Por mi raza hablará el spot

Por mi raza hablará el spot

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Por Salvador Montenegro

Si por sus expresiones los conoceremos, a los candidatos mexicanos en campaña los conocemos bastante poco, a todos, empezando por los más conocidos, los presidenciales.

Se atienen a sus campañas, no a los saldos rescatables de su trayectoria pública. Ni se ocupan de interiorizar en sus ideas. En realidad son bastante lerdos en el abundamiento de sus ofertas, no pasan del lugar común. Lo suyo es la imagen mediática como espejo del posicionamiento electoral. Como entendería Goebbels para la domesticación nazi: la masa no discierne más que lo inmediato, el mundo elemental en blanco y negro, donde la retórica debe ser enfática, reiterativa, adjetiva y maniquea. Aquéllos son los malos, hay que acabar con ellos. Pero ésa era una estrategia ideológica. En la masa el individuo deja de serlo, dice la teoría sobre la cuestión. Cuando una colectividad es acosada por el miedo es fácil presa del fanatismo; el racionalismo individualista complejo cede al contagio de las simplificaciones emocionales, al fascismo y el mesianismo de los iluminados y los transgresores extremistas del momento que encarnan la salvación. El miedo devora la conciencia crítica de las sociedades en crisis económicas históricas, dice la teoría. Es el caso alemán de los tiempos que engendraron al Führer, las condiciones del “huevo de la serpiente”. En los tiempos del México democrático de las campañas electorales las simplificaciones no proceden de ninguna estrategia, sino de la crisis histórica de la educación, que expande y profundiza la incivilidad y la mediocridad de liderazgos y comunidades electoras.

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Menudea el chismorreo y se abaratan los contenidos. La gran ausente es la credibilidad. En el país de la corrupción integral, el candidato presidencial de la izquierda se asume como el único santo de la política y propone la revolución moral como la alternativa redentora. Pero al pueblo raso, fecundado en el estercolero de la vida corriente y el quehacer público, inmerso en él por los siglos de los siglos, ¿le importan en realidad esas cruzadas retóricas tan puritanas cuando la demagogia del bien común y de la santidad del poder y el respeto al derecho ajeno es más antigua que su idiosincrasia y su fe milagrera, y está en los genes más remotos de la identidad que le corre por la venas? (No que las élites y las alcurnias no tengan los mismos gérmenes culturales en su herencia generacional, sino que el pueblo raso, dice Andrés Manuel López Obrador, es la razón de ser de sus mayores preocupaciones.) Pues bien, las encuestas dicen que el profeta de la salvación moral de México está en el tercer lugar de las intenciones de voto y a años luz del que las encabeza, el candidato del partido referencial de la corrupción mexicana, el PRI -según sus opositores-, donde se forjó la carrera política de Andrés Manuel y de algunos de los principales líderes de su movimiento. De modo que si a las encuestas nos atenemos parece que la moralización nacional no está, ni de lejos, entre las prioridades de los mexicanos. Más bien pareciera, en esa óptica, que la prioridad es que torne el tricolor al supremo poder, cual verdadero espíritu político de la raza de bronce.

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Pero en el país de la politiquería y de los formalismos constitucionales legislados, interpretados, instrumentados y sancionados de manera por demás subjetiva y arbitraria, está en chino atenerse a las encuestas, cuyas mediciones pueden ser muy objetivas y muy justas, o muy del color del cristal con que se miren. La cosa es la endiablada confusión de sus destinatarios más desprevenidos, que no son los menos, en medio de la avalancha de indicadores y de proyecciones empujada al albedrío de los influyentísimos medios de opinión pública. Las encuestas ilustrarían al público sobre el tamaño de la presencia de los contendientes entre la diversidad electora, pero es más determinante la intencionalidad de los análisis y el mercadeo de intereses que se mueven detrás de las marcas encuestadoras más conocidas. El poder mediático de mayor cobertura –que en términos proporcionales por país es el más poderoso del mundo- es monopólico e ingobernable. Se impone al Estado mismo. E impone el libertinaje de la libertad expresión para condicionar y coartar el poder de las instituciones, y para establecer a su absoluto albedrío nociones convenientes de credibilidad social a partir de sus políticas de producción y de emisión de contenidos. Y ésa es la fuente fundamental de información de la masa electora. Es la misma mano que perfila siluetas presidenciales a modo. La que mueve la cuna, para acabar pronto.

