Vicki Huddleston y su libro “Our Woman en Havana”, en plena sucesión...

Vicki Huddleston y su libro “Our Woman en Havana”, en plena sucesión de Raúl, en la ‘Cuba post Castro’

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La  ‘embajadora’ de Estados Unidos en Cuba de 1999 a 2002 presenta sus memorias, una semana antes de que Raúl Castro ceda el poder a Miguel Díaz-Canel. Su balance de la presidencia de Raúl Castro es más que positiva. Las valientes declaraciones de ‘Vicki’ no gustaron en el seno de los sectores más ‘anticastristas’, quienes no entienden cómo después del ‘traidor’ Barack Obama, hoy otros gobernadores y congresistas visitan La Habana y ‘cabildean’ con los ‘joputas comunistas’. Desconocen en su ‘Versailles Cuban Vakery’ de la calle 8 de su Miami, la ‘real politik’, promovida por  el canciller Willy Brandt en la Alemania del Muro de Berlín, divisoria de los dos sistemas ideológicos de entonces, el capitalista y el comunista. Europa se había liberado de los ‘populistas’ Adolf Hitler y Benito Mussolini. “Raúl Castro hizo bastante –recalca la ex jefa de ‘La Oficina de Intereses de los Estados Unidos en Cuba’–, aunque en Miami digan que no. Con él el liderazgo se volvió más colectivo en la cúpula del régimen, medio millón de personas se hicieron cuentapropista -empresarios particulares, en la jerga de la isla-, ha habido más inversión europea y ha nacido una esperanza de cambio entre los ciudadanos”

Vicki Huddleston y su libro “Our Woman en Havana”, en plena sucesión de Raúl, en la ‘Cuba post Castro’

Santiago J. Santamaría

Vicki Huddleston (1942, San Diego) fue la primera mujer máxima representante de Estados Unidos en Cuba, como jefa de 1999 a 2002 de su Sección de Intereses en La Habana –de nuevo con categoría de embajada desde 2015–. Exembajadora en Malí y Madagascar, presentó en Miami su libro “Our Woman in Havana” (Overlook), “unas memorias de su misión diplomática en la isla comunista enjundiosas en lo político y con chispazos disparatados en lo personal: su perrita Havana, una galga afgana, fue marginada por la asociación cubana de su raza por el cargo de su dueña…”, subrayan los periodistas internacionales en sus crónicas. Me evoca su cariño hacia su afgana Havana a la obra “El hombre que amaba a los perros”, del escritor Leonardo Padura, publicada una década atrás. Un escritor frustrado rememora un episodio de su vida ocurrido en plena Revolución Cubana y en plena Guerra Fría entre Estados Unidos y la entonces Unión Soviética. En una playa cubana conoce a un enigmático hombre acompañado de dos galgos rusos. Después de entablar una progresiva amistad, éste le contará una historia confidencial cuyos protagonistas serán el político y teórico revolucionario soviético León Trotsky y su asesino Ramón Mercader. En una narración elaborada en torno al recorrido en el exilio de Trotsky y su confluencia en México con Mercader, Padura expone su visión de la historia contemporánea cubana y general. La novela solventa las lagunas en la misteriosa vida de Mercader con una elaboración creíble de este oscuro personaje…

‘La mujer que amaba a sus perros’, Vicki Huddleston, defiende la pasada política de apertura de Barack Obama hacia Cuba, denuesta la actual línea dura de Donald Trump y no se muestra optimista con el futuro inmediato de la isla, donde el próximo 19 de abril, Raúl Castro cederá la jefatura de Estado y de Gobierno a un sucesor que será el vicepresidente Miguel Díaz-Canel. “No espero un cambio grande, pero creo que Díaz-Canel quiere seguir con las reformas económicas. Debe hacerlo, si pretende ser un presidente eficaz y que Cuba funcione. Eso sí, tendrá un trabajo muy difícil por delante, porque la jerarquía del Partido Comunista no quiere una sociedad capitalista con divisiones de clase, y él es de una nueva generación que no tiene la misma autoridad y las credenciales de los que hicieron la revolución. Supongo que lo hará todo muy despacio”.

No cree que a medio plazo Cuba se acabará democratizando, de manera similar a los países vecinos, entre ellos Canadá, Estados Unidos, México… “Cuando se elimine el embargo de mi país los cambios serán más rápidos, aunque no imagino todavía que se convierta en una democracia. Tal vez en 20 años. La política de Trump hacia Cuba es trágica. Cuando Estados Unidos amenaza a Cuba, los líderes de la isla echan atrás las reformas y eso a quien afecta es al pueblo cubano. Y pienso que la relación va a empeorar en los próximos dos años con la entrada de radicales como Mike Pompeo (nominado para Secretario de Estado) y John Bolton (nuevo consejero de Seguridad Nacional). Bolton es quien hizo en 2002 la acusación falsa de que Cuba tenía armas biológicas y acentuó la línea dura de la administración Bush. Creo que el próximo paso que tomarán es paralizar lo máximo posible las visitas de turistas estadounidenses. Para entender la situación basta con mirar cómo está nuestra embajada en La Habana. Ahora mismo tenemos solo diez funcionaros allí, como cualquier país pequeño, cuando éramos la embajada con más personal. En enero estuve allí y había una cadena alrededor de las puertas de la embajada; puestas por Estados Unidos, no por los cubanos. Nadie entraba ni salía. Ni siquiera habían reparado los daños del huracán Irma”.

Su balance de la presidencia de Raúl Castro es más que positiva. Sus declaraciones no gustaron estos días en los sectores más ‘anticastristas’, quienes no entienden cómo después del ‘traidor’ Barack Obama, hoy otros gobernadores y congresistas visitan La Habana y ‘cabildean’ con los ‘comunistas’. Desconocen en su ‘Versailles Cuban Vakery’ de la calle 8 de su Miami, la ‘realpolitik’, promovida por  el canciller Willy Brandt en la Alemania del Muro de Berlín, divisoria de los dos sistemas ideológicos de entonces, el capitalista y el comunista. Europa se había liberado de los ‘populistas’ Adolf Hitler y Benito Mussolini. “Raúl Castro hizo bastante –recalca la exjefa de La Oficina de Intereses de los Estados Unidos en Cuba–, aunque en Miami digan que no. Con él el liderazgo se volvió más colectivo en la cúpula del régimen, medio millón de personas se hicieron cuentapropista (empresarios particulares, en la jerga de la isla), ha habido más inversión europea y ha nacido una esperanza de cambio entre los ciudadanos”.

