¿La sociedad del Niño Verde y Ebrard es la mejor estrategia para la ‘4T’?

Signos

Cuando muy en su estilo tropical de hacer algunos anuncios y abrir brecha mediática a los proyectos que esos anuncios advierten, López Obrador adelantó la idea de que ya había candidato de su causa a sucederlo, ocurrió lo que acaso él convocaba y a lo que un importante sector de opinión pública restó importancia: se abrió el juego especulativo -y el fuego militante consecuente- en torno a quienes serían los potenciales nominados de su partido -o los personajes más cercanos al interés político del presidente y con ese fin-, se adelantaron encuestas de opinión, y se identificaron como ganadores de las mismas a los que ya se sabía que lideran las preferencias ciudadanas y presidenciales, según los cargos que ostentan y el protagonismo que les adhiere su muy popular jefe, con el canciller Marcelo Ebrard al frente y la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, en segundo lugar.

Por supuesto: en esa perspectiva, Ebrard arranca por delante en dicha carrera sucesoria, y la popularidad presidencial invicta haría su trabajo de impulso y coronación del canciller. ¿Pero esa, simple y elemental como se advierte, sería en realidad la alternativa lógica de un personaje tan bien avituallado de recursos políticos como el mejor de los tiempos de la democracia mexicana -y a la mexicana- y de buena parte de la historia moderna del país? ¿Así, sin más ni más, pensaría Andrés Manuel que Marcelo Ebrard sería el depositario supremo de sus confianzas para continuar el programa de la llamada ‘cuarta transformación’ y de la regeneración moral de la vida pública de México (considerando, claro, como sería lo obvio en un país de invencibles tradiciones fácticas, que mucho más que los criterios y las formalidades de los procesos partidistas internos cuentan, sobre todo, en el Morena y el morenismo, las preferencias y las orientaciones de su jefe máximo -más un ídolo que un líder y presidente de la nación, gracias a su naturaleza carismática y a sus instintos y habilidades para la propaganda, en el entorno de una idiosincrasia tan espontaneísta y maniquea como la mexicana-)? ¿En realidad es Ebrard el candidato del fuero interno de López Obrador?

Las cosas pudieran no ser tan simples y tan en línea recta. El Morena y el morenismo pudieran ser, en efecto, el futuro del canciller, pero no del lópezobradorismo y del ideario de su ‘cuarta transformación’, de los que, en términos de identidad ideológica, Sheinbaum está mucho más cerca que Ebrard, cuyo pragmatismo oportunista está más próximo a lo que condena esa causa de la regeneración nacional que de lo que representa, es decir: más del lado de los turbios negocios de poder del Partido Verde y del ‘Niño Verde’ con los que se ha asociado la actual cúpula del Morena, que de la razón originaria del movimiento presidencial, nacido justamente y llegado al supremo poder del país, alzando la bandera contra esos negocios y esos personajes de la corrupción política, como los del Partido Verde y su propietario real -en el país de las tradiciones fácticas por excelencia y de la demagogia que más las exhibe en el fraude del ocultamiento-, Jorge Emilio González Martínez, mejor conocido como el Niño Verde.

Porque el presidente del partido Movimiento de Regeneración Nacional, Mario Delgado, siempre ha sido un subordinado y un representante de los intereses políticos del actual canciller. El actual canciller militaba en la facción neoliberal del PRI que –con los instrumentos institucionales del régimen de entonces- robó la Presidencia de la República, en los comicios del 88, al grupo de la izquierda cardenista que había sido expulsado de ese mismo PRI y al que pertenecía López Obrador, y fue uno de los encargados, por el presidente usurpador, Carlos Salinas, de operar la fundación y el financiamiento gubernamental del Partido Verde Ecologista de México, para torpedear -desde un falso partido independiente- el exitoso movimiento de la oposición cardenista a la que pertenecía el ahora presidente de la República, factor esencial de su posible candidatura a sucederlo. De modo que Ebrard, que ha impuesto su liderazgo en el partido presidencial y ha derrotado en él a su enemigo histórico, Porfirio Muñoz Ledo -de la vieja guardia cardenista de López Obrador-, es un importante factor fundacional de influencia en el Partido Verde y en la asociación del mismo con el Morena, y no podría ser ninguna novedad que las cúpulas de ambos partidos trabajaran juntas en favor del proyecto sucesorio del canciller, aunque ese maniobreo aliancista fuese contrario a la ética y al programa de la ‘cuarta transformación’ y a los intereses de su militancia vocacional.

¿Estaría conforme con ese cochambroso manipuleo político el presidente López Obrador? Porque es claro que Ebrard no sería un candidato mal visto por los enemigos de López Obrador, los afines a los verdes y a sus sucios oportunismos y liviandades. ¿Estará haciendo las cuentas en el sentido de que las inconformidades del núcleo morenista duro pueden valer menos -por ahora- que los datos positivos de la alianza con los verdes en las encuestas, por inmorales que sean esas aportaciones complementarias de la sociedad de siglas e intereses? ¿Estará contagiado y convencido el presidente de las cuentas pragmáticas y alegres de su desbocado y potencial sucesor? ¿No confía el presidente en su propia popularidad ni en los liderazgos más leales de su partido para ganar, por cuenta propia, Legislaturas, Gobiernos y reformas esenciales para su causa y la de la ‘cuarta transformación’?

