Cancún: otro aniversario entre los fenómenos crecientes de la violencia, la degradación, la inmoralidad y la ingobernabilidad

Hace dos años, las autoridades estatales y municipales esperaban celebrar en 2020 el 50 aniversario de Cancún echando la casa por la ventana. Sin embargo, la primera pandemia del mundo terminó por arruinar todos los planes y la fiesta acabó sólo en foros virtuales. Este año pareciera que las crisis de la salud y la economía están a la baja, pero la del crimen se ha tornado endémica, creciente y sin antídotos institucionales. Nadie tiene remedios contra ella. No hay autoridad que anuncie y ponga en marcha iniciativas eficaces: no las tienen, en ninguno de los niveles del Estado nacional. No hay estrategias de coordinación entre ellos. Reinan como nunca el caos y la incompetencia. Los cuerpos de seguridad son avasallados por los grupos del narcoterror, y los ministeriales y jurisdiccionales por la incompetencia y la impunidad que favorecen la reincidencia y la multiplicación del crimen. Las bandas homicidas se abastecen de mano de obra en los territorios de la violencia y la delincuencia comunes, o los de la expansiva colonización de la irregularidad y la marginalidad sin ley, y reproducen sus utilidades en el creciente mercado de las drogas, la extorsión, la prostitución y demás giros de la industria del crimen, y gracias a la corrupción y la incompetencia de Gobiernos cada vez más insignificantes frente a las patologías de todo tipo, como la inseguridad, que se desbordan de manera simbiótica y activadas por esa progresiva ingobernabilidad, que es el mayor y más irresoluble de todos los problemas, porque es producto de una incivilidad y un enanismo cultural y de naturaleza estructural y sin alternativas, que produce productos y ‘liderazgos políticos’ como el de Mara Lezama, alcaldesa con licencia que busca la reelección en la Comuna cancunense, al igual que sus colegas Laura Fernández y Laura Beristáin en las de Puerto Morelos y Playa del Carmen, respectivamente, como si esa mediocridad y esa pírrica estatura representativa de los ciudadanos de sus demarcaciones fuese lo más alto a que se puede aspirar en ellas, donde el Partido Verde y su dueño, el Niño Verde, imponen la agenda política y electoral a la alianza con el Morena, el partido del presidente de la República, López Obrador, y donde a pesar de las potencialidades de renta fiscal y de beneficio social en ellas, lo que importa a los candidatos y a los dirigentes cupulares de esta alianza no es eso ni la garantía de seguridad y de paz pública que debiera imponerse como obligación esencial de los Gobiernos, sino los negocios de poder que pueden fraguarse con ellos. Es el caso de Cancún, donde al igual que en toda la costa norte del Estado, Jorge Emilio González Martínez, dueño del PVEM, ha fortalecido su influencia concretando millonarios negocios con el aval de las autoridades cómplices, del tipo del que ha enriquecido a la exlocutora Mara Lezama, quien recientemente simuló una “emergencia ambiental” para cederle un contrato de más de 350 millones de pesos a una empresa ligada a él, al Niño Verde, para efectuar la recoja de la basura. El ilegal negocio fue suspendido por un juez, pero demostró el poder que el patriarca del ecologismo partidista mantiene, y que mantendrá, de repetir en el cargo la actual munícipe con licencia y en campaña. De modo que apenas rebasa el medio siglo y ya Cancún ha envejecido agotado por sus males de origen, el hacinamiento y el delito, y corre el riesgo de tener, aunque de manera por demás prematura, el mismo destino de sangre y de terror que Ciudad Juárez.

Javier Ramírez

Cancún celebró este 21 de abril su aniversario 51, de la peor forma posible: con cuatro ejecuciones, incluidas las de dos trabajadores de la construcción, sector obrero que desde hace varios meses ha estado en la mira de las células criminales.

La ciudad aún se está recuperando del duro golpe que significó la pérdida de alrededor de 50 mil empleos a causa de la pandemia, por lo que cualquier mala noticia termina dañando la imagen que se brinda al turismo, principal motor de su economía y de la de todo el Estado.

Pero ante esta situación, la respuesta de las autoridades ha sido punto menos que inútil. Las ejecuciones van en aumento, al igual que la delincuencia común, la pobreza y los contagios de covid, más aún en estos tiempos de campañas electorales, donde personajes como Mara Lezama, quien busca la reelección como alcaldesa de Benito Juárez, el Municipio cancunense, sólo pueden atinar a dar cifras alegres y a simular que todo está bien, porque decir la verdad sería como darse un balazo en el pie.

Violencia contra albañiles

El miércoles 21 de los corrientes, Cancún amaneció con la noticia de que dos hombres habían sido secuestrados cuando salían de la construcción del Hotel RIU, ubicado cerca de Isla Blanca, en la zona continental de Isla Mujeres, donde el reino biótico ha sucumbido en gran escala y casi por completo a la devastación perpetrada por la gran industria inmobiliaria y turística. Al cabo de unas horas, se informó que los dos habían sido encontrados muertos en el área verde cercana a otro hotel, el Palladium.

Casi al mismo tiempo del hallazgo de los cuerpos, las autoridades policiacas reportaron un ataque a balazos en un taller mecánico de la Supermanzana 308, en el poblado de Alfredo V. Bonfil. Un sujeto que resultó lesionado falleció horas después en el hospital.

Apenas horas antes, un hombre que caminaba por la Avenida Talleres, en la Región 210, fue interceptada por otros que le dispararon. La persona falleció en el lugar.

