‘La Revolución de los Vinilos Mexicanos’ en España

El bestiario

La ciudad vasca republicana de Eibar hizo caso omiso a la prohibición franquista de escuchar música ‘charra’. México rompió relaciones con ‘El Generalísimo’ Francisco Franco, tras el fusilamiento de cinco jóvenes aquel perturbador 27 de septiembre de 1975… Hay un ensayo que me gusta y sobre el que ya he escrito alguna vez: ‘En el poder y en la enfermedad’ (2010), del neurólogo británico David Owen, más conocido como político, porque fue dos veces ministro, de Sanidad y de Exteriores, con los laboristas. Su libro, documentadísimo y deliciosamente escrito, trata de la enfermedad en los políticos. De cómo la ocultan, sobre todo. Y entre otras cosas dice que, según un estudio, el 29% de todos los presidentes de Estados Unidos sufrieron dolencias psíquicas mientras ejercían el cargo, y que el 49% presentaron rasgos que indicaban trastorno mental en algún momento de sus vidas. Unas cifras aterradoras por lo elevadas, según la OMS (Organización Mundial de la Salud).

Leí el libro de Owen cuando fue publicado en España, hace casi 10 años, tras hacer referencia del mismo la escritora Rosa Montero en una columna periodística, pero al releerlo al inicio de este 2021 sus palabras me han parecido espeluznantemente actuales. Todos alucinamos con el ex presidente de los Estados Unidos, el republicano Donald Trump arengando a sus seguidores a que asaltaran el Capitolio, el pasado 6 de enero, Día de Reyes. “La política se está comportando con una irracionalidad mucho más difícil de calibrar que cualquier depresión atmosférica”, describe Manuel Vicent en su columna de El País, ‘Siete machos’, al referirse a las broncas protagonizadas por los líderes políticos en España, en México, en Estados Unidos incapaces de ponerse de acuerdo para luchar con la pandemia y la crisis económica que tenemos encima… El bipartidismo entre el PSOE (socialdemócratas) y el PP (liberales) ha presidido la política española en su Transición Democrática tras la dictadura de Francisco Franco. Hace unos años atrás aparecieron en escena tres nuevas formaciones, Podemos (extrema izquierda), Ciudadanos (centristas) y VOX (franquistas, extrema derecha), ilusionando al personal por un previsible innovador escenario político transversal. Al final del bipartidismo pasamos al ‘bibloquismo’: PSOE más Podemos (izquierda) y PP más Ciudadanos y VOX (derecha). El socarrón Josep Pla, escritor y periodista español en lenguas catalana y castellana, le decía a un joven anarquista: “La naturaleza está llena de catástrofes, de incendios, inundaciones, terremotos y encima de tantos cataclismos, ¿quiere usted además hacer la revolución?”.

Ahora mismo el ciudadano español está sumido en una doble confusión. Si mira a la naturaleza ve sus fuerzas desatadas en el Mediterráneo con una depresión atmosférica, que ha reventado todos los cauces de ríos, torrentes y barrancos hasta dejar bajo las aguas campos, pueblos y ciudades, al igual que las tormentas que azotaron nuestro Quintana Roo en la etapa de huracanes del perturbador 2020 del Covid-19. Si mira uno a la política ve la misma convulsión en unos líderes enredados en sus propias pasiones, que han dejado el futuro en un callejón sin salida. Se trata de unas tormentas perfectas. La previsión meteorológica nos advirtió con todo rigor científico cómo se iba a comportar las borrascas, dónde y cuándo caería una determinada cantidad de lluvia, fortísimos vientos y las precauciones que había que tomar. Por su parte, las operaciones de salvamento estaban preparadas para actuar en situaciones de emergencia. Ya se sabe que la naturaleza cada cierto tiempo acude a la notaría y reclama el territorio de su propiedad, que le ha sido usurpado. Este capricho es lo único imprevisible.

Santiago J. Santamaría Gurtubay

En cambio, la política se está comportando con una irracionalidad mucho más difícil de calibrar que cualquier depresión atmosférica, puesto que sus líderes actúan como venados en celo que se debaten y se enredan con las cuernas para ver cuál de ellos será el dominante. Pese a todo, dentro de un tiempo las aguas desbordadas volverán a su cauce, los daños serán reparados y la tragedia al final será olvidada hasta que la naturaleza vuelva a la notaría a reclamar sus derechos. En cambio, no es previsible ni evaluable el daño que nuestros siete machos de la política están causando a este país –no solo a España, sino a México, y a nuestro Quintana Roo de Cancún, Solidaridad, Chetumal…- y la humillación a la que someten a sus ciudadanos. Durante la visita de Andrés Manuel López Obrador a Playa del Carmen, trascendió que el presidente le pidió al gobernador Carlos Joaquín González y a la alcaldesa Laura Beristain que laboraran solidariamente. “Trabajemos juntos, que haya cordialidad, que no haya problemas entre nosotros”, habría dicho AMLO en un momento en que coincidieron con la senadora Marybel Villegas. En los últimos meses, Laura Beristain, alcaldesa por Morena, se confrontó con el Gobernador por el tema del ‘Mando Único’. No aceptaba aplicar esta fórmula en Solidaridad. Finalmente Carlos Joaquín impuso por decreto ante los crecientes índices de homicidios en Playa del Carmen y Riviera Maya. Marybel Villegas también se ha enfrentado con el Gobierno de Quintana Roo por temas como Aguakán. El presidente López Obrador hizo un amplio reconocimiento al Gobernador Carlos Joaquín por no involucrarse en los comicios en los que se eligió a los diputados que integran el Congreso de Quintana Roo y pidió que trabajaran unidos…

“Es la casa del pueblo”, vociferaba la política de la transversalidad quintanarroense del siglo XXI, Marybel Villegas

Marybel Villegas Canché no oyó o no entendió bien el mensaje del presidente de México. En las primeras horas de septiembre pasado tituló La Jornada: “Irrumpe Marybel Villegas en el Congreso con grupo de personas”. La senadora gritaba: “Abran todo, es la casa del pueblo”. Previo al inicio de la sesión de instalación de la XVI Legislatura, la senadora Villegas llegó con unas 30 personas a la sede del Congreso. “Es la casa del pueblo”, vociferaba la política de la transversalidad quintanarroense del siglo XXI, como si estuviera en Eibar, la primera ciudad española donde se proclamaba la II República Española un 14 de abril de 1931, cuando triunfó el Frente Popular, de socialistas y comunistas, cuyas sedes eran denominadas ‘Casas del Pueblo’. Alfonso XIII, el bisabuelo del actual Rey de España, Felipe VI, tuvo que exiliarse. La República fue el régimen democrático que existió entre el 14 de abril de 1931 y el 1 de abril de 1939, fecha del final de la Guerra Civil, que dio paso a la dictadura franquista. Villegas, rodeada de varias personas que la apoyaban, empujaba las puertas de acceso al Congreso y a la sala del pleno en donde el acceso era controlado. Marybel pareciera presidía ‘un grupo de asalto’…

En su formidable libro, Owen desarrolla una teoría propia sobre la borrachera de poder en la que caen demasiados políticos. Él bautiza esta enfermedad con el nombre griego de hybris. Esquilo decía que los dioses envidiaban el éxito de los humanos y que, para vengarse, enviaban la maldición de la hybris a quien estuviera en lo más alto, volviéndole loco. La hybris, pues, es un estado de soberbia tan absoluto que te deja sordo y ciego, haciéndote perder todo sentido de la realidad. A los poderosos les es sumamente fácil caer en esta dolencia: lo sabían bien los romanos, que por eso tenían al esclavo que iba susurrando el famoso “recuerda que eres mortal” al oído de los generales victoriosos. Ahora bien: si incluso Julio César podía perder la cabeza con el poder, imaginen lo que la hybris puede hacer con un tipo exhibicionista y mercurial como el ex presidente Donald Trump.

