Populismos y neoliberalismos letales

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Populismos y neoliberalismos letales

En México, como en pocas partes del mundo, la miseria humana y la simulación no tienen fronteras. Y los empresarios mexicanos más poderosos, corruptos y beneficiarios de la vasta corrupción política, son sus principales abanderados.

¿Qué ha sido más pernicioso para el país: el populismo revolucionario y el neoliberalismo privatizador que les entregó en bandeja de plata porciones inmensas del patrimonio nacional con el que constituyeron enormes imperios monopólicos, o el populismo demagogo de seudoizquierda que les quitó parte de esa riqueza saqueada sólo para dilapidarla en inversiones públicas fallidas o en otros hurtos de gobernantes y funcionarios tan viles y tan inmorales como ellos?

¿Quiénes han sido peores: los que vendieron, quebraron los negocios que les fueron dados desde el Estado, y se llevaron el dinero al extranjero montados en el discurso de la desconfianza o en la víspera de las decisiones devaluatorias que les eran anunciadas por sus socios en el poder político, o los populistas del echeverrismo y el lópezportillismo que les expropiaban los cascarones de sus empresas y amparaban a sus enormes colectivos de desempleados en un sindicalismo clientelar tan sucio e inescrupuloso como la empresa de los forajidos expropiados por los populistas, y que convertían la riqueza nacional en los llamados ‘capitales golondrinos’ en busca de nidos financieros y bursátiles con la mayor retribución?

¿Quiénes han sido una de las más grandes pestes de este país: los banqueros mexicanos a quienes fueron regalados los bancos, o los populistas que luego se los expropiaron, o los neoliberales del salinismo que luego los volvieron a privatizar sólo para que los beneficiarios de la privatización bancaria -cuyas deudas fueron pagadas por los zedillistas con dinero público (Fobaproa) ‘para que el país no se hundiera’ tras el ‘error de diciembre’- los volvieran a vender, en el foxismo (verbigracia Roberto Hernández, que se deshizo de Banamex), sin pagar un solo centavo de impuestos por la ganancia de la colosal compraventa?

Los Larrea, los Bailleres, los Slim, los Hank, los González Barrera, los X. González, los Salinas Pliego, los Azcárraga…, toda esa ralea multimillonaria alzada dentro del uno por ciento de los propietarios globales del 99 por ciento de la riqueza del mundo, y señalada como una de las oligarquías nacionales más influyentes y depredadoras a costa del mayor empobrecimiento de su país gracias al neoliberalismo salinista, ¿es mejor para México que el populismo que ven venir si López Obrador llega a la Presidencia de la República?

Si toda esa piltrafa empresarial pierde con eso, ¿en realidad pierde el país?

¿Con quién fue más pobre ese país y con quién hubo más desigualdad en él entre los que más y menos ganaron durante sus regímenes: con Luis Echeverría o con Carlos Salinas de Gortari? (No porque el echeverrismo no fuera la gran catástrofe nacional que fue, sino porque el remedio privatizador que llegó con el Consenso de Washington y la globalización, expulsó a más mexicanos empobrecidos que nunca antes a los Estados Unidos, y acabó de un solo tajo -y con el pretexto de suprimir la corrupción de los subsidios sociales de la institucionalidad revolucionaria populista- con el campo mexicano, con el abasto alimentario procedente de la pequeña producción rural, y con los financiamientos sociales que llegaban a grandes sectores pobres como único sustento posible.)

¿Qué fue más siniestro y más corrupto: el financiamiento clientelar del populismo revolucionario, o la entrega de los principales patrimonios estatales a unas cuantas familias y prestanombres de la familia en el poder presidencial?

Algunas preguntas adicionales:

¿Hizo, López Obrador, un gobierno deficitario y populista en la Ciudad de México cuando la gobernó?

¿Hay, en ese pasaje administrativo, una evidencia de ‘chavismo’ derrochador y de desvíos contabilizados y auditados de recursos públicos que desbalancearan las finanzas de su mandato?

¿Dejó una deuda pública sobresaliente?

¿Cuáles son los rastros populistas censurables de López Obrador en la Ciudad de México?

¿Fue mejor la gestión neoliberal zedillista del ‘error de diciembre’ -de Zedillo y de Salinas, que hizo a aquél su sucesor- con la conversión de deuda privada en deuda pública (Fobaproa), que la de López Obrador en la Ciudad de México?

¿Hubo, en la Ciudad de México de López Obrador, una oligarquía privilegiada con la corrupción gubernamental como la que saqueó al país durante los populismos echeverrista y lopezportillista, y los neoliberalismos priistas y panistas?

