Necropolítica y Estado

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A partir de Ayotzinapa 43, el Gobierno mexicano es cada vez más ajeno, más insensible al problema de la desaparición de personas. Un problema de múltiples dimensiones.

                Pero, lamentablemente, no sólo el Gobierno –siempre rebasado por el terrorismo- no tiene interés en desentrañar este fenómeno. También es la sociedad en general que se ha mostrado insensible al dolor y miedo de miles de familiares que están viviendo este proceso.

                Parece que la falta de compromiso y solidaridad son características imbuidas en la sociedad mexicana desde los procesos mismos de educación y comunicación manejados por el Gobierno y las empresas privadas que detentan el poder y el dinero en México.

                Ante un Gobierno omiso, miles de familiares y amigos de personas que no han dejado rastro, a pesar del terror que ello significa, han comenzado a tomar el problema en sus manos, literalmente. Con varillas van picando la tierra en ciertos lugares determinados previamente, a lo largo y ancho del territorio, con la esperanza de encontrar restos humanos.

                Han aprendido, de manera improvisada, a hacer análisis de averiguaciones previas, buscar diversas rutas de investigación, mapear territorios, llevar a cabo protocolos de exhumación, han aprendido anatomía, han hecho cursos de primeros auxilios, han aprendido a escalar montañas y rapel para hacer más eficaz la búsqueda.

                La situación extrema y la inacción gubernamental los ha llevado a conformar un ejército civil de buscadores de restos humanos.

                Aunque se habla de 30 mil, no hay cifras oficiales que documenten el total de desapariciones intencionales, forzadas o de personas extraviadas por diferentes motivos.

                Según un muestreo hemerográfico de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, hasta septiembre de 2016 se ha calculado la existencia de 1,143 fosas clandestinas de las que han sido exhumados 3,230 cadáveres y/o restos humanos.

                La búsqueda y exhumación de fosas clandestinas se da en diversas partes del mundo. Según la Dra. Carolina Robledo del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) “el caso mexicano tiene la particularidad de que ocurre en el momento en que se presentan las muertes a causa de la violencia, poniendo en riesgo a los familiares”.

                Desde la perspectiva de  la antropología social, los cuerpos enterrados en fosas clandestinas tienen una representación ‘corpórea’, es decir, revelan diversos significados. Esos cuerpos están hablando, están expresando contenidos concretos.

                “Por lo pronto, nos muestran impunidad, están revelando un régimen de miedo intencional, que algunos ya llaman necropolítico, este régimen de decidir sobre la vida y la muerte de los seres humanos, sobre todo de tratarnos como cosas. Un régimen de deshumanización.

                “El contexto actual de violencia política y criminal, se confunden, rebasando la corrupción y colusión de los diferentes órdenes de gobierno con grupos del crimen organizado”, asegura la Dra. Carolina Robledo.

                La desaparición de personas es uno de los crímenes más complejos en la actualidad, ya que en él participan, además de agentes policiacos y miembros de las fuerzas armadas, otros actores que enrarecen el panorama de violencia en nuestro país.

                Los actores principales de la persecución y desaparición de personas hace 30 años y más, en lo que se conoció como ‘Guerra Sucia’, eran los cuerpos policiacos y castrenses, además del personal pagado –llámese halcones- por las agencias de investigación y la Secretaría de Gobernación.

                Los perseguidos y desaparecidos eran líderes sindicales, maestros, estudiantes, cualquiera que fuera enemigo político del régimen. “Ahora es un sujeto sin título, sin nombre, sin identidad”, asegura la Dra. Robledo en su artículo Crisis de representación y nuevos actores de la violencia actual: una aproximación a la presunción de muerte en el caso de los desaparecidos.

                El terror de estos días se da en un contexto diferente, ahora todo se enmarca en la guerra contra las drogas, en donde las formas de violencia son estructurales y tienen relación con el crimen organizado. “Es una violencia agresiva y que escala rápidamente”.

                Esta clase de terrorismo no viene sola, la acompañan otros dolorosos procesos como el desplazamiento forzado, el despojo territorial, el despojo de recursos naturales o la violencia contra la mujer.

                Se hace necesaria la intervención inmediata de mecanismos alternativos, desde la Academia y la investigación, que construyan ciudadanía, que construyan justicia para restituirnos como seres humanos, como sociedad.

                La urgencia es sanear y fortalecer los Derechos Humanos y la aplicación de la justicia como primeros pasos para llegar a tener el lugar que queremos.

 

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