México y Quintana Roo tienen cada vez más presencia en el mundo, merced a sus directores y actores de cine y sus escritores

Por organismos internacionales de toda solvencia España ha sido declarado el mejor país del mundo para nacer, el más sociable para vivir y el más seguro para viajar solos sin peligro por todo su territorio. Según The Economist, el nivel democrático ibérico está muy por encima de Bélgica, Francia e Italia. Pese al masoquismo antropológico de los españoles, este país es líder mundial en donación y trasplantes de órganos, en fecundación asistida, en sistemas de detección precoz del cáncer, en protección sanitaria universal gratuita, en esperanza de vida solo detrás de Japón, en robótica social, en energía eólica, en producción editorial, en conservación marítima, en tratamiento de aguas, en energías limpias, en playas con bandera azul, en construcción de grandes infraestructuras ferroviarias de alta velocidad y en una empresa textil que se estudia en todas las escuelas de negocios del extranjero. Y encima para celebrarlo tienen la segunda mejor cocina del mundo. Frente a la agresividad que rezuman los telediarios, España es el país de menor violencia de género en Europa, muy por detrás de las socialmente envidiadas Finlandia, Francia, Dinamarca o Suecia; el tercero con menos asesinatos por 100.000 habitantes, y junto con Italia el de menor tasa de suicidios. Dejando aparte la historia, el clima y el paisaje, las fiestas, el folklore y el arte cuya riqueza es evidente, España posee una de las lenguas más poderosas, más habladas y estudiadas del planeta y es el tercer país, según la Unesco, por patrimonio universal detrás de Italia y China.

México y Quintana Roo tienen cada vez más presencia en el mundo, merced a sus directores y actores de cine y sus escritores… Su gastronomía es una de las preferidas por los sibaritas españoles y de otros países de la Unión Europea que visitan la Península Ibérica, repleta de restaurantes tricolores con sus ‘somelieres’ expertos en vinos, tequilas y mezcales mexicanos. Los jugadores de fútbol de nuestro país integran las plantillas de equipos de la Liga Española. San Sebastián, Donostia en vasco, recuerdan con cariño al jugador cancunense, Carlos Vela, quien militó en la Real Sociedad. Mis padres, no lo olvido, siempre hablaban del ex presidente Lázaro Cárdenas y su actitud de acogida paternal a los niños, adolescentes, veteranos…, obligados a huir de las represiones del General Franco, durante la Postguerra y su dictadura cruel. Nunca olvidaremos un 27 de septiembre de 1975. Francisco Franco estaba gravemente enfermo. Se levantó de su cama y firmó cinco pernas de muerte contra cinco jóvenes antifranquistas. Hizo caso omiso a los líderes mundiales, al Papa, premios Nobeles…

Patrullaban las calles y apuntaban con sus mosquetones hacia las ventanas de donde llegaban canciones solidarias mexicanas

México rompió relaciones diplomáticas con España. Como respuesta, el dictador quien moriría apenas el 20 de noviembre de ese mismo año, 55 días después como en Pekín, prohibió que en Televisión Española -era la única que había- y en las cadenas de radio, oficiales y ‘privadas’, sonara canción alguna mexicana. En Eibar, mi ciudad natal, en la provincia de Gipúzcoa, en la Comunidad Autónoma del País Vasco, España, Unión Europea, los vecinos protagonizaron una auténtica ‘insurrección musical’. Se abrieron puertas y ventanas, chimeneas y tragaluces, agujeros para gatos y otros más chiquitos para ‘sagutxus’ y ratones…, y se pusieron, a todo volumen, cientos de vinilos de Pedro Infante, Jorge Negrete, Jose Alfredo Jiménez, Chavela Vargas, Joan Sebastian, Ana Gabriel, Luis Miguel, Juan Gabriel y los eternos Los Panchos… La Guardia Civil (‘Los verdes’), la Policía Nacional (‘Los grises’), los guardias y policías de paisanos (‘Los secretas’) al servicio exclusivo entonces del ‘Régimen’, que agonizaba a la par de su Caudillo, patrullaban las calles y apuntaban con sus mosquetones hacia las ventanas de donde llegaban canciones solidarias mexicanas con los antifranquistas.

Se retiraron, ‘derrotados’ por la unidad del vecindario, al Cuartel de la Guardia Civil del Polígono de Abontza, en Ipurúa, a su Comisaría de las Torres de Orbea, en el Parque de Urquiku. Meses atrás, habíamos asistido, esperanzados a la ‘Revolución de los Claveles’, en Portugal. Eibar fue escenario de otro episodio ‘charrista’, la ‘Revolución de los Vinilos Mexicanos’. Todo esto demuestra que en realidad existen dos Méxicos y dos Españas, no los de derechas o de izquierdas, sino los de los políticos nefastos y líderes de opinión bocazas que gritan, crispan, se insultan y chapotean en el estercolero y la de los ciudadanos con talento que cumplen con su deber, trabajan y callan. Los franquistas se han convertido en una caterva de marginales que, ante la exhumación de su momia, pocas semanas atrás de la llegada del Covid-19 no fueron capaces de movilizar más que a unos pocos frikis en España… Hoy se agrupan en torno a un partido de extrema derecha antisistema denominado VOX La derecha democrática del Partido Popular y los centrista de Ciudadanos se han dejado llevar por las consignas y maneras que recuerdan al ex presidente norteamericano Donald Trump, con ‘El Caudillo’ Francisco Franco como referencia histórica e histriónica.

