Trump y Putin, un amor imposible, seguirán siendo íntimos enemigos

Trump y Putin, un amor imposible, seguirán siendo íntimos enemigos

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El secreto mejor guardado de Washington lo oculta un grupo de unos 20 investigadores en un edificio cualquiera de hormigón y cristal de un anodino distrito de oficinas del suroeste de la capital estadounidense. Sus pesquisas han ensombrecido los dos años de presidencia de Donald Trump y pueden determinar su futuro. Llenan cada día ríos de tinta. Constituyen la investigación federal más sensible y de perfil más alto desde, al menos, el ‘Informe Starr’ sobre Bill Clinton presentado en septiembre de 1998. Pero el fiscal especial Robert Mueller y su equipo se las siguen arreglando para trabajar en la oscuridad.“Los que saben no hablan, y los que no saben no paran de hablar”, resumía, en The New York Times, Antonia Ferrier, exdirectora de Comunicaciones del presidente del Senado, el republicano Mitch McConnell, poco después de que, hace unas semanas, se extendiera por las redacciones el rumor de que la presentación del informe era prácticamente cuestión de horas.Washington aguarda con inusitada ansiedad el resultado de dos años de investigación sobre si el presidente obstruyó a la Justicia o si conspiró con Rusia. Las camisetas de ‘Es la hora de Mueller’ han convertido al grave rostro del veterano fiscal en una especie de icono popular. Las cámaras hacen guardia en el cuartel general de los investigadores, en los Juzgados y hasta en la casa en Virginia del fiscal general, William Barr, a quien Mueller habrá de entregar su informe cuando lo concluya. La Cámara de Representantes votó, a mediados de este mes de marzo, abrumadoramente (420 contra 0), a favor de una resolución que pedía a Barr que el contenido del informe se haga público. Pueden ser días. Podrían ser meses. Puede ser extenso o de unas pocas páginas. El contenido podría ser extraordinario o decepcionante. Pero lo único que parece claro, a pesar de la enorme expectación, es que el informe de Mueller no será el final de nada sino el principio de algo.

Caben tres desenlaces. El primero es que el informe concluya que hay delito. Entonces el fiscal general debería decidir si procesa a Trump, algo muy improbable, o si sigue la doctrina del Departamento de Justicia que dice que sólo el Congreso, mediante un ‘impeachment’, puede procesar al presidente mientras ocupa su cargo. Entonces remitiría las pruebas a la Cámara de Representantes, de mayoría demócrata, a la que la Constitución otorga la iniciativa en el impeachment. La segunda opción es que Mueller diga que en sus dos años de investigación no ha hallado prueba alguna de que el presidente haya cometido los delitos que investiga. Ese escenario alejaría el ‘impeachment’ y dificultaría políticamente a los legisladores demócratas defender que deben dedicar toda su energía y tiempo a investigar al presidente, a pesar de que existen otros delitos posibles, otras líneas de investigación abiertas que nada tienen que ver con el ‘Informe Mueller’. El tercer escenario es que diga que hay evidencia de mal comportamiento, pero que no considera que sea suficiente para imputar al presidente;algo parecido a lo que hizo en julio de 2016 el entonces director del FBI, James Comey, con Hillary Clinton. Las duras críticas que recibió Comey hacen difícil que Mueller elija esa tercera vía.

El ‘impeachment’ de Trump es la gran incógnita política de 2019. La persona que tiene el botón rojo es Nancy Pelosi, la líder de la mayoría demócrata en la Cámara baja, y la semana pasada dijo con claridad lo que venía sugiriendo desde hace ya meses. “No estoy por el impeachment”, dijo en una entrevista en The Washington Post. “A no ser que haya algo tan convincente y abrumador para los dos partidos, no creo que debamos seguir ese camino, porque divide al país”.Pelosi, con una mayoría de legisladores demócratas, se decanta por continuar investigando a Trump desde el Congreso hasta las elecciones de 2020, en ámbitos que van más allá del limitado encargo de Mueller. Al fin y al cabo, un 64% de los estadounidenses, según una encuesta realizada a principios de marzo, cree que el presidente cometió algún delito antes de llegar a la Casa Blanca.Pero la estrategia de la veterana congresista va más allá. Nótese que se ha cuidado mucho de no descartar un ‘impeachment’. Su postura escéptica constituye un seguro ante un posible informe de Mueller decepcionante y, a la vez, fortalece su baza para ganarse el apoyo del público y de ciertos republicanos moderados en el caso de que el fiscal especial sí aporte sustancia.

Santiago J. Santamaría Gurtubay

Destituir a un presidente electo en los Estados Unidos es una de las competencias más delicadas del Poder Legislativo. Pero el respaldo popular, según los sondeos, es amplio. Cerca de un 45% de los estadounidenses apoyan un ‘impeachment’ de Trump, todo un récord: en marzo de 1974, cinco meses antes de que dimitiera Richard Nixon, el 43% de los estadounidenses apoyaban su ‘impeachment’. Entre los demócratas, un 68% de los votantes apoya el ‘impeachment’ de Trump, y sólo una cuarta parte de los 235 congresistas se ha expresado públicamente a favor.Obstrucción a la justicia por tratar de boicotear las investigaciones federales,aceptar la ayuda de Rusia en la campaña,y violar las leyes de financiación electoral al pagar a amantes por su silencio… Son varios los comportamientos del presidente que los demócratas creen que encajarían en esos “otros delitos o faltas graves” que exige el Artículo 2 de la Constitución para iniciar un ‘impeachment’.

