Refundaciones partidistas y transformaciones nacionales

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Refundaciones partidistas y transformaciones nacionales

El subjetivismo inquisitorial (o el prejuicio fanático y militante), disfrazado de causa justa, es el principal aliado de la involución, la injusticia y los privilegios sectarios del estatus quo. La dialéctica democrática y la objetividad que precisan la evolución y las transformaciones necesarias, se atascan en la intolerancia sectaria y el absolutismo dogmático que niegan la posibilidad de la inclusión, la rectificación, y la relatividad de la conciencia crítica. Nadamos en un estercolero de sofismas, medias verdades y satanizaciones histéricas, que proponemos en la víspera como soluciones inequívocas de nuestro narcisismo o fracasos anunciados e inevitables de los de enfrente. Y así llegamos al 1 de julio y nos seguimos de frente: el que ganó la elección es el demonio con todos sus fuegos o el enviado de Dios Padre con su arsenal de milagros infalibles. Y si no se transforman los fundamentos educativos y los valores de la abstracción, sí: podrá haber cambios sustanciales producto de la convicción institucional y los compromisos éticos de un liderazgo, pero también inercias generacionales que, al cabo y en buena medida, los deroguen.

Andrés Manuel López Obrador ha hablado de una cuarta transformación de la vida pública nacional a partir de su proyecto de regeneración moral. Pero, sin ánimos derrotistas y, por el contrario, con el aliento más esperanzador del mundo, esperaríamos que esta transformación fuese más exitosa y más duradera que las anteriores, cuyas repeticiones hablan más de sus fracasos que de sus éxitos.Porque la epopeya de la Independencia, por ejemplo, derivó en medio siglo de sangrientas e interminables guerras facciosas que sólo fueron continuadas por las guerras de un reformismo liberal derrotado, a su vez, por una nueva tiranía, derrotada, luego, por otra mortífera guerra civil, que dio, a la postre, en un moderno autoritarismo –militarista, caudillista y presidencialista- donde, como en todos los tiempos independentistas, los poderes fácticos gobernaban a la vera de impecables leyes de ornato, hasta que la dictadura de las instituciones revolucionarias fue derrotada por una democracia pluralista al servicio de las mismas herencias oligárquicas y los grupos de poder de los nuevos tiempos –que se dieron reformas legales e institucionales como meras coartadas legitimadoras y simuladoras de los nuevos modos de saquear al país por la vía electoral y de ponerlo a merced del caos de la ingobernabilidad y de las nuevas y devastadoras modalidades de la violencia, como la del ‘narco’, la más cruenta de todas-, y cuyo insoportable y podrido imperio de corrupción ha derivado en esta cuarta reforma nacional que se propone para abatir ese legado histórico y fallido de totalitarismo y democracia que ha envilecido al país, porque por encima de todas la doctrinas y todos los mandamientos constitucionales, se ha gobernado más por la voluntad de los gobernantes que de los sistemas y los ordenamientos jurídicos, y los mejores tramos de desarrollo y equidad social se han debido a la vocación ética y a la fuerza constructiva de algunos de esos –muy infrecuentes y más bien excepcionales- ejercicios de poder, que a los modelos de Estado emergidos de los fracasos y los agotamientos decadentes de las transformaciones nacionales.

No somos un modelo de arquetipos y sistemas de Estado. Somos un perfecto desmadre subsidiario donde los ideales libertarios más sublimes se pervierten en entelequias demagogas, ajenas a los pueblos iletrados. (Aunque tampoco los referentes democráticos más ilustrados a los que nos hemos remitido por idearios y recetas normativas, están libres de pecados de imperiales injusticias y de inhumanos colonialismos y esclavismos y racismos con los que se construyeron los impecables moldes ideológicos liberales a los que se atribuyen –a ellos, y no al saqueo furibundo y la expoliación seculares detrás de la fuerza educativa y las conquistas de la civilidad de las potencias democráticas- los más exquisitos y ejemplares y exportables desarrollos culturales y sociales, y las muy sublimes y avanzadas reformas garantistas y causas defensoras de los derechos humanos, cuya falta de pedagogía y sobrada barbarie se nos atribuye.)

Y, así, muy independentistas, se nos impusieron coronas imperiales criollas y ultramarinas; muy liberales, fuimos sometidos como súbditos por héroes reformistas convertidos en altezas reales; muy revolucionarios sociales, nuestras élites asesinaron a los jefes agraristas y, en su nombre, institucionalizaron sus luchas en despotismos constitucionales populistas y neoliberales; y, muy modernizadores y democráticos y pluralistas, los nuevos grupos de poder de la globalizaciónerradicaron la simulación y la corrupción revolucionarias para establecer el caos y la repartición del Estado nacional entre las cúpulas feudales de la ficticia diversidad de la partidocracia.

