”, dice Sanz. “Cuando los países construyen su relato histórico, nos pilla en ese enfrentamiento y no se elaboró un relato común”, añade Bustamante, que para evitar que se levanten ampollas en México apela a “conmemorar lo que nos une y, sobre todo, a celebrar más el hecho que a la persona”.

Junto al ciclo de conferencias en la Casa de América, de Madrid, sobre Cortés, el Ministerio de Cultura ha informado a este diario de que, “en homenaje a un acontecimiento de trascendencia histórica”, se organizarán este año “actos con la sociedad civil y la administración mexicana en diversas ciudades de ese país y en Madrid”, así como “actividades académicas auspiciadas por la Embajada de España en México y el Centro Cultural de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo” en la capital mexicana. Para el historiador Alejandro Rosas, estos encuentros deberían servir “para entender los unos a los otros y cómo se ve la conquista en ambos países”. Finalmente, del 4 al 6 de abril, las ciudades extremeñas de Medelín y Trujillo acogerán el congreso internacional Hernán Cortés en el siglo XXI, organizado por la Fundación Academia Europea e Iberoamericana de Yuste, entre cuyos objetivos sobresale “desterrar la injustificada leyenda negra y el complejo histórico de culpa ligado a la colonización y conquista del Imperio Mexica”.

El doble relato de la historia de México y España, las contradicciones en las aulas sobre la conquista y el descubrimiento de América

Los mexicanos emplean una palabra, malinchista, que indica amor o preferencia por lo extranjero. Es de uso coloquial, de burla y chanza. Un malinchista es, por ejemplo, el niño que lleva a la escuela unas zapatillas de deporte nuevas y dice: “Mira qué chingonas, son americanas”. El hecho de estar fabricadas en Estados Unidos las convierte en mejores a sus ojos. Malinchista proviene de la Malinche, Malintzin, una de las indígenas que regalaron a Hernán Cortés cuando él y sus hombres llegaron al actual territorio de México en 1519. Fue el presente de un cacique: 20 mujeres que servirían de esclavas sexuales a un grupo de tipos barbudos que viajaban a lomos de bestias extrañas.La Malinche destacó porque sabía hablar náhuatl, el idioma de los aztecas. Fue un personaje destacado en las guerras de Cortés por hacerse con los nuevos territorios. Traducía y aconsejaba. La Malinche fue clave en las alianzas que estableció el extremeño con los pueblos locales, las tribus que luego le ayudarían a derrocar el imperio de los mexicas. Pese a ser uno de los personajes más destacados en la historia que comparten México y España, la Malinche apenas aparece en los libros de texto escolares.

Pablo, un niño mexicano de 11 años, duda si es una persona o una cosa. Alejandra, de nueve y Fernanda, de seis, lo ignoran. En España ni siquiera aparece. ¿Cómo se cuenta la conquista en España? ¿Y en México? ¿Y el descubrimiento de América? ¿Qué se dice aquí y allí de Cortés, Colón, Moctezuma? “Nos conquistaron”, ha dicho algún que otro alumno a Silvia Treviño, maestra de secundaria y preparatoria en México. A lo que ella responde: “¿Eres un indígena del siglo XVI para que te conquistaran?”. Gibrán Bautista, asociado al Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM, explica que “en México se da mucha más importancia a la idea de lo colonial, y a cómo se desenvolvió México en esa sucesión de acontecimientos [pueblos prehispánicos, descubrimiento, conquista, colonia].

En España, [se le da preferencia] al proceso de la monarquía, al descubrimiento y a las colonias como parte de esa monarquía. Es decir, una historia de la monarquía y no de las sociedades que le dieron sentido en su momento”. Rodrigo Escribano, investigador del Instituto Universitario de Investigación en Estudios Latinoamericanos, IELAT, con sede en la Universidad de Alcalá de Henares (Madrid), lo detalla así: “Los historiadores del siglo XIX y el franquismo construyen una historia colonial, que subraya el papel civilizatorio de la nación española (…) Es una visión eurocéntrica, de caracteres paternalistas, imperialistas, que no está tan interesada en inculcar en los niños un mínimo conocimiento de lo que fueron el descubrimiento y la conquista, sino en fortalecer el orgullo nacional”.

