¿Nuevos horizontes?

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¿Nuevos horizontes?

Las campañas electorales llegaron a su fin, luego de 88 días –sin contar la precampaña de casi dos meses- de un intenso bombardeo publicitario de candidatos a presidente de la República, gobernadores, ediles, senadores y diputados, y ni en la víspera ni en el curso de la jornada electoral de este 1 de julio se esperaban mayores sorpresas; no, al menos,en la elección presidencial, pues ni el ‘frentista ’Ricardo Anaya,ni el aliancista José Antonio Meade,ni mucho menos el ‘independiente’ Jaime Rodríguez –alias el Bronco- pudieron dar batalla a quien desde mucho antes de que iniciara el proceso encabezaba las preferencias electorales.

Andrés Manuel López Obrador consiguió en los últimos años capitalizar el hartazgo y el cansancio de millones de personas burladas por las representaciones políticas de una oligarquía que, lo mismo en los tiempos postreros del autoritarismo priista que en los inaugurales de la democracia y la alternancia fallidas, ha sido beneficiada por las decisiones de un poder político que, de un signo u otro -del viejo partido revolucionario o el de la derecha que lo echó de la Presidencia con la entrada misma del nuevo milenio-, ha mantenido las mismas relaciones de complicidad con ella, con sus grupos y sus monopolios, y con los otros sectores representativos de la cultura de la corrupción, la ilegalidad, la perversión institucional y el sometimiento del Estado de Derecho a sus particulares negocios e intereses, como las cúpulas partidistas más ilegítimas, los sindicatos más influyentes y prostituidos, y los personajes de la vida pública y privada más distintivos por su capacidad de envilecimiento de los derechos ciudadanos y del ejercicio de la ley en su favor, a los que López Obrador ha identificado y tipificado –por sus liderazgos y sus determinantes y perniciosas capacidades de control de las iniciativas nacionales- como la ‘mafia del poder’.

En el curso de una larga lucha, y de la ardua maduración y consolidación de una causa que ha incluido distintas militancias partidistas de tendencia socialdemócrata y reivindicación popular, el Gobierno de la ciudad más grande y compleja del país –y una de las más grandes y complejas del mundo entero, la Ciudad de México-, y tres candidaturas sucesivas a la Presidencia de la República, el astuto y tenaz fundador y líder del Movimiento de Reconstrucción Nacional ha convencido a las mayorías mexicanas de la justeza de su proyecto de mandato presidencial y de las razones del mismofrente a la incompetencia, la irresponsabilidad, la rapacidad y la impunidad con que han ejercido el supremo poder republicano los equipos de Gobierno que han dirigido al país en las inmediaciones del cambio de milenio, antes y después de la democracia, y que no han hecho otra cosa, unos y otros –la misma ‘mafia del poder’-, que saquearlo, condenarlo a la ingobernabilidad y a la inmoralidad, y ponerlo a merced del sangriento poder de las bandas criminales.

Sin una oratoria fluida, pero con un discurso compacto y consistente en torno de un eje toral –la reconstrucción moral de una vida pública y una nación agraviada y agotada por la fuerza de una corrupción y una debilidad institucional de las más ruinosas del planeta en uno de los pueblos con más oportunidades de desarrollo-, y con un carisma de alto contagio popular que ha convertido en boomerangs todos los ataques propagandísticos de sus poderosos enemigos de la ‘mafia del poder’, López Obrador ha podido remontar las objeciones de sus más poderosos enemigos, los escepticismos y las críticas de los amplios núcleos de incrédulos, y aun los impedimentos de su propia y empecinada naturaleza personal, motor de sus errores y de sus aciertos, fuente de sus obstinaciones ysus precipitaciones, de sus radicalismos y sus intolerancias yrijosidades y proclividades al vandalismo callejero, pero también de su sentido del humor, de su ácido laconismo verbal para devolver las afrentas muerto de risa, de su generosidad, de su buen talante frente a las adversidades, y de su instinto y su receptividad para apurar enmiendas, rectificaciones, entendimientos y actitudes para limar asperezas.

Y ha ido del sectarismo faccioso de su caudillaje peleonero inicial, a la incorporación a sus filas y la inclusión pragmática de exmilitantes y liderazgos de todo pelaje con los que su liderazgo presidencial tendría que lidiar luego.