“Fidel será recordado como un líder histórico por el impacto que tuvo en las independencias de África del Sur, como reconoció Nelson Mandela”

Ha pasado más de un año de la muerte de Fidel Castro. Vicki Huddlest juzga también su figura… “Creo que será recordado como un líder histórico de los países en desarrollo por el impacto que tuvo en las independencias de África del Sur, como reconoció Nelson Mandela. Pero con respecto a su legado en Cuba, la cosa cambia. Antes de la Revolución Cuba era un país bastante avanzado para aquellos tiempos, pese a las disparidades sociales. Ahora, básicamente, es un país del que su propia gente se quiere ir”.

Estos días, al ‘andar la Habana de Cancún’, en las proximidades de la Avenida Yaxchilán, en el ‘casco histórico’ de la ciudad, conversé con algunos de los cubanos que tienen sus negocios ya montados, así como algunos de sus cliente. El tema de actualidad es el ‘traspaso de poderes’ de Raúl Castro a Miguel Díaz-Canel. “Washington cuestiona una y otra vez el sistema político de Cuba. Están obsesionados con nosotros. En los tiempos anteriores a la Revolución había muchos cubanos que se iban del país hacia la primera potencia económica mundial, buscando mejorar sus condiciones de vida. Lo hemos hecho nosotros que estamos en México y lo seguirán haciendo. Muchos se equivocan al tergiversar nuestras críticas a la difícil situación por la que viven las familias en nuestra Isla. Washington mantiene estrechas relaciones con la monarquía autocrática de Arabia Saudita, protege a Israel cuando viola las resoluciones de la ONU, mantiene o mantenía, hasta hace apenas unos días cuando llegó Donald Trump con otro de sus arrebatos, un comercio preferencial con China sin exigir elecciones pluripartidistas”. En épocas de mayor sinceridad, el presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt -el único en ganar cuatro elecciones en esa nación, la primera en 1932, la segunda en 1936, la tercera en 1940 y la cuarta en 1944, y uno de los grandes artífices de la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial- defendía al dictador nicaragüense Anastasio Somoza García, conocido por el nombre familiar de ‘Tacho’: “Sí, es un hijo de puta pero es nuestro hijo de puta”.

“¿Qué cree que hubo tras los supuestos ataques a diplomáticos estadounidenses?”, le interrogaron en Miami a Vicki Huddlest. “Algo pasó, pero no tanto como se llegó a especular. Al principio se hablaba hasta de lesiones permanentes y daños cerebrales, y ya no se escucha nada de eso. Washington decidió retirar a los diplomáticos afectados, pero ni siquiera los diplomáticos querían salir. Parece ser que la mayoría de ellos ya están bien. Creo que los republicanos más conservadores, entre ellos Marco Rubio, aprovecharon la oportunidad y manipularon el caso políticamente para que el deterioro de las relaciones diplomáticas sea mayor”. Un estudio de la Universidad de Michigan apunta a que se pudo tratar de interferencias entre dos fuentes de ultrasonidos –aparatos de escucha, en este caso– que habrían provocado sonidos intensos como los que describieron las víctimas. “¿Aparatos de Cuba o de un tercer país?”. “Diría que de los cubanos”.

“Cuando usted estaba allí, ¿cómo vivía el estar tan vigilada?”. Se ríe la diplomática. “No es tan difícil. No piensas en eso, simplemente tienes que ser consciente de que van escuchar todo lo que digas y de que solo puedes hablar de trabajo en la embajada, donde tenemos habitaciones de seguridad. Además, a mí no me seguían todo el tiempo. A veces salía a pasear con mi perrita Havana sin que viniesen detrás… No puedes tener gente para seguir todo, todo el tiempo a nadie. Ni siquiera a la jefa de la Sección de Intereses de Estados Unidos…”, bromea.

En pleno ataque de Estados Unidos, Reino Unido y Francia, La Habana se decantó contra la “Misión cumplida” de Donald Trump en Siria

En su libro dice que La Habana está buscando nuevos socios… “Sí, con Venezuela en bancarrota tienen que encontrar otros. Rusia se está perfilando como su aliado energético, enviando petróleo, y China como aliado económico, pues es el país que más comercio tiene con Cuba. Además, los dos están dándole asesoría militar. Ellos son sus nuevos socios, y no debería ser así. De seguir con la política de apertura de Obama, Estados Unidos y Europa tendrían más influencia”. “¿Qué es lo que interesa, de Cuba, a China y a Rusia?”. “Tener un elemento de presión sobre Estados Unidos. Como en los años sesenta. Exactamente. Tener capacidad de presión de cara a posibles momentos de crisis”. En pleno ataque de Estados Unidos, Reino Unido y Francia, La Habana se decantó contra la “Misión cumplida” de Donald Trump. “¿La Guerra Fría no se acaba nunca?”. “Parece que no. Y se debe a que no estamos haciendo nuestro trabajo. Estados Unidos debería reemplazar a Venezuela como fuente de petróleo para el Caribe, incluida Cuba. Toda esta región es muy importante para nosotros, y estamos adoptando una política irresponsable, puramente doméstica. Trump, como han hecho otros presidentes, está utilizando la línea dura contra Cuba para tener más influencia electoral en Florida”.

