Pemex y el difícil reto de López Obrador para rescatarla y devolverle...

Pemex y el difícil reto de López Obrador para rescatarla y devolverle su productividad y su competitividad como la empresa pública fundamental que ha sido para el país

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Durante décadas, después de que la industria fuera expropiada y salvada como monopolio público por el régimen del general Lázaro Cárdenas en 1938, Petróleos Mexicanos (Pemex) se consolidó como una de las más grandes empresas productoras y exportadoras de crudo y sus derivados en el mundo, sobreviviendo a las leoninas políticas fiscales de los Gobiernos de la República que exprimían sus dividendos para financiar el sostenimiento del país -ante la falta de productividad de otros sectores, las malas y derrochadoras administraciones del Estado, y el desmesurado saqueo perpetrado en su contra por gobernantes, funcionarios y dirigentes sindicales corruptos e insaciables-, pero debilitándose, al cabo, presa del saqueo y de las imposibilidades de modernización y de innovación administrativa y técnica, y del agotamiento de sus capacidades de extracción, de refinación, de procesamiento de derivados, de comercialización,de transporte y de mantenimiento, al que la condenaron las gestiones presidenciales neoliberales con la finalidad de desmantelarla y privatizarla en sus diversas y más rentables ramas, lo que habría de incidir en la caída del financiamiento fiscal del país dependiente de los hidrocarburos, y en el progresivo descenso de la calidad de vida de la mayoría de sus pobladores. La paraestatal llegó a aportar hasta un 29 por ciento de los ingresos a la Federación. Sin embargo, la caída en la última década de los precios internacionales del crudo y los factores referidos de falta de inversión tecnológica e investigación, de desmantelamiento de su potencial productivo y de inmensas prácticas de corrupción en el entorno de sus relaciones y sus negocios globales, así como la decisión de importar gasolina en lugar de producirla con nuevas refinerías, terminaron por matar a la gallina de los huevos de oro. Hoy Pemex tiene, merced a todo eso (y los dirigentes a su cargo, administrativos y líderes del país, han culpado de todo sólo a las crisis del mercado, como parte de un callejón sin salida donde las bajas del crudo afectan la economía por las mermas de las exportaciones, y las alzas de las gasolinas también, porque se importan ante la falta refinerías), una deuda de más de 100 mil millones de dólares, que es el equivalente a casi el 20 por ciento del Producto Interno Bruto del país. Por ello, uno de los nombramientos más importantes del presidente electo Andrés Manuel López Obrador para ocuparse de la Dirección de la paraestatal tras el cambio de poderes el primero de diciembre fue, sin duda, el de Octavio Romero Oropeza. Y pese a las fuertes críticas en su contra –relativas, sobre todo, a su cercanía como amigo personal, excolaborador, seguidor y paisano del fundador y líder del Morena, así como por su privilegiada y cuestionada situación económica-, el próximo presidente le refrendó su confianza para encabezar su propuesta de construir refinerías que permitan a Pemex incrementar la producción y disminuir las importaciones de gasolina de los Estados Unidos. Asimismo, apuesta por reducir el gasto burocrático y los excesos del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana, encabezado por el sempiterno Carlos Romero Deschamps, también senador de la República, hoy día, por el PRI, partido que lo encumbró y al que en el curso de los últimos 20 años incluso ha apoyado con el desvío de vastos recursos provenientes de los fondos sindicales. Pero a unos meses de que entre el nuevo Gobierno federal han comenzado a salir a la luz varios trapos sucios de la paraestatal, como son ganancias de hasta cuatro mil millones de dólares ocultos en el extranjero –como dividendos no contabilizados de empresas privadas propiedad de Pemex, en principio tres, ubicadas en Irlanda, Holanda y Estados Unidos, según un medio de comunicación social que ha rastreado tales ingresos no reportados en México pero informados por la autoridad hacendaria de dichos países, y sólo en la presente gestión presidencial, lo que sumaría decenas de miles de millones de dólares a partir de esas y de otras empresas, similares o no, ubicadas en otros países- y patrocinios en la Fórmula 1 de automovilismo, de los que no hay un solo documento que indique la cantidad de dinero utilizado y, por tanto, malversado y constitutivo de uno de los crímenes de corrupción que, a decir del presidente electo y en el caso de los exmandatarios federales que hubiesen incurrido en dichas prácticas, serían perseguidos por lo que se llamaría la ‘Comisión de la verdad’ y, de ser penalmente imputables los expresidentes y sus colaboradores cuando ejercieron el mandato, acaso también procesados y encarcelados.

