Peña Nieto busca en Meade la oportunidad de reivindicarse en lo posible...

Peña Nieto busca en Meade la oportunidad de reivindicarse en lo posible y sumar aliados contra AMLO para el 2018

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El próximo 1 de julio de 2018 se llevarán a cabo las elecciones federales en las que se elegirá al presidente de la República y se renovará el Congreso de la Unión. Por ello, los partidos políticos han comenzado a mover sus piezas con el fin de posicionarse entre los electores, aunque unos lo tienen más difícil que el resto. Morena, por ejemplo, va viento en popa encabezando la mayoría de las encuestas con su candidato Andrés Manuel López Obrador, quien pese a la derrota sufrida por su candidata a gobernadora en junio pasado en el Estado de México –en un proceso plagado de flagrancias e impudicias políticas no consignadas por las autoridades electorales y anticorrupción, atenidas a un formalismo constitucional más cómplice y legitimador del estatus quo que defensor de la legitimidad real del sufragio y de la representación popular de los candidatos ganadores- se ha mantenido como puntero. Otros, como el PAN y el PRD, aún no definen candidato y deshojan la margarita de un llamado frente amplio opositor que, por cierto, bien podría incorporar al PRI, ahora que en ese partido se han destrabado los impedimentos estatutarios y se ha perfilado la posibilidad de una candidatura no priista como la del secretario de Hacienda, José Antonio Meade, que bien podría ser aceptada por el PAN y el PRD, aunque con la sola negativa del voto perredista para López Obrador el morenista podría tener problemas, como ocurrió con su partido en el Estado de México. Figuras como Margarita Zavala y Ricardo Anaya, del PAN, y Miguel Ángel Mancera, del PRD, se perfilan como los principales aspirantes opositores; pero el mero hecho de que sumen fuerzas contra López Obrador, con alianza formal o sin ella, pero una alianza estratégica al fin y al cabo (una especie de ‘todos unidos contra el Morena’, o ‘tucom’, para enfrentar el ataque previsible a los intereses de los grupos de poder afines a todos ellos), podría hacerlos ganadores en esa unidad pragmática que consolidan en los hechos. El PRI, por su parte, está remando contra la corriente de no terminar como tercera o cuarta fuerza nacional, debido a la mala imagen que los mexicanos tienen del presidente Enrique Peña Nieto por los interminables escándalos de corrupción en su entorno y en el de su partido, donde el estallido en Brasil del caso Odebrecht y las revelaciones sobre la implicación en él del ahora exdirector de Pemex -Emilio Lozoya Austin, sobornado con más de 10 millones de dólares por contratos fraudulentos de miles de millones y cuyos beneficios de la trama del cohecho habría compartido con las más altas esferas presidenciales- parecen estar poniendo los últimos clavos en el ataúd priista, luego de los procesos penales contra los exgobernadores delincuentes –por saqueadores de sus entidades o por narcos-. Su principal aspirante desde hace algunos meses ha sido el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, seguido de otros como Luis Videgaray, Aurelio Nuño e incluso José Narro. Sin embargo, en un último intento de dar una mejor cara al partido, Peña Nieto estaría enfocando su estrategia en posicionar al titular de Hacienda, José Antonio Meade Kuribreña, como el próximo candidato presidencial, gracias a su eficacia institucional y a los logros que ha conseguido en los últimos meses para la estabilidad y la salud de las finanzas públicas del país, y gracias asimismo a su imagen no contaminada por la corrupción de los regímenes panista y priista donde ha participado con altos cargos desde hace 12 años, y a constituir un ejemplo de austeridad y de moderación en medio de funcionarios acostumbrados a los excesos y los lujos. Esta decisión ha provocado algunas divergencias en el Revolucionario Institucional de parte de algunos ‘dinosaurios’ de la vieja guardia del más envilecido autoritarismo militante, pero, al mismo tiempo, el que las únicas inconformidades procedieran de ese sector priista de la peor calaña, refieren que la posibilidad de que alguien como Meade pueda ser candidato presidencial es una buena decisión en términos de competitividad electoral, justo para remar contra el descrédito, donde luego, si el ahora perfilado llega a ser ese candidato, tendría que intentar desmarcarse del tutelaje de su jefe presidencial, quien por ahora lo está dejando mover sus fichas en el ámbito de sus decisiones, a modo de que vaya resolviendo apremios gubernamentales –sobre todo en el campo fiscal y financiero-, vaya ganando imagen a partir de su influencia en la mejoría económica del país, y sumando adhesiones rumbo a la hora cero. Peña Nieto, por lo pronto, se ha anotado el punto de la unidad partidista y de una aparente cargada a su favor en torno de la decisión sobre el posible candidato a sucederlo en la casa presidencial. Meade podría ser el mejor candidato propuesto por el PRI para el país. Pero si contra todos los pronósticos fuera un buen presidente para el país, tendría que no serlo para Peña Nieto, a quien habría de abandonar a su suerte con quienes han sido sus cómplices, para responder por sus actos delictivos en los tribunales, lo que pareciera un sueño guajiro, ni más ni menos.

