El Verde y lo que podría ser… o no ser

Foto: Cuartoscuro

Signos

Claro que la perspectiva puede ser afectada por espejismos y facilismos interpretativos. De ahí el pospretérito. Pero es lo que parece que va pintando, y de lo que en el país, y en la entidad caribe sobre todo, habría que irse previniendo (vaya, en lo que se refiere al Verde y al Morena; en particular a los negocios del Niño Verde y de Marcelo Ebrard).

Porque si las cosas van por donde asoman, el Morena sería el partido que le limpie las botas que usa el Verde en el estercolero…, por lo pronto en los fangales quintanarroenses, donde mejor le sale el sol al dueño de ese partido; donde la tolerancia pública le ha pavimentado, desde hace décadas y diversos Gobiernos y procesos electorales locales y federales, el camino para traficar con la inmundicia de sus privilegios: con sus influyentismos y sometimientos del poder político, con las complicidades de la chusma de los grupos de poder en turno, con sus incontables y muy punibles excesos.

Porque es en el Caribe mexicano donde más y como a nadie alumbra el sol del éxito al Niño Verde; un éxito de dimensiones únicas y ya históricas, por cierto: consistente y continuado en el entorno de los negocios sucios que configuran la democracia mexicana, y que, debe reconocerse, no es capaz de conseguir cualquier mequetrefe o vividor profesional de la vida pública, sino uno que, pese a su vulgar catadura mercenaria, ha convertido la piltrafa de su partido ‘ecologista’ en un factor estratégico de interés de todo tipo de liderazgos y empresas electorales -llámense de izquierda, de centro o de derecha, y digan profesar cualquier inexistente credo ideológico-, desde los más insignificantes y provincianos hasta los más altos y republicanos; desde los más censurables y rapaces, hasta los que llegan al supremo poder del Estado abanderando el evangelio de la verdadera revolución moral de las instituciones y de la vida del país entero, y alcanzan una popularidad de idolatría como los más auténticos y legítimos de todos los tiempos. Porque el Niño Verde, de cuna salinista mecida por Ebrard, lo mismo ha sido aliado de los panistas más rancios, que amigo del expresidente Peña y su priismo vomitivo, que socio ahora mismo de los petistas de Fernández Noroña y Manuel Bartlett, y del morenismo instalado en Palacio Nacional.

El Verde, y lo que sobrara del Morena, harían la plataforma de la candidatura presidencial del ahora secretario de Exteriores, cuyo perfil salinista y seudoprogresista -o de fifí camuflado de chairo a fuerza bajo sus ropas de diseñador caro, tan costosas como las del poderoso empresario delincuente Alonso Ancira y huésped distinguido y de prolongada estancia, con familia completa y todo, en lujosos complejos hoteleros a la orilla del Río Sena- bien podría juntar, con los actuales militantes expriistas, expanistas y experredistas del Morena que se quedaran en el partido, a no pocos priistas, panistas y perredistas que también dejarían de serlo, inconformes con la alianza más recalcitrante del PAN, el PRI y el PRD que postularía al ahora humilde predicador itinerante del mejor futuro para México -y salvado de la cárcel por la cobardía de la pasada Presidencia peñista-, el panista Ricardo Anaya.

De modo que Ebrard sería el candidato presidencial del Verde y de los restos del Morena para el 2024. Y perdería estrepitosamente. La codicia del poder podría impulsarlo al precipicio electoral y político. Aunque, claro, el canciller está muy lejos de ser tonto. Es fino no sólo para el estilo y el modo de vivir de primer mundo, lo es de olfato y bastante diestro en el cálculo político, y esa condición inteligente bien podría desviarlo de la impertinencia emocional de postularse y apartarlo a tiempo de las tentaciones sucesorias, y llevarlo, mediante las disciplinadas capacidades de negociación de las que goza, a una nueva posición de altura, diplomática o representativa, y esperar mejores tiempos para contender por la jefatura nacional.