En México la Malinche es el chivo expiatorio, tiene mucho que ver con “El Laberinto de la Soledad”, de Octavio Paz y el término chingada”

Tras la Transición Española, el punto de vista cambió, según este especialista, “pero en vez de explicarlo como un proceso plural, es decir, un proceso en que no solo importan los elementos que venían de la península, sino las sociedades que existían en América, se ha practicado una política del olvido”. En México, profesores de primaria, secundaria y preparatoria cuentan que lo primero que se enseña en las escuelas es el descubrimiento de América, los viajes de Colón, el nombre de las carabelas… A secundaria llegan, a veces, con ideas viciadas. Ante la cuestión de por qué había españoles que querían ir a América, Diego Forteza, estudiante de secundaria de un instituto de Madrid, responde: “Sobre todo, porque allí podría haber esclavos que les vendrían bien”. El chico de 13 años, uno de los más brillantes de su clase, sabe que Hernán Cortés era un “explorador español”, pero dice que conquistó Brasil, Bogotá, Colombia… No sabe quién fue Moctezuma, el primer emperador mexicano que conoció a Cortés.

En México la Malinche es el “chivo expiatorio”, explica el profesor Xavier Aguirre, que da clase a alumnos de secundaria. Una mujer que regalan como esclava sexual y que luego “nos” traiciona porque ayuda a Cortés en la conquista. “En esta narrativa que nos han tratado de vender como la construcción del Estado Nación, ella es identificada como un personaje traidor. Es fácil hacerlo. Y tiene mucho que ver con el hecho de que sea mujer (…) Y creo que tiene mucho que ver con ‘El Laberinto de la Soledad’, de Octavio Paz y el término chingada”. Una de las pocas palabras de uso común en México que aluden a la conquista, además de malinchista, es chingar. Aunque tiene cantidad de significados dependiendo de su uso, uno, hijo de la chingada, alude directamente a la Malinche, la chingada, la violada por Cortés. Aguirre lo refiere con ironía: “Bueno, ¿cómo le explicamos a la gente que nosotros mismos [en referencia a los diferentes pueblos que poblaban el actual territorio de México] nos traicionamos? ¡Ah, no! No es que nosotros nos traicionamos, es que ella nos traicionó”.

Marx, Hendrix, Buñuel, Hernán Cortés… fogonazos de vidas ilustres y populares, el mundo editorial marcado por una avalancha de biografías

El materialismo de Marx. La preparación de Adolfo Suárez en caso de secuestro. La vena más indigenista de Hernán Cortés. La semilla de Stanislavski y su método. Las inseguridades de AmyWinehouse.Son destellos sobre vidas ajenas que se han dado a conocer en los últimos años a través de decenas de biografías y autobiografías que revelan secretos, crean polémica e iluminan zonas oscuras de intelectuales, políticos y artistas que han movido o mueven el mundo. Se trata del género literario más destacado con miles de páginas que crean un gran mosaico de nuevos retratos que desmitifican, entronizan o confirman la opinión de personajes de toda estirpe. Vidas que son el caleidoscopio de la humanidad donde las personas confirman que, en el fondo, no hay muchas diferencias entre ellos y los demás. Un asomo a estos textos descubre piezas del rompecabezas para comprender aspectos clave del personaje, ser testigos de las diferentes corrientes del fluir de la vida y, sobre todo, confirmar que el mundo es mundo por la caravana de historias reales como estas…

El expresidente delGobierno español Adolfo Suárez decidió consultar a un psicólogo para que lo preparara en caso de un posible secuestro de ETA. Lo extraordinario es que dicho entrenamiento iba encaminado “no para soportar un secuestro largo, sino para que lo mataran” antes de que lo usaran como moneda de cambio. Lo desvela Fernando Ónega, primer jefe de prensa de Suárez, en Puedo prometer y prometo. “Mis años con Adolfo Suárez” (Plaza y Janés). Eso explica, según Ónega, “su arrojo en el 23-F, cómo permaneció sentado en su escaño, cómo se enfrentó a Tejero y sus guardias: aprendió a valorar más al Estado que a su propia vida”, porque…

Después de su periodo de juergas como estudiante en Berlín y Bonn llegó el Marx que apoyó las ideas capitalistas en Colonia. Eran los días simpatizantes con un periódico liberal desde el cual se mostró partidario de la absoluta libertad en la economía y lo que ello implica de libre mercado y la menor intervención del gobierno. Fue un amor peregrino, o quizá guardado en el fondo como revelan sus constantes apuros financieros que lo llevaron a depender muchas veces de su padre e incluso que pidiera en más de una ocasión un anticipo de la herencia familiar, según cuenta el historiador Jonathan Sperber en Karl Marx. ‘Una vida decimonónica’ (Galaxia Gutenberg), para quien Marx era también…

