¿Última llamada para la salvación de México o última estación del tren...

¿Última llamada para la salvación de México o última estación del tren suicida hacia lo peor de lo mismo?

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¿No más hundimientos del poder adquisitivo popular?¿No más gasolinazos, incrementos al IVA, al gas, la energía eléctrica y otros productos y servicios, a contrapelo de los anuncios presidenciales panistas y priista de no más pobreza y desigualdad, de “cero hambre”, del fin de la corrupción de la eternidad revolucionaria, de la modernización inaugural del Estado de Derecho, y de todos los anuncios del México de la alternancia democrática donde no habría más fortunas fuera de la ley, ni contratos amañados, ni privatizaciones selectivas ni licencias de impunidad ni conflictos de intereses, ni dispendios ni usos abusivos del erario, ni triangulaciones presupuestarias prohibidas para el financiamiento de partidos y candidatos, ni subordinaciones de los órganos autónomos de Estado? No está fácil… es posible pero no está fácil. Hay urgencias ciudadanas, clamores de impaciencia, y una agenda de reconstrucción del poder de las instituciones nacionales y de la ética de gobernar, que acaso no estén en consonancia en todos los aspectos donde se necesita la sintonía de las decisiones del Estado y de la gran mayoría de los gobernados. Se trata de una misión difícil, pues la ciudadanía no sólo pide un avance en los sectores económico y gubernamental, sino también traer seguridad pública y paz social a un país en el que los muertos se cuentan por decenas cada día gracias las incompetencias y las complicidades gubernamentales de todos los niveles con el ‘narco’, al grado de que este proceso electoral culminará como el más violento en la historia de México, con 132 aspirantes a algún cargo de elección popular que fueron víctimas –junto con familiares o simpatizantes- de las balas. Con todos los dedos del resentimiento apuntando contra los pésimos regímenes de la alternancia democrática, y en el último tramo sexenalcontra el actual Gobierno, el PRI intentó retener el poder violentando elecciones estratégicas, como las del Estado de México, y cambiando sus reglas para que pudiera ser candidato el único de los colaboradores peñistas que no tenía en su haber algún acto comprobable de corrupción o mancha de incompetencia en su carrera política. A pesar de su envidiable currículum y oficio político y diplomático, un apacible José Antonio Meade, en medio del torbellino de las guerras sucias y las piltrafas de la incivilidad política para las que no podía estar hecho, y además con las cargas de la corrupción y el descrédito y la impopularidad de quien le abrió la puerta de la competencia por la sucesión presidencial, nunca pudo conectar con el electorado en el curso de la campaña porque no se atrevió a romper, ni en el discurso necesario y estratégico, con el espectro del poder del que procedía, y sólo al final tuvo la ocasión de pelearle el segundo lugar a Ricardo Anaya, quien quedó marcado desde antes de la contienda por su sucia y codiciosa trayectoria política, por el divisionismo y las querellas con que rompió la unidad de su partido, y por el sobrado expediente de financiamientos prohibidos de su candidatura y de criminales negocios empresariales que lo tienen al hilo de la cárcel. El proceso electoral llegó a su fin. Pero mientras Meade podrá continuar con su carreraen paz, a Anaya le esperan los peores meses de su vida, pues sin la ‘protección’ que le daba ante la opinión pública ser candidato presidencial ahora tendrá que enfrentar a la Justicia, por lo que no sería sorpresa verlo tras las rejas antes de que termine este año, acusado de lavado de dinero y de los delitos que se acumulen.

Javier Ramírez

Cuando Felipe Calderón dejó la Presidencia de la República en diciembre de 2012, el tipo de cambio era de 12.93 pesos, apenas 1.93 pesos más que cuando asumió el cargo en 2006. El precio de la gasolina era de 10.72 pesos, 3.31 pesos más que tras la administración de Vicente Fox. En el Gobierno de Enrique Peña Nieto, estos índices fueron subiendo al grado de que ambos rayan ya los 20 pesos y tienen contra la pared a millones de familias, a quienes el dinero no alcanza para satisfacer las necesidades más apremiantes, pues el costo de productos y servicios se elevó. Esta situación, sumada a la violencia que se vive en prácticamente todo el país,provocó la rebeldía ciudadana; una inconformidad y una protesta cada vez más airada, homogénea y expansiva de la gente, que cansada de la sucesión de Gobiernos federales incompetentes y corruptos decidió darle la espalda al PRI nuevamente, lo mismo que al PAN, pervertido en su democracia moral por un dirigente nacional y un candidato presidencial con un grueso expediente delictivo, y cuyo destino inmediato o mediato pudiera ser la cárcel.