Pero antes, para el 2022, alinearía por completo al Morena, con su fiel escudero Mario Delgado al frente, a la cúpula del Verde en Quintana Roo, para que su socio, el Niño Verde, cual caricatura de Calígula, nombrara, a dedo vil -como hace ahora para las elecciones municipales y federales del próximo junio, pero de manera más autárquica y absoluta-, al candidato más servil y disponible de esa alianza al Gobierno del Estado, para sus particulares fines (y que lo mismo pudiera ser Mara Lezama o Laura Fernández o Gustavo Miranda o José de la Peña u otro títere por el estilo, o algún cómplice de Félix González o de Beto Borge o de cualquiera de sus súbditos y seguidores, porque en el Estado su figura crece y reparte futuro como un sórdido emperador entre las sombras de la muy rupestre democracia mexicana), lo mismo que a la próxima Legislatura local. Por ejemplo…

Ebrard, pues, no sería presidente de la República, y, mucho menos y bajo ninguna circunstancia, en sociedad con el Niño Verde. Pero este, su socio verde, sí podría seguir controlando los hilos fundamentales de la política estatal, aunque sólo si el actual gobernador y el presidente de la República se lo permitiesen. Porque, aunque Ebrard no fuese el candidato de López Obrador a la sucesión presidencial, sí seguiría controlando, con el Niño Verde, la alianza de los partidos de ambos, hasta los comicios del 22, que incluyen los relevos legislativos locales y el del Ejecutivo estatal. Y si al gobernador Carlos Joaquín le interesara seguir siendo un factor de poder para entonces, y aun para después, y no un socio o un contrincante secundario del Niño Verde, tendría que enfrentarlo y concebirlo como el principal enemigo de su liderazgo y de la entidad que gobierna.

(Y, al parecer, el gobernador sí está tomando cartas en el asunto, y ahora, además, favorecido por un suceso judicial que le ha venido políticamente como anillo al dedo y en tiempos electorales, y cuya sonoridad en la opinión pública implica al Niño Verde y contribuye a exhibir, como en otros muchos escándalos de corrupción, el tipo de industria de poder que en realidad opera a través de sus representantes institucionales.

De modo que fuesen o no procesados los conocidos integrantes de la banda de los verdes, como el presidente del Congreso estatal Gustavo Miranda, vinculados con los despojos y los fraudes inmobiliarios -cometidos por ellos y por delincuentes similares a sueldo del ahora exgobernador preso, Roberto Borge, a través de la autoridad laboral que tuvo al servicio de su oprobioso régimen para ese tipo de atracos contra ciudadanos e intereses privados, y para muchos otros atentados en contra del interés público-, la contienda penal, y la campaña asociada de denuncia y guerra mediática en contra de dicho grupo de criminales, se han puesto en marcha con capital intensidad.

Y acaso hagan justicia o no, esa contienda penal y esa propaganda, dentro del orden jurisdiccional, pero bien podrían servir, en buena medida, para hacerla en el de la imagen; para enfatizar el descrédito que identifica a las parvadas verdes, en general, y a su grotesco tucán insignia, en particular, el Niño Verde; y para llevar más agua al molino de la degradación de las candidaturas representativas de ese basurero y de su alianza con el Morena, y sobre todo a las que podría tener en observación el Niño Verde, en calidad de casting, como las más convenientes a su carpeta particular de negocios para el año venidero, y de tan turbios perfiles, cual el de Mara Lezama, por ejemplo, en Cancún, y el de Laura Fernández, en Puerto Morelos, acuñados principalmente con el filo de proyectos de enriquecimiento personal como el tan propio de la operación de la basura en la primera demarcación turística, y el de la obra pública esencial y la legalizada y formalizada -con aprobaciones compradas en el Cabildo- especulación con el suelo urbano y las densidades inmobiliarias, en la segunda, en Puerto Morelos, donde, además, la creciente actividad homicida ha mediado con la voracidad política, y la exalcaldesa Laura Fernández, ahora aspirante a la próxima Legislatura federal, ha nominado, con la abyecta complicidad de la cúpula nacional verde que preside Mario Delgado en nombre de Marcelo Ebrard, a la viuda -Blanca Tziu- de su asesinado candidato favorito -Ignacio Sánchez- a sucederla en el Ayuntamiento: una perfecta desconocida que no tiene más éxitos políticos para proponer al electorado que el de su ‘desgracia’ y el concedido por el dedo de su eventual mentora y patrocinadora, quien habría de poner su experiencia para guiarla por los arduos caminos de la administración de los vastos y lucrativos patrimonios de un Municipio que debiera ser tan fiscalmente rentable si no fuera el tan saqueado botín que ha sido, primero como delegación súbdita del reino de Cancún, y ahora como la municipalidad más reciente del Estado).