Javier Ramírez

En los últimos años, presidentes de la República han ido y venido, con promesas de que, ahora sí, enfocarán sus esfuerzos en la modernización de Petróleos Mexicanos. El último de ellos, Enrique Peña Nieto, llegó asegurando que acabaría con los llamados ‘gasolinazos’ que su antecesor Felipe Calderón había iniciado para ir retirando el subsidio del Gobierno y emparejar el costo del hidrocarburo con el que tiene a nivel internacional; un costo más producto de la corrupción que de la crisis global de los hidrocarburos, en la medida en que la paraestatal ha sido sometida a un proceso constante de desintegración y agotamiento sobre la base de que las cargas fiscales y la corrupción la han debilitado tanto que la mejor de las soluciones respecto de ella ha sido la privatización de muchos de sus servicios, la renuncia a la petroquímica básica y a la refinación, y la compra de gasolinas. De esta manera, Peña Nieto impulsó, con la ayuda del líder sindical Carlos Romero Deschamps, su llamada reforma energética, que era, sobre todo, la apertura al capital privado de las industrias eléctrica y petrolera, pero, más que nada –y como en caso del salinismo y la entrega de algunas de las empresas públicas más rentables a socios, prestanombres y familias amigas del poder-, el reparto de ese patrimonio a la oligarquía del entorno presidencial y el enriquecimiento, rápido e ilegal, de ese entorno, a partir de dividendos como los de las concesiones otorgadas por la vía de los sobornos y las asociaciones delictivas. En el curso de su sexenio la gasolina no ha hecho más que subir, y con ello los costos de productos y servicios se elevaron hasta provocar que el salario del mexicano promedio apenas y pudiera, en el mejor de los casos, cubrir lo esencial. Andrés Manuel pretende acabar con décadas de saqueo a la paraestatal, con una inversión histórica que permitiría, según él, abrir nuevas refinerías y disminuir la enorme deuda que ésta ha acumulado debido a la corrupción administrativa y sindical.

Creación de Pemex

Pemex fue creada en 1940, dos años después de la Expropiación Petrolera decretada por el presidente Lázaro Cárdenas del Río. La primera gasolina producida por la paraestatal fue la llamada Mexolina, que en ese año se vendió en promedio a 23 centavos el litro. Diez años después apareció una gasolina mejorada, denominada Supermexolina, de 80 octanos, que empezó a venderse a 23 centavos el litro. Después, con el avance de la tecnología, fueron apareciendo otras con mejor calidad, como la Supermexolina, Gasolmex, Nova y Extra. Todas ellas dieron lugar a la Magna y Premium, totalmente libres de plomo.

La primera alza en el precio de las gasolinas, de 33.3 por ciento, se dio en el sexenio de Miguel Alemán. En el periodo de 1954 a 1973, la época de la sustitución de importaciones llamada del ‘desarrollo estabilizador’, la gasolina no volvió a subir de precio y de hecho fue la etapa económica de mayor crecimiento y estabilidad de la economía mexicana, con récords de crecimiento económico –entre 6 y 7 por ciento anual-, de empleo, de salario y de baja inflación. La Nova comenzó a venderse en 1.40 pesos por litro en 1973, pero al terminar el sexenio de Luis Echeverría –el periodo populista más dispendioso y corrupto, continuado por el de su hasta entonces amigo, José López Portillo, cuando la deuda externa se disparó como nunca en la historia y enterró las posibilidades de desarrollo del país hasta nuestros días, con una rapiña sólo superada por la del periodo neoliberal de Carlos Salinas, que decidió terminar con lacrisis inflacionaria de una manera muy mexicana: quitándole ceros al peso- tres años después, su precio se incrementó en 50 pesos, llegando a costar 2.10 pesos. Con José López Portillo y el populismo, la deuda externa, el derroche y otros factores también internacionales que dejaron al país en bancarrota y con una moneda sin valor ninguno, ocasionaron que la Nova pasara de 2.10 pesos a 20 pesos por litro, un incremento porcentual de 852 por ciento. Aun así, dicha alza se quedó corta con el dos mil 365 por ciento que se registró en la administración de Miguel de la Madrid, cuando pasó de 20 a 493 pesos.

Luego vino el ajuste de tres ceros al peso durante la administración de Carlos Salinas de Gortari, por lo que el litro de Nova quedó en 50 centavos, es decir: 500 pesos.

Con Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón, los incrementos fueron de 290, 25.4 y 55.5 por ciento, respectivamente.

