Vísperas y bagatelas electorales

Vísperas y bagatelas electorales

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Y seguimos pensando en nombres y no en problemas. Y los nombres han ido y han venido en todas las posiciones del poder, y los problemas esenciales no sólo no se resuelven sino que se multiplican.

Barajar candidatos es lo de cada temporada electoral. El tiempo de la opinión pública y el de atender las crisis estructurales y eventuales que se acumulan, se pierde en especulaciones sobre lo que de cualquier manera no ha de servir de nada, y no ha de servir de nada porque a casi ninguno de los nombrados de todos los partidos o a los posibles independientes se les asocian méritos de liderazgo y antecedentes decisivos en su trayectoria representativa o en el ejercicio de sus responsabilidades públicas.

Porque referir trayectorias, estaciones de paso en puestos de Gobierno, encargos políticos o encomiendas administrativas o de orden legislativo, judicial o de cualquier otro ámbito institucional, no sirve para nada; por sí mismo no es indicativo de competencia alguna de servicio, de capacidad transformadora, de excelencia y de aporte social con reconocimiento popular indiscutible.

Y mientras no se hable del nexo de los nombres de los candidatos posibles con la generosidad de su trabajo, con su eficacia y sus perfiles éticos, nada adquiere el valor de ser noticia, de entusiasmar a nadie más que no sean los posibles beneficiarios particulares de su nueva cuota de influencia y de poder, y de significar algo más que notas informativas y comentarios editoriales de temporada que sólo remiten al hecho irremediable de que allí se cierra el círculo vicioso de la lucha por los puestos representativos en pugna, que el interés público se agota en los lugares comunes de los discursos y las promesas de siempre de la legión diversa y plural –no más allá de sus colores y blasfemias militantes y partidistas- de aspirantes a cualquier cargo, y que ese despliegue de palabras y desgastados y estériles rituales de la propaganda de cada ocasión es cada vez más ocioso y menesteroso en sus formas y sus contenidos, más y más restringido a los confines del convencimiento de nadie, y una evidencia ejemplar irrefutable que anuncia el advenimiento inequívoco de la siguiente etapa de degradación de las instituciones y de la eficiencia del servicio del Estado, y de una democracia sin rumbo que es la medida del abatimiento general de la convivencia civilizada, de la cultura, de la ética y de la estética de la realidad histórica.

Porque las ofertas de cambio no advierten indicadores de concepto y de compromiso, los perfiles candidateables se atascan en los matices y las meras presunciones eventuales entre lo más y lo menos nocivo y predatorio, y las causas y las banderas de futuro no pasan del bullicio mediático de las expectativas de unos, en una opinión pública cada vez menos social, más frívola y azarosa, y convertida en patrimonio exclusivo de las voces que miden su sentido crítico y su capacidad de influencia según su particular comunidad de ‘seguidores’ –casi todos de su club de conveniencias y predilecciones- y el número de ‘likes’ bajo sus tres o cuatro frases alusivas al momento que sintetizan e identifican el valor y el potencial de las ideas en torno al porvenir de un vasto pueblo a la deriva.

Las ciudades se agotan como espacios civilizatorios. Tulum, Cancún, Chetumal o Playa del Carmen colapsan bajo el peso de una colonización incontinente de la indigencia y la violencia, presas del hacinamiento y el suicidio, de la saturación carcelaria, de la atrofia vial, del derrumbe ambiental, de la asfixia fiscal, del trauma urbano y la precariedad humana, en el vacío profundo de iniciativas, de autoridad, de oficio político, de virtud, de legitimidad, de creatividad, y de nociones e indicios esperanzadores de algo que en el río revuelto se mueva con aptitud y de manera clara contra la regresión y hacia la curva del horizonte.

Todo se hunde, como siempre, de la mano de la pedestre cualidad del debate político, de los liderazgos y de la conciencia electoral.

Hace tiempo que la política dejó de ser política, y que en el centro de la deflagración democrática se ha reducido a un arrabal de despojos retóricos y nombres y más nombres sin significado popular ni proyecto de futuro, que deambulan por los laberintos sectarios y de interés de las redes sociales sin más identidad ni sentido de pertenencia que los de sus patrocinadores y los propietarios de la única causa que les importa y los conmueve: la de su particular porvenir de privatizadores de lo que vaya quedando de los patrimonios regidos por las administraciones estatales.

SM

estosdías@gmail.com

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