A principios de este año, Estosdías documentó las desapariciones y ataques que desde finales de 2020 habían estado sufriendo quienes trabajan en las obras de construcción de los hoteles ubicados entre Cancún y la zona continental del Municipio de Isla Mujeres.

De acuerdo con las investigaciones, sujetos armados llegan a dichos sitios y advierten a los trabajadores de las obras que los matarán a ellos y a sus familias si no les entregan una cuota o no trabajan para ellos en la venta de droga, un modus operandi similar al de los grupos delictivos del noroeste del país. 

Familiares de los desaparecidos tuvieron que realizar el trabajo de las autoridades para poder encontrar los cuerpos.

En una lista preliminar se dieron a conocer los nombres de algunos de los desaparecidos: Jesús Moisés Dzib, de 22 años, desaparecido desde el 10 de enero del año pasado; Carlos de la Cruz Hernández, de 28, desde el 3 de julio; Ángel Jhoan de la Cruz, de 27, desde noviembre de 2019; y Érick Davíd García, de 19, desde el 10 de junio de 2019.

Familiares de Ángel Jhoan denunciaron que este había llegado a Cancún procedente de Macuspana, Tabasco, junto con otros nueve jóvenes, los cuales habían sido contactados por un contratista identificado como Manolo. Desde entonces no saben nada de las 10 personas, por lo que en total no serían 13 los desaparecidos, sino 23, hasta el pasado mes de enero.

Desorden urbano y corrupción como nunca

Debido a la imparable y descontrolada colonización y al irracional crecimiento urbano de Cancún, producto del ‘desarrollo’ turístico e inmobiliario, si algo nunca falta en ella son hoteles en construcción y, por lo tanto, albañiles.

Atraídos por la supuesta bonanza y al son de familias de inmigrantes enteras por cuarto hotelero en construcción –lo que multiplica de manera geométrica la demanda de la pobreza contra el volumen de inversión, y por tanto los rezagos que agotan los recursos fiscales y elevan las bancarrotas públicas con el complemento del saqueo de los gobernantes-, cientos de trabajadores, en su mayoría no calificados y analfabetos, llegan todos los años procedentes de diversas partes del país para tratar de no morirse de hambre y de ganar algo de dinero para sus familias.

Algunos, al ahorrar los mínimos recursos necesarios, deciden traer a los suyos, a quienes asientan en los cada vez más grandes cinturones de miseria que rodean y ahogan a Cancún y sus zonas conurbadas, elevando el hacinamiento, la marginalidad, la descomposición humana y ambiental, la insalubridad y la violencia, factores estructurales ajenos por completo al mínimo entendimiento y al compromiso básico de las autoridades con el interés público.

Y así, en los últimos 20 años se han desbordado las invasiones de tierras, la violencia en las calles, el tráfico de drogas, la trata de personas, la extorsión, la vagancia y el pandillerismo, los ataques sexuales de todo tipo, la saturación de cárceles y hospitales y basureros, la insuficiencia del transporte y demás servicios públicos indispensables, la ruina escolar y cultural, las pestes policiacas y burocráticas, y todos los males del congestionamiento, la parálisis, la regresión civilizatoria y la entropía.

No hay rastros de lo que alguna vez fue llamado un “Proyecto turístico integralmente planificado”, porque ninguna autoridad municipal, sea del PRI, del PRD, del PVEM o del Morena, ha gobernado con proyectos, ya no se diga sustentables y para la contención de las patologías del previsible crecimiento y su demanda asociada, sino sólo con proyectos. La ciudad ha sido un negocio empresarial y político del grupo de poder en turno. Los planes de desarrollo se han agotado en la voracidad y la frivolidad de los nuevos gobernantes municipales, y los estatales y federales han lucrado igual, según las parcelas de poder a su alcance.

Y por ese camino de la miseria moral y la incompetencia administrativa se han destruido los vastos patrimonios bióticos de origen y las igualmente enormes oportunidades de armonizar el paraíso silvestre con el mercado y los ingresos turísticos para el bienestar, y, como en todo el Caribe mexicano, la anarquía urbana ha dejado sin oxígeno la viabilidad humanística y equilibrada de la coexistencia comunitaria.

El Verde es vida… de rufianes

Y en esta vertiginosa espiral de degradación, el partido del ecologismo más pervertido del mundo entero hace faena de roedor, empezando por su líder, Jorge Emilio González Martínez, alias el Niño Verde, quien en 2004, siendo senador de la República, fue exhibido en la moda de los videoescándalos de esa época, cuando negoció un soborno de 2 millones de dólares para contribuir a liberar unos terrenos, en una zona de reserva protegida, en Cancún.

González Martínez supo incrementar sus negocios y su influencia para ir ganando aliados dentro de las administraciones municipales cancunenses, fuesen del Verde o no, con quienes amarró negocios, sobre todo relacionados con la venta de terrenos y la basura, que, en un Municipio que genera el 1.5 por ciento del total de desechos que se producen en todo el país, significa millones de pesos en ganancias al año.

Desde entonces, personajes como Remberto Estrada Barba y Mara Lezama, en Benito Juárez, así como Laura Fernández Piña, en Puerto Morelos, han incrementado el poder del Partido Verde y de González Martínez, quien nunca ha dudado en traicionar a quien se deje para mantener el control de la zona norte de Quintana Roo, desde donde ahora proyecta someter la vida pública de todo el Estado.

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