Sí a Uber pero no a Airbnb, es el grito de los...

Sí a Uber pero no a Airbnb, es el grito de los grandes hoteleros, partidarios en el primer caso de la libertad de elegir, pero no en el segundo, porque el ‘all inclusive’ es sagrado y la autoridad tiene que respetarlo; pasa en el mundo, pero más pesa en Q. Roo, donde la corrupción hace la mayor ganancia de empresarios y autoridades cómplices de la desigualdad

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La venta de servicios a través de plataformas digitales se está convirtiendo en una tendencia en los principales destinos turísticos, y Quintana Roo no podría ser la excepción, como el primero que es en el país. Pero en esta ocasión no hablamos de Uber, sino de Airbnb, una aplicación que permite que cualquier persona pueda ofrecer en renta –para hospedaje turístico de breve estancia y a precios por encima de los alquileres ordinarios y de larga duración- algún cuarto disponible de su hogar o una vivienda de su propiedad a cualquier visitante, dentro de estándares internacionales muy bien perfilados de calidad y de seguridad de beneficio mutuo: para arrendadores e inquilinos. Los hoteleros –como en caso de Uber y los taxistas que se le oponen- acusan que se trata de una competencia desleal (aunque en el caso de Uber, piensan, no hay competencia desleal para los taxistas sino libertad de elegir de los usuarios) pues los caseros no pagan impuestos ni invierten en personal, capacitación, publicidad, mantenimiento, infraestructura, etcétera –por lo menos no, en las dimensiones de la industria hotelera, puesto que sus clientes son en promedio entre dos y tres-, lo que les permite ofertar espacios con precios hasta 80 por ciento más baratos que un hotel tradicional. Los promotores de Airbnb, por su parte, afirman que sólo están equilibrando la balanza al representar una opción frente al sistema de hotel‘todo incluido’, que al ‘encerrar’ al huésped en sus instalaciones provoca un fuerte daño a la economía local. La plataforma, destacan, está orientada a una clase muy específica de viajero, que al tener un presupuesto limitado para sus viajes no requiere lujos y prefiere una atención más hogareña que le permita visitar más lugares dentro de las ciudades, consumiendo en la ‘tienda de la esquina’, mercados y otros pequeños comercios. Los hoteleros ‘afectados’ aducen ahora calamidades públicas como la saturación de servicios, si bien nunca se han opuesto a las sobredensificación hotelera y al congestionamiento inmobiliario y vial cuando los programas de desarrollo urbano, propios de la corrupción pública, los han beneficiado. Y no la masividad turística e inmobiliaria, sino el turismo que no puede acceder a los grandes hoteles y el hospedaje alternativo, familiar y de baja escala que cunde en el mundo entero, es el enemigo público número uno de la economía y el destino del Caribe mexicano, dicen, y se debe acabar con él.

Armando Galera

Los empresarios hoteleros han manifestado su apoyo a Uber, argumentando que ofrecen un mejor servicio que el de los ‘tradicionales’ taxistas, y que el turista tiene derecho a decidir cómo quiere transportarse. Sin embargo, su postura cambia cuando enfrentan a su propia competencia de plataforma digital: Airbnb, una herramienta que permite a cualquier persona ofrecer un cuarto o casa en renta a través de Internet.

En mayo de 2014, la aplicación Airbnb registraba casi 4 mil 500 espacios disponibles en Quintana Roo. En agosto pasado, la cifra alcanzaba casi los 20 mil, una quinta parte de la oferta hotelera de Cancún.

Y como los taxistas, y en contra de la libertad de elegir que sí favorecían en el caso de Uber porque les beneficiaba (‘hágase la voluntad de Dios en los bueyes de mi compadre’), las grandes cadenas hoteleras ahora exigen al Congreso local que de inmediato se prohíba la operación de la plataforma digital en el Estado.