Las encuestas, pues, son mensajes promocionales. En un país sin letras, sin luces, a tientas, la vida promocional es la vida de los liderazgos que luchan por dirigir los destinos de una de las naciones más vastas del mundo (sí, sí, en términos físicos: territorio, recursos, consumidores, migrantes y eso que es mensurable, cuantificable; por supuesto: también muertos y más muertos, y porciones desmedidas de Producto Interno desgajándose en el despeñadero de la democracia y de la turbiedad administrativa). Es una vida bastante estéril, también muy mensurable cuanto reducida. Redundante y banal. Monosilábica y ruidosa. Hartante de tan sin gracia, de tan sin imaginación. Las campañas son repeticiones incesantes y enfermizas de spots, de mensajitos genéricos de radio y televisión. Son rostros de tres que van y vienen, entre multitudes, besando niños y ancianas y jóvenes paralíticos; son brazos que se alzan cantando victorias de todos nosotros en la víspera; manos efímeras estrechando y tocando miles o millones de manos de nadie, abrazando cuerpos y queriéndolos tanto en el eternizado instante de la foto del día siguiente; son bocas hablando al anonimato masivo, tirando al foso de la desmemoria colectiva palabras de escribanos y frases inciertas y sin emoción. Las campañas son estrategias de publicistas con candidatos para vender: invención de productos y mercadeo para clientes incautos, imbéciles, mediatizados. Pendones y pendones y espectaculares. Un inclemente paisaje de nadería absoluta de decenas de miles de millones de pesos del erario que hace de lo partidos y de la política un basural democrático del tamaño inmenso del pobre país de decenas de millones de muertos de hambre y de decenas de miles de asesinados y torturados y aterrorizados por la violencia.

Poco más poco menos que todo eso son las campañas en curso. Exitosos estrategas maquinando vulgares descalificaciones de los otros y tretas para poner en el tendedero de la prensa los trapos sucios de aquéllos. Estrategas que amasan monigotes y los hacen hablar con vulgares provocaciones estratégicas. Estrategas internacionales que se pavonean por el mundo de los enanos enseñando cómo hacen presidentes con slogans para enanos. Y un litigio sin término de desencuentros sin tregua entre los representantes de los equipos de los candidatos presidenciales para elaborar el proyecto de agenda y de formato de uno de los debates para que las audiencias de radio y televisión vayan conociendo las posiciones de cada cual y las confronten con las de los demás respecto de cada uno de los temas que se acuerden en las sesiones de los representantes de los equipos de campaña: unos segundos, uno o dos minutos si acaso, para que cada candidato haga su planteamiento, para que se le replique, y para que él contrarreplique, y para que a final de cuentas no quede nada en la conciencia de nadie de lo dicho ahí para el mundo sino sólo el inmediatamente olvidable recuento anecdótico sobre quién se vio mejor en la tele y sobre el festejo de la defensa de todos del hecho incontrovertible de que ganaron todos.