La primera pasión de Salvador Allende fue pronto sustituida por otra que lo llevaría a la tragedia. Estudió medicina influenciado por su abuelo, pero la política se impuso y dejó a un psiquiatra “frustrado”. Antes de ese cruce de caminos surgió su leyenda como seductor de mujeres, cuando hacía vida social con los estudiantes de Santiago e iba por los bares. Fueron los días en que conoció a Neruda y Huidobro y trabó amistad con más personalidades. La vida del expresidente chileno la reconstruye Mario Amorós en ‘Allende. La biografía’ (Ediciones B) que incluye un documento inédito: el discurso ante la muerte de Stalin en 1953. Allí, además de los elogios, se refiere a la posible colaboración entre Estados Unidos y La Unión Soviética para trabajar por la paz, algo que se logra “por medio de la cooperación de los pueblos”, y de…

Desmitificado Hernán Cortés, ahora resultó ser el más indigenista de todos, además de un hombre con buenas ideas empresariales

¿Cuál es su primer recuerdo? El de Juan Ramón Jiménez es el de un niño en un espejo muy grande, “con gran marco dorado de hojas y flores”, como el propio poeta escribió y cuyos apuntes inéditos aparecen en ‘Vida’ (Pre-Textos): “Ese niño era yo y tenía cuatro años y estaba metido entre dos sillones de caoba y damasco amarillo, mirando sucesivamente un suelo esterado de junco y un cielo raso con una gran araña tintineante y luciente. Y yo estaba escondido en aquel salón de estrado de mi casa de Moguer, calle de la Ribera, porque había venido una visita de confianza. Aquel estrado era mi refugio”…

Desde niño KonstantínStanislavski tenía claro que su mundo era el teatro. Su padre, un hombre rico, avistó ese futuro y quiso retenerlo al construirle, en una de sus fincas, un teatro con escenario fijo y cuatro camerinos, recordado en ‘Mi vida en el arte’ (Alba). Ya joven, Konstantín dio los primeros pasos en el teatro y decidió cambiar su verdadero apellido, Alekséiev, por el de Stanislavski, con el fin de que no lo reconociera su padre en dichas labores, pero este lo sorprendió un día y le aconsejó que si de verdad quería ser actor, no lo hiciera con…

Ocurrió que un día un amigo de su padre que estaba borracho le vendió su guitarra por cinco dólares. Aunque JimiHendrix era pequeño aún y no sabía mucho de guitarras pasó sus dedos por la que acababa de comprar y se dio cuenta de que el sonido era rarísimo, la miró, y descubrió que el amigo de su padre era zurdo y cambió las cuerdas de orden. Pero siguió desafinada, recuerda él en ‘Empezar de cero’ (Sexto Piso). Cómo no sabía arreglarla se fue a una tienda, cogió una guitarra y pasó los dedos por sus cuerdas. Eso le bastó para arreglar la suya, entonces lo que hizo fue…

Cuando AmyWinehouse se dio cuenta, estaba zigzagueando en el borde del abismo. No quería parar pero había algo imparable en su interior que la llevaba a ese juego, su fragilidad. Lo relata en ‘Amy, 27’ (Alianza) Howard Sounes que recorre los principales momentos de la cantante en el contexto del fatídico y famoso club de los 27 formado por Brian Jones, JimiHendrix, JanisJoplin, JimMorrison y KurtCobain. Casi en un abrir y cerrar de ojos, Winehouse se convirtió en prisionera de su imagen. No quería volver a cantar nada de Back to Black. No quería ser esa persona y se entristecía al saber que su vida privada se había hecho más importante que su obra. Ella soñaba con…

Se sabe que Prince no ha publicado todo, y algunos privilegiados han escuchado esos trabajos. Pero más allá de eso, según MattHorne en ‘Prince’ (Alba), está su legendario Vault (sótano) donde ha ido almacenando gran cantidad de canciones inéditas que en el momento menos pensado…

Las relaciones tempestuosas vividas por Frank Lloyd Wright resultan inolvidables, según cuenta T.C.Boyle en ‘Las mujeres’ (Impedimenta). Uno de los episodios más llamativos de la vida del arquitecto tiene que ver con el destino funesto que parecía esperar a parte de su familia, cuando Julian Carlton, el criado mulato, quemó su residencia y estudio en la finca de Taliesin con nueve personas dentro, entre ellas su amante MamahCheney, sus dos hijos y seis personas más que estaban comiendo. Con la casa envuelta en llamas a quienes intentaban escapar…