Los franquistas de toda la vida son la hostia, una caterva de marginales, no son capaces de movilizar más que a unos pocos frikis

Ante las desgracias, en muchas familias españolas se repetía un lema que venía de lo más oscuro de la posguerra, pero con tintes del director valenciano de cine Luis García Berlanga: “Comer, no comeremos, pero lo que nos hemos reído”. Viendo el despliegue exhumatorio, lo parafraseé: los españoles, resolver conflictos históricos, no los resuelven, pero lo que han carcajeado. Mi sobrino y ahijado Andoni, quien prepara un año más sus maletas para pasar unas semanas en nuestro Cancún, en el Caribe Mexicano, y huir del eterno ‘sirimiri’ -llovizna del Cantábrico y su Golfo de Vizcaya, en Durango del País Vasco, que se caracteriza por tener un tamaño de gota pequeño dando la impresión de que las gotas flotan en vez de caer, provenientes de nubes relativamente bajas y de poco desarrollo vertical- al oír mis carcajadas, en una videoconferencia, me preguntó qué estaba viendo. “Lo de Franco”, respondí, “que es la monda”, por usar una expresión de 1975. Era un delirio el ver a Juan Chinarro, presidente de la Fundación Francisco Franco, recitando versos de Antonio Machado. Si le dejan unos minutos más, apela al mismísimo Manuel Azaña para defender a Franco. Alucinaba ver a una señora llamada Pilar Gutiérrez, presidenta de Movimiento por España, decirle a Ana Rosa Quintana: “Los demócratas somos los franquistas”, porque “Franco trajo la democracia”. Lo dijo con mucha gracia, como una humorista que imitara a una ‘maruja’ facha muy exaltada, terminó con una de las sentencias más sensatas que se oyeron en toda la mañana, de otro asistente a la expulsión de ‘Paco’ de su Valle de los Caídos: “Vamos a tomárnoslo con humor, porque Franco murió hace 44 años”. Los franquistas de toda la vida son la hostia. Se han convertido en una caterva de marginales que, ante la exhumación de su momia, no son capaces de movilizar más que a unos pocos frikis, evocadores de los personajes de los filmes berlanguianos como ‘Bienvenido Mr. Marshall’, ‘El verdugo’, ‘La vaquilla’, ‘Todos a la cárcel’, ‘Plácido’, ‘Esa pareja feliz,, ‘Calabuch’, ‘La escopeta nacional’, ‘París-Tombuctú’… Nacido en Valencia, en 1921, Luis García Berlanga, nuestro otro Luis Buñuel, murió en Madrid, en el 2012.

Su cine se caracteriza por su mordaz ironía y sus ácidas sátiras sobre diferentes situaciones sociales y políticas. En la etapa de la dictadura franquista despuntó su habilidad para burlar la censura de la época con situaciones y diálogos no excesivamente explícitos pero de inteligente contralectura y consiguiendo llevar a cabo proyectos atrevidos. Sus obras son verdaderas joyas para entender mejor los ‘episodios nacionales’ de la España que le tocó vivir: la expulsión del Rey Alfonso XIII; la proclamación de la República; el golpe de estado de Francisco Franco Bahamonde; la Guerra Civil Española; el Bombardeo de Gernika, permitido a los aviones nazis, y el cuadro pintado por Pablo Picasso; el Proceso de Burgos; la dictadura franquista y sus fusilamientos del 27 de septiembre; la muerte del Caudillo; la Transición Democrática; la Movida Madrileña de Pedro Almodóvar; la llegada de los socialistas al poder; el secuestro del gobierno, diputados y senadores, a punto de pistola y metralletas, en el Congreso de la Cuesta de San Jerónimo, el 23 de febrero de 1981, por parte del teniente coronel Antonio Tejero y sus ‘guardias inciviles’; el fin de la insurrección armada de ETA en el País Vasco; los últimos años de Juan Carlos I como el rey que reina pero no gobierna en la monarquía parlamentaria y la llegada de Felipe VI…

El régimen franquista se descompuso rápidamente, “por la traición de Juan Carlos I, quien apostó por una democracia burguesa europea”

Todos los dictadores, en algún momento, quieren medirse con los faraones y construirse tumbas a la altura de sus delirios de grandeza. Cuando cae un régimen, sus lugares de entierro se convierten en un incómodo recordatorio de la huella de terror que dejaron en su país. Se trata de lápidas en las que en ocasiones aparecen flores y velas, pero que en otros casos son consumidas por la hiedra del olvido. En cambio, cuando una dictadura quiere perpetuarse y legitimarse en el presente, se construyen panteones que, a veces, llegan a dominar la vida pública de un país. Francisco Franco construyó el Valle de los Caídos, junto a El Escorial, levantado por Felipe II, cerca de Madrid, capital de España, con la intención de perpetuarse en esta segunda categoría, aunque su régimen se descompuso rápidamente, “por culpa de la traición de su sucesor, el Rey Juan Carlos I, quien apostó por una democracia burguesa al estilo de las existentes en la Europa de Olof Palm, Willy Brandt, Jacques Chirac, François Miterrand, Sandro Pertini, Giulio Andreotti, Aldo Moro, Mario Soares… La salida de sus restos de este mausoleo mamotrético, aquel no tan lejano jueves, 24 de octubre de 2019, le coloca en un lugar al que la historia le envió hace mucho tiempo. Al igual que el chileno Augusto Pinochet, que reposa en una capilla familiar en Valparaíso, el dictador español ha pasado a la esfera de lo privado y abandonado el espacio público. A diferencia del argentino Jorge Videla, que después de morir en la cárcel por crímenes contra la humanidad fue enterrado en una tumba con un nombre falso ante el rechazo de sus vecinos, ha sido sepultado en un lugar identificado, junto a su mujer, Carmen Polo.

Aunque imposible de ignorar cuando se sale de Madrid por la carretera de La Coruña, el Valle de los Caídos nunca tuvo la presencia que alcanza el Palacio del Sol de Kumsusan, en Pyonyang, el mausoleo del fundador de la única dinastía comunista del mundo, Kim Il-sung, donde también se encuentran el cadáver de su hijo, Kim Jong-il, padre del actual gobernante y presidente eterno de Corea del Norte. La siniestra sombra de la cruz del Valle tampoco ocupó nunca un lugar insoslayable en el paisaje urbano, como ocurre con el mausoleo que alberga el cuerpo momificado de Lenin, en la plaza Roja de Moscú. Allí estuvo enterrado José Stalin hasta 1961, cuando durante el 22 congreso del partido se decidió el traslado de sus restos. Aunque no se fueron muy lejos: se enterraron junto a la muralla del Kremlin. En cambio, cuando se produce una ruptura radical con el pasado, es inevitable que el cuerpo del sátrapa se convierta en un problema. “La vida post mortem de dictadores y criminales de masas es una realidad en todo el mundo y en todos tiempos. La pregunta de qué hacer con estos embarazosos cadáveres y cómo enfrentarnos a su legado plantea grandes desafíos por sus efectos sobre la sociedad civil, incluso mucho después de su muerte. La tumba del dictador Benito Mussolini en Predappio se ha convertido en un engorro creciente para el Estado italiano, porque recibe la visita frecuente de nostálgicos del fascismo. Ejecutado junto a su amante Clara Petacci por partisanos y colgado de los pies en Milán, sus restos estuvieron en un lugar secreto hasta que su cadáver fue robado por sus partidarios y finalmente entregado a la familia. Las tumbas del rumano Nicolai Ceaucescu o del yugoslavo Tito, en la llamada Casa de las Flores de Belgrado, reciben frecuentes visitas, al igual que la del croata Ante Pavelic en Madrid, mientras que la sepultura de Slobodan Milosevic en Pozarevac se encuentra medio olvidada, pese a que el premio Nobel Peter Handke asistió a su entierro. El lugar donde fue sepultado el sátrapa iraquí Sadam Husein, ejecutado por crímenes contra la humanidad, fue destruido totalmente y circulan todo tipo de rumores sobre el destino final de su cadáver.

