Sin quicio

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Dos hechos aislados han demostrado la fragilidad de Cancún, de Quintana Roo y de México como nación. Dos hechos que nos retratan de cuerpo entero ante el mundo.

                El apagón del miércoles pasado dejó ver la total dependencia que padecemos con respecto a los objetos tecnológicos como celulares, semáforos o computadoras que al no tenerlos por algunos minutos, se desquició la ciudad, el banco, el oxxo y hasta la humilde tiendita de la esquina. Por supuesto, mostramos el cobre, como se dice.

                Nos asombró que pudiera existir una falla de esa magnitud, que varios Estados de la Suave Patria se quedaran sin energía eléctrica y por ende incomunicados, desamparados, desquiciados.

                Tampoco supimos si el comunicado oficial de la CFE, cualquiera que haya sido, era verdad. Tal es el secretismo, la falta de información veraz, el sospechosismo nacional, las mentiras de las auto llamadas ‘autoridades’.

                Esto, a su vez, nos ha hecho visibles; nos ha revelado a nosotros mismos, nos ha enseñado lo que realmente somos y de lo que estamos hechos: pésimos ciudadanos, poco solidarios, profundamente neuróticos, miedosos, confundidos, aprovechados.

                El hecho de que un desquiciado mental haya desquiciado a un contingente de seres no humanos, habla muy mal del alma mexicana, de la idiosincrasia y los valores profundos de lo que somos como nación. O de la falta de ellos.

                Y sucede en el punto geográfico de México que mayor contacto tiene con extranjeros, en donde damos por seguro que conocemos al que viene de fuera y creemos conocerlo porque le servimos, porque convivimos, porque nos sonríe y porque nos deja propinas.

                Es el turismo y la resonancia mundial lo que tiene a Cancún en un lugar privilegiado, es la mundialmente reconocida amabilidad y excelente servicio que  le hemos regalado al Planeta, son nuestras tradiciones, comidas, artesanías y compromiso con los visitantes.

                Pero nos queda claro que esa calidad que ha costado tiempo y esfuerzos se comienza a diluir en el concierto de las competencias mundiales y lo único que va quedando de esa supuesta excelencia mexicana es ‘la cosa folklórica’, el chiste, el remedo y la limitación. La incertidumbre.

                La inseguridad es el sentimiento certero, es lo que el mexicano padece al caminar por sus calles, en el centro de trabajo, en el día a día. Pero también los dueños del capital y las inversiones tienen el mismo sentimiento: inseguridad, incertidumbre.

                Más de 18 mil millones de dólares no se invierten en el país, por la inseguridad.

                Mientras tanto, se abren nuevos mercados turísticos en América Latina que sorprenden a los consumidores, ahí están Cuba y Colombia que crecen rápido y se preparan.

                Acá, en el mentado cuerno de la abundancia mexicano, las tales ‘autoridades’ siguen más preocupadas por la grilla interna del país, por los comicios en el Edomex, por seguir administrando la riqueza de todos los mexicanos, por hacer patrimonios personales de esos recursos públicos, por seguir siendo dueños de los cotos de caza, privados y exclusivos.

                Pero lo relevante, lo preocupante de este tristemente célebre asunto del ruso de Cancún es el abuso constante de las ‘autoridades’ que siempre han visto al mexicano como ciudadano de cuarta categoría, un infrahumano a quien es fácil manipular o echarle unos cuantos cacahuates para tenerlo tranquilo en su mecate.

                “Y ponle un foquito y hazle una calle y que se calle”. Y así podrán respirar tranquilos todos los Rembertos municipales.

                El mexicano visto como ser de ínfima categoría por sus propias autoridades o de qué manera nos han vuelto invisibles aquellos a quienes servimos, no-quienes-supuestamente-nos-deben-servir. Paisito volteado al revés.

                ¿Acaso podríamos aspirar, como mexicanos, a un trato humano, igualitario o fraternal de esas tales ‘autoridades’? Lo dudo, siempre han estado bocabajeados, sumisos y obedientes al extranjero poderoso, a los Trumps y a otros virreyes de funesta historia.

                Hemos sido testigos de que los lacayos no han sido capaces de rebelarse. Nunca.

                ¿Quiénes son esas tales ‘autoridades’ que dejan hacer y dejan pasar actos ominosos de ellos mismos, de propios y de extraños? Nuestra desidia e ignorancia les ha dado poder ilimitado para no intervenir, para no hacerse cargo de los ilícitos, para no ser responsables de nada.

                El ruso es la suma de la ignorancia popular, de la bajísima educación, del hartazgo general promovido y alentado por el Estado, por el gobierno, por los políticos, por los dueños, por los amos.

                El mexicano, en su brutalidad, en su oscuridad, en su apagón no es patrón ni de él mismo.

 

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