Pero, aunque la iniciativa corresponde a la Cámara de Representantes, es la Cámara alta la que luego debe decidir por mayoría de dos tercios. Nunca, hasta la fecha, ha prosperado un ‘impeachment’ en el Senado. Los partidarios de iniciar el proceso cuanto antes alegan que no necesitan esperar a las conclusiones de Mueller para saber que hay caso, y que no deben decidir en función de lo que vayan o no a hacer los republicanos. Pero la mayoría no desea iniciar un ‘impeachment’ sin tener garantía del apoyo de un número suficiente de senadores republicanos, y eso sólo sucedería con un informe de Mueller extremadamente contundente.La expectación es tal que será difícil que el informe no defraude. Por eso la línea oficial de los demócratas es seguir investigando en la Cámara, ahora que la dominan. Así evitan retratarse como radicales ante los votantes moderados y, en cambio, sacan a relucir los trapos sucios del presidente, en la esperanza de que esos mismos votantes lo rechacen en las urnas el año que viene. Si aún así saliera reelegido, recuerdan, también podrían iniciar el ‘impeachment’ en 2021.

Trump, cuestionado en Estados Unidos a causa de la ‘trama rusa’, no puede permitirse gesto amable alguno en dirección a Putin

¿Cuáles son los límites de las relaciones bilaterales Rusia-Estados Unidos?, se pregunta Mira Milosevich-Juaristi, investigadora principal de Real Instituto Elcano, ‘thinkthank’ de Madrid España.Las relaciones entre Moscú y Washington están en su nivel más bajo, peligroso y precario desde los años 60. La posibilidad de una colisión en Venezuela, en Siria o en el Mar Báltico no es del todo impensable. La intromisión de Rusia en las elecciones presidenciales norteamericanas de 2016 la ha convertido en un factor poderoso (y tóxico) en la esfera política de EEUU, además de valerle nuevas sanciones económicas. La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha pospuesto cualquier posible solución de los problemas que obstaculizan la cooperación entre ambos países. Cuestionado en su país a causa de la “trama rusa”, no puede permitirse gesto amable alguno en dirección a Putin, sino que, por el contrario, debe manifestar claramente su distanciamiento. Teniendo en cuenta la personalidad voluble del presidente número 45 y el hecho de que su Administración esté mutando desde lo impredecible a la pura inestabilidad, se hace difícil pronosticar cuáles serán los límites de las futuras relaciones bilaterales entre EEUU y Rusia. Comparten un bagaje histórico y se enfrentan a dos cuestiones clave. Una, práctica: ¿cómo gestionar los riesgos para evitar una escalada militar y frenar la degradación de sus relaciones? Otra, difícil y compleja: ¿cómo buscar soluciones a los problemas que han causado la actual ruptura de la cooperación mutua?

La lógica subyacente de la confrontación entre EEUU y Rusia, de la que derivan los problemas que impiden el progreso en sus relaciones bilaterales –es decir, la ampliación de la OTAN, las “revoluciones de color” y la intervención e interferencias en terceros países– reside en la incompatibilidad entre las dos visiones del orden liberal internacional (entendido aquí en su triple significado: liberal político, liberal económico y en el sentido que los teóricos de las relaciones internacionales dan a “liberal” como concepto opuesto a “realista”). Un breve análisis de la evolución de las relaciones bilaterales entre los dos países desde el final de la Guerra Fría (1989-2017) mostrará cuáles son los mayores puntos de confrontación entre ambos países y podrá darnos una idea de las dificultades a las que se enfrentará la futura relación ruso-norteamericana.

Al comienzo de los años 90, los antiguos rivales trabajaron juntos para contener a Saddam Hussein en la guerra de Kuwait, facilitar la reunificación de Alemania, asegurar el arsenal nuclear de la antigua Unión Soviética y desmantelar las instalaciones militares de la URSS en Europa del Este. La idea de consolidar la cooperación entre EEUU y Rusia era el fundamento común del “nuevo orden mundial” del presidente George H.W. Bush y de la invocación de Mijaíl Gorbachov a un espacio común de seguridad desde Vancouver hasta Vladivostok. Estas ‘greatexpectations’ fueron sustituidas paulatinamente por la decepción a causa de la oposición de los rusos a los bombardeos de la OTAN en Serbia (1999), a la guerra de Irak (2003), a las “revoluciones de color” en Ucrania (2004) y Georgia (2005) y a la ampliación de la OTAN. La guerra de Georgia (2008) y la anexión de Crimea (2014) por Rusia supusieron la ruptura del orden liberal internacional y de la cooperación entre Rusia y EEUU.

La Agencia Central de Inteligencia (CIA), la Fundación Soros, la USAID o el NationalEndowmentforDemocracy, en las ‘Revoluciones de colores’

‘Revoluciones de colores’ es el nombre colectivo que han recibido una serie de movilizaciones políticas en el espacio exsoviético llevadas a cabo contra líderes supuestamente “autoritarios” acusados de “prácticas dictatoriales” o de amañar las elecciones o de otras formas de corrupción. En ellas, los manifestantes suelen adoptar como símbolo un color específico que da nombre a su movilización. Este fenómeno surgido en Europa Oriental también tuvo posterior repercusión en Oriente Medio.Estas protestas tienen en común el recurso a la acción directa no violenta, según sus simpatizantes, y un marcado discurso prooccidental, además de, según sus defensores, “democratizador y liberal”. Otra coincidencia es el importante papel jugado por ciertas organizaciones no gubernamentales y organizaciones estudiantiles. El triunfo de cada uno de estos movimientos ha sido variado, pero su eco se ha hecho sentir en todo el espacio exsoviético, donde líderes como Vladímir Putin en Rusia o Alexander Lukashenko en Bielorrusia han tomado medidas preventivas para impedir su extensión.El alcance y significado de estas revoluciones es aún debatido, así como también lo es el papel jugado por actores externos, principalmente de Estados Unidos, como la Agencia Central de Inteligencia (CIA), la Fundación Soros, la USAID o el NationalEndowmentforDemocracy.