La exhumación “pone fin a una afrenta moral” que España arrastraba desde 1975, “el enaltecimiento de un dictador en un espacio público”

Adolf Hitler, el dictador responsable de más dolor y muerte del siglo XX, no quiso construirse un mausoleo, sino toda una urbe: Welthauptstadt (capital mundial) Germania. Sin embargo, se suicidó derrotado en su búnker de Berlín el 30 de abril de 1945, cuando la ciudad estaba a punto de caer en manos de los soviéticos. Su cadáver fue quemado en la puerta del refugio junto al de Eva Braun, con la que acababa de casarse. El destino de sus restos fue durante décadas un misterio. Con la Perestroika se supo que los soviéticos se habían llevado una parte de la mandíbula en una caja de puros, que se destruyeron en los setenta por orden de Leonidas Breznev. El lugar donde fueron quemados Hitler y Braun es hoy un parking cerca del antiguo muro. Solo un cartel recuerda que allí fue incinerado un asesino de masas. La exhumación de Francisco Franco del Valle de los Caídos “pone fin a una afrenta moral” que España arrastraba desde 1975, “el enaltecimiento de la figura de un dictador en un espacio público”. Su ejecutor, Pedro Sánchez, el tercer presidente socialista desde la restauración de la democracia, ha remarcado que la decisión de acabar con el mausoleo a uno de los grandes dictadores del siglo XX ha contado con el respaldo de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. “Hoy España cumple consigo misma”, ha sentenciado el secretario general del PSOE, que ha recalcado: “La España actual es fruto del perdón, pero no puede ser producto del olvido”. Transcurridos 80 años de la Guerra Civil, la democracia española ha tenido que darse 41 años para asentarse y poner fin a la excepcionalidad del trato reservado a Franco. Con su entierro en el panteón familiar en El Pardo-Mingorrubio, propiedad del Estado, “se da un paso más en la reconciliación” de la sociedad española y los odios heredados de abuelos y padres. “Nos costó mucho tiempo deshacernos de un régimen represor. Y casi nos ha llevado el mismo tiempo apartar los restos de su artífice del homenaje público”, ha reconocido Sánchez en una declaración institucional en el Palacio de La Moncloa. El presidente ha dejado una hora y media más tarde un ramo con 13 rosas rojas en la tapia del cementerio de La Almudena, bajo las placas que recuerdan el fusilamiento de las jóvenes socialistas en agosto de 1939, ya finalizada la Guerra Civil, por el régimen franquista.

Sánchez destacó cómo “el mausoleo” del Valle de los Caídos “era más que un anacronismo y una anomalía: un agravio a la democracia española”. “Ponerle fin era un deber para las generaciones que no crecimos bajo el trauma de la Guerra Civil y el franquismo. Hoy rendimos un tributo a todas las generaciones pasadas. Y con el pensamiento puesto en las generaciones futuras proclamamos que la enseña de la democracia y la convivencia ondeará siempre en nuestra patria”, ha afirmado Sánchez. La intención del Gobierno fue exhumar a Franco “de inmediato” tras el éxito de la moción de censura en junio de 2018 contra el presidente conservador del Partido Popular, Mariano Rajoy. Los recursos de la familia del dictador aplazaron año y medio los planes de Sánchez. “Concluye así un largo proceso, que contó con el pronunciamiento de los tres poderes del Estado. Fue el poder legislativo, sin un solo voto en contra en el Parlamento, el que instó al Gobierno a poner fin a una anomalía en una democracia europea: la exaltación de la figura de un dictador en un mausoleo construido durante la dictadura, por la dictadura y a mayor gloria de la dictadura. Fue el poder ejecutivo el que impulsó los actos necesarios para materializar esta exhumación. Y ha sido finalmente el poder judicial el que, con el pronunciamiento del Tribunal Supremo, ha respaldado un procedimiento dotado de las máximas garantías. Así funciona un Estado democrático de derecho”, ha reivindicado Sánchez.

Españoles que combatieron al fascismo en la Segunda Guerra Mundial fueron “abandonados a su suerte” en campos de exterminio nazis

“La España actual es fruto del perdón, pero no puede ser producto del olvido”, ha expresado Sánchez en tono solemne, recordando a los españoles que combatieron al fascismo en la Segunda Guerra Mundial, se vieron forzados al exilio tras la Guerra Civil y fueron “abandonados a su suerte” en campos de exterminio nazis, donde el régimen franquista dio su visto bueno a que fueran considerados apátridas. Pero el presidente ha hecho hincapié sobre todo en la construcción del Valle de los Caídos, levantado “con el sacrificio de miles de presos políticos” de la dictadura del ‘Caudillo’. Allí fueron conducidos los restos mortales de casi 34,000 españoles represaliados tras la Guerra Civil.  Más de un tercio de ellos permanecen aún hoy sin identificar. Muchos de ellos, ha subrayado Sánchez, reposan en ‘Cuelgamuros’ después de que sus cuerpos fueran trasladados sin consentimiento o en el más absoluto desconocimiento de sus familias. “Es una infamia que más pronto que tarde deberá también ser reparada; como habrá de serlo igualmente el que aún hoy existan miles de fosas dispersas por toda nuestra geografía. Es una aberración intolerable que debemos afrontar con decisión. Por justicia y dignidad. Pero, sobre todo, por pura humanidad. La España de hoy tiene una deuda con esas familias”, ha remarcado Sánchez. En unos días, cuando el Valle volvió a abrir sus puertas, quienes accedieron se encontraron con un lugar distinto. Porque quienes yacen son ya todos víctimas y solo víctimas. El Valle de los Caídos simbolizará algo distinto: el recuerdo de un dolor que no debe volver a repetirse jamás y un homenaje a todas las víctimas del odio. La manera en que arrancó su discurso el actual presidente del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) -“En el día de hoy…”- fue la misma con que Franco inició su último parte en la Guerra Civil. Lo siguiente fueron cuatro décadas de una de las dictaduras más crueles y longevas del siglo XX en la Unión Europea y el mundo.

