“Se está perdiendo el sector joven de la sociedad, y de continuar...

“Se está perdiendo el sector joven de la sociedad, y de continuar con esta tendencia, la ciudad de Cancún está condenada al colapso social, del que ningún programa o estrategia podrá salvarla”, dicen estudios y especialistas

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La marginalidad expansiva, la deshumanización generacional y la conciencia juvenil del fracaso, garantizan la descomposición. Como nunca, Cancún está ahora en el mapa mundial como uno de los focos más visibles de la violencia organizada. Más grave que eso, sin embargo, es que la violencia organizada produce menos víctimas y más deterioro humano y civilizatorio que la violencia espontánea convencional. Más grave es que en el deterioro general de la urbe turística más emblemática de México se incrementen las reservas de mano de obra de las bandas criminales del ‘narco’ y la extorsión; que la inmigración inagotable y el poblamiento caótico incontenible y sin controles institucionales de la indigencia multipliquen a diario las fuentes abastecedoras de sicarios y consumidores de drogas; que mientras más adictos locales y extranjeros amplifiquen el mercado y multipliquen las disputas de los grupos delictivos, por una parte, por la otra se extienda a toda prisa el mercado disponible de habitantes del inframundo dispuestos a todo merced a su circunstancia irremediable de miseria espiritual y material, donde matar y morir tienen una frontera cotidiana muy permeable y muy al margen del interés superior de líderes políticos, gobernantes, funcionarios y demás miembros privilegiados de las cúpulas de decisión de la vida pública; que los hechos de sangre y las cifras fatales de la violencia organizada sean mucho menores que las de la delincuencia común; y que mientras estos sucesos y estos números espeluznante de la letalidad ordinaria de quien ataca y mata por cualquier cosa sigan subiendo en la escala nacional y haciendo de Cancún una de las ciudades más sangrientas por crímenes de ese tipo, la violencia del hampa organizada tendrá su contexto ideal para seguir creciendo y el reino de la descomposición total será el paisaje inevitable del futuro próximo. Porque el factor propiciatorio del crecimiento de la violencia y la inseguridad en la ciudad es la deshumanización progresiva, la destrucción de los valores de la solidaridad y la cohesión comunitaria, la ignorancia y la incultura, la perversión de la conciencia crítica y la insensibilidad refractaria a emociones y sentimientos, la indigencia absoluta, que va consumiendo el entorno generacional y haciendo presa, sobre todo, de los jóvenes. La juventud va asumiendo la normalidad de la irresponsabilidad y la agresividad; la de golpear a la pareja, por ejemplo, y humillar a compañeros y vecinos, o participar en actos vandálicos, robar, no respetar a nadie y entender que la única forma de hacerse vivir en la selva de la ingobernabilidad y la corrupción es la ilegalidad y el crimen. Representantes de organismos internacionales y asociaciones civiles señalan que Cancún es igual de violenta que una ciudad muy violenta de Colombia, pero “En Colombia, si escuchas que masacraron a puñaladas a una mujer, es porque fue un ajuste de cuentas entre los cárteles. En Cancún se debió a una riña entre la pareja por celos”.

“Se está perdiendo el sector joven de la sociedad, y de continuar con esta tendencia, la ciudad de Cancún está condenada al colapso social, del que ningún programa o estrategia podrá salvarla”, dicen estudios y especialistas

Armando Galera

Los principales protagonistas de la violencia e inseguridad en Cancún no son las organizaciones criminales, sino los adolescentes y jóvenes, advierten asociaciones civiles y organismos internacionales.

Y es que los medios de comunicación dan mayor cobertura a las ejecuciones por ajuste de cuentas entre los cárteles, relegando al niño de tres años que fue abusado sexualmente por un par de adolescentes, o al joven de 18 años que apuñaló 23 veces a su pareja de 16 por una discusión mientras se emborrachaban, o al suicida víctima del abandono, la desesperación del hacinamiento, el desempleo, la miseria y el fracaso.

“El problema es que la gente se aterra por una balacera en la Zona Hotelera donde perdieron la vida unos sicarios, pero considera como algo normal que la joven vecina haya cometido suicidio por problemas con su novio, o que un grupo de adolescentes participe en una riña callejera con saldo de varios heridos”, dice Alejandro Alvarado Hernández, coautor del libro “Violencia juvenil y acceso a la Justicia en América Latina”.