El objetivo de estos movimientos sería propiciar cambios en estos países, tradicionalmente parte de la zona de influencia de la actual Rusia, herencia de la Unión Soviética, para que pasen a formar parte del bloque occidental (formado por los países de la OTAN y aliados), como ha sucedido en algunos de estos casos. Sin embargo, los que apoyan dichos movimientos los presentan como puramente autóctonos o incluso nacionalistas, pero sus detractores los acusan de estar manipulados y maximizan la importancia de los agentes externos. Las revoluciones exitosas fueron: Derrocamiento de Milosevic en Yugoslavia en 2000; Revolución de las Rosas: salida del poder de EduardShevardnadze en Georgia en 2003; Revolución Naranja: elección de VíktorYúshchenko en Ucrania en 2004; Revolución de los Tulipanes: salida del Gobierno de AskarAkáyev en Kirguistán en 2005; Revolución del Cedro: salida de las fuerzas de Siria del Líbano en 2005; y Revolución de los Jazmines: salida del Gobierno de Zine el Abidine Ben Alí en Túnez en 2010. Las revoluciones fracasadas: Revolución Blanca, fallido intento de derrocar a Alexander Lukashenko en Bielorrusia; Revolución Azafrán, fallido intento por parte de monjes budistas de derrocar la dictadura militar en Birmania; Revolución Verde, protestas en Irán contra el presunto fraude electoral y en apoyo del candidato de la oposición Mir-HosseinMousavi; y Protestas antigubernamentales en Moldavia de 2009.

Después del ataque yihadista del 11 de septiembre de 2001, el Kremlin ofreció a Washington su apoyo total en la “guerra contra el terror”

Tres veces entre 1999 y 2014 el “péndulo bilateral” volvió al lado de las grandes esperanzas: después del ataque yihadista del 11 de septiembre de 2001, el Kremlin ofreció a Washington su apoyo total en la “guerra contra el terror” y el sostén logístico en Afganistán. En 2003 George W. Bush y Vladimir Putin, reunidos en Camp David, consideraron seriamente establecer una “relación de alianza completa” para luchar juntos contra el terrorismo. Finalmente, en 2008, el presidente Barack Obama decidió restablecer (a pesar de la guerra en Georgia) las relaciones entre Rusia y EEUU y cimentarlas sobre una nueva base. Las esperanzas de que Moscú y Washington se aliaran descansaban en una serie de suposiciones erróneas: que Rusia estaba en camino de convertirse en miembro del Occidente capitalista, que la agresividad rusa en sus fronteras había cesado y que, como lo habían hecho Alemania y Japón en 1945 y los países de la Europa del Este tras la caída del Muro de Berlín. Rusia estaba de acuerdo en adherirse al orden liberal internacional liderado por EEUU.

La raíz histórica de la incompatibilidad de las visiones rusa y norteamericana sobre el orden liberal internacional se encuentra en las diferentes percepciones e interpretaciones del final de la Guerra Fría. Los norteamericanos consideran que su sistema político, económico y militar les dio la victoria, por lo que era justo y necesario expandirlo a los territorios que formaron parte de la URSS. Según esta visión, Rusia era la potencia derrotada y debía, en consecuencia, adaptarse al nuevo orden mundial dominado por EEUU y cooperar en asuntos globales como los combates contra el cambio climático, el extremismo islámico y el auge de China, además de no insistir en el equilibrio del poder geopolítico o en el reparto de zonas de influencia. Las narrativas rusas sobre el final de la Guerra Fría son muy distintas. No admiten que Rusia fuera derrotada, sino que llegó a una serie de acuerdos militares para poner fin pacífico a la contienda. El Kremlin jamás insinuó que fuera a reconocer el liderazgo norteamericano. Sólo planteó que intentaría construir una relación entre socios iguales.

La recuperación económica de Rusia en los años 2000 le insufló la confianza necesaria para afirmase frente al mundo liderado por EE UU

La errónea interpretación estadounidense que influyó en forjar la ilusión de que Rusia no era ya una amenaza para la seguridad y defensa de Occidente, o sea, la presunción de que Moscú aspiraba a integrarse en el orden internacional liberal, se debió a puro ‘wishfulthinking’, o, posiblemente, a la suposición de que la debilidad económica de los años 90 y la atávica obsesión rusa de formar parte de un Occidente que históricamente había envidiado, admirado y odiado a partes iguales, le empujaran a abandonar sus aspiraciones a ser una gran potencia autónoma. Pero la recuperación económica de Rusia en los años 2000 le insufló la confianza necesaria para afirmase frente al mundo liderado por EEUU. Recuperada económicamente, Rusia rechazó el modelo japonés y de los países de la Europa del Este, el de intercambiar autonomía en la escena global por su inclusión en un mecanismo de seguridad colectivo controlado por EEUU. La Rusia débil se había plegado a la condición de socio estratégico de EEUU para conservar algún poder e influencia en el mundo. La Rusia fortalecida actuó con más autonomía y acusó a EEUU de no respetar sus intereses.

Los acontecimientos mencionados que han llevado a la gradual ruptura de las relaciones bilaterales de EEUU y Rusia ponen de relieve tres puntos principales del conflicto entre ambos países: la visión del orden internacional; la promoción y divulgación de los valores democráticos; y el entendimiento del concepto de soberanía y de intervención extranjera.Los países occidentales entienden el orden internacional como una serie de reglas específicas, instituciones (políticas, económicas y de comercio) y normas que se crearon después de la Segunda Guerra Mundial y que identifican como “liberales”, las cuales reflejan el compromiso de los gobiernos con el principio democrático y los derechos humanos. El liderazgo de EEUU y de las instituciones globales (ONU, OMC, BMD, G-20, etcétera) son los elementos que sostienen y refuerzan dicho orden.Rusia distingue entre la lógica subyacente del orden internacional, su estructura y los componentes que lo conforman (las instituciones globales en que se apoya). La elite política, militar e intelectual en Rusia se opone a la lógica del orden internacional creado después del final de la Guerra Fría, porque “la dominación y hegemonía de EEUU representa una amenaza para los intereses de seguridad nacional de Rusia”. Según el Kremlin la causa principal del fracasado intento de Rusia por integrarse en las instituciones internacionales es el hecho de que EEUU no ha querido reconocer los intereses rusos. Pero ¿cuáles son esos “intereses rusos”? Basándonos en los documentos oficiales,Rusia defiende cinco objetivos irrenunciables en política exterior: conservar su integridad territorial; preservar el régimen; mantener la zona de influencia en las repúblicas ex soviéticas; asegurar la no interferencia de terceros países en sus asuntos internos; y desarrollar la cooperación económica y política con otros países en condición de iguales. Rusia se ve a sí misma como una gran potencia, con derechos particulares en su vecindad y con un papel destacado en la resolución de los conflictos mundiales, en la cooperación con otras grandes potencias y en el mantenimiento de una política exterior que refleje su soberanía.