Una nueva Guerra Fría no tendrá lugar. La tensión actual de aires prebélicos entre Rusia y Estados Unidos no es bipolar ni confronta dos ideologías. Estoy convencido, a pesar de que afirma la autora del interesante libro ‘Our Woman en Havana’. En los tiempos en los que Vicki Huddleston trabajaba la inteligencia estadounidense, a finales del siglo XX e inicios del XXI, viví en la capital cubana, en el López Serrano. Está inspirado en los grandes rascacielos de Nueva York, como el Empire State o el Rockefeller Center. Diseñado en los años 30 como un edificio de viviendas para la clase acomodada habanera. Es una de las construcciones más representativas del estilo Art Decó en Latinoamérica. Ubicado en la calle 13 y L, número 108, en el Vedado, a escasos meses de la Oficina de Intereses de Estados Unidos. López Serrano fue el más alto de la capital cubana, hasta el año 1956 cuando se construyó el Focsa. Fundamos las revistas ‘Mar Caribe’, ‘Récord’ y Habanera’, con el Instituto Cubano de Hidrografía (ICH), el Inder y Cubadeportes y el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP). Este último organismo era presidido por el actor Sergio Corriere. En cine, protagonizó “Memorias del Subdesarrollo”, de Tomás Gutiérrez Alea, “Baraguá” de José Massip, y también se le recuerda por su interpretación en “El Hombre de Maisinicú”, de Manolo Pérez, papel que le valió el premio a la mejor interpretación masculina en el Festival Internacional de Cine de Moscú. Comprometido íntimamente con la Revolución Cubana, Corrieri fundó en 1968 el Grupo Teatro Escambray, en la sierra central de la isla, donde unos años antes se había producido un intento de acabar con el nuevo Gobierno cubano. También participó en la campaña castrista en Angola, al frente de un grupo de actores, y se plantó en Nicaragua luego del triunfo sandinista.

El ‘Londongrado’ de los magnates rusos contra un exespía de Moscú y su hija, escenas que parecen extraídas de las novelas de John le Carré

“Regresan los aires gélidos y tenebrosos de una nueva Guerra Fría, otra vez entre Rusia y Estados Unidos….”, escribe tras el ataque a Damasco, el analista español Lluís Bassets. “Soplan desde hace algunos años, especialmente desde el incendio de Ucrania, cuando se produjo la anexión de Crimea por Rusia en 2014, un hecho insólito en territorio europeo desde 1945. Pero se han intensificado en los últimos meses, por un puñado de acontecimientos, todos inquietantes. Por una parte, Vladímir Putin ha terminado de consolidar su poder al asegurarse la presidencia rusa hasta 2024, camino de superar en longevidad política a Joseph Stalin, la figura histórica en alza con quien el actual inquilino del Kremlin comparte la idea de fortaleza y de protagonismo mundial. La pieza central de su campaña presidencial, ganada antes de librarla en las urnas, fue la exhibición de un nuevo arsenal de armas nucleares que declaró invencibles…”.

De la otra, el ‘Londongrado’ de los magnates rusos ha proporcionado escenas que parecen extraídas de las novelas de John le Carré, como el ataque químico a un exespía de Moscú y a su hija y las expulsiones masivas de diplomáticos y agentes secretos rusos por parte de Reino Unido, Estados Unidos y una veintena larga de países aliados, replicadas inmediatamente por la Federación Rusa con medidas simétricas. Washington y Moscú se hallan enfrentados también en dos contiendas peculiares. Una bien caliente y sangrienta, la de Siria, en la que ambos Estados mayores se coordinan para no dispararse directamente, pero aprovisionan, instruyen e incluso bombardean para favorecer a los bandos enfrentados que apadrinan cada uno de ellos: Rusia a Bachar al-Ásad e Irán, y Washington a los rebeldes suníes y a los kurdos. La otra, subrepticia pero bien ruidosa, es la que desarrolla Rusia en la ciberesfera, en la que se le atribuyen numerosas interferencias en elecciones y procesos políticos, empezando por la propia elección de Trump, el ‘procés’ populista de los independentistas catalanes en España y las elecciones presidenciales de México previstas para el cada vez más próximo 1 de julio.

Atendiendo a las sonoras broncas en el Consejo de Seguridad, donde los embajadores intercambian terribles acusaciones de genocidio y de terrorismo, se diría que el mundo ha regresado a los cincuenta y sesenta. Si entonces fueron la crisis de los misiles de Cuba, Berlín dividido o la guerra de Vietnam lo que suscitaba los vetos y divisiones en el impotente máximo organismo de Naciones Unidas, e incluso una alineación en bloques polarizados, ahora es la guerra de Siria y especialmente el uso de armas químicas por parte de Bashar al-Asad. El miedo que atenazaba entonces al mundo era el de la destrucción mutua asegurada (MAD, en sus siglas en inglés) como resultado de un incidente incontrolado y de una escalada entre Moscú y Washington que condujera a un intercambio de disparos y al consecuente apocalipsis nuclear. Ahora el miedo se ha hecho plural, es más diverso. Persiste el temor nuclear limitado a la península de Corea, ante la escalada nuclear norcoreana y la espiral de amenazas que la ha acompañado hasta hace apenas unas semanas. Pero son el terrorismo, las inmigraciones descontroladas, el ascenso de las ideologías extremas, los brotes de nacionalismo étnico y la crisis de las democracias liberales lo que suscita los mayores temores de inestabilidad, pérdida de riqueza y aparición de conflictos calientes, especialmente en los lindes del continente europeo.

La mayor semejanza con la Guerra Fría es la posibilidad creciente de una guerra caliente, que tiene en Damasco su escenario más peligroso

La idea de una Guerra Fría es una contradicción en sus términos, un oxímoron según el catálogo de las figuras de la retórica clásica. Si es guerra, es caliente. Si no es caliente, es que no es guerra. Fue un término surgido al final de la II Guerra Mundial ante el creciente temor a una inmediata tercera guerra, en la que se enfrentarían los dos aliados de la segunda, Estados Unidos y la URSS. La aparición del término se produjo en 1947, justo antes de que Moscú fabricara su bomba atómica. Después de Hiroshima y Nagasaki estaba claro que la siguiente guerra sería nuclear. Afortunadamente no sucedió: no se han vuelto a utilizar estas armas y lo que empezó propiamente fue una paz armada, con escalada armamentística y de tensión, que no cejó hasta la llegada de Mijaíl Gorbachov al Kremlin en 1985. La ‘Guerra Fría’ era una contienda sin hostilidades abiertas entre las dos superpotencias, que sólo se enfrentaban de forma encubierta, en guerras por procuración, especialmente en el denominado Tercer Mundo, pero practicaban una intensa belicosidad psicológica, mediante la propaganda, la infiltración y el espionaje, en una larga partida de ajedrez por la hegemonía mundial, que permite buscar analogías en la renovada rivalidad actual entre Moscú y Washington.