Alvarado es doctor en Ciencias Sociales, catedrático del Centro de Estudios Sociales del Colegio de México, y coordinador del Observatorio de la Violencia en Quintana Roo.

El entrevistado revela a este semanario que en Cancún casi el 45 por ciento de los jóvenes se han visto involucrados en algún hecho violento, desde peleas callejeras, violencia familiar o de pareja, robos, vandalismo, delitos en la escuela, portación de armas, bullyng y otras situaciones delictivas.

Además, el 60 por ciento de los jóvenes benitojuarenses han sufrido algún tipo de maltrato físico o sicológico.

Pero ése no es el único dato que exhibe la situación de vulnerabilidad que enfrentan los cancunenses de entre 10 y 21 años, pues el 89 por ciento de este sector de la población consume alcohol, drogas o ambos.

En 2011 estaban identificadas 101 pandillas, concentradas en cinco de las regiones más marginadas de la ciudad (94, 75, 99, 100 y 102); pero hacia finales de 2016 el número de estas bandas juveniles violentas había aumentado a casi 320, apareciendo incluso en las zonas donde impera la clase media-alta.

“Hasta hace diez años, ocho de cada diez jóvenes de Cancún vislumbraban su futuro insertados en el mercado laboral del turismo. Su meta era ganar la suficiente para tener una familia, casa y coche. Pero hoy, sólo tres de cada diez tiene esa visión. La mayoría es pesimista sobre lo que depara el mañana, así que ha perdido interés en prepararse y mejor opta por satisfacer su necesidad de alcohol, fiesta y drogas.

Se está perdiendo el sector joven de la sociedad, y de continuar con esta tendencia, la ciudad de Cancún está condenada al colapso social, y entonces ningún programa o estrategia podrán salvarla”, sentencia Alvarado.

El verdadero origen de la violencia

Nidia L., a sus escasos 16 años ya había sido víctima de violación por parte de su padrastro. Con tal de huir del infierno en que vivía, decidió escaparse a la casa de su novio, E.R.P, de 17 años, con quien ya tenía un bebé de un año. Seis meses después de juntarse, la adolescente fue asesinada de cinco puñadas por su pareja luego de una discusión motivada por los celos.

Un niño de apenas tres años y medio fue víctima de abuso sexual en los sanitarios del Colegio Mano Amiga Cancún. Los primeros sospechosos fueron sus maestros, pero las investigaciones revelaron que los culpables fueron dos adolescentes, de 12 y 14 años, cuyo motivo, según su confesión, fue sólo que les pareció “divertido”.

María R.T. y Sofía J.C. caminaban rumbo a su escuela cuando fueron sorprendidas por dos muchachos con uniforme de otro plantel. Sus gritos e intentos de escapar no impidieron que fueran violadas por los adolescentes en un lote baldío. Cuando ‘terminaron’, los agresores les dijeron que se trataba de un mensaje para el hermano de María, miembro de una pandilla rival.

Roberto C.H. se encuentra en rehabilitación y los doctores piensan que pasarán tres años para que vuelva a caminar, luego de una brutal golpiza que le propinaron cinco compañeros de su escuela porque ‘coqueteó’ con la novia de uno de ellos.

Carlos M.C., de 17 años, es un pandillero de la Región 101. Fue arrestado por vender drogas a las afueras de la Secundaria Técnica 25. Cuando le preguntaron el porqué de su actividad, respondió que su interés era escalar hasta llegar a ser sicario, “porque pagan hasta 20 mil pesos sólo por matar a los otros tiradores”.

Estos hechos tienen en común que sucedieron en Cancún en el último año, que todos fueron protagonizados por adolescentes y que se trata sólo de una muestra menor del universo de atrocidades juveniles que se expande a la velocidad de una demografía patológica y carente cada vez más de valores y principios de humanidad, y condicionada por la noción del fracaso y de la mala vida como alternativa de su existencia.

De acuerdo con la Encuesta de Cohesión Social para la Prevención Social de la Violencia y la Delincuencia (Ecopred), el 76 por ciento de los delitos en el Municipio son cometidos por personas de entre 13 a 22 años, mientras que en ocho de cada 10 casos donde se reportó algún tipo de hecho violento (bullyng, violencia familiar, agresiones de pareja, etcétera) fueron adolescentes los protagonistas.