De los cinco grandes intereses definidos, el de mantener las zonas de influencia en los países vecinos es el que más directamente choca con la visión norteamericana del orden liberal internacional, que considera de importancia primordial la difusión de los valores democráticos y el derecho de los países a ejercer su soberanía y elegir libremente sus alianzas políticas.La ampliación de la OTAN representa otra de las causas principales del conflicto entre EEUU y Rusia. Mientras Washington subraya que la OTAN no intenta amenazar a Rusia sino ser solamente un instrumento de seguridad y estabilidad que defienda los valores democráticos, el Kremlin sostiene que la Alianza Atlántica representa la mayor amenaza para la seguridad y defensa de Rusia. La naturaleza del miedo es bipolar: a la vez real -Rusia puede perder influencia en las repúblicas exsoviéticas- y paranoica, pues ningún país de la OTAN va a invadir Rusia.

El Kremlin celebró más la derrota de Hillary Clinton que la victoria de Donald Trump, pues Vladimir Putin necesitaba un ‘enemigo íntimo’

Para EEUU el aspecto más importante del orden internacional es el desarrollo de normas relacionadas con la democracia, la soberanía y los derechos humanos. Rusia considera que EEUU justifica con este pretexto su expansión geopolítica y su intención de provocar deliberadamente a Rusia.Desde el final de la Guerra Fría, las llamadas “revoluciones de color”, una serie de movimientos prodemocráticos y prooccidentales, influyeron en los cambios de gobierno en países del espacio post soviético. Mientras Washington tiene una visión positiva de estos movimientos, el Kremlin los describe como golpes de Estado organizados por los norteamericanos para minar la influencia rusa.El Kremlin ha criticado duramente las intervenciones militares de EEUU en Bosnia y Kosovo por “razones humanitarias” y en Irak como “guerra preventiva”. La actitud rusa en esta cuestión es esquizofrénica: uno de los principales objetivos del Kremlin es garantizar la no interferencia estadounidense en sus asuntos internos, así como impedir su predominio en las zonas de su “interés especial”, a la vez que exige el derecho de intervenir en la región, como hizo en Georgia y Ucrania (para “proteger” a la diáspora rusa), o en Siria (por haber sido requerida a ello por el régimen de Bashar al-Assad). Su intervención en el espacio post soviético demuestra que no reconoce la soberanía de las repúblicas ex soviéticas y su derecho a la libre elección de alianzas políticas.

Los oficiales del Kremlin celebraron más la derrota de Hillary Clinton que la victoria de Donald Trump. Aparte de la antipatía hacia la candidata demócrata, Vladimir Putin necesita de EEUU como un ‘enemigo íntimo’ para su supervivencia ya que el solo hecho de desafiarlo le permite ejercer de gran potencia y dar legitimidad a la deriva autocrática del régimen. El Kremlin tenía la esperanza de que la Administración Trump suavizara las sanciones económicas pero ni la menor intención de convertirse de nuevo en socio estratégico de EEUU.El límite formal y legal de las relaciones bilaterales entre Rusia y la Administración Trump es la “trama rusa”, que está siendo usada por los demócratas (y los republicanos anti-Trump) para bloquear la agenda política de la Casa Blanca. El límite sustancial es el estatus de las repúblicas ex soviéticas, en especial Ucrania, Bielorrusia, Moldavia y Georgia, en las que Moscú ve una zona de influencia exclusivamente suya.

Históricamente, caso de la Alemania nazi, los países con ambiciones expansionistas no se sacian con lo cedido, sino que siempre quieren más

Hasta ahora la respuesta estadounidense a las exigencias rusas (no interferir en el espacio post soviético y bloquear la ampliación de la OTAN) ha sido ambigua: Washington promueve formalmente la política de puertas abiertas de la OTAN a Ucrania y Georgia, a la vez que de modo informal intenta disuadir a la Alianza de esta idea.En el hipotético caso de que EEUU decidiera reconocer las demandas de Moscú, aceptando el planteamiento de los analistas Samuel Charp y Jeremy Shapiro (entre otros) de que las instituciones euro atlánticas deberían buscar nuevos acuerdos institucionales con los países entre Rusia y Occidente de manera que se pudieran respetar los intereses de Rusia, no se garantizaría un cambio significativo en la política exterior rusa. Más bien lo contrario. Históricamente (véanse los ejemplos de la Alemania nazi y de la Unión Soviética) se ha demostrado que los países con ambiciones expansionistas no se sacian con lo cedido, sino que siempre quieren más. Hasta ahora, en todas las negociaciones, el Kremlin ha interpretado cualquier cesión como una debilidad del adversario y como una luz verde para seguir presionando. Una característica de Rusia es que, en las negociaciones, suele alardear de más poder y fuerza de los que tiene y mostrar una tendencia (real) a la escalada en sus desafíos.

Independientemente de la buena o mala voluntad de Washington o del interés de Moscú en mejorar sus relaciones bilaterales con EEUU, estas difícilmente cambiarán en breve. Lo más probable es que el actual estado de confrontación se prolongue (aunque haya margen negociador para evitar un conflicto militar y llegar a acuerdos sobre la lucha contra el terrorismo y la no proliferación nuclear), porque los intereses de los dos países son incompatibles. Rusia no está dispuesta a sacrificar sus posibles ventajas geopolíticas y su visión del orden internacional a cambio de buenas relaciones con EEUU, y la “trama rusa” está acorralando cada vez más a la Administración Trump.La lección más antigua de las relaciones internacionales, la de Tucídides, es que las grandes potencias pueden cortejarse entre sí, pero nunca se casan. EEUU y Rusia nunca serán aliados porque en cualquier hipotética alianza ambas potencias perderían su razón de ser.