De ganar, el Niño Verde, el poder político de Quintana Roo, lo harían, asimismo, los dos anteriores y más depredadores mandatarios estatales del Caribe mexicano, Félix González Canto y el reo Roberto Borge Angulo -cuyas malolientes causas y pérfidos seguidores destruirían y vejarían bajo su escudo-, y perderían, con devastadoras consecuencias, Carlos Joaquín, la ‘4T’ y la viabilidad misma del Estado; un espectro que estaría considerando y del cual se estaría previniendo el gobernador, y en torno del cual y según los augurios que se configuran en el panorama de las relaciones de los Gobiernos estatal y federal, se estaría bordando el acercamiento y una mayor comunión de intereses pragmáticos y estratégicos entre el gobernador del Estado y el presidente de la República. En tal perspectiva -pospretérita-, la carga penal y propagandística contra los verdes -combinada con las miserias morales, políticas y administrativas de sus candidaturas propias y asociadas- debería incidir en el descarrilamiento de su alianza con el morenismo perdulario rumbo a la estación electoral de junio. De otra manera, el futuro gubernamental y político para la entidad caribe, y para la ‘4T’ en la entidad caribe, podría ser funesto. Y el hándicap reside en el propio líder nacional del movimiento de la regeneración moral: su popularidad invicta es la fuerza electoral que alienta, en la coyuntura, a los inmorales y socialmente inservibles y perniciosos candidatos de la sociedad del crimen del Niño Verde. Porque el fanatismo alrededor de dicho liderazgo es por demás nocivo para las nociones críticas electoralmente necesarias, y su masividad convierte en buenos a los peores, lo cual es una grave patología ideológica y democrática en pueblos tan creyentes como iletrados.

De modo que Ebrard no sería el candidato presidencial de AMLO. Y como candidato posible del Verde y el Morena que procurase ser, perdería por amplio margen los comicios, no obstante las adhesiones que recibiera de los nuevos morenistas que emigrasen del PAN, el PRI y el PRD, inconformes con la candidatura del panista Ricardo Anaya, la que habría de complementar su derrota dividiendo a los principales enemigos de Andrés Manuel y de la que sería la candidata de su ‘4T’, Claudia Sehinbaum.

El actual líder morenista en el Senado, por su parte, Ricardo Monreal, tendría mucho menos fuerza, aún, para postularse con algún éxito a la Presidencia de la República por cuenta propia, como no la tuvo para disputar el Gobierno de la Ciudad de México que le ganó la ahora mandataria de la capital. Pero bien pudiera negociar posiciones representativas importantes si se mantuviera dentro de la causa de la ‘4T’.

Porque hay datos incontrovertibles a considerar. Claudia Sheinbaum, por ejemplo, es inalcanzable, en índices de popularidad entre todos los gobernantes estatales, y supera en la Ciudad de México, por si fuera poco, a su propio líder político nacional, el presidente de la República más aceptado y legítimo de la historia del país, algo que difícilmente podría cambiar, y menos si las mediciones y encuestas de opinión, además de su autonomía y su diversidad convergente, se realizan en medio de una crisis sanitaria y económica de dimensiones tan globales y tan potencialmente devastadora como ninguna otra. Eso, en la coyuntura de unos procesos electorales en los que contiende una comunidad de candidatos, a todos los puestos de elección en disputa, de los peores de todos los tiempos, y donde, de ganar los de la alianza del partido presidencial, y por iguales o peores que sean en relación con sus opositores, lo harían merced a la idealización del líder de la causa de la regeneración moral, y, en Quintana Roo, ese liderazgo y esa causa conquistarían el poder político para el enemigo más poderoso de los mismos y del Estado, ¿quién?, pues quién más habría de ser sino el invicto mercenario del falaz ecologismo hecho partido y llamado el Niño Verde.

Y sí, Carlos Joaquín está ahora mismo en la encrucijada. Podría verse en el espejo de su propia sucesión al lado de la causa de AMLO. Pero rumbo a las elecciones inmediatas, las de este junio que viene, debe combatir por propia cuenta al Niño Verde y a esa misma causa presidencial que, de manera tan paradójica y contradictoria, lo alimenta.


SM

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