Payo Obispo contado por sus aguas

(Segunda parte)

Agustín Labrada

MADERA Y SOLEDAD

Aquel caserío continúa poblándose por aventureros en busca de suerte, oriundos de muchas esquinas del país y naciones como Alemania, Irlanda, Italia, Líbano, Gran Bretaña… y Belice, de donde viene el mexicano Valeriano Córdoba –refugiado de guerra– con una casa desarmable que provoca asombro.

Payo Obispo crece con viviendas semejantes que ocupan familias cosmopolitas. En 1936, se le cambia el nombre por Chetumal como recuerdo del antiguo cacicazgo maya Chactemal, que aseguran floreció en estos litorales y, durante medio siglo, es un punto exótico que divide a México de Centroamérica.

El arquitecto Alejandro García ha realizado dos investigaciones de índole arquitectónica y matices antropológicos sobre la mítica aldea. En ellas, esgrime un concepto que no asumen todos los historiadores, aunque se ha vuelto popular: arquitectura anglocaribeña. Otros la llaman de estilo romántico inglés.

Para Alejandro: “La primera imagen arquitectónica que caracterizó a Chetumal es análoga a la de países caribeños colonizados por los ingleses como Belice, Barbados y Jamaica. Se trata de un estilo donde se mezclan influencias británicas, españolas e indígenas. Esta última es visible en el uso de la madera.

“Los rasgos hispánicos están en los corredores, concebidos para proteger a los habitantes del sol. Lo inglés, en su versión caribeña, aparece en esos muros machihembrados, los áticos, los barandales, los frisos, las crestas, las guardamalletas, las celosías, los canalones y los curvatos: símbolos de Chetumal.”

Payo Obispo se erige con pinos y caobas. Travesaños y columnas se construyen con jabín, machiche y zapote. Los pisos, fabricados también con caobas, se elevan a un metro del suelo para defender a estas casas contra la humedad y los animales. Los techos son de láminas de zinc traídas desde Gran Bretaña.

El arquitecto Porfirio Mateos, especialista en restauraciones, afirma: “Las paredes de tablas se colocaban fijas en una estructura secundaria de viguetas interiores. El ancho de las tablas puede ser un elemento que denota antigüedad, pues en la medida en que escaseaba la madera disminuían sus dimensiones.

“Las formas de colocación cambiaban de acuerdo con la época de construcción. Los vanos, puertas y ventanas se enmarcan con una jamba que puede variar en cuanto a complejidad y en la elaboración de la ornamentación. Las barandas están resueltas en barras lisas unidas a un bastidor con adornos.”

El curvato, concebido para almacenar el agua de lluvia que se destina al consumo doméstico, es un tonel de madera al que desciende un canalón de zinc desde una techumbre de dos aguas, de tonalidades terracota. Se usa porque casi no hay pozos, y, tras una centuria, aún sobreviven en algunos traspatios.

El curvato, según el escritor Silvestre Caballero: “…está hecho de ciprés o cedro, estructurado con duelas verticales, rebajadas por los cantos y unidas a su base circular por aros metálicos para que adquieran forma de cono truncado. En su manufactura, se usaron técnicas similares a las empleadas para la fabricación de toneles”.

HUELLAS

A la vez que se ensancha Payo Obispo, en un borde donde existen desde antes de que llegase el pontón caseríos como Calderitas y Juan Luis Grande, se va pacificando la zona y asumiendo la soberanía, pese al lienzo social heterogéneo y los oleajes migratorios que rotulan ya la esencia del Caribe mexicano.

Se afirma que la Iglesia no estuvo en el cauce fundacional del poblado, aunque Luz del Carmen Vallarta expone en su libro Los payobispenses (2001) la participación de sacerdotes como el padre Pastor Molina y el obispo Hopkins, quienes con sus actividades influyeron religiosamente en la grey.

En el censo de 1904, predomina la población juvenil: el sesenta y cinco por ciento tiene menos de veintinueve años de edad. Se trata de familias jóvenes o muchachos y muchachas solteros que vienen a un “oasis” lleno de promesas. Casi todos saben leer y escribir, casi todos son católicos, y se entienden en maya, español e inglés.

A principios del siglo XX, hay un espíritu optimista como lo muestran un informe del general Luis Curiel y un artículo del Colonial Guardian, de Belice: “Payo Obispo, con cuatrocientas o quinientas personas, está conectado por telégrafo a Nueva York y Londres, tiene postes con buzones en las calles y la asistencia a la escuela es obligatoria.”

Este despliegue motiva a que muchos yucatecos –asentados durante tres generaciones en el norte de Belice– renuncien a esos lares –cuyas tierras no les pertenece– y busquen otras rutas tras la frontera, atraídos por la sutil propaganda del gobierno mexicano y el nacimiento impetuoso de una multicolor ciudad.

Dice el historiador Francisco Bautista: “… todo lo que se iba logrando era posible mediante el muelle en el que atracaban las primeras embarcaciones que integraron la flotilla; las lanchas cañoneras Maya, Cuauhtémoc, Dart y Coello; los pailebotes Unión, Tatich e Icaiché; los vaporcitos Tulum y Ligera; balandras y gabarras.

“Durante décadas, fue el muelle de la ‘flotilla’, junto con el segundo que se construyó en posición paralela unos cien metros al poniente hacia el año de 1915, muy semejante por sus características, el eje principal en que giraba la vida política, económica y social de la naciente ciudad y del mismo territorio.

“Fue entrada única para los colonizadores que, procedentes de todos los rumbos de la Tierra, aquí se dieron cita en los albores del siglo (XX). Fue refugio para frágiles embarcaciones que se aventuraban en viajes de cabotaje, de más de dos semanas, trayendo una preciosa carga formada por hombres, mujeres y niños…

“También fue puente de entrada para los aventureros, los perseguidos o quienes ansiaban una nueva vida… Fue, en suma, el muelle de Payo Obispo punto obligado de contacto entre el hombre, la tierra y el tiempo: elemento clave en la historia de un pueblo en formación, etapa triunfante hacia mejores destinos.

“Fue esto y mucho más: lugar de encuentro y despedida de padres e hijos, hermanos, amigos o seres queridos que nunca volvieron; escenario de protocolo de bienvenida a gobernantes, funcionarios y aun un presidente de la república como ocurrió en la recepción cariñosa y emotiva despedida a Lázaro Cárdenas.”

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