“Por encima de la retórica y de las analogías siempre posibles y atractivas–explica Lluís Bassets–, lo que cuenta son las diferencias, que historiadores y politólogos sitúan en cuatro cuestiones. En primer lugar, el actual no es un enfrentamiento global, ni divide el mundo en zonas de influencia como sucedió entonces. No hay, en segundo lugar, un enfrentamiento entre dos ideologías y dos sistemas como eran el capitalismo y el comunismo. La tercera característica es que el actual no es un enfrentamiento bipolar y total, que busque la derrota absoluta y sin compromiso del adversario y con ella la hegemonía mundial. Finalmente, a pesar de los peligros actuales, no hay hoy nada semejante a la MAD, cuando el planeta entero se encontraba bajo la amenaza de entrar en un invierno nuclear después de perder a millones de sus habitantes y de sufrir la destrucción de numerosas ciudades como resultado de los lanzamientos nucleares encadenados. La más destacada diferencia se concentra en el concepto de globalización, resultado directo del final de la confrontación bipolar y ahora considerada como irreversible nada menos que por el todopoderoso líder chino, Xi Jinping. A pesar de sus averías, que son muchas y serias, es imposible imaginar un mundo dividido en dos hemisferios prácticamente incomunicados y en competencia ideológica como era el planeta en los años de la auténtica Guerra Fría…”.

No habrá una nueva Guerra Fría, pero puede haber algo peor, una buena guerra caliente. Así lo cree el ministro de Exteriores ruso, Sergéi Lavrov, o al menos fingió creerlo amenazadoramente ante las represalias suscitadas por el ataque químico de Salisbury, ciudad inglesa. La hija del exespía Serguéi Skripal se recupera en el hospital desde el pasado 4 de marzo, cuando fue víctima o ‘daño colateral’ de un atentado que estaría dirigido a su padre, el exespía ruso Serguéi Skripal. Lawrence Freedman, profesor emérito del King’s College, ha escrito ‘La nueva Guerra Fría de Putin’. Para este insigne historiador de la guerra, la mayor semejanza con la Guerra Fría es la posibilidad creciente de una guerra caliente, que tiene en Siria su punto de fricción más peligroso. Hay muchos puntos de ignición para una gran guerra caliente inaugural de la nueva etapa, como fueron la contienda civil griega (1946-49) y la de Corea (1950-53). Algunos se han neutralizado ya, como es el caso de Ucrania. Otros parecen estar en vías de neutralización, como Corea. Destaca en todo caso el escenario de la guerra siria, con su capacidad de seguir ampliando su dimensión sin que nadie, y quien menos Naciones Unidas, pueda frenarla. Empezó como una revuelta urbana, se convirtió enseguida en guerra civil a varias bandas y ahora ya es una guerra internacional de dimensión sobre todo regional, a punto de adquirir esta semana la categoría de un insólito conflicto directo entre dos potencias mundiales como Rusia y Estados Unidos. Si llega el enfrentamiento entre ambas, lo que empieza ahora no tendrá nada que ver con la Guerra Fría…

Leonardo Padura sueña con ser Paul Auster. “Siempre me interrogan sobre Cuba, el paraíso socialista o el infierno comunista’

“Resulta muy extraño que al autor de la Trilogía de Nueva York le preguntaran sobre los rumbos posibles de la economía norteamericana, o quieran saber por qué se quedó viviendo en su país durante los años horribles del Gobierno de George W. Bush”; “¡No me preguntes qué va a pasar con Donald Trump, porque no lo sé!”, le respondía el vecino de Mantilla, provincia de La Habana, a un periodista, días antes de la muerte de Fidel Castro; el escritor y guionista de cine, creador del inspector Mario Conde que por fin salta al cine con “Vientos de La Habana”, está seguro de que Cuba “va a cambiar en algún momento” y le preocupa que, cuando eso ocurra, la capital pierda “su fisonomía, su estructura fundamental”; una nueva novela vio la luz, “La transparencia del tiempo” y que acaba justo la mañana del 17 de diciembre de 2014, “con el presentimiento de Conde de que ese día va a pasar algo”; fue el día en que Barack Obama y Raúl Castro comenzaban a conversar para restablecer relaciones entre los Gobiernos de Washington y La Habana.

“Yo no soy religioso: soy agnóstico… Hace poco me preguntaban en Brasil si era socialista, y aunque en ese momento no tuve la respuesta después la pensé: soy un heterodoxo de izquierda. Creo que hay que tener algo más allá de toda la parafernalia material que nos rodea. En un país con tantos años de carencia eso se convierte en una necesidad. Para mi generación -de finales de los años setenta- llegar a tener unos jeans era un premio, lo más grande. Hoy en Cuba, si no vas a la escuela primaria con unas zapatillas de marca empiezas a ser visto como ‘diferente’. Eso está pasando en un país pobre y empobrecido, se están perdiendo valores que son los que hacen del ser humano lo que es. Por eso creo tanto en la espiritualidad…”. Leonardo Padura el escritor más internacional de Cuba termina agotado cuando es invitado a una Feria Internacional del Libro como la FIL de Guadalajara. Son decenas de entrevistas que concede todos los días. En todas ellas hay preguntas relacionadas con Fidel y Raúl y sobre su Cuba, el paraíso socialista o el infierno comunista. Es por eso que le gustaría ser un escritor como el neoyorquino Paul Auster, pues a él nunca le preguntan de Barack Obama y sus políticas internacionales y económicas.

