Notas para entender la nueva realidad política del país…

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Los resultados de las elecciones del pasado 1º. de julio, con triunfo en las urnas del candidato presidencial de Morena, Andrés Manuel López Obrador, y de la gran mayoría de sus abanderados para el Congreso de la Unión, sólo puede entenderse  como el efecto de un gran descontento social por el incumplimientode las expectativas de cambio que han despertado en los ciudadanos mexicanos desde la primera derrota del PRI en la Presidencia de la República en el 2000 y la llegada del PAN al gobierno federal con Vicente Fox Quesada y Felipe Calderón, el primero de una manera legítima por la aspiración de los electores a un verdadero cambio  en el país que el foxismo frustró, el segundo mediante una polémica elección y el respaldo del PRI, con lo que se exhibió la cohabitación política entre priistas y panistas en las más altas esferas del poder público y privado de nuestro país.

El regreso del PRI a la Presidencia de la República con Enrique Peña Nieto, con el apoyo del gobierno calderonista y del expresidente Fox, exhibió aún más la connivencia entre las cúpulas del PRI y del PAN, sin embargo se generaron grandes expectativas en un sector importante del electorado mexicano con el regreso al gobierno nacional de un PRI presumiblemente renovado, que no tardó mucho en exhibir el cobre al denunciarse los casos de corrupción desde la propia familia presidencial y principales allegados al Presidente Peña.

La inseguridad creciente con la interminable ola de ejecuciones a lo largo y ancho del país incrementaron la trágica sangría que viene padeciendo el pueblo mexicano desde finales del sexenio de Fox Quesadasin que aminorara un ápice durante el actual gobierno, incrementó el descontento de la sociedad contra de la administración peñista, así como contra todos los partidos y políticos que fueron cooptados por la misma para la consecución del Pacto por México y de las reformas estructurales que sólo han servido para convulsionar más a la sociedad mexicana sin que hasta la fecha hayan arrojado resultados benéficos para la población, como se anunciaron y prometieron. Como son los casos de la reducción a los precios de los combustibles y la energía eléctrica, cuyo incremento llegó al extremo de provocar turbulencia social que no se había visto en el país en muchos años, como los asaltos masivos a tiendas y estaciones de servicio que ocurrieron en los primeros días de enero de 1916.

A su regreso a la Presidencia de la República, el PRI comenzó a exhibir a los gobernadores de los estados como los actores de grandes actos de corrupción y de desvío de recursos públicos, así como causantes de las enormes deudas públicas con que cargan sus entidades. Los gobernadores, que fueron aliados fundamentales para el regreso del priismo al gobierno federal en 2012, fueron usados como chivos expiatorios y elementos de distracción por la cúpula peñista, mientras operaba enormes transacciones irregulares con recursos públicos en el sector carretero, el ferroviario, el petrolero y casi en todos los ámbitos de la administración pública  federal, avivando la animadversión ciudadana que no cesó aún cuando quisieron lavarse el rostro los peñistas con la persecución y encarcelamiento de varios de sus gobernadores.

En las elecciones locales de junio de 2016 la sociedad mexicana dio el primer aviso de esa acendrada inconformidad en contra de sus gobernantes castigando con su voto a casi todos los gobernadores que tuvieron elección en sus estados.

En Quintana Roo las sociedad canalizó su inconformidad en contra del exgobernador Roberto Borge Angulo hacia el respaldo de quien representaba en ese momento la posibilidad de remover al grupo de poder que venía gobernando la entidad desde 2005, así como la de investigar y sancionar los actos de corrupción cometidos contra el erario estatal y la de cambiar las maneras de hacer gobierno.

Esas mismas expectativas ciudadanas que le dieron el voto mayoritario al gobernador Carlos Joaquín González hace dos años, son las que motivaron ahora, pero para el plano federal, la inmensa votación favorable a López Obrador y a los candidatos de Morena al Congreso de la Unión, arrastrando a su paso algunas legislaturas locales y presidencias municipales.

En síntesis, el incumplimiento de las expectativas de cambio generadas por los gobiernos panistas de Fox Quezada y Calderón Hinojosa motivaron la interrupción de los gobiernos panistas en la República y le dieron al PRI de Peña Nieto una segunda oportunidad, que no aprovechó para corregir las malas experiencias del pasado y superar a los gobiernos panistas, sino que la usó para continuar con las viejas prácticas de corrupción institucionalizada con las que exacerbó el resentimiento social y el descrédito ciudadano hacia los políticos y los gobiernos.

Por eso, la gran lección que dejaron las urnas del 1º. de julio para todos los gobiernos, tanto para los nuevos que vendrán con Morena como los de otros partidos, que ya estaban y que siguen en funciones después de la hecatombe electoral, es la cumplir al pie de la letra lo que se prometió en campaña y lo que se dice desde el gobierno, para no caer en el descrédito social y ganarse la confianza de los gobernados.  No se puede gobernar simulando sin que el gobernado ignore de la burla de que es objeto.

Además, en la función de gobierno no sólo hay que cuidar el fondo. Las formas son importantes por la percepción que dejan en quienes se gobierna. No basta con hablar de hacer un gobierno diferente, honesto y eficaz en su ejercicio; cercano a la gente y preocupado por el bienestar y la seguridad de sus gobernados. Hay que hacerlo a pie juntillas, sin ambages ni tortuosidades, sin dejar la puerta abierta a sospechas y a las malas percepciones de la sociedad a la que se gobierna…

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