Y en esa amarga sopa de credos doctrinarios y militancias populares perdidos, de familias multimillonarias y desigualdades sociales de las más oprobiosas del mundo entero, de ríos de sangre de los más bárbaros y caudalosos del espectro civilizatorio, y de todo eso que sintetiza el fracaso, los cruzados de la frustración y del triunfalismo hacen, cada bando por su cuenta, acusaciones y defensas agarrados a las piedras inmediatas de la descalificación, como en los tiempos de El Álamo, justo cuando la mesura crítica hace más falta.

No olvidemos que las intransigencias y los revanchismos reactivos del capítulo más populista y extremista del lópezobradorismo-contra las pérfidas ferocidades de la arrogancia del estatus quo que se sentía seguro de aplastarlo con todo el peso monopólico de sus alianzas políticas, empresariales y mediáticas en el supremo poder del Estado, ahora muy legitimadas en las reformas electorales y anticorrupción que sólo han sido su escaparate retórico para medrar con el erario y ganar gastándolo en el mercado del voto- determinaron sus primeros fracasos; que su proceso de fundamentación histórica y maduración cívica convergieron con el superior libertinaje y la degradación ética de los procesos políticos y electorales (donde fueron paridos gobernantes como Peña, Borge, los Duarte y otros muchos delincuentes al servicio de sus padrinos y sus grupos promotores); que esa sostenida y progresiva y generalizada prostitución democrática del poder político y sus grupos y élites beneficiarios, fueron reforzando la identidad representativa y las razones alternativas y morales del lópezobradorismo; y que la estridencia irreprimiblede la corrupción y la violencia, frente a una trayectoria de lucha –muy polarizada, hostil y callejera, y al cabo más juiciosa, pragmática e incluyente, pero siempre ajena y contrastante respecto de las prácticas de la suciedad pública más enconadas y contra las que, en definitiva, ha predicado con el ejemplo (en términos relativos, claro está: ni en la política ni en la piedad apostólica de los más castos, hay santos e inocentes) y en la corta fila de las excepciones- muy poco salpicada con los rancios moles de la mala vida del poder, terminaron con la condena mayoritaria de un pueblo en contra de las jerarquías y los linajes de la violencia y el saqueo, y con la suma y la apuesta de la misma en favor de sus proclamas de revolución institucional.

Es un priista, dice el resentimiento obcecado contra López Obrador, montado en la ola de que el antipriismo es no más que un disfraz de moda y una baratija de propaganda. Es un ariete contra el priismo, dice, enfrente, el coro aliado y multicolor de extricolores, disidentes, desertores, oportunistas y avecindados procedentes de otras latitudes opositoras, sumado a los convencidos del izquierdismo del futuro líder de la nación.El priismo es el estigma y el panismo es lo mismo, y sólo el morenismo es el arca de la alianza de la salvación moral del ser y de la justicia verdadera y por los siglos de los siglos.

¿Pero, y Cárdenas, padre e hijo? ¿Y Porfirio e Ifigenia? El PRI fue lo peor, por sus peores priistas. Y fue lo mejor, por los mejores de ellos.

En su fuero interno –y en algunas de sus manifestaciones externas más elocuentes en sus contenidos y más discretas en sus expresiones, para no confundir a sus seguidores más antipriistas-, para López Obrador el mejor México sería el del mejor PRI del pasado, pasado por un depurativo baño refundacional y moralizador con estropajo de alambre. Para López Obrador, el mejor México ha sido el priista de las mejores prédicas y prácticas juaristas y cardenistas. Ha sido el de las mejores instituciones sociales, más allá o más acá de que los generales constitucionalistas mataran a los agraristas y reivindicaran sus ideales justicieros en un carrancismo legislativo que pusieron a buen recaudo para gobernar –primero- con las armas de las purgas balaceras de los caudillos vencedores en la mano, y –después-, con su vertical e inopinado “estilo personal de gobernar”, los presidentes civilistas de la Revolución y de la súbdita disciplina partidista institucionalizada con que garantizaron, a pesar de todo, un orden público y una paz social tan remisos y escurridizos en la democracia ulterior y en la pervertida partidocracia que, como tal, los relevara entre pitos y fanfarrias de nuevo amanecer y gloria eterna a la pluralidad y la alternancia y todas esas cosas peores.