Los ‘gasolinazos’

Durante el sexenio de Vicente Fox, los precios internacionales del petróleo repuntaron con fuerza (cientos de miles de millones de pesos ingresaron a las arcas federales durante los periodos del panismo presidencial, sólo que fueron repartidos para fomentar la corrupción y la complicidad de los gobernadores y la riqueza de las familias del poder, es decir: fueron tirados a la basura, no se hizo obra pública ni se invirtió en nada de valor, por lo que el despegue de los precios internacionales del petróleo no sirvió de nada en México), con lo que la cotización de la ‘mezcla mexicana’ se elevó de los 18.69 dólares por barril en 2001, a 53.24 dólares en 2006, es decir que registró un incremento de 185 por ciento.Con el precio del hidrocarburo en ascenso, los ingresos petroleros del Gobierno mexicano comenzaron a inflarse, por lo que una parte de ese recurso extra se destinó a subsidiar los precios de los combustibles en lugar de modernizar la infraestructura de Pemex para mejorar la producción de crudo y gasolinas. De esa forma, durante la administración de Fox el costo de la gasolina aumentó apenas 28 por ciento, pero se crearon las condiciones para que un descenso en el mercado provocara una nueva crisis nacional.

En esos inicios de la ‘alternancia democrática’ mexicana, los gobernadores priistas recibían grandes prebendas de la Presidencia panista a cambio de aprobaciones presupuestarias en el Congreso federal donde la mayoría era tricolor y dependía de los gobernadores que financiaban las candidaturas de los legisladores derrochando el erario del auge petrolero. Los gobernadores imponían a los legisladores de su partido, a cuyas campañas se iban parte de los excedentes petroleros distribuidos por la Presidencia. Así, en lugar de invertir el dinero en obra y en beneficios sociales, los gobernadores lo robaban o lo gastaban en procesos electorales para imponer a sus sucesores y allegados.

 En 2006, Felipe Calderón ‘desmanteló’ el esquema de subsidios de Fox para acercar el precio de la gasolina a sus similares internacionales. Así comenzó el primero de al menos setenta ‘gasolinazos’ durante el periodo 2006-2012, mientras se prometían grandes refinerías que no se hacían –como la de Hidalgo, que tanto vendió el panista y de la cual nunca se puso la primera piedra- y los consorcios privados del entorno del régimen –como la familia campechana del finado secretario de Gobernación calderonista, Juan Camilo Mouriño- se iban apropiando de segmentos cada vez más importantes de Pemex (al tiempo que, en el sector eléctrico, hasta los funcionarios más privilegiados de la CFE le vendían electricidad y servicios de mantenimiento a esa empresa).

Pese a la estrategia federal, los precios del petróleo en el sexenio de Calderón aumentaron mucho más rápido de lo que se incrementaban los precios de las gasolinas en México (se vendía petróleo caro, pero el que faltaba se compraba caro, como las gasolinas importadas; la situación petrolera nacional estaba ya en la espiral de la debacle: había que comprar petróleo y gasolina, y venderla cada vez más cara al consumidor de un país que había sido una de las mayores potencias petroleras) por lo que la brecha entre los precios internacionales y los nacionales continuó ampliándose y el Gobierno siguió pasando la diferencia.Como consecuencia, el Impuesto Especial para Productos y Servicios (IEPS) de gasolina y diesel durante ese sexenio fue de más 620 millones de pesos. El sexenio de Felipe Calderón finalizó con un precio de 10.81 pesos por litro en las gasolinas.

La reforma de Peña

El priista Enrique Peña Nieto llegó a la Presidencia en 2012 con la promesa de una reforma energética que liberaría los precios de las gasolinas para crear un mercado abierto a la competencia, donde los precios se determinarían de acuerdo con las condiciones del mercado y por lo tanto se reducirían los costos de las gasolinas y de los energéticos en general.

Sin embargo, a mediados de 2014 los precios del crudo se desplomaron y los ingresos petroleros se esfumaron. Ya el país estaba en la inercia de que, si los precios subían, malo, porque había que importar combustibles caros; y, si bajaban, malo, porque había que exportar petróleo barato. De esta manera, en 2015 el precio de los combustibles aumentó conforme a la inflación. El 1 de enero de ese año subió tres por ciento, por lo que la gasolina Magna se fijó en 13.57 pesos, la Premium en 14.38 y el diesel en 14.20 pesos.

La reconversión, además del descrédito acumulado por las evidencias de corrupción personal y de su régimen, le costó a Peña la peor impopularidad de un presidente mexicano y a su partido una derrota en las elecciones presidenciales, federales, estatales y municipales de julio pasado, que muchos de sus propios dirigentes y militantes advierten al borde de la extinción.