Señalan que los socios de Airbnb no pagan impuestos, no invierten en la promoción turística de la zona, en algunos casos cometen fraude al ofrecer imágenes de cuartos con vista al mar -cuando en realidad se ubican en fraccionamientos lejos de la playa-, saturan los servicios públicos de agua potable y energía eléctrica, además de ser inseguros al no cumplir con las normas mínimas de protección.

Sus promotores, por su parte, aseguran que desde 2016 pagan el 3 por ciento del Impuesto al Hospedaje, que en ese año representó casi 5.7 millones de pesos. Añaden que no significan una amenaza a los ‘hoteles tradicionales’, pues sus principales clientes son turistas que no tienen el poder adquisitivo para hospedarse en hoteles de cuatro estrellas o más.

Pero su principal ventaja, dicen ellos, es que dinamizan la economía local: el turista que se hospeda en Airbnb consume alimentos en las loncherías y restaurantes de la ciudad, compra ‘recuerdos’ o suvenires en los mercados, y utiliza los servicios que los hoteles han monopolizado a través de su sistema de ‘todo incluido’ u ‘all inclusive’.

Un nuevo modo de hospedarse

Airbnb surge luego de que sus fundadores, Brian Chesky y JoeGebbia, enfrentaran problemas para pagar la renta de su casa en San Francisco –donde también, por cierto, está la sede de Uber-. Pensando en cómo hacer para solventar los gastos, crearon una página para alquilar los cuartos que no utilizaban en el domicilio donde vivían, para una celebración que había en la ciudad y congregaba a visitantes de otros lugares.

Desde entonces, la aplicación se ha expandido en casi todo el mundo, pues prácticamente cualquier persona puede ofertar una habitación o una casa que tenga disponibles, se encuentre o no viviendo en ellas.

El precio se fija en dólares en todos los países, y suele ser hasta 70 por ciento menos que el costo de un cuarto de hotel.

De acuerdo con el estudio “Economías colaborativas, desarrollo e impacto en el turismo: Airbnb en Quintana Roo”, realizado por la Universidad del Caribe y presentado ante integrantes de la XV Legislatura, en su primer año de operar en Cancún, en 2014, se registraron 4 mil 500 espacios, con precios que iban desde 200 pesos la noche por una cama en un cuarto compartido, hasta 4 mil pesos diarios por una casa con espacio para ocho personas.

Las ubicaciones de los lugares son diversos: desde departamentos de lujo que se encuentran en la privada Sol Campestre, hasta modestas casas de Infonavit en el Fraccionamiento del Mar.

Ese año generaron 400 millones de pesos en ganancias. En 2016, más de 9 mil 900 cuartos, departamentos o casas se ofrecían a través de Airbnb en el norte de Quintana Roo, principalmente en Cancún y Playa del Carmen, y los ingresos ascendieron a casi mil millones de pesos.

Para agosto pasado, más de 20 mil espacios de renta vacacional estaban disponibles a través de la plataforma digital, con una capacidad para atender a más de 42 mil personas. Y mientras las asociaciones de hoteles anunciaron una ocupación del 85 por ciento durante la temporada vacacional, Airbnb reportó más del 93 por ciento de sus espacios ocupados.

El informe de la Universidad del Caribe prevé que para 2020 la plataforma digital cuente con 35 mil espacios en la entidad, con la posibilidad de recibir a 80 mil turistas, con una derrama de aproximadamente 2 mil millones de pesos.

“La ventaja de Airbnb es que no se necesita tramitar permisos, Proyectos de Impacto Ambiental, invertir en la construcción de cuartos o contratar empleados. Basta con que una persona registre su hogar para convertirse en un ‘anfitrión’ en cualquier parte de la ciudad. Por tanto, su capacidad de crecimiento va ligada al número de casas que ya existen en la entidad. Por eso crece exponencialmente”, puntualiza el estudio.

La competencia al Todo incluido

Mientras Airbnb aumenta su influencia en el Estado, los hoteleros de Cancún y la Riviera Maya siguen presionando a las autoridades para detener las rentas vacacionales a través de plataformas digitales.