Peña Nieto busca en Meade la oportunidad de reivindicarse en lo posible y sumar aliados contra AMLO para el 2018

Javier Ramírez

A menos de un año de los comicios federales en los que se elegirá al presidente de la República, 128 senadores y 500 diputados federales, los partidos políticos han comenzado a definir sus estrategias para posicionarse en la preferencia de los electores.

El primero en hacer sus movimientos fue el Partido Revolucionario Institucional, que ha visto caer estrepitosamente sus bonos debido a la mala imagen del presidente Enrique Peña Nieto abonada por los vastos y multiplicados escándalos de corrupción en su entorno de Gobierno y en el de su partido.

Aunque se podría decir que las llamadas “reformas estructurales” del mandatario eran necesarias luego de varias décadas de estancamiento en los sectores fundamentales del desarrollo como el de la educación y el de los energéticos, los resultados ha dejado mucho que desear. Al no verse reflejados los beneficios de estas reformas, el Gobierno federal se granjeó una mala imagen entre los mexicanos, quienes se sintieron engañados al no percibir las tan anunciadas rebajas en los precios de las gasolinas y la luz, por ejemplo, ni saberse de cambio cualitativo alguno en el sector de la educación. De hecho, los precios de los energéticos esenciales no hicieron más que subir, y las políticas de evaluación magisterial son un fracaso: México sigue siendo uno de los países con las peores calificaciones del mundo. Y así, el nivel de aprobación de Peña Nieto llegó a su punto más bajo en agosto de 2016, cuando sólo 29% de encuestados avaló su trabajo al frente del país. De acuerdo con Consulta Mitofsky, en diciembre de 2012, Peña Nieto gozaba de 54% de aprobación y 35 de desaprobación. En mayo de 2013 registró su mejor porcentaje, con 57%.

La detención de tres exgobernadores priistas en el extranjero, la causa penal abierta contra otro que anda prófugo de la Justicia, y el escándalo generado por la invitación hecha al entonces candidato presidencial estadounidense, Donald Trump, para visitar el país -luego de insultar de todo a los mexicanos y a sus gobernantes y de amenazar con alzar un muro fronterizo que habría de pagar el Estado mexicano-, vinieron a abonar al mal momento del Revolucionario Institucional.

Sin embargo, el Gobierno de Peña Nieto ha hecho los movimientos necesarios para seguir en el juego, como quedó demostrado en los cinco primeros meses de este año al dar todo el apoyo de su administración a Alfredo del Mazo, quien en junio pasado se alzó con la victoria en la elección del Estado de México, principal bastión del PRI a nivel nacional, pese al crecimiento del Morena y su candidata Delfina Gómez Álvarez.

Ésta tan cuestionada victoria, pero victoria al fin –plagada de actos fraudulentos desestimados, sin embargo, por las autoridades electorales y anticorrupción-, significó un respiro para el presidente Peña, quien comenzaría semanas después a barajar a sus posibles candidatos a la Presidencia de la República con criterios menos filiales y de complicidad, y más pragmáticos y realistas. Ahora necesitaba un candidato con más potencialidad electoral y mejor imagen que la suya y la de sus compinches en el gabinete; alguien mejor visto en su partido y entre sus posibles aliados reales y estratégicos contra el Morena y López Obrador.