“La novela que estoy escribiendo tiene que ver con una virgen perdida. Es una virgen que se supone que hacía milagros desde el medioevo; tenía un poder. Con eso estoy tratando de reflejar cómo el ser humano siempre ha necesitado confiar en algo para poder seguir adelante. Estamos en una época en que se han perdido muchas confianzas. Los grandes proyectos colectivos no han funcionado y lamentablemente no hay una utopía que los sustituya, al contrario, estamos a punto de vivir tiempos muy complicados. ¡No me preguntes qué va a pasar con Donald Trump, porque no lo sé! Pero sí sé que hemos perdido grandes valores que caracterizaron a lo mejor de la condición humana”. El escritor y guionista de cine, ‘padre’ del inspector Mario Conde que por fin salta al cine con “Vientos de La Habana”, está seguro de que La Habana va a cambiar en un futuro,. Cuando esto suceda, habría que ser muy responsable a la hora de transformarla porque se ha logrado conservar, dentro de la pobreza, la estructura fundamental de la ciudad y perderla sería lamentable, como ha pasado en tantos otros países de América Latina”.

Leonardo Padura acompañó al equipo de la película ‘Vientos de La Habana’ estrenada en las salas españolas. “De momento, sigue teniendo su deterioro, sus encantos, sus oscuridades y luminosidades. Estoy bastante satisfecho de cómo el director Félix Viscarret ha logrado transmitirlo al espectador”. Este primer largometraje es la lanzadera de un proyecto más grande. Por primera vez se han rodado a la vez las cuatro primeras novelas de la serie negra de Padura, aunque las tres siguientes se emitirán como miniserie a través de TVE (la televisión pública española), que también las produce, todas ellas dirigidas por el navarro Viscarret. En ese sentido, Jorge Perugorría que protagoniza las cuatro producciones (“Vientos de La Habana”, “Pasado perfecto”, “Máscaras” y “Paisaje de otoño”), explicó a EFE que hacía 15 años que intentaban llevar al inspector al cine, hasta que la productora Tornasol llevó a cabo el proyecto.

Escribía artículos sobre los músicos en Tropicana Internacional de Néstor Milí, “con pinceladas sociales”, en pleno ‘Período Especial’

“Este personaje es muy conocido, acaba de cumplir nada menos que 25 años, y yo creo que estoy perfecto para hacerlo ahora, estoy tan maltratado por la vida y tan cascado como el personaje, tengo más experiencia, más vivencias”, dijo Perugorría. “Conde es un clásico, melancólico, con un mundo interior muy rico; un perdedor, un tipo que se refugia en la nostalgia, en el alcohol, y en sus amigos, en la literatura, en las pasiones”, explicó el actor más internacional de Cuba, vecino del barrio de Santa Fe, en el canal que comunica la playa de La Puntilla con Marina Hemingway. Durante casi diez años residí en la ‘Casa del General Querejeta’, propiedad de mi amigo cubano, el expelotero y taxista ya jubilado, Gustavo Mesa, quien reside en Centro Habana, muy cerca de la redacción de la revista Tropicana Internacional, dirigida por Néstor Milí. En esta publicación colaboré. Entre los redactores estaba Leonardo Padura quien redactaba artículos sobre músicos cubanos, “con pinceladas sociales” en la difícil etapa del ‘Periodo Especial’, tras la desaparición de la Unión Soviética.

Aparte de su compañera de reparto, la hispano colombiana Juana Acosta, Perugorría cree que lo mejor de la película es el estilo con el que Félix Viscarret cuenta la historia, “la adaptación del relato, porque, igual que las novelas, es un testimonio de una ciudad y una generación”. “Es una novela negra. Mario Conde investiga el asesinato de una profesora, y en el camino se le cruza una mujer, una peligrosa pelirroja que lo vuelve loco”, explicó Acosta (Karina en la cinta) una mujer que “está en un momento muy particular de su vida con mucha necesidad de sentirse deseada, sentirse mujer y liberar su lado más salvaje”. Y surge la química más tórrida entre ellos, “pero basada en la parte más sensible de los dos, sus almas de artistas”, aclaró la actriz.

Padura destacó la pasión con la que Viscarret y el resto del equipo se han dedicado a la película de una manera “casi visceral” y han recreado en La Habana “un escenario de cine negro, pero escapando a la vez de los tópicos, fotografiando y presentando La Habana de una manera muy creativa y muy reveladora”. Por primera vez, se acude a imágenes aéreas de la ciudad y según Viscarret se “muestra cómo La Habana en el fondo es como un collage de texturas, de casas de diferentes épocas y estilos; tiene algo de pintura abstracta visto desde arriba, una especie de Mondrian (…) nada es uniforme”.

“Aprendí de Hammett, Chandler, Vázquez Montalbán y Sciascia que es posible una novela policial que denuncie realidades concretas”

Nacido en Mantilla (uno de los diez Consejos Populares del barrio de Arroyo Naranjo, en el territorio de la provincia de La Habana), Leonardo Padura hizo sus estudios preuniversitarios en el de La Víbora, de donde es su esposa Lucía. Naturalmente, estas zonas de La Habana, muy ligadas espiritualmente a Padura, se verán reflejadas más tarde en sus novelas. Padura estudió Literatura Latinoamericana en la Universidad de la Habana y comenzó su carrera como periodista en 1980 en la revista literaria El Caimán Barbudo; también escribía para el periódico Juventud Rebelde. Colabora en Tropicana Internacional. Más tarde se dio a conocer como ensayista y escritor de guiones audiovisuales y novelista.

Su primera novela, “Fiebre de caballos”, básicamente una historia de amor, la escribió entre 1983 y 1984. Pasó los seis años siguientes escribiendo largos reportajes sobre hechos culturales e históricos, que, como él mismo relata, le permitían tratar esos temas literariamente. En aquel tiempo empezó a escribir su primera novela con el detective Mario Conde y, mientras lo hacía, se dio cuenta “que esos años que había trabajado como periodista, habían sido fundamentales” en su “desarrollo como escritor”. “Primero, porque me habían dado una experiencia y una vivencia que no tenía, y segundo, porque estilísticamente yo había cambiado absolutamente con respecto a mi primera novela”, explica Padura.