Cuauhtémoc, Porfirio, Ifigenia y Andrés Manuel se fueron del PRI a fundar el Movimiento Democrático Nacional –antecedente del PRD- que ganó las presidenciales del 88 con el hijo del general Cárdenas como su candidato –pero fue estafado y derrotado por Carlos Salinas con un asalto de cuatreros en el conteo de sufragios-, porque el ala social del PRI al que pertenecían ellos y muchos otros como ellos, había sido vencida por el ala derecha y neoliberal de los delamadridistas y salinistas que le cerraron los espacios y las tesis de la herencia originaria de un partido de Estado que era la síntesis ideológica y política de lo mejor y de lo peor de México -en su izquierda, su centro y su derecha-, y que del mismo modo que proveía liderazgos diplomáticos ejemplares que posicionaban a México como una de las naciones con los principios y valores internacionalistas más justos y universales, y contaba con toda suerte de profesionales de la más alta cualidad y competitividad en todos los sectores del desarrollo y el ejercicio público, también estaba plagado de liderazgos vividores y criminales que hacían fortunas desmedidas a costa de los bienes públicos y la malversación y el saqueo de toneladas presupuestarias con que se financiaba la ‘institucionalidad’ clientelar y la devoción totémica al ‘primer jefe’ del país en los tres sectores masivos de la militancia partidista, en todas sus organizaciones sindicales, patronales, civiles, populares y militares contaminadas por el lucro y la riqueza mal habida, y en toda la colosal estructura de un régimen nacido en la simulación revolucionaria y que no podía traicionar la sustancia de su doble moral, pero en el que formaban, asimismo, incontables personalidades de prestigio que comulgaban con el sentido del interés público y el compromiso con el bien general de sus quehaceres institucionales.

Y, en esa lógica, del mismo modo que no eran lo mismo el pobre diablo del ‘nopalito’ Ortiz Rubio que el general Cárdenas, ni el tuno académico y elegante Miguel Alemán Valdez que el decente y discreto paisano suyo Adolfo Ruiz Cortínez, tampoco lo eran los rufianes de la industria del sindicalismo ‘charro’, como la ‘Güera’ Rodríguez Alcaine de los electricistas y casi todos los de la mafia gremial de los petroleros y el magisterio, que los constructores de grandes e imprescindibles obras históricas de inversión pública, como las hidráulicas del ingeniero Eduardo Chávez.

Llueven hoy día las ácidas acusaciones de que la cuarta transformación del país será en realidad la cuarta transformación del PRI. Pero Lázaro Cárdenas reformó el Partido Nacional Revolucionario fundado por Calles y lo convirtió en el Partido de la Revolución Mexicana, y en ambos casos se trató de dos transformaciones esenciales de la nación mexicana, del mismo modo que ocurrió con el nacimiento del Partido Revolucionario Institucional, de donde salieron los fundadores del Movimiento Democrático Nacional y del Partido de la Revolución Democrática, de donde emigró, luego, el fundador del Movimiento de Regeneración Nacional y próximo presidente de la República.

El problema no son los orígenes ni las historias de las organizaciones políticas, sino los fundamentos éticos y representativos de las mismas, y la calidad humana, intelectual y visionaria de sus liderazgos. El PRI ha sido una historia de grandes instituciones y devastadoras traiciones. Pero es una historia de personas de carne y hueso con intereses políticos y personales determinados. Los partidos son una abstracción y una plataforma de conceptos e instrumentos organizacionales y propagandísticos para el poder. Es el valor y la capacidad de cambio de sus liderazgos lo que cuenta. Las calificaciones enanas y las calenturas oníricas germinadas en las crisis de pesadumbre de los perdedores, no pasan de eso. Si lo mejor del PRI de todos los tiempos se realiza bajo las frondas de la democracia efectiva y sobre la fuerza visionaria de una revolución moral, educativa y cívica de la vida pública, que fortalezca la legitimidad y la funcionalidad de las instituciones republicanas, ¿qué más da que se acusen de un modo o de otro las procedencias militantes juveniles de quienes han decidido asumir el compromiso de la transformación histórica de México, estimulados por la confianza popular para intentarlo y con la conciencia mayoritaria de que es necesario hacerlo?

Claro que hay mucha basura oportunista pegada a los vastos retos de lo que será el nuevo liderazgo nacional. Pero ése será, justamente, uno de los enormes desafíos por acometer: fortificar las cribas de la democracia electoral para que ese sargazo sea cada vez menos, gracias al poder crítico del sufragio.

SM

estosdias@gmail.com

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