Hay féretros que los carga el diablo y muertos enterrados personalmente por él. Eso cuando no se encarga de todo la familia Franco: de cargar el féretro y enterrarlo en otro lugar, lejos del monumento construido por el dictador para su propia gloria. De la basílica de Valle de los Caídos, con una pompa y un silencio impropios, retransmitido en directo, salieron los primeros Francisco ‘Francis’ Franco y Luis Alfonso de Borbón sosteniendo el ataúd, los dos como perfecta descripción del nacionalcatolicismo: páginas de Sucesos y páginas de Sociedad, como si a Franco lo sacasen entre El Caso y el Hola. No hubo escandaloso tropezón, ni debilitamientos repentinos, ni inoportuna torpeza; como si el Estado, con su mirar para otro lado respecto al origen de sus fortunas y sus generosas dádivas, hubiera fortalecido a los Franco para que, llegado el día, pudiesen sacar ligeros al dictador. De algo valió. Y no es mala profesión, en caso de querer una, la de portadores de dictadores muertos. Casi parece el nombre de una banda de rock. Cuando los restos mortales de Franco salían del Valle por el aire, en tierra sus restos vivientes eran disputados por las cámaras de televisión. Unas treinta personas, en su momento más álgido, deambulaban entre el aturdimiento y el jolgorio con pancartas ultras, fotos denunciando checas de la Guerra Civil, carteles envenenados (“PP y Cs: escuchad a vuestros votantes”) y mensajes desconcertantes (“Estado Dictatorial”, decía una). “¡Señora, pero que está diciendo! ¡Señora! ¡Señora!”, gritaba una mujer llamada Pilar Gutiérrez Vallejo, hija de un ministro franquista, líder de facto del grupo de ultraderechistas que subió al Valle. Algunos periodistas, alarmados por los gritos, movieron la cabeza buscando a la destinataria de los reproches, pero no encontraron nada. Simplemente Pilar Gutiérrez estaba en una conexión televisiva enzarzándose con otra persona que escuchaba a través de los auriculares. Ella fue la que alrededor de las nueve de la mañana colgó una pancarta que ponía ‘Franco Vive’, tapó la mitad dejando Vive cuando la Guardia Civil fue a poner orden, y finalmente anduvieron ella y los suyos con la pancarta, extendiéndola frente a la puerta de Valle, como Perico por su casa.

“Esto es parte de un proceso destinado a derrocar a Felipe VI y destruir la cruz del Valle de los Caídos, símbolo de nuestra identidad cristiana”

A unos metros de “la mujer más franquista de España” se encontraba una familia que sacó una imagen de la Virgen María y se puso a rezar pasando las cuentas de un rosario blanco; si se les preguntaba algo, sonreían beatíficamente. El disparate era absoluto. Ya se había producido un accidente de circulación (un Volkswagen escarabajo empotró a un Lancia por ir mirando su conductor el espectáculo a las puertas del Valle); pasó la rama ‘rosa’ de los Franco (los Martínez Bordiú, básicamente) en una furgoneta cargada de lazos rojigualdas y ramos de flores formando la bandera de España; a una señora moqueando al pie de la carretera un agente le pidió que se fuese a otro lado; un hombre de paisano y con gorro militar ponía himnos castrenses a todo volumen en su coche y curiosos desperdigados que llegaron de todas partes (uno de ellos de Ciudad Real con su familia tras tocar diana a las cinco de la mañana) decían, literalmente, que “les da igual” lo que se hiciese con Franco. Ocho grados en Cuelgamuros, en medio de la nada, un jueves de finales de octubre. De alguna manera, sobrealimentados por los periodistas, eran unos 200 o más  allí, aquello degeneró en un grupo de animosos hinchas dispuestos a hacer el ridículo de manera inofensiva, lejos de las instituciones a las que ha llegado esa herencia con una estrategia mucho menos folclórica. Antes de eso, a las ocho y media de la mañana, José Luis Rodríguez Zapatero, expresidente izquierdista por el PSOE, y Santiago Abascal, líder de la nueva extrema derecha de VOX, hablaban al mismo tiempo en dos emisoras. El ejercicio de sincronización era casi perfecto. “Felicito al Gobierno por esta decisión y esta ejecución de una tarea difícil”, decía Zapatero a Ángels Barceló en Hoy por hoy. “Esto es parte de un proceso destinado a derrocar a Felipe VI y destruir la cruz del Valle de los Caídos, símbolo de nuestra identidad cristiana”, le decía Abascal a Íñigo Alfonso en Las mañanas de RNE. La puerta de la finca que está frente al Valle es Jaral de la Mira, donde un cartel fuera advierte que hay “ganado bravo”, justo el lugar elegido por los franquistas para manifestarse antes de cruzar la carretera hasta el Valle (les obligó la Guardia Civil porque la gente -los periodistas- empezaban a invadir la calzada). Toros bravos y vacas descansaban de mañana en un enorme prado, ajenos a la que se estaba liando fuera. La presencia de una vaca pretendida por dos astados provocó una riña entre ellos; se pegaron las testuces y se mantuvieron así, empujándose, un buen rato, mientras toros y franquistas miraban para ellos. “Poco a poco la cosa se fue relajando. Los móviles anunciaron a tres manifestantes que presenciaban el espectáculo, grabándolo, que el cuerpo de Franco estaba ya fuera de la basílica…”, explicaba el periodista Manuel Jabois para el programa especial en directo, de El País.

Días atrás estaban dispuestos a discutir sobre la exhumación de Franco cuando llegó el maître con la carta de vinos y entre estos líderes de opinión se estableció una educada polémica sobre añadas y reservas, de modo que dejaron a ‘Paco’ o ‘Patxi’, de momento en su tumba y unos eligieron un blanco seco, otros, un tinto de crianza. Con el toque exquisito del vino en el paladar alguien dijo que lo difícil no era sacar a Franco del Valle de los Caídos, sino del subconsciente de los españoles, su tumba más hermética. Luego, los comensales se enzarzaron acerca del destino que había que dar a ese siniestro panteón y a su desmesurada cruz. Entonces se acercó el camarero a la mesa con la comanda, los comensales dejaron cada uno de lado su opinión y decidieron compartir de primero una ensalada tradicional de lechuga, cebolla y tomate de Gernika, Vizcaya, para seguir con una merluza en salsa verde con kokotxas y espárragos de Calahorra, La Rioja, y un queso de Idiazábal, Gipuzkoa y membrillo de Marcilla, Navarra. Mientras saboreaban fue consensuada una posible salida. Después de sacar los despojos del dictador habría que hacerlo con todos los restos mortales de las víctimas de uno y otro bando, para entregarlos con el máximo respeto a sus familias, y a continuación abrir de par en par las puertas de la basílica para dejarla en poder de la naturaleza, de forma que primero entraran grandes bocanadas de aire puro cargado con el aroma de todas las plantas silvestres de la sierra, el espliego, el romero, el tomillo y la jara, y, una vez purificada, dejar que el tiempo a medias con la botánica la convirtieran en una gruta impenetrable llena de hiedra, helechos, zarzas, raíces y malvas, donde los esotéricos de noche pudieran extraer macabras psicofonías. En aquel almuerzo todos realizaban un esfuerzo para no estropear una buena digestión. Por eso, con Franco ya a buen recaudo, nadie osó manchar el blanco mantel con el problema de Cataluña. Todos convinieron en que para abordar tan grave cuestión había que pedir un buen chuletón de más de un kilogramo por comensal, acompañados de pimientos del piquillo asados a la brasa… Good Bye Franco!, es la consigna de Luis García Berlanga y su inseparable amigo Juan Antonio Bardem, que nos envían desde la eternidad. Los dos son considerados los renovadores del cine español de posguerra.