Entre las cosas que más impresionaron a Luis Buñuel no estaba la Revolución rusa de la cual “no tenía ni idea”, sino los escritores rusos. La Revolución solo la descubrió hasta 1928, con el surrealismo, asegura Ian Gibson en ‘Luis Buñuel. La forja de un cineasta universal’ (Aguilar). En cambio, fue con los autores rusos que supo del mundo y descubrió la pobreza gracias a…

Detrás del carisma y la potencia creativa de Julio Cortázar estaban agazapados sus traumas familiares y la relación conflictiva con Argentina cuya encrucijada revela Miguel Dalmau en ‘Cortázar’ (Circe). Parte de esta relación ambivalente se halla en…

Una de las mujeres por las que suspiró Miguel Ríos fue Rocío Dúrcal. Él mismo lo recuerda en ‘Cosas que siempre quise contarte’ (Planeta) donde dice que ella le gustaba “más que comer con los dedos”. Decidió hacerle una canción con su nombre que escribieron Pablo Herreros y José Luis Armenteros, sus antiguos compinches de Los Relámpagos. Aunque había coincidido con ella, cada vez que la veía….

El abandono de Picasso dejó a Dora Maar desolada. Trataba de sobrevivir, y una manera de hacerlo y superar el fin de la relación fue a través del catolicismo. Incluso, dice Victoria Combalía en ‘Dora Maar. Más allá de Picasso’ (Circe), intentó reconvertir al artista español a esa religión y en una carta le llegó a decir…

Uno de los amores platónicos de Hitler lo recoge José María Zavala en ‘La pasión de Pilar Primo de Rivera’ (Plaza y Janés), y que el Führer llegó a…

Se sabrá la verdad de la joven paquistaní que se enfrentó a los talibanes y recibió varios disparos a quemarropa en ‘Yo soy Malala’ (Alianza). ¿Cómo sobrevivió en realidad?…

Desmistificado Hernán Cortés, ahora resultó ser el más indigenista de todos, además de un hombre con buenas ideas empresariales. Al parecer, el conquistador español, no quería trasplantar a México una microsociedad castellana sino fomentar el mestizaje. “Ajeno a todo oportunismo, es un mestizo de fe y de convicción” que amaba a los indios a la vez que era un “empresario” preocupado en generar riqueza en el propio lugar, escribe Christian Duverger en ‘Hernán Cortés. Más allá del mito’ (Taurus). La ruptura de la leyenda la reafirma cuando asegura que Cortés militaba en realidad en favor de lo criollo y que se negó a otorgar propiedades a…

Un asomo a estos textos descubre piezas del rompecabezas para comprender aspectos clave del personaje, ser testigos de las diferentes corrientes del fluir de la vida y, sobre todo, confirmar que el mundo es mundo por la caravana de historias reales como estas…

“Hernán Cortés fue un político maquiavélico”, el historiador británico John H. Elliot subraya que Moctezuma vivía “hambrunas y rebeliones”

Quizá no haya mejor lugar para evocar la figura de Hernán Cortés que la biblioteca de la Casa de América una tarde soleada y ventosa de Madrid. Una luz de oro viejo ilumina libros y maderas oscuras. Y probablemente nadie mejor para hacerlo que John H. Elliott (Inglaterra, 1930), el gran historiador del imperio español que inauguró el conquistador de México… “Hablar de conquistadores no es muy políticamente correcto en el siglo XXI y por eso es tan importante conocer su contexto histórico para recuperar la figura de un hombre a caballo entre la Edad Media y la Moderna y entender sus preocupaciones e intereses en un momento de fusión de la corona de Castilla con la de Aragón y de enfrentamiento con el mundo musulmán”, afirma Elliott como prólogo a la entrevista. Bajo esa mirada, continúa: “Cortés era mucho más culto y más interesante que los demás conquistadores. Fue un político extraordinariamente maquiavélico y también un empresario muy ambicioso, incluso más allá de sus capacidades”.

