Mover la capital, no dispersar la administración federal

Mover la capital, no dispersar la administración federal

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La idea de López Obrador de ubicar secretarías del Gobierno federal en diferentes Estados del país si gana las elecciones presidenciales, es, cuando menos, una mala idea.

El tema de un nuevo diseño regional de la capital del país se viene planteando por lo menos desde los ochenta, cobró vigor tras el terremoto del 85, y se ha tornado más vigente con el de 32 años después.

Una de sus variables ha sido ésa: dispersar el Gobierno federal hacia distintas entidades. Otra es desplazar juntos los tres Poderes de la Unión, es decir: cambiar de sede la capital del país o ubicar en otro lado el Distrito Federal.

Dispersar la administración del Gobierno de la República y su burocracia es disfuncional en términos políticos y operativos, y nada resuelve sobre la aglomeración urbana y los problemas y peligros que eso entraña para la Ciudad de México.

Hace muchos años que debió atenderse y atenuarse la tendencia patológica al gigantismo de la capital mexicana.

Si su existencia misma en un territorio tan vulnerable –por la actividad sísmica y las fragilidades geológicas- era ya, desde el principio de los tiempos, un factor estructural de consideración para establecer parámetros muy rigurosos de uso de suelo, de densidades y especificidades inmobiliarias y, en general, de asentamientos humanos y expansión urbana, la vertiginosa propensión hacia el caótico desbordamiento de una megalópolis cada vez más imposible de ser abastecida de sus recursos y servicios vitales, y más expuesta a las catástrofes naturales, debió imponer fronteras a la irracionalidad y a la ilógica y absurda tolerancia pública de seguir construyendo en cualquier parte y de seguir creciendo sobre el mismo pantanoso piso de la irresponsabilidad y la inconsciencia general, que han llevado a la inviabilidad y al agotamiento metropolitano.

Pero no: terremotos han ido y venido, y las tragedias se han multiplicado sobre la arbitrariedad y la incompetencia de las decisiones del poder político, la anuencia pasiva del entorno comunitario y la opinión pública local y nacional, y la corrupción omnipresente del contexto mexicano que no ha hecho sino diversificarse y propagarse en la pluralidad democrática; que ha degradado las opciones de desarrollo institucional dependientes del avance educativo y de la consecuente civilidad ciudadana, y ha convertido las ciudades y sus fuentes de cultura en mercado de una autoridad que hace de su expansionismo colonizador y de su saturación interminable, el gran negocio de su vida.

Desconcentrar la Ciudad de México; contener sus impulsos al hacinamiento, la anarquía y la inmovilidad, es tan imperioso comoinhibir la carencia progresiva del abasto de agua potable, las contingencias ambientales, las crisis de la basura y las inundaciones, los saldosde víctimas de los percances naturales, y las tragedias cotidianas de todo orden que se multiplican en esos entornos de la miseria conurbada que se extiende sin término en dicha zona crítica de la capital y sus atiborrados, insalubres y violentos vecindarios.

Y no. Sobre los suelos movedizos y las amenazas sísmicas de esa desmesura urbana se construye uno de los aeropuertos más grandes del mundo, se despliegan nuevos suburbios comerciales y habitacionales, se elevan nuevas torres de oficinas, y se generan toda suerte de obras viales que más tardan en hacerse que en atascarse de vehículos inmóviles, con conductores cada vez más improductivos e infelices, que al cabo tardan más horas en llegar a destinos cada vez más difíciles de alcanzar.

Y allí mismo, en cientos de edificios de todas dimensiones y perdiendo cada vez más tiempo y dinero para transportarse (infinitas horas y energías tiradas a la basura), labora una vasta comunidad de funcionarios y empleados federales cada vez más agobiados y menos estimulados para cumplir con las responsabilidades relativas al funcionamiento de todas las instituciones gubernamentales –civiles y militares-, legislativas y judiciales, más las nutridas burocracias de los organismos autónomos de todos los sectores de gestión del voluminoso aparato federal del Estado mexicano.

Y allí mismo llegan a toda hora visitantes de todos los confines nacionales e internacionalesa tratar asuntos de esos órdenes republicanos, cuyo espacio y cuya dinámica entorpecen la movilidad de la congestionada urbe, en la misma medida en que esa creciente parálisis y las condiciones entrópicas de tan tumultuaria vida urbana, afectan de distintos modos –que el costumbrismo centralista filtra como normales o inadvertidos- el desempeñode las instituciones y reducen la eficacia de las decisiones federales.

Se requiere la mejor movilidad y un ambiente saludable en esa órbita superior del ejercicio del Estado nacional, y a la híper-poblada ciudad sede de los Poderes federales le urge también un desahogo para resolver sus propios problemas locales.

La simbiosis conflictiva entre el agotamiento urbano y la contribución al mismo por la ocupación de las cúpulas de la Federación, plantea la posibilidad de proyectos alternativos como el desahogo de San Pablo, en Brasil, mediante la creación de Brasilia como nueva capital federal (y eso que en San Pablo no se padecían adversidades naturales ni problemas de servicios como los de las inestables alturas de la Ciudad de México), o de la contaminada y desordenadaciudad de Belice mediante el establecimiento de la capital beliceña en la pequeña y apacible Belmopán, como ya lo hemos referido en este mismo espacio editorial. De hecho, en Paquistán y Nigeria se han realizado también exitosos experimentos similares de descarga de sus urbes metropolitanas y de depurativo desplazamiento de las sedes de sus Poderes públicos de alcance nacional.

Uno de los defensores de este tipo de opciones de descentralización federalista y desconcentración urbana en el pasado reciente ha sido Porfirio Muñoz Ledo, prestigiado político y compañero de causas de López Obrador. Ha dicho, incluso, que un nuevo Distrito Federal podría quedar por los rumbos de los Apaseos (el Grande y el Alto), en el Estado de Guanajuato, en tanto estaban a una distancia muy conveniente de la Ciudad de México, en un área muy bien comunicada y cerca de ciudades intermedias (Querétaro, San Luis Potosí, Celaya y otras, que sintetizan las ventajas de las ciudades chicas y de las ciudades grandes –aunque, hoy día, el uso libertino de las potestades municipales autónomas sobre el uso del suelo, ha derivado en una colonización desmedida de las urbes, que crecen fuera de control y son cada día más ingobernables e invivibles-).

Claro que se trataría de un proyecto de enormes proporciones, pero son iniciativas fundacionales creativas y de gran escala las que se necesitan en este país inerte y sin horizontes; atrevimientos del tipo de la nacionalización petrolera cardenista de los treinta o la invención de Cancún en los setenta, por ejemplo(aunque dichas decisiones presidenciales se hayan pervertido tanto y hayan acabado tan mal, justamente porque no se tomaron nunca otras medidas del mismo rango que las capitalizaran y las perfeccionaran con el mismo interés público originario).

Pero ésa sería la alternativa esencial de la desconcentración de la Ciudad de México y un factor capital de oxigenación del ámbito superior de las decisiones federales.

No lo es, la oferta de López Obrador. Porque no se trata de promover ni crecimiento económico ni más crecimiento urbano fuera de la Ciudad de México, mediante la dispersión de la administración pública federal.

Se trata de formular una estrategia estructural de viabilidad urbana para la Ciudad de México, y de mayor funcionalidad de los Poderes federales en un entorno urbano más apto y sin opciones, más bien, de crecimiento económico, que redundarían al cabo en expansionismo poblacional y marginalidad, que es lo que habría que evitar en una nueva capital mexicana.

SM

estosdias@gmail.com

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