Las campañas son las redes sociales y el tráfico infernal de simplificaciones inútiles de dos o tres frases incoherentes escritas en lenguaje analfabeto, que refieren a cabalidad lo espeluznante del valor del bagaje de las legiones de ciudadanos de los sectores más informados, que son los que hacen uso de las tecnologías informáticas, para reciclar sus vacíos conceptuales y exhibir por el mundo el lumpenaje de nuestra cultura y la naturaleza titánica de los liderazgos inexistentes que se necesitan para transformar ese estatus de mendicidad espiritual que produce infiernos como el de la violencia más grande del mundo y monopolios de poderes de facto que gobiernan por encima de las instituciones como ningunos otros en el mundo, y en cuyo cavernícola apocalipsis nacional hacen su reino los Goebbels de pacotilla de nuestra era democrática que afirman, tras la mediocridad de sus candidatos, instalados ellos a la vera de sus decisiones, que van a ganar, y para ganar esos titiriteros hacen que sus títeres salgan a todos los medios de opinión pública a gritar que si los priístas regresan a gobernar el país será un cochinero más grande que el provocado por los gobiernos del cambio, y que los perredistas no son otra cosa que los priístas reciclados como izquierdistas, a lo que los estrategas izquierdistas responden al vuelo que son más bien ellos, los pinches panistas, la misma mafia de la derecha que se quedó en el PRI cuando los que se fueron de él se volvieron socialistas.

Cosas horrendas como ésas son las campañas donde todo el poder se quiere ganar con frases estúpidas, con imágenes superfluas, con satanizaciones ridículas, con la ficción reiterada de lo que no se es y no se tiene, pegada, videograbada, cibernética o andando por todas partes; gritando a los cuatro vientos la verdad de lo que no se es y no se tiene en un país de sordos.

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Y en el colmo de las miserias del concepto, la creatividad, las palabras y las actitudes del cambio –que debieran desplegarse en las campañas electorales, para que el ciudadano compre esperanzas legítimas y se comprometa con ellas-, una caterva de multimillonarios filantrópicos nos receta un cortometraje escupible en cada uno de sus execrables cuadros, como una alegoría extrema, expresionista, bizarra, del tripajo humeante en que la política ha convertido al país, se entiende que para que el público consumidor de ese desperdicio fílmico por fin -merced a la sublime vocación patriótica de algunos de los filántropos más ricos del planeta, que lo son gracias a la política que ha producido en México una de las desigualdades nacionales más bárbaras de ese planeta- despierte y haga conciencia del desgarriate criminal intolerable y sin orillas en que se ha convertido el país, y para que los candidatos en campaña tomen nota del infierno de Dante en el que quieren meterse, para que en realidad asuman los compromisos y las decisiones que ese incendio voraz demanda como agua bendita para consumirse.

¿Acaso no son suficientes las versiones cotidianas y las experiencias propias y las noticias de espanto que nos llueven a diario por todos los flancos mediáticos para ponernos los pelos de punta sobre esa inmundicia en la que flotamos? ¿Acaso los candidatos y los electores viven en una galaxia distinta y necesitan del ingenio de los cineastas y de niños metidos de actores para tener el santo y seña de lo vulnerables que somos todos y de lo expuestos que están los menores al asalto de la criminalidad de su presente y de su futuro, en todas sus facetas y en todas sus dimensiones, por culpa de la anarquía política y de la ingobernabilidad de todos los diablos en que se convirtió el sueño de la democracia? ¿Se necesitan niños actores para saber y espantarse con la realidad del diario de los mocosos que se ganan la vida de sicarios, de vendedores de drogas, de asaltantes y de rateros, y para enterarse del futuro que les espera si las cosas siguen como parecen, al garete y sin liderazgos visibles a la medida de las circunstancias? Comparados con el Ponchis de Cuernavaca y con sus hazañas de torturador y su expediente de matón a sangre fría apenas a sus once años, los niños del cortometraje de la multimillonaria filantropía mexicana ¿no se ven tiernos y candorosos? ¿No entienden esos filántropos imbéciles que las imágenes de la violencia producen reacciones diametralmente distintas entre los adultos y entre los niños?; ¿que el ideal de infantes del entorno del Ponchis es el ambiente que recrea el cortometraje, y que más que beneficiar la conciencia crítica de quienes no la tienen el mensaje favorece las tendencias criminales del lumpen?