Tucídides, flamante líder de los aristócratas, acusó a Pericles, líder de los demócratas, de corrupción en las construcciones en la Acrópolis

Tucídidesfue un político destacado de Atenas durante el periodo llamado siglo de Pericles (siglo V antes de Cristo), que llegó a dirigir la facción conservadora o aristocrática, opuesta a la facción popular o democrática de Pericles.Hijo de Melesias, nació en el antiguo demo ateniense de Alopece, sin que se conozca la fecha exacta. Su familia, noble, estaba emparentada con Cimón, el carismático general y líder del partido aristócrata. Tras la muerte de Cimón le sucedió en el liderazgo de esa facción y decidió emprender una oposición vehemente contra el arconte Pericles.Donald Kagan es un historiador de la Universidad de Yale especializado en la historia de Grecia, notable por sus cuatro volúmenes de la Guerra del Peloponeso. Este profesor estadounidense cree que el último objetivo de Tucídides, que no podría exponer abiertamente para no detraerse el apoyo de la mayoría pro-democrática en la Asamblea, era revertir los cambios constitucionales de Efialtes, reinstaurando el gobierno aristocrático y conservador de la época de Cimón. La mayor influencia de Tucídides en la política ateniense se alcanzó al final de la Primera Guerra del Peloponeso y la reorganización del imperio ateniense a comienzos de la década del 440 antes de Cristo.Tucídides desarrolló una nueva y efectiva táctica política consistente en hacer sentarse juntos a sus partidarios en la Asamblea, aumentando así la apariencia de sus efectivos y dándoles una voz unificada. Kagan argumenta que esta táctica ayudó a Tucídides a coordinar una oposición concertada a Pericles que acabó por abrir diferencias ideológicas entre los partidarios de éste.

En el año 444 antes de Cristo, ambos partidos se enzarzaron en una feroz batalla. Tucídides, flamante líder de los aristócratas, acusó a Pericles, líder de los demócratas, de gastar pródigamente los fondos de la Liga de Delos en su ambicioso plan de construcciones en la Acrópolis. Tucídides logró excitar las pasiones de la Asamblea en su favor, pero cuando llegó el turno de Pericles, éste propuso pagar toda la obra de su cuenta, si a cambio los edificios pasaran a su propiedad y no a la de Atenas. Con ese golpe de efecto logró poner de su lado las simpatías de la mayoría de la Asamblea y Tucídides sufrió una inesperada derrota de manos de tan carismático orador. A resultas de su fracaso, Tucídides fue condenado al ostracismo por diez años, y Pericles pudo una vez más permanecer al frente de la política ateniense. Plutarco relata que, cuando Arquidamo II, el rey de Esparta, preguntó a Tucídides quién era mejor luchador, si Pericles o él mismo, éste respondió sin alterarse que su enemigo, ya que, aunque fuera derrotado, se las arreglaría para convencer al público que había sido él quien venció. Tras su ostracismo, en su periodo de actividad política en Atenas, se dice que Tucídides también acusó al filósofo Anaxágoras, amigo personal de Pericles, de ateísmo y simpatizar con los persas.

Tucídides sería un modelo de historiador ideal pues tuvo que escribir desde el destierro. En cierto sentido su modo de narrar será la antítesis de Heródoto, al que tildó de mero logógrafo. Propone un libro donde, todo sea verdad, utiliza el término ‘sygraphein’ (acta), contrato con el lector en el que garantiza la veracidad de lo narrado. La forma de escribir historia está basada en la autopsia, es decir, que sólo lo que se ha visto se puede escribir. En su obra, escrita con gran rigor, analiza los hechos, yendo más allá de lo anecdótico para buscar las motivaciones personales de los protagonistas de los hechos, sus ambiciones y sus temores, sin ocultar sin embargo su admiración por algunas posturas políticas. Intenta que prime la objetividad. Nos habla de ‘realpolitik’, escuela de pensamiento político que antepone el poder a la ética en las relaciones diplomáticas. Atenas desarrolló una política paternalista, sometiendo además a multitud de pueblos, tras las Guerras Médicas. Terminará siendo sometida por Esparta. En el 416 antes de Cristo, los embajadores atenienses se dirigen a las autoridades de la isla de Melos. “Se trata más bien de alcanzar lo posible de acuerdo con lo que unos y otros verdaderamente sentimos, porque vosotros habéis aprendido, igual que lo sabemos nosotros, que en las cuestiones humanas las razones de derecho intervienen cuando se parte de una igualdad de fuerzas, mientras que, en caso contrario, los más fuertes determinan lo posible y los débiles lo aceptan…”.

La inteligencia rusa robó y divulgó documentos del Partido Demócrata para “interferir” en los comicios presidenciales

Hay nuevos avances en la investigación de la trama rusa, el nombre que se da a la presunta conexión del entorno del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, con Moscú para ganar las elecciones de 2016. El fiscal especial de la trama, Robert Mueller, ha imputado a 12 oficiales de la agencia militar de inteligencia rusa acusados de robar y divulgar documentos del Partido Demócrata y de la campaña de Hillary Clinton para “interferir” en los comicios presidenciales. Se ha confirmado la intromisión rusa, pero aún se desconoce si Trump o su equipo participaron en ella. Estas son las claves del caso, que nos evoca al ‘Watergate’ de Richard Nixon y su ‘impeachment’. En enero de 2017, antes de la toma de posesión de Trump, la comunidad de inteligencia norteamericana llegó a una conclusión nítida: “El presidente ruso, Vladímir Putin, ordenó una campaña de influencia en 2016 contra las elecciones presidenciales de EE UU. El objetivo de Rusia era socavar la fe pública en el proceso democrático, denigrar a la secretaria Clinton y dañar su elegibilidad y potencial presidencia. Putin y el Gobierno ruso desarrollaron una clara preferencia por Trump”. Rusia niega esa acusación.