Ha sorteado toda suerte de vendavales, de asonadas e intentonas de humillarlo, acobardarlo y derrumbarlo; lo ha hecho con la fuerza de su consistencia política, sí, pero, sobre todo, de su consistencia moral: predica con el ejemplo; no es un santo, es un fajador que sabe pelear rudo, hacer trampas y urdir maquinaciones políticas; fue priista de la vieja guardia y conoce las mejores tramas y versiones de la guerra sucia, pero por eso conoce las mejores armas de sus peores enemigos, sabe usarlas, y dimensiona muy bien el tamaño y las competencias de los rivales a los que se enfrenta. Sólo que, en la masiva comunidad de abyectos y peligrosos personajes urgidos de fuero y de licencia para el atraco y el ultraje, López Obrador es de los que no hacen legión y forman aparte, en la exigua lista de las excepciones,y tiene autoridad suficiente para señalar con el dedo a los de enfrente. Tiene muchos años andando entre el polvo de los caminos de la vida pública y del ejercicio del poder político, y no se le han pegado las fortunas mal habidas tan propias de casi todos los que asumen esos quehaceres como una obligación para el lucro y, el cargo inaugural, como el primer peldaño hacia las minas prohibidas del Rey Salomón donde priva la divisa del ideólogo de los rufianes de Atlacomulco y según la cual un ‘político pobre es un pobre político’.

Durante años, López Obrador ha estado bajo la lupa de los más rabiosos espías de la gente del poder, y no ha habido evidencias probadas suficientes para usar penalmente en su contra; eso, y las descomunales riquezas familiares de competencia global acumuladas al amparo del poder político mexicano por la vía de las privatizaciones, de los contratos fraudulentos y de las más diversas modalidades de la corrupción institucional, han disparado la popularidad de su causa y de su liderazgo en un pueblo perdido en el naufragio del bandolerismo representativo, de la simulación democrática, del dispendioso cretinismo institucionalizado como sistema anticorrupción, de la incivilidad política, y del círculo vicioso de un pluralismo y un electorerismo que sólo reciclan estadistas mendaces y eventuales liderazgos de pacotilla que tienen al país matándose en el abismo.

Cierto: si el tabasqueño morenista se convierte en el próximo presidente del país y su victoria es también la de una numerosa tropa de oportunistas y vividores de la politiquería que se sumaron a su campaña y ganaron con el empuje ciclónico de su imagen, ésa sería una de las mayores asignaturas pendientes de su gestión, porque del mismo modo que ganaran a costa suya, se convertirían en los estigmas que se cargaran a su cuenta y cuyas incompetencias y latrocinios tendría que combatir, como tendría, del mismo modo, que enfrentar, con inflexibles y determinantes decisiones de Estado, las ambiciones de impresentables aliados del más alto potencial delictivo, procedentes de la más nociva impudicia de la ‘mafia del poder’ priista, primero, y de la alternancia panista, después, como las del caciquismo magisterial anacrónico de Elba Esther Gordillo y dirigencias gremiales de la misma catadura originaria; ese poder capital que ha impuesto la barrera impenetrable de los privilegios clientelares y la fuerza militante del sindicalismo educativo contra el factor primario y fundamental de todas las transformaciones y todas las conquistas civilizatorias que es el de la calidad de la enseñanza escolar, y cuya atrofia es la madre de todas las debilidades nacionales: del analfabetismo funcional generalizado, de la incivilidad política y ciudadana, de la precariedad e ilegitimidad representativas, de la asunción al poder de iletrados y débiles mentales, de la peste de la corrupción pública y social que se ha compactado como una cultura y un modo de ser, del extravío de la ética y la noción de la ley como principios de la convivencia democrática en un verdadero Estado de Derecho, de la incompetencia institucional y productiva, de la invención de órganos electorales y de transparencia como ardides costosos y retóricos que en lugar de combatir la corrupción sólo la legitiman, de la sobrevivencia decadente de monopolios y oligárquicas familias enriquecidas a la sombra impune de la cleptocracia, y de cuantos vicios, anomalías y descomposiciones estructurales han impedido que pese al fin del autoritarismo y el advenimiento de la pluralidad y la alternancia en las decisiones del Estado nacional, el país abandone la lógica de la involución y la ingobernabilidad, de la corrupción y la violencia, y que pueda avanzar por la vía de la conciencia ciudadana crítica y de la sobria legitimidad ética de sus liderazgos.

¿Es la hora de los nuevos horizontes y son éstas, en efecto, las elecciones de la esperanza y las de una nueva revolución, ahora cívica y pacífica, de México?Pues si no lo son y son más bien las del mismo catálogo de la frustración y el abatimiento, México y su democracia, como en el epitafio de Macondo y su “hojarasca”, no tendrán una segunda oportunidad sobre la Tierra.

SM

estosdias@gmail.com

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