La propuesta de AMLO

Sabiendo que las malas políticas de los Gobiernos del PRI y el PAN golpearon la industria petrolera del país al concentrarse en la importación de la gasolina y haciendo del contratismo –y del soborno para entregar contratos a empresas nacionales e internacionales de la peor fama, como Odebrecht- su primer negocio, en lugar de invertir directamente en las diversas áreas de Pemex, Andrés Manuel López Obrador –una de cuyas principales banderas ha sido la defensa de las empresas públicas más rentables, como la CFE y Pemex, las cuales, dice, han sido pervertidas por la corrupción y la mala administración, y no porque en sí mismas sean ineficientes- prometió desde su primer campaña presidencial devolverle a Pemex su estatus como empresa generadora de riqueza para el país, en lugar de para sus directivos y funcionarios, y para gobernantes federales, contratistas globales y nacionales de las preferencias privadas de los presidentes de la República, o para los líderes sindicales multimillonarios e impunes que viven como jeques a costa de una empresa de propiedad pública.

Para ello, está sustentando su proyecto de recuperación y saneamiento de las paraestatales en liderazgos políticos y administrativos de alta experiencia y capacidad de gestión, como Manuel Bartlett Díaz, actual senador lopezobradorista y exprecandidato presidencial, quien en los últimos años ha sido férreo defensor de las industrias energéticas estatales y quien fungirá como el nuevo director de la Comisión Federal de Electricidad.

A su lado también estará Rocío Nahle, como secretaria de Energía, ingeniera química experta en petroquímica, quien se ha desempeñado en diversas áreas de Pemex y como integrante de diversos institutos y comités relacionados con la materia en América Latina.

En cuanto a Pemex, Andrés Manuel refrendó su confianza en Octavio Romero, a quien conoce desde 1988 y con quien trabajó estrechamente en su periodo como jefe de Gobierno de la Ciudad de México, y el día de su presentación anunció que el próximo año comenzará la construcción de una refinería en Dos Bocas, Paraíso, en Tabasco, con una inversión a tres años de 160 mil millones de pesos y se manifestó por reducir el gasto burocrático en la paraestatal y acabar con los excesos de su sindicato –y el de la CFE- para poder destinarlo a la modernización de hidroeléctricas, a la refinería y a la exploración de nuevos campos petroleros.

Las deudas

Pero uno de los retos que deberá afrontar el nuevo Gobierno federal, en específico la Secretaría de Hacienda, será disminuir la enorme deuda que arrastra Pemex, de casi 100 mil millones de dólares. Y es que la caída en los precios internacionales en 2014 hizo pasar a Pemex momentos complicados, principalmente con proveedores. Sin embargo, y a pesar de los fuertes problemas de recortes presupuestales que enfrenta, los recursos obtenidos vía deuda no ayudaron a mejorar la situación de la empresa, debido, en parte, a la estrategia de sus tres últimos directores generales: Emilio Lozoya, José Antonio González Anaya y Carlos Treviño. En cinco años, Pemex dejó de producir la mitad de los petrolíferos ante la infame política energética de las autoridades, corrupción de anteriores administraciones, y la apuesta de refugiarse en el negocio de la importación de combustibles.

Carlos Treviño dijo que, si se cancelan los contratos petroleros de la reforma Pemex, ésta no tendría dinero para echar adelante los contratos firmados con el sector privado, ni mucho menos tendrían para indemnizar a sus nuevos socios.

Sin embargo, los escándalos de corrupción en la paraestatal continúan saliendo a la luz. El Huffpost reveló hace poco que de acuerdo con registros oficiales de otros países, Pemex ha ocultado ganancias, sólo en el actual sexenio, por 3 mil 984 millones de dólares en tres de sus filiales privadas: PMI Holdings BV, PMI Trading LTD y PMI Holdings North America, asentadas en Holanda, Irlanda y Estados Unidos, respectivamente.

A pesar de que la Auditoría Superior de la Federación (ASF) ha realizado durante años una serie de señalamientos sobre las múltiples irregularidades de dichas filiales privadas, dice Huffpost, estas empresas fueron utilizadas por la administración del presidente Enrique Peña Nieto para ocultar el contrato más grande entregado a la constructora brasileña Odebrecht. Ni siquiera los llamados del Congreso de la Unión a fiscalizar las cuentas secretas de la petrolera han dado resultados. El mismo exdirector de Pemex, Emilio Lozoya, continúa impune a pesar de las acusaciones en su contra, como haber recibido dinero de sobornos provenientes de la referida empresa de Brasil.

Cuando Lozoya asumió la Dirección de Pemex, la empresa tenía una deuda de 765 mil millones de pesos, y, cuando salió, el monto ascendía a 1 billón 465 mil millones.

Recientemente también se dio a conocer que la petrolera mantiene un patrocinio con el equipo de la Fórmula 1 Sahara Force India, de la que es piloto el mexicano Sergio ‘Checo’ Pérez. Sin embargo, pese a las múltiples solicitudes de información ante el Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI) sobre el monto destinado para ello, la empresa ha concluido que esos documentos no están entre sus archivos. Para ella, simple y sencillamente, no existe.

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