¿De qué diablos hablan los Larrea, los X. González, los Slim y toda la legión de cómplices y prestanombres de la corrupción del poder político mexicano que ha hundido al Estado, que ha pervertido sus instituciones, y que ha convertido al país en un muladar de sangre gracias a partidos en los poderes federales, estatales y municipales, como el PRI, el PAN, el PRD, el Verde, y demás rémoras asociadas, y en los que no se ha contado, por cierto, con la contribución del Morena?

Fueron ellos, y gente como ellos, los que quebraron empresas que en nombre del Estado y por sus puras y autoritarias pistolas les obsequiaron gobernantes tan infames y ruinosos como Luis Echeverría -del tipo populista que ahora condenan-, y se llevaron el dinero al extranjero: el dinero de las ventas, de las quiebras y de los financiamientos públicos indebidos que recibieron y no usaron ellos para rescatar esas empresas.

Fueron ellos, y gente como ellos -beneficiarios, además, de una evasión fiscal de las más prohibitivas y consentidas del orbe por las autoridades hacendarias y políticas-, los que desaparecieron miles y miles de millones de dólares, apenas conocieron -con información privilegiada de agentes suyos en el Gobierno- las medidas devaluatorias de Echeverría, de López Portillo y de Zedillo.

Y siguen siendo ellos, y gente como ellos, los que ahora pueden provocar una nueva oleada de insolvencia nacional; los que se llevan ya y se seguirán llevando enormes cantidades de dinero ganado con la complicidad de los Gobiernos populistas y neoliberales mexicanos, y ahora usan para ello la coartada de un populismo presidencial por venir del que no tienen evidencia ninguna, porque por lo menos en el pasado gubernamental de López Obrador esa evidencia no existe.

Claro: pueden llamarle populismo a ciertas medidas fiscales necesarias y a ciertas revisiones de contratos exigidas por la ley y por la mínima corrección institucional. Pero revisar la reforma energética peñista, cancelar ciertas concesiones amañadas, tratar de impedir o investigar o castigar colosales sobornos como el de Odebrecht, y llamar a cuentas fiscales a los grandes evasores que han saqueado el tesoro nacional, no sólo no es populismo, sino la más elemental de las justicias que reclama el ejercicio público y la corrección del Estado de Derecho.

Adolfo López Mateos nacionalizó la industria eléctrica, como Lázaro Cárdenas expropió el petróleo, y ambas fueron medidas necesarias del mayor interés de la nación.

En Rusia, las empresas expropiadas por Putin a las mafias más poderosas del mundo funcionan hoy día mejor que nunca. Y, de hecho, Rusia funciona mejor que nunca y no hay evidencia ninguna que diga lo contrario. ¿Hay algún argumento que pueda asegurar que un liderazgo anterior al de Putin fue más popular, eficaz y aceptable antes en Rusia, o que hay en el pasado ruso una democracia más productiva que la instaurada con su régimen? ¿La transición en México con Fox fue mejor que la de Rusia con Putin?

El saqueo oligárquico de México puede ser el más brutal de todos los tiempos, y ahora puede tener como coartada el populismo lópezobradorista. Ésa puede estar siendo ya la estrategia de la muy perversa y corrupta oligarquía mexicana. Y, de ser así, López Obrador debiera estarse viendo ahora mismo en el espejo de Lázaro Cárdenas (a quien, por cierto, tampoco se le daba la oratoria y el despliegue incontinente y feliz de las mejores ideas, porque si bien el general era sabio y luminoso, también era parco,lacónico y poco expresivo, como bien se sabe; no por nada algunos le decían ‘la esfinge de Jiquilpan’).

Si, en efecto: hay que enfrentar la peste de la corrupción empresarial mexicana, que se ha nutrido de las pestes del populismo y del neoliberalismo perversos y corruptos.

Y sí: hay que volver la cara a las iniciativas sociales y a los equilibrios de la economía mixta del priismo del ‘desarrollo estabilizador’, y a las medidas de un cardenismo sin miedo a las transformaciones esenciales en un país de familias del poder privilegiadas y rapaces.

El aeropuerto internacional en construcción de la Ciudad de México es un mamarracho monumental de proyecto y de financiamiento, en una zona sísmica muy peligrosa que, además de todo, ya no soporta más demografía y cargas inmobiliarias de ninguna especie. Sólo las condiciones geológicas y sismológicas debieran impedirlo, antes, incluso, de los muy punibles contubernios públicos y privados, y de los beneficios financieros ocultos y por esclarecer.

Tomar decisiones de ese tipo no es un imperativo terrorista ni populista de las marcas Trump o Maduro. Es parte del radical saneamiento que urge a este país. Alguien debe hacerlo. Y si López Obrador no cumple su promesa, entonces López Obrador será un fraude. Pero no es, ni puede serlo ahora, en la víspera de todo.

SM

estosdias@gmail.com

 

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