Tras el despido de James Comey como director del FBI, en mayo de 2017, el número dos del Departamento de Justicia, RodRosenstein, decidió nombrar a un fiscal especial para liderar la investigación rusa y evitar cualquier percepción de posible interferencia del Gobierno en las pesquisas. Escogió a Mueller, un respetado y veterano jurista y exdirector del FBI. Sus investigaciones secretas giran alrededor de dos principios: si hubo conchabanza entre el equipo de Trump y el Kremlin; y si, como presidente, Trump ha tratado de obstruir la investigación sobre la injerencia rusa, sobre todo al despedir a Comey, que lideraba las pesquisas al frente del FBI. Trump lleva meses tratando de descalificar la investigación del fiscal especial y dice sufrir una “caza de brujas”. El presidente ha evitado reconocer con rotundidad la conclusión de las agencias de inteligencia estadounidenses de que Moscú llevó a cabo una sofisticada estrategia -con la difusión de información robada y de propaganda- para interferir en la campaña de 2016 con el objetivo de ayudarle a ganar los comicios.

Mueller ha presentado hasta ahora cargos contra 32 personas (25 rusas) y tres empresas y ha condenado a una, un abogado holandés que mintió al FBI sobre sus contactos con un socio de Paul Manafort, que fue jefe de campaña de Trump. Además, ha interrogado a buena parte del entorno de Trump, ha confirmado la intromisión rusa, y ha logrado que tres exasesores del mandatario se declaren culpables por delitos no relacionados con Trump y cooperen con la investigación. Por ahora, no se ha demostrado que hubiera algún tipo de coordinación de Trump o su entorno con las maniobras rusas, ni tampoco que la injerencia rusa influyera directamente en el resultado electoral. Sin embargo, la revelación de que Trump pidió a Comey que el FBI dejara de investigar o que “despejara la nube” de la trama rusa puede interpretarse como un intento de obstrucción a la justicia, lo cual es un delito. Para poder acusar al presidente de EE UU de ese delito, habría que demostrar que tenía una intención de obstrucción de la justicia, lo cual es complejo de probar.

El 9 de mayo de 2017, Trump despidió a Comey como director del FBI. Dirigía la investigación de la agencia policial sobre los presuntos lazos entre el equipo de Trump y la injerencia rusa durante la campaña. El presidente estadounidense admitió que despidió a Comey por sus pesquisas sobre Rusia y, según una filtración, dijo al ministro de Exteriores ruso que con el despido se había quitado un peso de encima en la investigación. El exdirector del FBI aseguró que Trump le había pedido “lealtad” -él se negó a darla- y cerrar la investigación contra Michael Flynn, el primer consejero de Seguridad Nacional, por sus vínculos con Rusia. Flynn fue uno de los principales asesores de Trump durante la campaña y fue nombrado consejero de Seguridad Nacional después de las elecciones. Pero solo estuvo en el cargo 24 días, ya que dimitió después de que la prensa revelara sus contactos con el Kremlin y que había mentido al respecto. Flynn había mantenido contacto en varias ocasiones con el embajador ruso en Washington, Serguéi Kislyak. ¿Y el del Jared Kushner, el yerno del presidente? Jared Kushner, uno de los principales asesores de Trump, está siendo investigado por el FBI por la reunión que mantuvo en diciembre -entre las elecciones presidenciales de noviembre y la investidura presidencial de enero- con el embajador ruso, Serguéi Kislyak, en la Torre Trump. Además, el marido de la hija de Trump también se entrevistó con SergeyGorkov, responsable del banco ruso Vnesheconombank, que ha sido objeto de sanciones estadounidenses por las injerencias rusas en Ucrania.

Todo parecería un capítulo descartado de ‘La hoguera de las vanidades’, novela de Tom Wolfe que tan bien retrata las cloacas de Nueva York

El tipo estaba podrido de dinero. Nacido ya rico, hijo de un constructor de viviendas en los barrios humildes de Nueva York, había dado el salto a Manhattan en los setenta, cuando muy pronto empezaron a brotar los rascacielos con su nombre en letras doradas. Excesivo, lenguaraz y adicto a la fama, se había lanzado también al mundo de la televisión para presentar un programa detelerrealidad: TheApprentice. Un día de junio de 2006, durante una fiesta en la Mansión Playboy de Los Ángeles, se topó con la modelo Karen McDougal. Cuenta la mujer que unos días después charlaron por teléfono, que quedaron en un hotel de Beverly Hills para cenar y que, en un momento dado, se desnudaron. Así comenzó un supuesto idilio que se prolongaría hasta 2007, cuando, dice, la culpa se apoderó de ella: el millonario apenas llevaba casado un año con su tercera esposa, que acababa de dar a luz un hijo. Por aquella época, ese empresario también conoció a StormyDaniels, nombre artístico de una actriz de cine pornográfico con la que coincidió en un torneo de golf. Años después, ella también reveló un affaire. Todo hubiera quedado en un vulgar desliz que ocultar en el matrimonio si no fuera porque el magnate ya no se conformaba con sus negocios y su fama. Soñaba con algo más, soñaba con ser presidente de Estados Unidos.

En 2016 se lanzó a la carrera electoral. Cuando unos meses antes de la votación aquellas dos mujeres amagaron con contar sus historias -que él niega-, su abogado sacó la chequera. A la actriz porno le pagó 130,000 dólares por su silencio. Pero para la modelo de Playboy echó mano de un viejo conocido de las cloacas de Manhattan: David Pecker, dueño de varios tabloides de cotilleos. Pecker compró la exclusiva del romance que McDougal quería contar por 150,000 dólares. No la publicó. Ambos pagos acabaron saliendo a la luz poco después de que el millonario hubiera jurado ya como presidente, en medio de una investigación federal. Las transacciones se convirtieron en presuntos delitos de financiación ilícita de la campaña electoral, ya que el objetivo de silenciar a esas mujeres era proteger la imagen del candidato durante las últimas semanas antes de la votación.