En su opinión, el bagaje cultural con el que el conquistador llegó a América es decisivo para su éxito en el nuevo mundo: “Había estudiado algo de latín en Salamanca, pero sobre todo había asimilado la legislación de las ‘Siete Partidas’. Sin conocer el derecho a fondo era capaz de sacarle brillo a algunas citas y utilizarlas en el momento justo. Era un hombre de una enorme intuición práctica. También había leído a Julio César, como demuestra en sus ‘Cartas de Relación’, que son en realidad un manifiesto político en su propia defensa ante el emperador Carlos V”. Su éxito, como explica el historiador en Imperios del mundo atlántico: España y Gran Bretaña en América, 1492-1830, hizo que se convirtiera en un modelo para los colonizadores británicos. Aprender del enemigo fue esencial para estos en un primer momento hasta que las condiciones naturales y demográficas de la costa este de los actuales Estados Unidos hizo imposible, entre otros factores, aplicar las políticas de los españoles. “Los británicos buscaban información para acercarse a pueblos desconocidos, para saber cómo establecer una colonia, cómo comportarse en un mundo tan extraño”. Al final tomaron otro rumbo, pero como admite Elliott entre bromas, podría decirse que el propio John Smith fue el inglés “más castizo”.

Elliott no comparte las conjeturas, más o menos exaltadas, en boga últimamente que convierten a Cortés en una especie de héroe moderno y visionario, pero sí reconoce que tenía “una visión del futuro de la Nueva España, de crear una nueva sociedad mediante matrimonios con la nobleza indígena, y la intención de conservar algo de la civilización destruida. Incluso tuvo una intuición global con sus expediciones al Pacífico”. El historiador también subraya la incógnita de qué hubiera pasado con Moctezuma. “Su futuro no se veía nada claro. El imperio azteca era frágil y se encontraba en un momento precario con hambrunas y rebeliones constantes de los pueblos sometidos”. Después de Cortés, el imperio español en América se mantuvo durante tres siglos, “financiándose bastante bien”, y su historia no ha perdido poder de fascinación. Dos características, destaca Elliott, están en la base del interés moderno: “La novedad que representa la colonización española por su política de ocupación del espacio americano, algo que no hicieron otros imperios y que es probablemente consecuencia de la Reconquista, y la incorporación de nuevas sociedades a una monarquía compuesta. Un ideal de diversidad dentro de la unidad en una monarquía global aún vigente”.

La invasión napoleónica de la Península acabaría de golpe con todo eso. La crisis de legitimidad para gobernar el imperio supondría su desplome e inevitable fragmentación “pese a la mucha lealtad hacia la corona española que había en los movimientos de independencia americanos”. Lo demás ya es historia de las nuevas naciones, pero ¿qué queda por investigar, qué episodios permanecen aún en la oscuridad? “Habría que saber más sobre los virreyes más importantes y sobre los burócratas del imperio, cómo influyó en su toma decisiones el impacto de América y el volver a Madrid para formar parte de la élite”. Al fin y al cabo, administraban por primera vez un mundo globalizado.

‘Bomba yucateca’, columna del escritor Jorge Zepeda Patterson, quien apuesta por un gesto simbólico de España a favor de los pueblos indígenas

“La carta de López Obrador habría tenido una connotación distinta si se hubiera explorado, a través de mediadores del servicio exterior de ambos países, la posibilidad de que España hiciera un gesto simbólico a favor de los pueblos indígenas…”, recalca el periodista y escritor mexicano Jorge Zepeda Patterson. Jorge Zepeda Patterson (Mazatlán, Sinaloa; 24 de octubre de 1952) es además analista político, economista y sociólogo. Su novela “Milena o el fémur más bello del mundo”, le hizo acreedor del Premio Planeta, siendo el primer mexicano galardonado. “Primero pensé -narra Zepeda Patterson en columna titulada ‘Bomba yucateca’- que era una especie de meme de los muchos que circulan en contra de Andrés Manuel López Obrador, algunos de ellos distorsionándolo o de plano atribuyéndole frases y acciones que nunca existieron. En esta ocasión en los SMS que recibí ahora se hacían burlas porque el presidente había exigido disculpas al Gobierno español y al Vaticano por delitos cometidos durante la conquista. Me encuentro de viaje en Asia en sitios con precaria conectividad y husos horarios a contra natura, por lo cual asumí que se trataba de una broma. Pero en algún momento me entró el mensaje de un querido periodista barcelonés, felicitándome con ironía porque catalanes y mexicanos estábamos hermanados, por fin, en la lucha en contra de la Corona española.Intrigado me puse a buscar una conexión confiable. Cuando la encontré pude constatar que todo surgía de un planteamiento del propio Presidente durante una gira por la península yucateca. Confiriéndole el beneficio de la duda, todavía en ese momento quise pensar que se trataba de una expresión tirada al paso o de plano de una ‘bomba yucateca’, la típica frase entre irónica y pícara que se suelta en una fiesta. Luego resultó que López Obrador había enviado las ahora famosas cartas al Rey de España y al Papa…”.