La alianza con el Verde es de peligros letales para el partido presidencial, ¿pero también para el líder máximo? Si se gana, hay que pagarle, al Verde, al precio de las mafias. Y, si se pierde, para la mafia es sólo la apuesta por un botín más. Hoy día, gane o pierda el aliancismo del Verde y el Morena, el primero ya ha ganado en la conquista de candidaturas. También podría entenderse, si se quiere, que ha ganado con ello la sociedad de Ebrard y el Niño Verde, y que, con el impulso de la popularidad de López Obrador de su lado, estarían en curso de ganar de calle la sucesión presidencial.

El canciller no juega mal sus cartas…, salvo que el presidente esté dejando que ese juego evolucione (en paralelo y en favor del suyo propio). Porque pueden ocurrir inconformidades y defecciones mayores en el morenismo opositor al proyecto verde de Ebrard (al que de manera abierta o soterrada se suman, en suplencia de las protestas y las deserciones, simpatías e intereses opositores), pero la popularidad del líder presidencial no mengua en absoluto y, al final de todo, ese será el elemento más determinante en el proceso sucesorio venidero del Ejecutivo Federal y sus derivaciones hacia los otros dos Poderes y hacia el futuro de la ‘cuarta transformación’.

Ebrard depende en absoluto de Andrés Manuel para relevarlo. Pero acaso Andrés Manuel no esté tan convencido de las lealtades de Ebrard con el proyecto transexenal de la ‘4t’, visibles como son sus costuras neoliberales de origen y la autoría de las creaturas verdes, cuyas perversidades sigue respaldando sobre el discurso de las conveniencias electorales de la coyuntura (donde las encuestas revelan que el verdeecologismo sube y el morenismo baja, siempre que no se le haga mucho caso al argumento inequívoco de que esa bajada morenista obedece justamente al avance de las contaminadas marejadas del Verde, que compra con dinero las posiciones de las que el morenismo histórico es desplazado).

Hoy día el Morena de López Obrador y el de Ebrard están en pugna, con ópticas programáticas enfrentadas. Y podría ser que ese desencuentro afectara las mayorías parlamentarias que requieren las grandes reformas pendientes del actual Ejecutivo Federal, o que las reformas fueran posibles con las aportaciones legislativas del Verde, a cuya mafia dirigente habría que gratificar. Por esa vía, el Morena acabaría como el PRI cuando se fueron los cardenistas, o como el PRD cuando lo abandonaron los lópezobradoristas.

La contaminación verde del Morena no ha menguado la popularidad de López Obrador. Y acaso López Obrador no pondría su capital electoral al servicio de un partido y una candidatura enemigos de su causa. A la postre, la alianza del Verde y el Morena serían como la del PAN y el PRI, donde el segundo sería arrastrado por el primero. Acaso López Obrador, en las postrimerías de su mandato, pondría, más bien, su popularidad, al servicio de las lealtades de Claudia Sheinbaum con los propósitos transexenales de la ‘cuarta transformación’, y haría que gobernara el país como hizo posible que lo hiciera en la Ciudad de México. De ser así, AMLO no se iría a La Chingada a vivir de su pensión del ISSSTE y a olvidarse de la política para siempre, como jura que hará. Seguiría ejerciendo su influencia en el Gobierno de la República como hoy día lo hace en el de la Ciudad de México. De no ser así, la ‘4T’ sería un propósito para el anecdotario del olvido, se retirase o no AMLO a La Chingada, y Ebrard sería como cualquier otro presidente mexicano de los de antes pero ahora gobernando de la mano del Niño Verde y su Partido Verde, que acaso también serían los mandamases de Quintana Roo.

¿Qué tiene que ver AMLO con el Niño Verde? ¿Por qué apuesta la dirigencia morenista de Ebrard -o de Mario Delgado a las órdenes de Ebrard- por la alianza con el Verde? ¿El presidente le apuesta a que su canciller embarque la candidatura que pretende en una nave partidista que naufrague, a fin de cuentas, sin su bendición? ¿O el presidente cree que las estrategias aliancistas del canciller con los verdes son, en efecto, sólo coyunturales, y sólo propias de un oportunismo electoral que no será determinante en el futuro de la ‘4T’, cuando el ahora canciller, con el respaldo de la popularidad de su actual jefe, sea el nuevo dirigente del Estado mexicano; o que los intereses y los negocios de poder del Verde, por muy socio que sea del partido del Gobierno, no influirán de ningún modo en contra del cumplimiento de los objetivos de la ‘4T’; o que en realidad el Verde no es el partido mercenario y de la perfidia política como se le identifica desde su nacimiento, y es, de verdad, una organización al servicio de las mejores causas y un aliado confiable del lópezobradorismo?

¿Por dónde irán los tiros de las creencias presidenciales? ¿Cree, el jefe máximo, en las estrategias verdes de su canciller como indispensables -para la coyuntura o para el porvenir- en el ejercicio de los fundamentos morales y la regeneración de la vida pública del país? ¿O cree en esa alternativa como la menos mala para el futuro de su causa? ¿O le dará las gracias por sus muy importantes servicios y optará, a fin de cuentas, por su incondicional jefa del Gobierno capitalino para seguir conduciendo -él, claro está, como jefe máximo- las riendas de su ‘cuarta transformación’?

SM

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One comment

  1. Avatar

    Ebrard no es el gallo menos delfín de AMLO. Yo he observado que él tiene simpatías por dos personajes miembros de su gabinete, que los está cocinando a fuego lento. Yo puedo apostar desde el año pasado que Ebrard no será el candidato de AMLO para el 2024.

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