Andrés Manuel López Obrador, quien ha logrado capitalizar la intensidad de las guerras sucias de que ha sido objeto en sus candidaturas presidenciales –y que en 2006 pudo haber ganado las elecciones que perdió por un margen mínimo de sufragios y con una presumible contribución de la autoridad electoral, del mismo modo que en el 88 Cuauhtémoc Cárdenas perdió con Carlos Salinas de Gortari- y ha sido tipificado como el peor de los peligros para México –peor, incluso, que los capos que han ensangrentado al país con la incompetencia y la complicidad de los mandatos de Gobierno que lo han acusado-, supo hacer suyas las demandas de millones de personas que aspiran a una nueva ética, a una mayor austeridad y a una superior eficiencia en las instituciones del Estado nacional.

Para ello, y bregando cuesta arriba pero sin perder de vista el objetivo de presidir el país con la divisa de la revolución moral de las decisiones presidenciales y de la vida pública nacional, Andrés Manuel decidió deslindarse por completo de los partidos que anteriormente lo cobijaron, como el PRD y el PT, para formar su propio partido, el del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), en el que recibió a personas que no encontraban cabida o no comulgaban con los intereses de las otras organizaciones políticas.

El Morena representó para AMLO una gran oportunidad para incrementar su presencia política e ir construyendo figuras y estructuras que le permitieran defender el voto a la hora de la elección presidencial del 1 de julio. Y así, desde que comenzaron a pronunciarse los nombres de posiblesaspirantes a la Presidencia de la República y el régimen priista en el poder se consumía entre escándalos de corrupción y en complicidades de acción o de omisión que atizaban el incendio de la violencia organizada, el líder del Morena, en campaña permanente y con la experiencia de dos campañas presidenciales en su haber y de muchos años más en la lucha política y electoral, de inmediato puso tierra de por medio a sus posibles contendientes y despuntó de inmediato como el rival a vencer entre los candidateables más sonados, comolos ahora extitulares de la Segob, la SEP y la SHCP-Miguel Ángel Osorio Chong, Aurelio Nuño Mayer y Luis Videgaray Caso, respectivamente-. Sólo encontraba alguna competencia en Margarita Zavala Gómez, esposa del expresidente Felipe Calderón, quien se veía como la favorita dentro del PAN, al grado que algunas encuestas la ponían arriba en las preferencias.

La ‘apertura’ del PRI

Sin embargo, las cosas todavía se pondrían mejores para AMLO. En el PRI, cuando ninguno de los tres aspirantes señalados tenía el suficiente respaldo de las diversas organizaciones adheridas al partido –y mucho menos de los ciudadanos: todos estaban marcados por el fierro de la corrupción y las imágenes de burla de un presidente iletrado y de caricatura como Peña Nieto-, el 9 y 10 de agosto pasados, durante su XXII Asamblea Nacional Ordinaria, decidió realizar diversas modificaciones a su estatutos para promover, por primera vez en su historia, una candidatura presidencial no militante, puesto que las que se advertían como posibles dentro del tricolor estaban, todas, contaminadas de una o de otra manera por la pésima fama del Gobierno federal priista, y en tal contexto se optaba por un personaje sin filiaciones partidistas pero afín al equipo presidencial, sin antecedentes de corrupción y con una carrera pública y profesional muy meritoria que pudiera darle algún valor a la presencia del PRI en unas urnas que se advertían de todo adversas a él y a su jefe político nacional. El elegido en tan lamentables circunstancias –puesto que sobran las coincidencias de quienes estiman que su perfil sería muy competitivo en otros ámbitos y en condiciones menos desfavorables, donde su mesura y sus talentos no nadaran en los pantanos de los regímenes presidenciales en los que se ha desempeñado y donde, sin embargo, lo ha hecho con meridiana aptitud e integridad- fue el entonces titular de la Secretaría de Hacienda, José Antonio Meade Kuribreña.