‘El Caudillo’ firmaba sentencias de muerte en batín siempre a la hora del desayuno mientras mojaba churros en el café con leche

Esta columna no pudiera acabarse con un chiste de los miles que había de Franco. Uno de ellos, es un tanto profético. En los  últimos días del Generalísimo se cuenta que le estaban enseñando modelos para la losa de su sepultura… Esta, en granito, 30,000 pesetas. Esta, en mármol de Carrara, 100,000… Pero el hospitalizado respondía: “No, no, algo más baratito. Total, no voy a pasar mucho tiempo dentro. Al poco de su fallecimiento el libro ‘Al tercer año resucitó’ fue un éxito de ventas… La ‘historia-ficción’, como la definió su autor Fernando Vizcaíno Casas, juega con la idea de la contemplación que de la sociedad española posfranquista, y de los líderes políticos como Adolfo Suárez, Felipe González, Manuel Fraga Iribarne, Santigo Carrillo, Dolores Ibarruri ‘La Pasionaria’, y Juan Carlos I ‘El Traidor’, tendría un Franco resucitado. De ahí en más se convirtió en un auténtico superventas con más de cuatro millones de ejemplares vendidos. La sátira política, la nostalgia, la ironía, el humor corrosivo, las caricaturas apenas disimuladas o explícitas de políticos y otros personajes camaleónicos y acomodaticios del momento, y la visión crítica de los años posteriores al final del franquismo caracterizan buena parte de su narrativa. Muchas de sus obras son testimonio de su nostalgia por personajes, lugares, ámbitos sociales y costumbres desaparecidas en España. Admirador del pensamiento de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange Española, también realizó una defensa explícita del franquismo, en particular en ‘¡Viva Franco! (con perdón)’ (1980). Una de sus principales preocupaciones era transmitir su visión de dicho período, del cual afirmaba que sentó las bases para el posterior despegue económico y social español. Vizcaíno Casas sostenía que esa etapa no era transmitida con justicia e imparcialidad a las nuevas generaciones. “No se os puede dejar solos”, carcajeaba el resucitado y hoy exhumado Francisco Franco Bahamonde, nacido en El Ferroll, Galicia, en 1892; fallecido en 1975; ‘resucitado’ en 1978 -coincidiendo con la aprobación de la Constitución Democrática Española-; y exhumado y vuelto a enterrar en 2019.

‘El Caudillo’ firmaba sentencias de muerte en batín siempre a la hora del desayuno mientras mojaba churros en el café con leche, como las del 27 de septiembre de 1975… Con el fallo por unanimidad de los magistrados del órgano constitucional que se encuentra en la cúspide del poder judicial español se permitió al Gobierno retirar el cadáver de la basílica de Cuelgamuros para enterrarlo en el cementerio de El Pardo-Mingorrubio, se abrió paso la posibilidad de terminar por fin con una anomalía incomprensible en una democracia: haber permitido durante más de 40 años que un dictador permaneciera en el monumento que él mismo concibió para glorificar su régimen. La propia historia de la construcción del Valle de los Caídos, en la comunidad autónoma de Madrid, muy cerca de El Escorial, palacio construido por el rey Felipe II, un príncipe renacentista, a mediados del siglo XVI, en su basílica están enterrados los monarcas españoles, está marcada por una larga relación de terribles episodios de abuso y humillación a los presos que fueron obligados a trabajar en su edificación, lo que convertía en una ignominia aún mayor que siguiera sepultado allí el responsable del golpe de Estado que procuró terminar en 1936 con una democracia y que solo lo consiguió tras tres años de Guerra Civil en los que contó con un masivo apoyo de la Alemania nazi y de la Italia fascista.

Corría un insistente rumor de que esa tumba estaba vacía en las redes sociales plagadas de teorías conspiracionistas y ‘fakes news’

Tras la II Guerra Mundial, estos dos países evitaron que existiera cualquier monumento que pudiera servir para celebrar las figuras de los líderes que encarnaron sus programas totalitarios, Adolf Hitler y Benito Mussolini. No ocurrió lo mismo en España. Franco falleció en su cuarto del Palacio de El Pardo, convertido en una auténtica hospitalaria UCI (Unidad de Cuidados Intensivos) un 20 de noviembre de 1975 y, llegada la democracia, los partidos no supieron cómo resolver el despropósito, aplazando el problema de manera insólita. Las fuerzas de derecha fueron las que más desaprovecharon la oportunidad de ser las que lideraran una iniciativa que las hubiera distanciado por completo de un régimen totalitario y que persiguió a sus enemigos con la mayor violencia. El Gobierno del socialista Pedro Sánchez es el que podría ahora culminar, tras un recorrido cargado de situaciones un tanto esperpénticas, un proceso en el que deberían haber estado implicadas todas las fuerzas políticas democráticas. La unanimidad del Supremo rachazó la totalidad del recurso de la familia Franco -no solo se oponía a la exhumación de los restos del dictador, sino también a que fueran enterrados en Mingorrubio- revela hasta qué punto la polémica sobre el traslado era artificial. La sentencia rechazó también la petición de llevar a Franco a la Almudena, reforzando la idea de que prima el “interés general” frente al derecho particular de la familia de enterrar al dictador en el centro de Madrid. La Santa Iglesia Catedral Metropolitana de Santa María la Real de la Almudena, conocida simplemente como Catedral de la Almudena, es una catedral de culto católico, dedicada a la Virgen María y sede episcopal de Madrid. Construida en el emplazamiento de una antigua mezquita, la catedral de Almudena toma su nombre de la palabra árabe al-mudayna, que significa ‘ciudadela’. La catedral está ubicada en el centro histórico de la ciudad de Madrid. La grave anomalía de la ‘Transición Democrática Española’ estaba en vías de pasar a la historia. Quedará el monumento del Valle de los Caídos, y en la tarea de su resignificación les toca trabajar a todas las fuerzas democráticas y a las organizaciones de la sociedad civil implicadas en temas de la memoria y la historia.

