Traición al Gabo

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Signos

Qué horror. En una de sus colaboraciones semanales de prensa en torno de las numerosas ofertas que le hacían para adaptar al cine o la televisión sus obras más conocidas, el Gabo se refirió a una de Anthony Queen para hacer, en una serie de cincuenta capítulos, “Cien años de soledad”, donde, claro, el actor sería el Coronel Aureliano Buendía. Jamás, dijo el escritor, podría imaginar a Queen en ese personaje, en el que, añadió, con su original manera de poner en su lugar las cosas, sólo podría encajar un paisano suyo, un hijo de vecino -y cuyo nombre y oficio eran lo de menos (Serafín el sastre o el abarrotero o el vendedor de Biblias)-, que quizá fuera real u otro de sus inventos disponibles para escribir su artículo de entonces. Es decir: si él mismo no concebía a ningún actor conocido capaz de interpretar al Coronel, cualquier adaptación de esa obra fundamental del Gabo sería no más que una pésima parodia para quienes hemos imaginado a Macondo en una dimensión tan particular y tan desorbitada que no es capaz de caber en otra parte que en la imaginación de uno. Y si jamás tuvo la idea de venderle los derechos de su obra a nadie para que la transmutara en ese mamarracho que él suponía que habría de ser -y que habría de abaratar su universo desmedido y convertirlo en una mera ficción audiovisual de pacotilla, como miles-, es difícil entender la lógica familiar que ha decidido ahora ganarse un dinero adicional a costa de las intenciones de su autor, y de los deseos de tantos sobrevivientes de su inmensa familia de lectores que lo siguen queriendo como si también sus deudos fueran. ¿Millones de dólares más?, pero si ya la fortuna patrimonial recibida era multimillonaria.

“Cien años de soledad” tiene una magia irreducible. La serie será otra cosa, ajena por completo a “Cien años de soledad”. El mundo del Gabo es otro mundo: es el suyo y el de cada cual; no tiene una dimensión concreta, porque es todo: Melquíades y José Arcadio, la Piedra Filosofal y el Diluvio de la Hojarasca. Y nada de eso se puede meter en la lógica elemental de una historia para verse comiendo palomitas. ¿Cómo han de ser la peste del olvido, las mariposas amarillas, las levitaciones del Padre Nicanor, los imanes por las calles desclavando los clavos de las casas, las alucinaciones de Úrsula, los huevos prehistóricos?… Serán cualquier cosa, menos lo que queremos que sigan siendo.

Y no es cosa de recursos creativos ni cinematográficos, como pretenden justificar los hijos de Gabo -que jamás han creado nada y sólo recibieron como herencia de su padre la fortuna en dinero de su obra majestuosa-, lo que haría meritorio ahora contravenir los deseos definitivos del escritor de Aracataca. Lo que habrá de desacreditar la adaptación de la novela es la imposible congruencia de la producción comercial con la profundidad fundacional -conceptual, anímica, lírica, onírica, profética, lúcida, fantasmagórica e inabarcable- de un espíritu hacedor irrepetible, único en la historia de la Literatura y del modo de ser del género humano.

SM
estosdias@gmail.com

 

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