Esta decisión le costó al PRI críticas fuertes en su interior. ‘Dinosaurios’ como Ulises Ruiz y Manlio Fabio Beltrones alzaron la voz asegurando que el PRI no era un taxi que pudiera llevar a cualquiera sin compromiso. Por su parte, la exgobernadora de Yucatán, Ivonne Ortega Pacheco, una de las caras jóvenes más percudidas del ‘nuevo PRI’ –del tipo de los Borge y los Duarte de Veracruz y Chihuahua, pero con la buena estrella de haber ganado las elecciones sucesorias en su entidad, como en su momento lo hicieranlos Hendricks y los González Canto en Quintana Roo-, al ver que sus esperanzas de buscar la candidatura tricolor se esfumabanintentó incluir un artículo transitorio en los estatutos que hiciera obligatoria la ‘consulta a la base’ para la definición de candidatos, pero fue rechazada. De esta manera, dos días después, los delegados aprobaronla precandidatura de Meade. Con este resultado quedó claro que Peña Nieto era quien, a pesar de todo, mandaba en el PRI, como en los viejos tiempos.

La ambición de Anaya

Dentro del PAN, las cosas resultaron mucho peor, pues a pesar de que contaba con varios aspirantes, como Margarita Zavala, el exgobernador poblano Rafael Moreno Valle, el excanciller Luis Ernesto Derbez y los senadores Ernesto Ruffo y Juan Carlos Romero Hicks, el dirigente nacional, Ricardo Anaya Cortés, ‘alumbrado’ por el éxito que tuvo al llevar al partido al ganar varias gubernaturas en el proceso del 2016, decidió postularse también.

Con el paso de los meses, Anaya fue concretando un plan para aliarse con el Partido de la Revolución Democrática (PRD)-haciendo de las ideologías y de las diferencias en los principios y plataformas de mandato un merengue de intereses cual los negocios de las cúpulas de los partidos-, al que posteriormente se sumó el insignificante y oportunista Movimiento Ciudadano (MC), empresa propiedad del exconvicto veracruzano Dante Delgado. Así, a unos días de que una publicación de El Universal sacara a la luz pública que su patrimonio familiar se había incrementado rápidamente y de manera ilegal durante los últimos 14 años, alcanzando un valor de 308 millones de pesos, Anaya convocó a sus homólogos del PRD y el MC para conformar el Frente Ciudadano con México para “combatir la impunidad, la corrupción y la desigualdad”.

El primer acto de este grupo fue bloquear la instalación de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados en tanto no se diera reversa al ‘pase automático’ que permitía al entonces procurador Raúl Cervantes Andrade convertirse en automático en el Fiscal General de la Nación. El paro legislativo finalizó siete días después, cuando la fracción del PRI decidió presentar la iniciativa del presidente Peña Nieto que eliminaba el referido pase. Anaya había conseguido otra victoria, ahora con su recién creado Frente, lo que lo llevó a deshacerse poco a poco de los otros aspirantes, incluidos Margarita Zavala, quien renunció al partido, y el jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera, quien también buscaba la Presidencia con el PRD. Por su parte, el senador panista y extitular de Hacienda, Ernesto Cordero, también excandidato presidencial del PAN, puso una demanda penal contra su correligionario queretano por los mismos motivos –de enriquecimiento ilícito y lavado de dinero, entre otros- por los que la PGR lo investiga y puede aprehenderlo en breve.

Inician las campañas

Cuando la campaña electoral inició, el 30 de marzo pasado, Andrés Manuel López Obrador ya estaba muy arriba de Anaya, de Meade y de los –en ese entonces dos- candidatos independientes Margarita Zavala y Jaime Rodríguez Calderón, alias el Bronco. La última encuesta antes del inicio de la campaña ubicaba a AMLO en el primer lugar de las preferencias con el 38 por ciento, dos puntos más que en enero, mientras que Ricardo Anaya, de lacoalición Por México al Frente, se mantenía en el segundo lugar con 20 por ciento. El representante de Todos por México, José Antonio Meade, permanecía en tercer lugar, con 16 por ciento. Por su parte, Zavala y Rodríguez no pasaban del 13 por ciento.

Desde entonces el objetivo del resto de aspirantes fue tratar de tumbar al puntero. Anaya comenzó a copiar algunas de las propuestas y a asumir un poco el estilo ‘populista’ de López Obrador, con anuncios relativos a bajar el IVA en la frontera y conferencias a primera hora del día.

Por su parte, Meade, sabiendo que no contaba con el desenfadado carisma de López Obrador o el cinismo de Anaya, hizo todo lo posible para que la gente pudiera verlo como un político honesto. Para ello presentó su declaración patrimonial, de intereses y de impuestos, la llamada ‘3de3’, agregando otras consultas que hasta pidió certificar con notario. Así, de paso daba una ‘cachetada con guante blanco’ a Ricardo Anaya, quien para ese entonces ya no podría presumir que tenía las manos limpias.