El problema no está en los niveles criminales a los que ha llegado el país, sino en la falta de sensibilidad, de reflexión humanística y de sentido común de sus élites dirigentes, entre ellas las empresariales. El problema es la anarquía del concepto, el extravío de los referentes y de los fundamentos críticos para encontrar las causas de la descomposición y sus antídotos. El problema es la pérdida de las entendederas; ofrecer, como los empresarios del caso, soluciones radicales ideadas en la superficialidad de las percepciones, que a la postre se convierten en otras tantas amenazas por atajar. Ése es el problema: la desaparición de las fronteras entre los fáctico y lo institucional; la desconfianza en las posibilidades de regulación, de control y de poder del Estado; la arbitrariedad en la emisión de contenidos, por ejemplo, de los que tienen la sartén por el mango. El problema son las secuelas del gravísimo deterioro estructural y progresivo de la educación y del humanismo en México.

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¿Por qué nos pasa en todas las cosas como en el fútbol? ¿Por qué no aprendemos un poco de los que saben? No imitar, sino aprender. No repetir, sino recrear. De los españoles, por ejemplo. Algunas prácticas políticas de valor.

No tenemos el régimen parlamentarista de debates frecuentes de Gobierno, como mayoría legislativa, defendiendo iniciativas y programas contra los embates de la oposición en las tribunas parlamentarias, donde el presidente del Gobierno y los otros líderes de las fracciones del Congreso son también los dirigentes de sus partidos y se ven las caras y se enfrentan de manera rutinaria. Pero por supuesto que pudieran crearse condiciones constitucionales que obligaran a los debates de rendición de cuentas y al intercambio de argumentos vivos sobre el ejercicio de gobierno y la responsabilidad social de los partidos, y que condicionaran el desempeño de determinadas funciones, burocráticas y políticas, a la comparecencia informativa regular de sus titulares, con datos concretos, con planteamientos específicos, con reglas definidas que impidan el desperdicio de tiempo y de palabras, y exhiban la competencia, la mediocridad o la ilegitimidad de los concurrentes. Los actores políticos españoles están informados, tienen calidad intelectual y solvencia argumentativa; dan y reciben metralla; y los electores los conocen, los ven y los oyen casi a diario; de modo que cuando son postulados a algo lo que menos necesitan son debates, porque en los debates públicos es en los que se forja su perfil de liderazgo. Esa capacidad informativa y expresiva se las exige la opinión pública. La prensa es un mecanismo de presión que interactúa en el mismo plano crítico, sin vulgaridades ni chabacanerías. Claro, hay una cultura democrática y una genética educativa. ¿Pero por qué no observar, intentar aprender, avanzar hacia una cultura de la discusión democrática?

Claro, está el problema invencible de la genética educativa. Y luego el de los monopolios que impiden medios de comunicación públicos poderosos, como los españoles, donde el periodismo plural más representativo debate a diario entre sí y con los líderes políticos y sociales, en diferentes emisiones, y siempre con elevados niveles de audiencia.

Claro, la civilidad… Es necesaria para intentarlo. Y bajarle a la frivolidad y al protagonismo de nuestros jefes de opinión pública, a nuestros pensadores más notables. Y al centralismo mediático de coberturas desmedidas. Y al libertinaje que corrompe la libertad de expresión. Y al negocio inverosímil de los magnates de los medios, que son más poderosos que los dirigentes del Estado.

Sin eso, en las campañas seguirán rifando los promocionales y las turbiedades de los estrategas que amasan productos presidenciales a la medida del consumo del enanismo mental. No hay contenido alguno. El mensaje está en la imagen de los publicistas y los estrategas. Sabe nadie cuál es la verdadera competencia ejecutiva de los candidatos. La masa ve imágenes, contempla guerras de lodo, conoce las frases maniqueas de los buenos contra los malos, y sigue en la misma inercia de siempre, viendo como van y vienen las mismas promesas bíblicas de todos los tiempos.

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