Finalmente llegó el día en que la losa de 1,500 kilos de la tumba de Franco fue levantada y pudiera haber pasado que en ese momento ante la expectación general se hubiera producido un imponente fiasco. Corría un insistente rumor de que esa tumba estaba vacía en las redes sociales plagadas de teorías conspiracionistas y ‘fakes news’. Si esto hubiese ocurrido así, con el notario levantando acta de que el cadáver del dictador había desaparecido, estuviésemos ante un caso tan de novela negra. Lógicamente al asombro seguiría una inevitable especulación llena de morbo. ¿Dónde está el fiambre? ¿Ha sido robado por sus enemigos o ha sido puesto a buen recaudo en algún lugar secreto por sus partidarios? Si la tumba está vacía y el cadáver del dictador no aparece, llegará el momento en que será necesaria la ayuda de un Sherlock Holmes de andar por casa, quien tal vez podría desarrollar una hipótesis en sus justos términos. Los despojos de Franco no habría que ir a buscarlos en su tumba del Valle de los Caídos, sino en el cerebro de gran parte de los españoles de uno y otro bando. Ahí hay que encontrarlos. ¿Los lleva usted dentro y no lo sabe? En este caso, se trataría de una película de terror. De hecho, ese cadáver duerme en el sustrato ideológico más profundo de la derecha cavernaria, que todavía se alimenta de su memoria y en el odio más enquistado de la izquierda, que no logra sacudirse de encima su fantasma. Sacar a Franco de la tumba es muy fácil. Lo complicado es todavía exhumarlo del cerebro de gran parte de los españoles, la verdadera tumba donde se está pudriendo. ¿De verdad, viejo español, de una forma u otra, no lo lleva usted dentro? “Limpiar el panteón de Cuelgamuros es el primer paso ineludible para que la neurosis colectiva que produce su memoria comience a desvanecerse y la figura del dictador sea deglutida definitivamente por la historia…”, escribía, el columnista español Manuel Vicent.

Cuando en Marruecos iba al frente, antes de entrar en combate, sólo tomaba un vaso de leche, se salvó del tiro que le pegaron en la barriga

Sin duda una de las personas que conoció más profundamente la psicología de Francisco Franco Bahamonde fue Pedro Sainz Rodríguez, su amigo de juventud en Oviedo, conspirador durante la República, ministro de Educación mientras duró la Guerra Civil y exiliado monárquico después. En los últimos años de su vida tuve el placer de seguir las declaraciones de este personaje sabio y mordaz, cuya ‘biografía no autorizada’ del gallego ‘Paco’ era la más cercana a la veracidad. “Yo era catedrático de Literatura de la Universidad de Oviedo –explicaba Pedro de su amigo Francisco- y Franco durante sus permisos de África se acercaba por allí para hacerle la corte a doña Carmen y ella le daba calabazas porque su padre consideraba que la profesión de Franco era muy peligrosa. Carmencita, cualquier día te lo mata un moro ¿y qué hacemos? Ser legionario era entonces como ser torero. Paseé muchas noches con él después de cenar por la plaza de la Escandalera hasta las tres de la madrugada y Franco, todo un comandante, no paraba de gimotear, ¿se imagina usted a Franco lloriqueando y sorbiéndose los mocos con un pañuelo? y yo le decía: Nada, Paco, tu insiste y ya verás cómo al final la consigues. Como así fue”. La consiguió. Pero matar a Franco tampoco era tan fácil como creía su suegro. Cuando en Marruecos iba al frente, antes de entrar en combate, sólo tomaba un vaso de leche y gracias a eso se salvó del tiro que le pegaron en la barriga. Si se hubiera atiborrado de chorizos y cazalla como hacían otros militares para darse valor no habría sobrevivido. Era muy precavido, nunca sacaba el pecho de la trinchera y no presumía de esa cosa tan española de no querer escolta. “A mí que me pongan toda la policía que haga falta”, decía después cuando ya era dictador. Un día iba Sainz Rodríguez con Franco en aquel Mercedes blindado que le había regalado Hitler y al mirar por una ventanilla veía una cola de caballo, miraba por otra y veía la cola de otro caballo. “Mi general, el panorama que tiene usted desde este coche no es muy divertido”, comentó el ministro. Franco le contestó: “Sí, sí, pero fíjese bien, no hay forma humana de meter el brazo y de que me peguen un tiro, jí.jí.jí”.

Franco tenía muy desarrolladas sólo las virtudes menores. No era noble, magnánimo o preclaro, sino taimado, obstinado, receloso, desconfiado, con un instinto finísimo para percibir el lado malo o débil de cada persona que sabía aprovechar muy bien en beneficio propio. Por eso quedaba desconcertado cuando alguien por simple decoro se mostraba renuente a aceptar algún cargo o prebenda. “No es posible, pregúntenle, pregúntenle, investiguen, que algo querrá”. “Excelencia, realmente ese hombre no desea nada”. “No es posible -contestaba el dictador- pregúntenle, investiguen mejor y verán como oculta algo”.  Desde muy joven Franco se nutrió casi exclusivamente de las primeras experiencias que recibió en Marruecos. Este fue el principio fundamental de su vida: creer que a las personas se las somete con las dádivas o con el terror y en ambos casos hay que llegar hasta el fondo. “Al amigo, una cántara de leche de camella, al enemigo, una patada en la tripa”, se dice en la cultura árabe. Allí el concepto de adversario político no existe, si no estás conmigo estás contra mí, y esta enseñanza cainita se la trajo el dictador a España. Por otra parte desde sus tiempos de teniente africanista asimiló el boato fastuoso e impúdico del Sultán como algo natural y eso le permitió adornarse sin sonrojo con la guardia mora y vivir en un palacio con las 18.000 hectáreas de los montes del Pardo a su disposición, acordonar 20 kilómetros de un río para pescar una trucha, hacerse acompañar de un destructor de la Armada en busca de un cachalote, poner a un guardia civil de plantón cada cien metros en la cuneta desde Madrid a Cazorla cuatro horas antes de que él pasara por esa carretera a matar perdices o venados.

Se sumó a la sublevación de 18 de julio de 1936 con un telegrama al general Mola que decía así: “He sido y siempre seré fiel a la República”

En realidad sólo era un militar. Tenía en la cabeza una papilla somera ligada con algunas ideas extraídas de aquí y de allá del Tradicionalismo y de Acción Española, con cuatro tópicos de la Historia de España y lugares comunes sobre los peligros del comunismo, las asechanzas de la masonería y del valor patriótico que le sirvieron de adobo para su guión de la película ‘Raza’. Consideraba que toda España era un cuartel bajo su mando, por tanto a los ministros los trataba como coroneles y los dejaba hacer a su aire en su respectivo regimiento o ministerio. En principio tuvo alguna veleidad literaria pero no una ambición política. Antes del golpe del 18 de Julio el general José Sanjurjo Sacanell, marqués del Rif por sus andanzas guerreras no lejanas a Ketama, donde se producía buena parte del haschís, la marihuana, la mota que fumaban buena parte de la tropa rojigualda y la de los ejércitos de la hoy Unión Europea -todavía no había llegado la globalización de ‘El Chapo’ desde la Sinaloa mexicana-, hizo firmar un papel a todos los demás generales conjurados para que indicaran el cargo que querían cuando el Alzamiento triunfara. Franco manifestó expresamente que deseaba el puesto de Alto Comisario de España en Marruecos. Hasta última hora no se decidió entrar en la sublevación. Se sumó a ella con un telegrama al general Mola que decía así: “He sido y siempre seré fiel a la República”. Ese acto de adhesión era la contraseña de su traición. De esta forma estaría a salvo si lo interceptaban los servicios de espionaje. Previamente exigió que le pusieran 40,000 duros en Italia, una cantidad que dice mucho de su cortedad de miras.