Las ‘policiacas’ de Padura tienen también elementos de crítica a la sociedad cubana. Al respecto, el escritor ha dicho: “Aprendí de Hammett, Chandler, Vázquez Montalbán y Sciascia que es posible una novela policial que tenga una relación real con el ambiente del país, que denuncie o toque realidades concretas y no sólo imaginarias”. Su personaje Conde -desordenado, frecuentemente borracho, descontento y desencantado, “que arrastra una melancolía”, según el mismo Padura- es un policía que hubiera querido ser escritor y que siente solidaridad por los escritores, locos y borrachos. Las novelas con este teniente han tenido gran éxito internacional, han sido traducidas a varios idiomas y han obtenido prestigiosos premios. Conde, señala el escritor en la citada entrevista, refleja las “vicisitudes materiales y espirituales” que ha tenido que vivir su generación. “No es que sea mi alter ego, pero sí ha sido la manera que yo he tenido de interpretar y reflejar la realidad cubana”, confiesa.

Tiene también novelas en las que no figura Conde, como “El hombre que amaba a los perros” (2009), con críticas a la sociedad cubana

Conde, en realidad, “no podía ni quería ser policía” y en “Paisaje de otoño” (1998) deja la institución -como el mismo Padura dejó tres años antes su puesto de jefe de redacción de la Gaceta de Cuba, la revista de la Unión de Escritores, para consagrarse a la escritura- y cuando reaparece en “Adiós Hemingway” (2001) está ya dedicado a la compraventa de libros viejos. Tiene también novelas en las que no figura Conde, como “El hombre que amaba a los perros” (2009), donde las críticas a la sociedad cubana alcanza sus cotas más altas. Vive en el barrio de Mantilla, el mismo en el que nació. Al preguntarle por qué no puede dejar La Habana, el ambiente de su historia, ha dicho: “Soy una persona conversadora. La Habana es un lugar donde se puede siempre tener una conversación con un extranjero en una parada de guaguas”.

Durante el tiempo que viví en Santa Fe y El Vedado, en la capital cubana, comprábamos los libros de Leonardo Padura en la UNEAC, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Las ediciones se agotaban en días. Leonardo Padura escribió un interesantísimo texto, especialmente para el libro “La memoria y el olvido”. Lo titulaba “Hay días en que yo quisiera ser Paul Asuter”… “No es que me importe o me hubiera gustado demasiado haber nacido en Estados Unidos (ni siquiera en Nueva York, que, como se sabe, casi no es Estados Unidos), aunque pienso que sí me hubiera encantado, como Paul Auster, haber pasado unos años en París, justo en esos años de la vida en que para un escritor París puede ser una fiesta: la época en que la ciudad luz, como vulgarmente se le suele llamar, es el mejor lugar del mundo para un aprendiz de novelista. Y eso a pesar de sus cielos grises, su metro sucio, sus camareros agresivos, tópicos sobradamente compensados con sus maravillosos museos, edificios y croissants matinales”.

“Desearía que cuando fuese entrevistado, los periodistas me preguntasen lo que los periodistas suelen preguntarles a los escritores”

“Cuando pienso que yo quisiera ser Paul Auster–se sincera Leonardo Padura–es por razones que ni siquiera tienen que ver con los premios, la fama, el dinero. No niego, sin embargo, que me hubiera gustado (muchísimo, la verdad), haber escrito ‘La trilogía de Nueva York’, ‘Brooklyn Follies’, ‘Smoke’, por ejemplo. Pero yo desearía ser Paul Auster, sobre todo, para que cuando fuese entrevistado, los periodistas me preguntasen lo que los periodistas suelen preguntarles a los escritores como Paul Auster y casi nunca me preguntan a mí -y no por la distancia sideral que me separa de Auster. El caso es que resulta muy extraño que a alguien como Paul Auster lo interroguen sobre los rumbos posibles de la economía norteamericana, o quieran saber por qué se quedó viviendo en su país durante los años horribles del gobierno de Bush Jr. -o si dejaría su país en caso de que subiera al poder Sarah Palin. Nadie insiste en preguntarle siempre, siempre qué opina de la cárcel de Guantánamo, ni si considera que las medidas económicas de Obama sean sinceras o justas, y muchísimo menos si él mismo o su obra están a favor o en contra del sistema.

En una entrevista con el afortunado Paul que acabo de leer ni siquiera le preguntan acerca de temas tan sensibles como la ardua vigilancia a la que han sido sometidos los ciudadanos norteamericanos como ganancia del 11-S, o del control de los individuos por el FBI (casi todo el mundo suele tener allí un expediente, aunque no tan voluminoso como el de Hemingway), por la agencia de seguridad nacional, por el Departamento del Tesoro y por otras entidades controladoras, bancos incluidos, que saben desde el ADN hasta la marca de papel sanitario que usa una persona (según hemos aprendido viendo series como CSI y Without Trace)”.

“Si yo fuera Paul Auster y estuviera a favor o en contra de Obama o de Bush o de Palin -añade el texto de Leonardo Padura-, mi posición política apenas sería un elemento anecdótico, como la decisión de seguir viviendo en Brooklyn o de poder largarme a París hasta que me harte de su cielo encapotado. Porque, sobre todo, podría hablar en entrevistas, como esa recién leída, de asuntos amables, agradables, incluso capaces de hacerme parecer inteligente, cosas de las que (creo) sé bastante: de beisbol, por ejemplo, o de cine italiano, de cómo se construye un personaje en una ficción o de dónde saco mis historias y qué me propongo con ellas -estéticamente hablando, incluso socialmente hablando, pero no siempre políticamente hablando…”.