“El sector hotelero debidamente regulado genera ingresos por más de 2 mil 300 millones de pesos a los tres niveles de Gobierno por concepto de gravámenes. Tan sólo por el Impuesto al Hospedaje, cada año se pagan mil 300 millones de pesos, mientras que Airbnb apenas entrega 40 millones de pesos-dice en entrevista con este semanario el presidente de la Asociación de Hoteles de Cancún, Roberto Cintrón-, porque todas esas propiedades que utilizan para hospedar turistas no pagan ningún tipo de impuestos ni costean empleados, seguro, servicios comerciales, publicidad, Impuesto Sobre la Renta, Predial, permisos, etcétera. Por eso pueden ofrecer cuartos por 200 pesos la noche, generando una competencia desleal que puede acabar con la economía del Estado”, puntualiza.

Por su parte, Miriam Cortés Miranda, directora de la Asociación de Clubes Vacacionales de Quintana Roo, comentó que han identificado un gran número de fraudes, pues en Airbnb se ofrecen atractivos inmuebles con vista al mar e incluso alberca privada, pero en realidad son viviendas que se ubican en fraccionamientos alejados de las playas, dice, aunque no refiere que un requisito fundamental de la red promocional de Airbnb es el de la calificación mutua de anfitriones y huéspedes, donde la verdad o la falsedad emitida por los unos respecto de los otros es registrada y difundida para determinar el valor de las clientelas y los servicios, y donde el prestigio y el desprestigio juegan un papel preponderante en ese mercado.

“Tampoco cuentan con un personal capacitado para atender la seguridad de sus clientes, ni mucho menos ofrecen pólizas de seguro como lo hacen los hoteles tradicionales. Incumplen con las normas mínimas de protección civil y salubridad, lo que afecta la imagen del destino”, concluye.

Equilibrando la balanza

Pero los promotores de Airbnb señalan que sus socios no necesitan cumplir con tantas normas de seguridad, ni mucho invertir en capacitaciones o personal, pues el 97 por ciento de ellos sólo pueden recibir de uno a cuatro turistas al mismo tiempo.

“Airbnb es para la persona que quiere visitar el lugar de sus sueños pero no cuenta con el dinero para quedarse en un hotel, o que disfrutan de un ambiente hogareño. Y nuestros socios son gente que tienen cuartos vacíos en sus hogares y quieren un poco de ingresos extra al rentarlos. Todos salen ganando”, dice José Freyre Castilla, uno de los representantes de AirbnbMéxico.

En el marco de su visita a Cancún el 22 de septiembre pasado, Freyre añadió que el cliente de Airbnb gasta en promedio entre 50 y 200 dólares por día durante su estancia en Quintana Roo, dinero que se queda en los comercios locales.

“Ese dinero que están ahorrando al no quedarse en un hotel de lujo, lo prefieren gastar en el mercado de artesanías locales o en un restaurante de la ciudad. A como yo lo veo, es una forma de equilibrar la balanza ante la figura de los hoteles ‘todo incluido’ que tanto daño les han hecho a los comercios locales de los principales destinos del país”.

El señalamiento de Freyre podría no estar tan alejado de la realidad. Las cámaras empresariales, como la Canaco-Servytur de Cancún, ven con buenos ojos a este tipo de plataformas digitales, pues han dejado una importante derrama económica a los negocios, plazas y restaurantes de la ciudad que antes no recibían turismo, ya que con el ‘todo incluido’ los huéspedes no salen de los hoteles.

“La mayoría de nuestros afiliados han reportado un repunte de hasta 40 por ciento en sus ventas gracias a Airbnb. Estamos seguros de ello, porque cuando se les pregunta a los clientes cómo llegaron, nos mencionan que lo hicieron a través de esa plataforma. Incluso varios de nuestros socios se han registrado como anfitriones, pues representa ingresos extra que ayudan a solventar la temporada baja”.

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