El abogado que prometía dar la vida por su jefe -dijo ser capaz de “recibir una bala” para protegerlo- acabó contando todo a la policía y señaló al cliente como instigador. Este trató de negarlo, pero no contaba con un detalle: el empleado había grabado en secreto la conversación en la que hablaban del pago a la modelo. Si el millonario no se llamase Donald Trump ni el abogado Michael Cohen, todo parecería un capítulo descartado de ‘La hoguera de las vanidades’, esa mítica novela de Tom Wolfe que tan bien retrata las cloacas de Nueva York. Pero se trata de una peripecia real que ha puesto al presidente de Estados Unidos en serios apuros legales en el marco de la investigación de la trama rusa.

El fiscal especial Robert S. Mueller se topó con el asunto mientras exploraba las posibles conexiones entre el círculo de Trump y el Kremlin para interferir en los comicios de 2016, con el objetivo de favorecer la victoria del republicano frente a la demócrata Hillary Clinton. Tras más de año y medio de pesquisas, con la información pública disponible, el asunto judicial más peligroso hoy por hoy para el magnate no procede de reuniones en embajadas o teléfonos rojos con fines perversos, sino del Manhattan del sexo, el dinero y las conversaciones grabadas. “Recuerden, Michael Cohen solo se convirtió en un soplón después de que el FBI hiciera algo que era impensable hasta que comenzó la Caza de Brujas. ALLANARON LA OFICINA DE UN ABOGADO”, escribió Trump en su cuenta de Twitter el pasado 15 de diciembre, cuando Cohen se había declarado culpable ante el juez. Aceptó una pena de tres años de cárcel y señaló a su ilustre excliente como instigador de los delitos. Trump le llamó “rat” (rata), la expresión que utilizaban mafiosos como Al Capone para referirse a los chivatos.

“¿Dónde está mi Roy Cohn?”, ‘consigliere’ de mafiosos como Tony Salerno, jefe de los Genovese, o Carmine Galante, de los Bonnano…

En otra ocasión también usó las palabras ‘flipper’ y ‘flipping’, que en la jerga del crimen identifica la forma en la que las autoridades pueden forzar a un testigo a acusar o delatar a un exsocio mediante tratos o amenazas. “He visto a ‘flippers’ durante 30 y 40 años. Todo es maravilloso cuando les caen 10 años de cárcel y entonces acusan al siguiente más alto que haya”, se quejó Trump este verano en la cadena de televisión Fox. Para entender cómo ha llegado el argot gansteril a la Casa Blanca hay que regresar al Trump de 25 años recién llegado a Manhattan, un jabato loco por medrar en las altas esferas de la elitista isla. Si esas esferas tenían una dirección postal en los setenta, era la del selecto ‘Le Club’, donde consiguió ingresar después de tres intentos fallidos. Allí conoció a un personaje siniestro de la historia de la ciudad, el abogado Roy Cohn, ‘consigliere’ de mafiosos como Tony Salerno, jefe de los Genovese, o Carmine Galante, de los Bonnano, además de asesor del senador Joseph McCarthy en la caza de brujas anticomunista. Cohen, una veintena de años mayor que Trump, se convirtió en su abogado y hombre confianza. Fue quien “le enseñó a golpear”, según Marc Fischer, coautor de Trump, al descubierto. En aquellos años empezaron a levantarse los edificios con su apellido, alguno de ellos, como el Trump Plaza, con el hormigón vendido por una compañía controlada por la mafia. Era S&A Concrete, del citado Tony Salerno, que se había infiltrado en buena parte de este negocio en la ciudad.

El rotativo The New York Times relataba el pasado enero, citando fuentes presentes en la sala, que un día de marzo de 2017, frustrado por la investigación de la trama rusa -cuando trataba de mantener la investigación bajo el control del Departamento de Justicia y que no pasase a manos de un fiscal especial independiente-, Trump preguntó: “¿Dónde está mi Roy Cohn?”. Aquel viejo amigo no se había reencarnado en su nuevo defensor (hoy exabogado) Michael Cohen, pero este tampoco era un santo. Cohen comenzó a trabajar para la Fundación Trump en 2006 y, poco a poco, se fue convirtiendo en hombre de confianza del magnate. Presionaba a periodistas que querían publicar información, como su famosa amenaza a un reportero del DailyBeast en 2015: “Me voy a asegurar de que nos encontremos un día en un tribunal y te voy a quitar cada centavo, incluso los que no tienes aún”. Fue el encargado de contactar con funcionarios rusos para tratar de impulsar la construcción de un rascacielos en Moscú, unas conversaciones que, según ha confesado, se prolongaron hasta bien entrada la campaña electoral, lo que ha convertido esas gestiones en material a escrutar por la investigación del fiscal especial Mueller. Hoy, uno de los abogados de Trump para la trama rusa es también una criatura 100% neoyorquina: Rudy Giuliani, alcalde de la ciudad durante el 11-S y, mucho antes de eso, cuando era fiscal en Manhattan, justamente el hombre que procesó al gángster Salerno, entre otros delitos, por aquella trama del hormigón. El drama diario de Washington está protagonizado por viejos conocidos.