“Cada año, pasaba un par de meses cortando caña o recogiendo tabaco, como le correspondía a un germen de Hombre Nuevo”

“Pero, ya lo saben, no me llamo Paul Auster y mi suerte es diferente –aunque escribiera ‘El hombre que amaba a los perros’–. Apenas soy un escritor cubano, mucho menos dotado, que creció, estudió y aprendió a vivir en Cuba (por cierto, sin la menor oportunidad de soñar siquiera con irme una temporada a París, cuando más ganancioso resulta irse a París -entre otras razones porque no hubiera podido irme a París, pues vivía en un país socialista en donde viajar- olvidemos por ahora el dinero) requería y requiere de autorizaciones oficiales. Un cubano que tenía que estudiar en Cuba y, cada año, pasar voluntariamente un par de meses cortando caña o recogiendo tabaco, como le correspondía a un germen de ‘Hombre Nuevo’, el cual se suponía yo debía desarrollar. Pero, sobre todo, porque como soy un escritor cubano que decidió, libre y personalmente, y a pesar de todos los pesares, seguir viviendo en Cuba, estoy condenado, a diferencia de Paul Auster, a responder preguntas diferentes a las que suelen hacerle a él, preguntas que en mi caso, por demás, casi siempre son las mismas. O muy parecidas.

Cierto es que un escritor cubano con un mínimo sentido de su papel intelectual y, sobre todo, ciudadano, está obligado a tener algunas ideas sobre la sociedad, la economía, la política de la isla (y, si se atreve, a expresarlas). En Cuba las torres de marfil no existen -casi nunca han existido- y desde hace cincuenta años la política se vive como cotidianidad, como excepcionalidad, como historia en construcción de la cual no es posible evadirse. Y tras la política marcha la trama económica y social que, como en pocos países, depende de la política que destila de una misma fuente, aun cuando el líquido chorreante pueda salir por las bocas de diferentes leones que, al fin y al cabo, comparten un mismo estómago: el Estado, el Gobierno, el partido, todos únicos y entrelazados. Por tal razón, la política, en Cuba, es como el oxígeno: se nos mete dentro sin que tengamos conciencia de que respiramos, y la mayoría de las acciones cotidianas, públicas, incluso las decisiones íntimas y personales, tienen por algún costado el cuño de la política”.

“El interrogador ya tiene en su mente, todo el mundo tiene una Cuba, la imagen del paraíso socialista o la estampa del infierno comunista”

“Hay escritores cubanos que, desde un extremo al otro del diapasón de posibilidades ideológicas –reconoce Leonardo Padura–, han hecho de la política centro de sus obsesiones, medio de vida, proyección de intereses. La política les ha pasado de la respiración a la sangre y la han convertido en proyección espiritual. Unos acusando al régimen de todos los horrores posibles, otros exaltando las virtudes y bondades extraordinarias del sistema, ellos extraen de la política no solo materia literaria o periodística, sino incluso estilos de vida, estatus económicos más o menos rentables, y especialmente, representatividad. Para ellos, y no los critico por su libre elección ideológica o ciudadana, la denuncia o la defensa política los define a veces incluso más que su obra artística y muchas veces las precede.

No está de más recordar que la compacta realidad politizada hasta los extremos que ha vivido Cuba en las últimas décadas no podía dejar de producir tales reacciones entre sus escritores y artistas. Y tampoco se debe olvidar que la proyección pública e intelectual detentada por muchos creadores ha dependido de esa coyuntura dominada por la política, la cual, parafraseando a Martí (tan político en buena parte de su literatura) les ha funcionado como pedestal, más que como ara. Pero no menos memorable resulta el hecho de que ese escritor, por vivir o provenir de un contexto como el cubano, arrastra consigo (quiéralo o no) la responsabilidad de tener unas opiniones políticas sobre su país (mientras más radicales y maniqueas, mejor), por la simple razón de que no tenerlas sería físicamente imposible e intelectualmente increíble. Solo que, obviamente, para algunos de ellos la política es una responsabilidad, como debería ser; para otros un modo de acercarse al calor y a la luz, y a veces hasta de poder llevar un látigo con el cual marcar las espaldas de los que no piensan como ellos”.

“El lado más circense de este drama lo constituye la condición de pitoniso, astrólogo o babalao que se espera tenga un escritor cubano”

“A diferencia de Paul Auster, el escritor cubano de hoy, es mi caso, y de ahí mi envidia austeriana, empieza a definirse como escritor por el lugar en que resida: dentro o fuera de la isla. Tal ubicación geográfica se considera, de inmediato, indicador de una filiación política cargada de causas y consecuencias, también políticas. Nadie -o casi nadie, para ser justos- lo acepta solo como un escritor, sino como un representante de una opción política. Y sobre tal tema se le suele interrogar, en ocasiones con cierto morbo, y por lo general esperando escuchar las respuestas que confirmen los criterios que el interrogador ya tiene en su mente (todo el mundo tiene una Cuba en la mente): la imagen del paraíso socialista o la estampa del infierno comunista”.

“La parte más dramática de no poder gozar de los privilegios de hablar sobre literatura de que disfruta alguien como Paul Auster llegan cuando el escritor- explica Leonardo Padura-, por la razón que fuere, decide vivir y escribir en Cuba. Tal opción, por personal que sea, lo ubica de un lado de una frontera muy precisa. Y si por casualidad ese escritor expresa criterios propios, no cercanos e incluso lejanos de los oficialmente promovidos, ocurre una perversa operación: sobre él caen las acusaciones, sospechas o cuando menos recelos de los talibanes de una u otra filiación. (Sobre este tema, como de beisbol, también sé bastante. En mi espalda llevo marcas de varios tipos de látigos)”.

“El lado más circense de este drama lo constituye la condición de pitoniso, astrólogo o babalao que se espera tenga un escritor que, por ser cubano y sólo para empezar, debe conocer de economía, sociología, religión, agronomía, etc., además, por supuesto, de ser experto en política. Pero, sobre todo, por tal condición de gurú debe tener la capacidad de predecir el futuro y ofrecer datos exactos de cómo será, y fechas precisas de cuándo llegará ese porvenir posible”.