El as bajo la manga de Peña

En los últimos años los medios y la opinión pública han especulado acerca de quién será el priista que obtenga la tarea de enfrentar a Andrés Manuel López Obrador y al Morena en 2018. Desde el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, y el titular de Relaciones Exteriores –y anteriormente de Hacienda-, Luis Videgaray Caso, hasta el secretario de Educación Pública, Aurelio Nuño –el personaje de las mayores confianzas presidenciales que, ahora, al parecer, se está sumando a la virtual candidatura de Meade, lo que advierte el talante de Peña a ese respecto y propone que el presidente prefiere ganar tiempo e impulso para su candidato frente a la empinada pendiente que tiene cuesta arriba-, e incluyendo, aunque más no fuera que como oferta de aparador, al responsable del Sector Salud, el exrector de la UNAM, José Narro Nobles, todos ellos han estado desde entonces en el centro de atención.

Sin embargo, de manera discreta, otro integrante del gabinete ha ido aprovechando el descrédito del entorno presidencial inmediato (que pudiera ser su mayor hándicap pero, en su caso, es lo que le da relieve en un contexto de ineptitud y mala reputación) y sus propias competencias profesionales e institucionales, lo mismo que su perfil ético, austero y al margen de los escándalos de corrupción que han envuelto a los Gobiernos en los que ha participado, para escalar en la aprobación pública, en las preferencias pragmáticas de Peña Nieto y en el interés competitivo del sector menos desacreditado y corrupto del PRI.

El titular de Hacienda y Crédito Público desde septiembre del 2016, José Antonio Meade Kuribreña, es probablemente el secretario de Estado que mejores resultados ha brindado al actual Gobierno federal. Con la experiencia que tuvo en el sexenio de Felipe Calderón, donde ocupó las secretarías de Energía y de Hacienda, ha conseguido defender ante los críticos el objetivo de las reformas hacendaria y energética, al recordar que anteriormente el presupuesto de la Federación dependía en 40 por ciento de los recursos provenientes el petróleo, cifra que se redujo a sólo 20 por ciento. Y aunque sufrió un revés popular y político al defender la decisión presidencial de aumentar los precios de las gasolinas hasta en 20 por ciento a finales del año pasado, al cabo de unos meses la situación se calmó y actualmente la economía mexicana está en plena recuperación, con un peso más fuerte frente al dólar, que llegó a cotizarse hasta en 22 pesos. En un encuentro con los 47 diputados federales llevado a cabo el pasado 15 de agosto, Meade reiteró que la economía ha logrado sobresalir frente a países emergentes por su buena conducción fiscal y monetaria, pero sobre todo por las reformas estructurales llevadas a cabo durante la actual administración. Hoy día y merced a su gestión financiera y fiscal, la administración federal es superavitaria por primera vez en el actual mandato, además de que se han superado las incertidumbres de los sectores exportador y bursátil frente a las amenazas ultranacionalistas y proteccionistas de la gestión inaugural de Donald Trump en los Estados Unidos, y la gestión de los ingresos petroleros en eventual ascenso es másconfiable y segura que antes.

El trabajo de Meade al frente de Hacienda ha sido tan bueno en los últimos tiempos, que algunos observadores consideran que haría un mejor papel como próximo gobernador del Banco de México, cuando Agustín Carstens deje el cargo en noviembre próximo, mientras otros ven que la encomienda presidencial primaria es la de mantener las perspectivas ascendientes de crecimiento, la confianza financiera y la estabilidad fiscal y cambiaria, para recuperar la imagen política del Gobierno federal y de su partido, y fortalecer la candidatura sucesoria.

Asimismo, muchos medios han destacado la buena personalidad pública de Meade: es considerado un tecnócrata trabajador, católico devoto y hombre de familia. Vive en una casa sin pretensiones y acude a trabajar manejando un Toyota Prius, en lugar de los automóviles de lujo que utilizan sus compañeros de gabinete. Meade es, pues, la mejor cara que puede tener el PRI para el 2018.