De qué demonios hablaron Trump y Putin en su cumbre de Helsinki el pasado verano, ¿de prostitutas?, solo tuvo a los traductores de testigos

Aparte de Donald Trump, hay una sola persona estadounidense que conoce el secreto que lleva de cabeza a Washington: de qué demonios hablaron el presidente y su homólogo ruso, Vladímir Putin, en Helsinki. Fue una cumbre polémica por muchos motivos y uno de ellos estriba en que la celebraron a solas, sin más testigos que sus respectivos intérpretes. Así que la estadounidense en cuestión se llama Marina Gross y es una veterana traductora de ruso del Departamento de Estado cuyo papel hubiese pasado desapercibido en circunstancias ordinarias. Pero nada es ordinario en la América de Trump. El apoyo del mandatario a Putin a la rueda de prensa posterior a su encuentro a puerta cerrada causó conmoción en EE UU. Demócratas y republicanos se lanzaron en tromba a criticar la connivencia que mostró su líder con el dirigente ruso al que acusan de conspirar en sus elecciones, y a quien dio más crédito que a sus propios servicios de inteligencia.

El desapercibido poder de los intérpretes lo retrató muy bien el escritor español Javier Marías en la inolvidable novela ‘Corazón tan blanco’. El protagonista cuenta que en las cumbres o visitas oficiales, cuando lo que se discuten pueden ser pactos comerciales, conspiraciones contra terceros o hasta declaraciones de guerra, suele haber un segundo traductor de seguridad que escucha y controla que todo de lo que traduce el primero es una interpretación cabal a lo dicho por el líder de turno. Aunque nadie vigila al que vigila, porque la red ya no tendría fina, y llega un punto en el que los mandatarios tienen que fiarse de los traductores.El comienzo del libro de Javier Maríasse ha convertido en un fragmento muy citado del autor: “No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola…”. El protagonista y narrador, Juan Ranz, traductor e intérprete de profesión, es ahora el recién casado, y en su propio viaje de novios, en La Habana, asomado al balcón, es confundido por una desconocida que espera en la calle, y sin querer escucha una conversación de hotel. A partir de entonces “presentimientos de desastre” envolverán su matrimonio. Pero la clave de ese malestar quizá esté en el pasado, pues su padre hubo de casarse tres veces para que él pudiera nacer…

De la cita de Helsinki no queda claro si cada traductor, la de la Administración estadounidense y el del Gobierno ruso, se encargó de su respectivo presidente y si se controlaron entre ellos. Se supone que sí, aunque apenas ha trascendido nada. Los recelos se multiplican al tener en cuenta que la reunión entre Trump y Putin no se celebró solo marcada por las graves acusaciones de EE UU contra el Kremlin de querer interferir en las elecciones presidenciales de 2016 con el fin de favorecer la victoria del neoyorquino. También pesa la investigación de si, además, en esa estratagema había conchabanza entre el entorno del republicano y Moscú. Ese es el punto más desestabilizador de la llamada trama rusa. ¿Cómo abordaron el asunto de la injerencia? ¿Hablaron de la anexión ilegal de Crimea? ¿Del gasoducto que conectará con Alemania? ¿De prostitutas? Incluso esto último es posible. A principios de 2017 salió a la luz un informe del exagente del servicio británico MI6 Christopher Steele que, basándose en fuentes no validadas, apuntaba a vídeos sexuales de Trump con prostitutas en Moscú, un material con el que se podría chantajear al presidente, aunque el FBI lo desacreditó.

A sus diplomáticos Putin sí les dio algo de información sobre la cita con Trump y, según avanzó Bloomberg, propuso al estadounidense un referendo para resolver el conflicto en el este de Ucrania, aunque luego el portavoz de EE UU en el Consejo de Seguridad de la ONU, Garrett Marquis, dijo a Financial Times que la Administración no se lo plantea. La mayor transparencia se dio cuando el presidente de EE UU salió de la cita diciendo que no veía ninguna razón por la que Rusia “debiera serlo [responsable de la injerencia electoral]”. El miércoles dijo que se había comido un “no”, que quería decir que no veía motivo por el que Rusia “no debiera serlo”. En ‘Corazón tan blanco’, el protagonista, Juan Ranz, decide superar el hastío de una reunión anodina entre un alto cargo español y una británica alterando el sentido de la conversación, pero Luisa, la traductora que vigila (y de la que se acaba enamorando, claro) no le delata. Trump fabrica sus propios ‘Lost in Translation’.Este el título de la segunda película escrita y dirigida por Sofia Coppola, la hija de Francis Ford Coppola, autor de la saga de ‘El Padrino’. Es una coproducción de Japón y Estados Unidos, ambientada en Tokio. La directora ganó el Oscar al mejor guión original…

Bob Bill Murray es una estrella de cine sin ilusiones que viaja a Tokio para rodar un anuncio para la marca de whisky Suntory y una serie de comerciales, entrevistas y publicidad japonesa. Charlotte es una joven solitaria en la crisis de los veinte que se aloja en el mismo hotel con su esposo fotógrafo. Bob recibe de su esposa llamadas absurdas y frías; mientras Charlotte espera todo el día a su esposo para luego ver que él no es capaz de darle nada de lo que ella espera. Un día, Charlotte se sienta junto a Bob en la barra del hotel que comparten. Desde ese día ambos comienzan a verse para pasar la noche divirtiéndose hablando, en un karaoke o asistiendo a fiestas de japoneses o incluso yendo a un hospital. Entre ambos surge enseguida una conexión: la de sentirse perdidos en medio de mucha gente y no encontrar su sitio en aquella ciudad. Pese a sus diferencias, Bob y Charlotte se sienten unidos por la soledad. Ambos encuentran en alguien desconocido, una inusual sensación de ternura y comprensión que sus más allegados son incapaces de darles. Conforme avanzan los días, la fecha de partida de Bob está por llegar, ambos se sienten más cercanos, Charlotte descubre una mujer en la habitación de su amigo y se enfada. Más tarde, reconciliados, llega el día de partida de Bob hacia Estados Unidos, la joven se despide en el lobby del hotel pero más adelante Bob intenta buscarla para despedirse de ella correctamente. Donald y Vladímir y su ‘homopolítica’ es una distopía para el Pentágono y el Kremlin, no son idiotas, saben que los matices más sutiles del ‘amor’ a menudo se pierden en la traducción.

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