“Como ciudadano de la isla, atravieso circunstancias similares a mis compatriotas neurocirujanos, cibernéticos, maestros, choferes…”

“Como debe suponer, o quizás hasta saber quien haya leído los párrafos anteriores, además de no ser Paul Auster, yo soy un escritor cubano que vive en Cuba y, como ciudadano de la isla, en muchas ocasiones atravieso circunstancias similares a las del resto de mis compatriotas, comunes y corrientes (neurocirujanos, cibernéticos, maestros, choferes de guaguas y gentes así), afincados en el país. Respecto a la mayoría de ellos (no lo niego), tengo privilegios que, espero, he tenido la fortuna de haber ganado con mi trabajo: publico en editoriales de varios países, vivo modesta pero suficientemente de mis derechos como escritor, viajo con más libertad que otros cubanos (sobre todo que los neurocirujanos), e incluso, gracias a un premio literario ganado en 1996, pude comprarme el auto que tengo desde 1997 y que tendré hasta sabe Dios cuando en este, mi país de prohibiciones…”.

“Tengo además, vamos a ver –termina Leonardo Padura–, una casa que construí comprando y cargando cada ladrillo colocado en ella, una computadora que nadie me regaló e, incluso, acceso a internet (sin habérselo mendigado a nadie). Pero, como muchos de esos cubanos con quienes comparto espacio geográfico, debo “perseguir” ciertos bienes y servicios, buscar un ‘socio’ para llegar más rápido a una solución (incluso sanitaria, tal vez con un amigo neurocirujano), ser ‘generoso’ con algún funcionario para agilizar la realización de un trámite y, algún que otro día, debo cargar un par de cubos de agua extraídos de un pozo que cavó mi bisabuelo, pues el acueducto nos puede haber olvidado por varios días. Entre otras peripecias rocambolescas en las cuales no me imagino envuelto -a juzgar por las entrevistas que suelen hacerle- a un escritor como Paul Auster.

Lo curioso, sin embargo, es que aun cuando muchas veces quisiera transfigurarme en Paul Auster, por el hecho de ser un escritor cubano ese deseo no me compete: la vida de mi país, lo que ocurre en mi país, mis opiniones sobre la sociedad en donde vivo no pueden serme lejanas. La realidad me obliga a lidiar con un tiempo en el cual, como escritor, cargo una responsabilidad ciudadana y una parte de ella es (sin tener por ello que ser adivino, sin tener que alejarme de las gentes entre las que nací y crecí) dejar testimonio, siempre que sea posible, de arbitrariedades o injusticias cuando estas ocurran, y de pérdidas morales que nos agreden, como seguramente también hace Paul Auster cuando los periodistas lo abocan a tales temas: porque es un verdadero escritor y porque también él debe tener una conciencia ciudadana”.

Una nueva etapa histórica se inaugura en Cuba, el líder no se apellida Castro ni se llama Fidel o Raúl, sino Miguel. Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez es un político y exprofesor universitario cubano, primer vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba desde febrero de 2013. Es el primer dirigente cubano nacido después de la Revolución en alcanzar dicho puesto. Miembro del Buró Político del Partido Comunista de Cuba (PCC) desde 1997, fue primer secretario del PCC en las provincias de Villa Clara (1994-2003) y Holguín (2003-2009). Fue además ministro de Educación Superior de 2009 a 2012 así como vicepresidente del Consejo de Ministros entre 2012 y 2013. Oriundo de la localidad de Placetas, en la provincia de Villa Clara, nació el 20 de abril de 1960. Hijo de Aída Bermúdez, maestra normalista, y Miguel Díaz-Canel, trabajador de una planta mecánica en Santa Clara.

Graduado como ingeniero electrónico en 1982 por la Universidad Central de las Villas Marta Abreu, comenzó su carrera profesional como oficial de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) en la Unidad Militar 3875, donde se mantuvo hasta 1985. En abril de dicho año, ingresó como profesor en la Universidad Marta Abreu, donde además se desempeñó como cuadro profesional de la Unión de Jóvenes Comunistas. Entre 1987 y 1989 cumplió misiones internacionalistas en Nicaragua. A su regreso, se integró como dirigente de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) en la provincia de Villa Clara. Elegido miembro del Comité Nacional de la UJC y posteriormente en 1991 como miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, fue designado segundo secretario del Comité Nacional de la UJC en 1993. En 1994 fue designado primer secretario del Comité Provincial del Partido en la provincia de Villa Clara.6 Durante su etapa como máxima autoridad política en dicha provincia se caracterizó por impulsar importantes reformas dentro de la vida cultural en la provincia, entre ellas la apertura y apoyo al centro cultural ‘El Mejunje’ en la ciudad de Santa Clara, el primer local en acoger espectáculos de travestismo en Cuba. En 2003 fue designado primer secretario del PCC en Holguín y elegido miembro del Buró Político del Partido Comunista de Cuba a propuesta de Raúl Castro.

En mayo de 2009 fue designado por el presidente como ministro de Educación Superior, donde inició una serie de reformas dentro del sector universitario. En marzo de 2012, culminó sus funciones como ministro y relevó al histórico dirigente José Ramón Fernández Álvarez, ‘El Gallego Fernández’, como vicepresidente del Consejo de Ministros al frente de las áreas de educación, ciencia, cultura y deporte. El 24 de febrero de 2013 fue elegido primer vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba, sustituyendo a José Ramón Machado Ventura, histórico dirigente partidista cubano, quien había cedido su puesto “en favor de la promoción de la nueva generación”. Como número dos del Gobierno cubano, es el sucesor de Raúl Castro. La designación del nuevo presidente se cumplirá el 19 de abril de 2018, cuando se constituya la Asamblea Nacional. Díaz-Canel tiene dos hijos con su primera esposa, Martha. En la actualidad está casado con Lis Cuesta Peraza, una profesora universitaria y funcionaria de la agencia turística cultural ‘Paradiso’.

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