Mientras tanto, los independientes, en clara desventaja frente a los otros tres, pero también con denuncias de haber hecho trampa a la hora de conseguir el apoyo para su candidatura, mantuvieron un perfil bajo; tan bajo, que luego de unas semanas del primer debate presidencial celebrado en abril pasado, la esposa del expresidente Calderón decidió renunciar a la candidatura por un “principio de congruencia” y “honestidad política”.

Comienza el golpeteo

Al ver que la ventaja de Andrés Manuel se hacía cada vez más grande, el PRI regresó a la guerra sucia que comenzó el PAN en 2012. De pronto aparecieron cientos de spots que ‘advertían’ que el López Obrador era un ‘peligro para México’ y para las inversiones. Pero esta vez no tuvieron éxito. Ni siquiera sirvió la campaña que emprendieron diversos empresarios contra la presunta idea de AMLO de privatizar empresas por ser presuntas causantes de la pobreza en el país. Los ataques en su contra se convirtieron en obuses de regreso contra quienes los disparaban. Las encuestas referían que el tabasqueño estaba blindado, que sus críticos más razonables confiaban más en su honestidad y en sus compromisos sociales que en los candidatos de la corrupción probada de panistas y priistas, que la opinión pública mayoritaria estaba convencida de que los empresarios beneficiados con las turbiedades del poder político no eran más virtuosos que el blanco contra el que disparaban sus balas satanizadoras, y que nada tenía que ver un candidato curtido en la lucha por los principios de la socialdemocracia y los valores de las reformas liberales juaristas y las reivindicaciones sociales cardenistas con los payasos de la ‘revolución chavista’.

No resultó, pues, el bombardeo desde las trincheras del estatus quo,y López Obrador entendió que tampoco tenía sentido gritarse con los empresarios a las puertas de unas elecciones que sentía en la bolsa si la autoridad electoral no se atrevía a meterse en el infierno de las marrullerías poselectorales. Consciente de que tenía la victoria en la mano, tomó una actitud más hacia el centro democrático poniendo su perfil de izquierdista a buen recaudo para no alentar las ‘cochinas dudas’.

Así las cosas, las campañas políticas de los candidatos presidenciales llegaron a su fin sin mayores sorpresas. El PRI-ni con todo el apoyo del Gobierno federal y los financiamientos delictivos de sus gobernadores y presidentes municipales, y que se cansó de presumir la detención de sus otroras ‘nuevas caras’, Roberto Borge y Javier Duarte- no pudo conseguir que José Antonio Meade venciera a López Obrador. El extitular de SHCP terminó haciendo una campaña digna con la que incluso rebasaría al panista, pero tenía tras de sí la pesada losa del panismo fallido con el que laboró y del peñismo fatídico que lo despeñó. (Porque gracias al desastre peñista es que Peña lo hizo candidato para tratar de lavar con él la imagen de su partido, pero el desprestigio de Peña, continuador del desprestigio del PAN, fueron también los lastres de su campaña.)

Por lo pronto resta ver cómo queda configurado el Congreso de la Unión, fundamental para que López Obrador pueda poner en marcha sus principales propuestas, pues de no conseguir el Morena la mayoría, el nuevo presidente padecería en algún grado los choques parlamentarios de Fox y Calderón contra el PRI, aunque aquellos resolvieron el problema sobornando a los gobernadores priistas con prerrogativas presupuestarias en los proyectos de egresos de la Federación y con todo género de negociaciones de conveniencia mutua, puesto que los gobernadores disponían de las decisiones legislativas de sus diputados y sus senadores, a los que financiaban sus candidaturas, en un entorno nacional donde dichos gobernadores priistas no tenían jefe de la manda y hacían de los bienes y dineros públicos cuanto negocio sucio les viniera en gana. Fueron en buena medida artífices de la degradación del país en la hora naciente de la democracia.Fueron los peores forajidos con licencia para el atraco en medio de ese libertinaje sin ley llamado pluralismo y alternancia democrática. Fueron lo que ya no debería ser, si se pone orden en las finanzas nacionales y se regulan como debe ser los procesos electorales, ganados en gran medida por el ‘dinero negro’ invertido en ellos por gobernadores como Beto Borge, los Duarte y bandoleros de esa calaña.

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