Pues seamos populistas, ¿no?…

Pues seamos populistas, ¿no?…

10
0
Compartir

El programa de Gobierno de López Obrador no es en absoluto novedoso. Y, de hecho, no es un programa socialista sino de fundamentos programáticos del priismo clásico, con el añadido esencial del combate a la corrupción y el que, de hacerse realidad, haría de dicho programa el mejor de la historia; y no como el programa ‘socialista’ y engendro del chavismo venezolano que tantos iletrados furibundos imaginan y temen, sino como el del ‘liberalismo social’ que prometía en sus días de candidato presidencial Carlos Salinas de Gortari, pero que él sí promovía sólo como una simple burla ideológica y que, como realidad histórica desprovista de toda veleidad demagoga, sería la comunión de la honradez y las laicas libertades juaristas, con los beneficios de un Estado Social de Bienestar como el concebido por Lázaro Cárdenas a partir del proyecto de la Revolución Mexicana institucionalizada.

Quien sepa más o menos de los principios proteccionistas, de bienestar popular y de justicia social del periodo sesentero del ‘desarrollo estabilizador’, con estímulos a la producción nacional y el consumo interno, defensa del salario, subsidios al campo (precios de garantía, seguros rurales, etcétera), economía mixta (con fuerte inversión pública), empresas estatales de servicio y en favor del gasto familiar, control inflacionario, estabilidad monetaria y otros, sabrá que el esquema lópezobradorista tiene tales referentes.

Los programas populares y las instituciones asistenciales del PRI de la justicia social, derivados del constitucionalismo revolucionario, no eran malos en sí mismos. De hecho, y en muchos sentidos, eran ejemplares y vanguardistas en su diseño conceptual e instrumental.

Fueron desdibujados por el clientelismo partidista y la corrupción, en efecto; pero la privatización neoliberal que los eliminó sobre el argumento del dispendio populista y sólo para justificar la entrega de bienes públicos a las familias de la oligarquía y la concentración extrema de la riqueza, fue peor, porque la corrupción se agravó y sólo completó el cuadro abominable de la modernidad con los ingredientes atroces de la miseria expansiva y la desigualdad.

De modo que esos programas del ‘desarrollo estabilizador’ y el constitucionalismo revolucionario priistas, acusados de populistas, no sólo no son un mal proyecto, sino que, a pesar de la cultura de la corrupción, en medio de la cual fueron engendrados y operados, hicieron de México uno de los países más competitivos y justos de Latinoamérica y de buena parte del mundo de su tiempo (de democracias racistas, colonialistas, intervencionistas, golpistas y militaristas), con crecimientos económicos superiores al seis por ciento, tasas ínfimas de inflación y desempleo, y altos estándares de inversión pública y privada, de ingreso laboral y de consumo popular.

La cuestión será suprimir el factor que los ha invalidado: la corrupción populista y la corrupción privatizadora neoliberal.

De ahí que el problema no sean el populismo y la refundación del priismo del ‘desarrollo estabilizador’, sino que el combate a la corrupción funcione.

Porque prometer un sistema de salud gratuito de cobertura integral no es, en absoluto, una panacea populista y electorera. Un sistema así opera lo mismo en Cuba que en España, Alemania y Rusia, igual que en cualquier Estado de Bienestar debía operar la educación gratuita y obligatoria de calidad en todos los niveles escolares, por encima de los intereses oligárquicos, privatizadores y neoliberales que pretenden que todos los sectores rentables de un Estado estén bajo su control, se paguen y sean regidos, de ser posible -y con las menores retribuciones fiscales ‘para el fomento a la inversión’-, sin regulaciones estatales de ninguna especie.

Porque, claro, el mundo feliz de los ricos -y más de los ricos más corruptos del mundo, como los mexicanos- es que el Estado se amolde a ellos, que los contratos más lucrativos del Estado se les otorguen a ellos -y si es sin concursarlos y sólo por la vía del compadrazgo, el conflicto de intereses y el ‘moche’ de los sobornos y las comisiones ilegales, mejor-, y que el Estado Social de Bienestar sólo exista más allá y en la antípoda de las conveniencias de ellos, porque de otro modo y de no ser así, el Estado será populista y despilfarrador.

Y no: tendría que ser la hora, en efecto, de intentar, por lo mismo, poner en marcha algunas de las principales premisas de un verdadero Estado de Bienestar, como la salud y la educación públicas gratuitas, de calidad y de cobertura universal, y como la reducción de la brecha salarial.

¿Por qué distraer ingresos fiscales astronómicos para pagar salarios y prestaciones burocráticas astronómicos –de legisladores y servidores públicos de niveles medios y altos de las jerarquías orgánicas o autónomas del Estado-, en un país tan desigual, de tanta pobreza extrema, de tan precario crecimiento económico, de tan pésima distribución del ingreso, de tan ineficiente funcionamiento institucional, de tan intocable corrupción, de tan soberana violencia y criminalidad, y de tan lamentable Estado de Derecho -por el que tanto se paga para que funcione bien y sólo se envilece, en cambio, cada día-?

¿Por qué tener funcionarios electorales y anticorrupción cual si fueran agentes financieros de la mayor capacidad bursátil?

¿Por qué usar el erario para pagar seguros y gastos médicos de multimillonarios a una masiva colectividad de representantes y empleados de alcurnia en los tres Poderes del Estado y en los incontables órganos ciudadanizados? ¿No hacerlo hace populista a un mandato gubernamental? Pues, muy bien: seamos populistas, ¿qué más da?

SM

estosdias@gmail.com

 

You are not authorized to see this part
Please, insert a valid App IDotherwise your plugin won't work.

No hay comentarios

Dejar una respuesta