“No quisiera detenerme en el debate de argumentos éticos e históricos que se ha desatado en los últimos días. En México y en España ha corrido mucha tinta física y digital sobre la pertinencia o no de solicitar una disculpa por algo que ocurrió hace varios siglos. Me parece tanto o más importante abordar lo que ese planteamiento dice sobre López Obrador como político.Primero, porque el envío de cartas elaboradas personalmente por el Presidente a las cabezas de España y el Vaticano, sin pasar por una gestión diplomática profesional, habla de una concepción política voluntarista y personal, además de un desconocimiento de los protocolos internacionales. Todo habría tenido una connotación distinta si se hubiera explorado, a través de mediadores del servicio exterior de ambos países, la posibilidad de que España hiciera un gesto simbólico a favor de los pueblos indígenas, de cara a la conmemoración que se planea en 2021 al cumplirse 500 años de la caída de Tenochtitlán. Eso le habría permitido al Gobierno español la búsqueda de una fórmula y un texto conciliador para ese propósito. Una gestión discreta por parte de México para exhortar a España a apuntarse un logro diplomático y político en América Latina (la conquista de la región andina o del Caribe no fue menos violenta que la mexicana).Segundo, el hecho de que López Obrador haya decidido en esta gira informar a la opinión pública de esas cartas, convierte a una acción poco diplomática en un acto hostil. La misiva es una petición, dura, sí, pero se mantiene en los márgenes de una gestión; la difusión pública de su contenido de manera unilateral, en cambio, la convierte en una acusación. El presidente puede tener poca experiencia en temas internacionales, y lo está demostrando, pero conoce a la perfección el mundo de la política. Aquí y en China una acusación pública en contra de un actor que se precie solo puede provocar una reacción negativa. Políticamente el Gobierno español no puede darse el lujo parecer débil y ceder ante una acusación pública y tan poco ortodoxa, más allá de los argumentos históricos o éticos que la sustenten…”.

Y justamente esa es la parte que preocupa. El exabrupto ya no tenía ningún sentido salvo para la galera. El presidente sienta un mal precedente al dejarse llevar por impulsos justicieros aislados, absolutamente desproporcionados en términos de costo beneficio para su propia causa. En la reparación simbólica del daño por parte de España había poca utilidad real y podía haberse conseguido con una gestión diplomática pertinente. En el pleito gratuito, en cambio, hay daños visibles porque se dificulta la construcción de confianzas mutuas con un Gobierno socialista y potencial aliado en las confrontaciones internacionales en las que México podría verse envuelto en los próximos años.

Peor aún, acrecienta la incertidumbre en la comunidad internacional, mercados de inversión incluidos, pues se constata que los impulsos personales pueden dinamitar usos y costumbres internacionales o que carecen de una lógica desde cualquier punto que se le mire (por ejemplo, ¿por qué se recibió al yerno de Trump en los mismos días sin hacer un reclamo a Estados Unidos por la mitad del territorio perdido?).Sigo pensando que México necesitaba rectificar los derroteros por los cuales nos habían conducido los Gobiernos del PRI y el PAN en los últimos lustros, y atender las causas de la pobreza, la injusticia social, la desigualdad y la inseguridad, temas todos de la agenda de López Obrador. Pero va a conseguir muy poco si sigue enajenando voluntades, perdiendo el tiempo en infiernillos y abriendo frentes donde no los hay.

Una última reflexión. Cuando el Presidente de la República de México, Andrés Manuel López Obrador, le exige al Rey Felipe VI que se disculpe con los pueblos originarios mexicanos por los agravios cometidos durante el periodo histórico conocido como la conquista, aquél pierde de vista que España no existía como país unificado, como era el caso de Alemania e Italia, que se unificaron con Bismarck y Vittorio Emanuele hasta la segunda mitad del siglo XIX. La conquista en contra de los mexicas fue realizada por los reinos de Castilla y Aragón, cuyos reyes ni siquiera eran borbones, como es el caso de Felipe VI y por los señoríos tlaxcaltecas, por lo que surge la primera pregunta: quién debe disculparse, ¿los herederos, en caso de existir, de dichos reinos y señoríos y ante quién hacerlo, en el entendido que hoy en día, las familias de los condes de Miravalle-Moctezuma, descendientes del Huey Tlatoani, viven en Cáceres, España? Es claro que se sentirían tan halagados como sorprendidos con la visita de una delegación diplomática que se presentara de golpe a pedir perdón por los excesos causados hace 500 años a sus familiares y a su imperio extinto.

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