“Si se considera que el 38 por ciento de la población benitojuarense pertenece a este rango de edad, podemos llegar a dos conclusiones: primero, que la juventud cancunense es propensa a la violencia, y, segundo, que si continúa esta tendencia, dentro 10 años más de la mitad de la población de la ciudad (cuando los jóvenes de hoy formen parte de la comunidad adulta) tendrá algún tipo de inclinación hacia este tipo de desorden”, afirma el doctor Alejandro Alvarado.

El factor del inmigrante

Hace quince años Cancún no figuraba en la listas de la ciudades más violentas e inseguras del país. Hoy encabeza los primeros lugares de Latinoamérica, según el libro “Violencia juvenil y acceso a la Justicia en América Latina”.

“Cancún fue concebida y diseñada originalmente como una pequeña ciudad al servicio del principal polo de desarrollo turístico de México. Pero el éxito de la economía fue un imán para la población del resto del país, principalmente la gente de escasos recursos y con menos preparación. Esto ha generado un crisol de contrastes: de bonanza económica para un pequeño sector, frente al rezago y exclusión de las nuevas oleadas de personas que llegan cada año”, dice Alvarado, uno de los autores del estudio.

Explica que diariamente se incorporan a Cancún 110 personas, lo que se traduce en 15 familias nuevas que requieren 15 viviendas, 11 automóviles, 42 plazas laborales, así como 300 mil pesos de inversión pública para servicios de salud, escuelas, recoja de basura, seguridad pública y otros.

“Es una demanda casi imposible de atender para cualquier Gobierno. Ocho de cada 10 familias que llegan a la ciudad nunca llegan a satisfacer sus necesidades básicas, lo que genera ansiedad y depresión entre sus miembros, y que al poco tiempo se manifiesta en violencia”, puntualiza el experto.

Añade que si bien la ola de crímenes y ejecuciones entre narcos que ha sacudido en los últimos cinco años a Cancún, aún no se puede comparar con el panorama de ciudades con mayor presencia del crimen organizado como Juárez, en el norte de México, o Medellín, en Colombia, o San José de Costa Rica, sus índices delictivos y de violencia casi están a la par de estas urbes gracias a los propios cancunenses.

“En Colombia, si escuchas que masacraron a puñaladas a una mujer es porque fue un ajuste de cuentas entre los cárteles. En Cancún se debió a una riña entre la pareja por celos”, concluye Alejandro.

Cancún, camino a la ruina

El pasado 11 de julio, la asociación civil Red Posithiva, de Quintana Roo, que preside Roberto Guzmán Rodríguez, presentó un diagnóstico a la XV Legislatura sobre la situación de vulnerabilidad en la que se encuentran la juventud de Cancún y sus alrededores municipales.

Los datos son escalofriantes: la violencia está presente en seis de cada diez parejas jóvenes. El 70 por ciento de los adolescentes identifica situaciones de conflicto o peleas entre miembros de su familia. El 60 por ciento ha sufrido algún tipo de maltrato en la escuela por parte de sus compañeros.

55 por ciento de los adolescentes de entre 12 a 16 años consumen bebidas alcohólicas y el 20 por ciento se drogan. El 10 por ciento de los jóvenes entre 14 y 20 años ha portado un arma, y el 38 por ciento ha tenido algún problema con la policía.

Pero la cifra más dura es la de que ocho de cada 10 jóvenes consideran que cometer algún acto violento es algo ‘común’ y no es mal visto ni es malo “a menos que te atrapen”.

Siete de cada 10 muchachos no tienen ningún interés en su futuro; sólo les preocupa “vivir el momento”, pues consideran que no tendrán ninguna oportunidad de sobresalir laboralmente, mucho menos desarrollarse de manera plena.

No les interesa formar una familia. Sólo quieren “tener una novia(o) para pasar el rato. Si de su relación queda embarazada la mujer, el 70 por ciento creen que pueden separarse y vivir cada quien por su lado.

“En nuestra sociedad actual, el éxito de una comunidad depende de la lógica del trabajo entre el esfuerzo y el logro. Mientras más oportunidades tengan de lograr el éxito, con un empleo bien remunerado que permita la satisfacción de las necesidades básicas, mayor es el esfuerzo de los jóvenes para sobresalir. Pero en sociedades como la de Cancún, donde por un lado está el desempleo estructural y la precarización de las relaciones laborales, mientras por el otro está el aumento de las familias disfuncionales, los jóvenes no tienen ningún incentivo para superar las condiciones adversas. Así que las adicciones, la violencia y su potencial reclutamiento por la delincuencia, serán su salida”, sentencia Roberto Guzmán.

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