Preferencias electorales

El PRI no la tendrá fácil en la carrera presidencial. De acuerdo con la última encuesta de Consulta Mitofsky presentada en El Economista en junio pasado, sin considerar posibles candidatos o alianzas, el Partido Acción Nacional encabeza las preferencias electorales con 18.6 puntos, mientras que el Revolucionario Institucional todavía tiene el mayor rechazo. Aun así, el PRI logró recuperarse de su peor momento –el gasolinazo de enero- y subió 3.3 puntos para ubicarse en tercer lugar con 16.6 puntos. En segundo lugar se ubica Morena, con 17.7 puntos.

En cuanto a posibles aspirantes, el mejor ubicado es Andrés Manuel López Obrador, con 93.0, seguido de Miguel Ángel Osorio Chong, con 76.5. Margarita Zavala, Miguel Ángel Mancera, Ricardo Anaya y Eruviel Ávila, se mantienen con 74.9, 65.2, 60.2 y 53.1, respectivamente.

En cuanto a los favoritos del PRI para ser candidatos a presidente, Miguel Ángel Osorio Chong se mantiene en primer lugar con 49.4 puntos, Eruviel Ávila con 17.8, Manlio Fabio Beltrones con 6.6, José Antonio Meade con 4.8, y Aurelio Nuño con 3.5.

Otra encuesta publicada semanas después por el Gabinete de Comunicación Estratégica (GCE) colocaba a Margarita Zavala arriba de Andrés Manuel, quien en el resto de las encuestas se mantiene como puntero.

Partidos comienzan a mover sus barajas

Ante este escenario en el que Osorio Chong no sale favorecido, Peña Nieto habría ordenado ya comenzar a posicionar a Meade como el próximo candidato del PRI a la Presidencia de la República. Y lo haría desde la víspera misma de la XXI Asamblea Nacional del partido que tuvo lugar del 9 al 12 de agosto pasado, donde se eliminaron los ‘candados’ que impedían que ‘ciudadanos simpatizantes’ de ese partido pudieran ser candidatos. Esto generó controversia y enojo entre algunos de los priistas más antiguos y desacreditados, como el exgobernador de Oaxaca, Ulises Ruiz, quien apenas el año pasado sufrió una tremenda derrota en su papel de delegado nacional en Quintana Roo, cuando su candidato a la gubernatura, Mauricio Góngora Escalante, se quedó muy corto frente a la alianza PAN-PRD que postuló al expriista Carlos Joaquín González.

Sin embargo, una probable postulación de Meade Kuribreña como candidato tampoco garantiza mejores resultados para el PRI, que continuará teniendo como rival a Andrés Manuel López Obrador, quien continúa avanzando y posicionándose. Es tal la ventaja que mantiene frente al resto de aspirantes, que el PAN y el PRD ya trabajan en una posible alianza que lo frene, aunque al hacerlo estarían generando también una posible división, porque es poco probable que Margarita Zavala o Ricardo Anaya se decanten por Miguel Ángel Mancera, y viceversa.

En ese sentido, en el PRI, pese a las voces de figuras como Manlio Fabio Beltrones e Ivonne Ortega Pacheco, quienes buscan que la candidatura presidencial quede en un priista con trayectoria dentro del órgano político –por cuestionable que sea esa trayectoria-, continúa pesando la voz del presidente de la República, quien en las postrimerías de su liderazgo y ante la falta de otros con mayor suficiencia y popularidad, ha logrado unificar a la militancia. Y, lo cierto es que, en buena medida, la falta de objeciones se debe a que la inclusión de Meade en el proceso de selección priista de candidatos tiene pocas alternativas capaces de desplazarlo en términos de competencia y perfil ético entre los aspirantes tricolores.

Sin embargo, todo puede suceder en los próximos meses, pues, como quedó demostrado en las elecciones del 2006 y 2012, los resultados fueron muy distintos a lo que pintaron las encuestas.  Ahora, con una mayor incertidumbre política, económica y social, el desenlace es todavía más difícil de prever.

 

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