Los columnistas le preguntaron más de una vez a Sainz Rodríguez si Franco tenía afición a la lectura. Les contestó que el general nacido en El Ferrol, un 4 de diciembre de 1892, al norte de La Coruña, y protagonista del golpe de estado contra la República constitucionalista el 18 de julio de 1936, que derivó en la terrible Guerra Civil Española, fue tal vez el único estadista del mundo que no mandó hacerse el retrato clásico de prócer con un libro en la mano. De su corto periodo de ministro Sainz Rodríguez recordaba aquella vez que estuvo arrodillado junto a Franco en un mullido reclinatorio durante una misa en la catedral de Salamanca. El dictador tenía un gordísimo misal en las manos y durante toda la misa no cambió de hoja. Se pasó todo el rato mirando por el rabillo del ojo quien entraba y quien salía. No se sabe si Franco leyó un libro entero alguna vez. Está comprobado que el misal no lo leía, pero unos días antes de que la Legión Cóndor regresara a Alemania quiso preparar el discurso de despedida sin ayuda de nadie y para eso se encerró varias tardes en una habitación donde sólo había el diccionario Espasa. Llegado el momento desde el balcón dijo a los aviadores que bombardearon la localidad vasca de Guernika, inmortalizada por el pintor malagueño Pablo Picasso: “Podéis volver a vuestra patria con orgullo. Los españoles nunca olvidaremos que Carlos V era un rey alemán”. Como dictador Franco sólo tuvo una ambición sin fisuras: durar, durar, durar hasta morir en la cama y una vez muerto ser enterrado con honores de faraón y que su falo se transformara en una gigantesca cruz de granito orlada de evangelistas. Contra lo que pueda parecer a simple vista el dictador no estableció una censura ideológica. A Franco el concepto sobre el mundo le traía sin cuidado. Sólo machacaba a quienes se enfrentaban directamente con él o ponían en cuestión su poder. Por eso consideraba que su enemigo más peligroso era Don Juan de Borbón, el padre de Juan Carlos I y abuelo de Felipe VI. El comunismo y la conjuración judeo-masónica eran una coartada retórica para cubrirse. Su demonio no estaba en Rusia sino en Estoril, no lejos de Lisboa, capital de Portugal y se llamaba Don Juan. La censura moral la dejó en manos de la Iglesia. Desde los años de la guerra en Salamanca donde firmaba sentencias de muerte en batín siempre a la hora del desayuno mientras mojaba churros en el café con leche hasta las sentencias de muerte de su último septiembre de 1975, Franco se fue adaptado de forma pragmática como un galápago a la realidad cambiante del país. Cuando al final del periodo de la autarquía se abrió la caja fuerte del Banco de España y allí dentro sólo había un par de gaseosas de ‘La Casera’ y un sello de correos llegó el Opus al gobierno y Alberto Ullastres le dio unas clases a Franco para explicarle qué era la oferta y la demanda. Logró convencerle de que la peseta no era una bandera nacional que había que enarbolar con orgullo sino una divisa sometida a las leyes del mercado. “Bueno, haced lo que haya que hacer. A mí dejadme matar perdices”. A él le bastaba con refregar su victoria por las narices de los perdedores de la guerra cada 18 de Julio, incapaz como fue de olvido y perdón.

Franco logró expirar en la cama, realmente el franquismo había muerto atropellado por el utilitario Seat 600, el ‘bochito’ de los gallegos

Vino la estabilización de 1959. Comenzó la expansión económica, se formó el tejido de una clase media, se fueron los emigrantes a Europa, llegaron los turistas. Cuarenta años son muchos años. Bajo la humillación de la dictadura España fue cambiando biológicamente de piel, la gente logró olvidar la caspa de postguerra, conoció también los beneficios del bienestar europeo y aunque Franco logró expirar en la cama, realmente el franquismo había muerto atropellado por el utilitario Seat 600, el ‘bochito’ de los gallegos, en plena calle a mitad de los años sesenta. El resto hasta el 20-N de 1975 fue un residuo con gases lacrimógenos. Franco murió rodeado del manto de la virgen del Pilar, del brazo de santa Teresa y de otras reliquias y objetos milagrosos, un mundo negro del pintor expresionista madrileño José Gutiérrez-Solana que se combinaba de forma surrealista con monitores cibernéticos, tubos y cables en un circuito en medio del cual el cuerpo exangüe del dictador sólo era una parte aunque no ya la más importante. En realidad estaba posando en el lecho de la muerte para que lo fotografiara su yerno, el marqués de Villaverde, Cristóbal Martínez Bordiú, convirtiendo aquella agonía en un esperpento más de la Historia de España.

Francisco José de Goya y Lucientes pintaba juegos de columpio y fiestas felices en la pradera, una duquesa desnuda con carne de nácar y aguafuertes llenos de brujas y ajusticiados, cartones para tapices con escenas galantes y ahorcados, capirotes de la Inquisición, el garrote vil, un asno con levita y un macho cabrío presidiendo un aquelarre. La España atroz y la de la Ilustración convivían en sus lienzos. Cuando Goya se fue a vivir a la Quinta del Sordo, hacia 1819, era un viejo lleno de cólera y sabiduría. Durante los cuatro años de misantropía que estuvo allí enclaustrado luchando contra sus demonios se dedicó a cubrir 32 metros cuadrados de pared con visiones corrosivas y pesadillas esquizofrénicas. En la cartela que acompaña al cuadro ‘Duelo a garrotazos’ se explica que esa clase de pelea a muerte solo se permitía en Cataluña y en Aragón. En el resto de España estaba prohibida. En la pintura original esa pareja de españoles raciales tiene los pies sobre la hierba, pero al pasar la pintura al lienzo desde las paredes encoladas, la restauración deplorable hizo que aparecieran con las piernas enterradas y ese error ha convertido la escena en un símbolo del violento inmovilismo español como un destino aciago. Algunos expertos opinan que Goya en los días felices había pintado bocetos de dulces vendimias con colores pastel debajo de esas pinturas negras y uno en las visitas al Museo del Prado trataba de adivinarlas inútilmente ayudado por bulímicas copas de vino tinto de Labastida, cosechado en la Rioja Alavesa, en un nada anoréxico almuerzo en ‘Sobrinos de Botín’, muy cerca de la Plaza Mayor de Madrid, acompañado de mis sobrinos Leyre y Andoni, y nuestros eternos amigos José Fernández Lara e Isabel López, antes de viajar a Casablanca, Rabat , Salé, Fez Marraquech, Ouzazate y Zagora y adentrarnos en el Desierto del Sahara, a través de Mahmid- dentro de las nubes azules y rosas que presiden la pelea de los dos villanos.

Hoy, la sala de las pinturas negras de Goya está siempre abarrotada de espectadores que solo buscan la belleza, pero la incompetencia de los líderes políticos ha hecho que reproduzca la escena de una España ciega con las piernas enterradas. Hubo un tiempo en que un sueño de ética y libertad unió a los españoles. Ignoro si todavía es posible imaginar que un delicado racimo de uvas invisible se halla en medio de esos dos bellacos que se están matando a garrotazos.

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