Los ‘freegans’, anticonsumistas que comen de la basura, una nueva tribu urbana que crece en grandes ciudades como Londres o Nueva York

Pinceladas

Se dice que la comida no se tira. Pero sí se tira. Y en grandes cantidades: en España, 7.7 millones de toneladas acaban en la basura todos los años, según datos del Ministerio de Agricultura y Medio Ambiente. Un problema de orden mundial -casi un tercio de la comida se despilfarra, estima la FAO- y raíz mercantilista: los alimentos son aún percibidos como bienes a los que sacarles rentabilidad, alejados de su misión primordial, dar de comer a la población, algo tan básico como el derecho a la vivienda o la educación. La comida se tira, pero podría no tirarse. Alfonso, Cristina y Mireia son algunos de los ciudadanos que están atajando esta deriva. Cualquiera puede unirse a su causa: el friganismo procede del término inglés freeganism que es la contracción de free (gratis/libre) y vegan (vegano). Este movimiento comenzó a mediados de 1990, junto a los movimientos antiglobalización y ecologistas. La persona responsable por la popularización de este movimiento, además de ser el administrador del sitio web que informa al respecto, es el estadounidense Adam Weissman. Weissman menciona que el friganismo es un movimiento en respuesta a la cultura occidental contemporánea, al desperdicio y la industrialización.

Santiago J. Santamaría Gurtubay

Estados Unidos, México, Brasil, Argentina, España, Corea, Estonia, Suiza y Gran Bretaña son algunos de los países donde viven. Nueva York es la sede de una de las mayores organizaciones de friganos. Se calcula que existen casi 3 millones de ellos alrededor del mundo, organizados en 3,800 comunidades. Su líder mundial Adam Weissman dice: “Hay muchísimo desperdicio, vivir así es fácil. La gente asume que la comida ya no sirve, pero en realidad sólo es comida”. Weissman afirma que con esta forma de vida se tiene acceso a todo lo que se puede necesitar, ya que siempre hay desperdicios nuevos, porque la cultura occidental nos impulsa siempre a tener cosas más nuevas, más brillantes. El madrileño Alfonso Puras, de 25 años, volvió de su Erasmus en Lisboa con una idea en la cabeza: replicar en Madrid el proyecto ReFood, una iniciativa popular que en la capital portuguesa, tras cinco años de vida, da de comer a 200 familias con el trabajo de 7,000 voluntarios. Puras fue uno de ellos. “Es una acción muy directa y sencilla”, explica en la madrileña calle de las Magnolias, en el barrio de Tetuán, donde ReFood España, que lleva operando casi dos años, tiene su local social. “Rescatamos excedentes de comercios y restauración y les damos una salida lo más rápida y digna posible entre las familias del barrio que lo necesitan”. La iniciativa salva unos 20 kilos de comida diarios que se reparten entre 40 beneficiarios. Así es una de sus jornadas. De lunes a viernes, los cerca de 80 voluntarios de la asociación hacen tres rutas diferentes por la zona de Tetúan y recogen los excedentes alimentarios de 18 establecimientos. Laura Nicolas, Laura García y María están apuntadas al turno del martes. A las 19:30 da comienzo la ruta número uno. De la cervecería El Cebón, un local de aspecto clásico, sale un táper de cocido. Del castizo bar Eñe emerge una generosa ración de lentejas. “Los negocios con los que tratamos son muy conscientes de que esta comida sobrante la pueden aprovechar otras personas”, afirma María. “El proyecto está gestionado por los vecinos del barrio. Esa horizontalidad es lo que más me atrae”, argumenta Alfonso Puras, que ya pasó por varios voluntariados en su época universitaria, cuando estudió Derecho y Ciencias Políticas. ReFood España echó a andar en otoño de 2019. Entonces hacían una especie de Deliveroo solidario: recogían alimentos en los establecimientos donantes y los llevaban puerta a puerta a las familias. Sufrieron un parón con la pandemia. “Publiqué en redes sociales que necesitábamos un espacio y un vecino nos lo cedió. Nos salvó un poco la vida”, agradece. En Súper Fruta Valencia, Abderrahman, bangladesí con 12 años en España, saca una caja de patatas y peras. “¿Mañana venís también?”, pregunta. A los pocos minutos vuelve corriendo con un palé repleto de kakis. “Hay que crear tejido de barrio. Que esto no sea una mera transacción. Interesarse por los donantes, preguntarles cómo les va el negocio”, explica la voluntaria Laura Nicolas. Precisamente Nicolás, de 24 años y graduada en Estudios Internacionales, se encarga de dividir y planificar las expediciones semanales. Cada ruta cuenta con un grupo de WhatsApp. Acaban de estrenar la del viernes. “Algún quebradero de cabeza da”, explica Nicolás riendo, “al fin y al cabo es algo voluntario”. El perfil de los colaboradores es variado: “Tenemos jubilados, trabajadores de mediana edad, españoles y extranjeros. Pero predomina el del joven graduado o profesional”.

La comida recolectada llega al pequeño local social y se organiza en raciones de distintos tamaños en función de los beneficiarios. La manipulación sigue todas las normas de seguridad alimentaria. “Estoy aquí porque la comida es algo prioritario. Básico de cada individuo”, tercia Álvaro Trallero (izquierda), de 24 años, al que su anarquista interior le hizo dejar Derecho y estudiar Ciencias Políticas. A su lado está Joaquín Ortega, de 26 años, analista programador e ingeniero industrial que se encarga de entrevistar a las familias para determinar sus necesidades alimentarias. “Me motiva saber que estoy rescatando alimentos”, afirma. Los donantes ceden un táper lleno y reciben uno vacío. La mayor parte de los días tienen algo que ofrecer. Esta tarde hay guisos, fruta y verdura, pescado, pasteles, pan, pinchos. Estima ReFood que estas colectas dan para repartir unas 1,200 raciones cada 15 días. Los beneficiarios son 12 familias en riesgo de exclusión de entre dos y seis personas, habitantes de Tetúan y Ventilla que se enteraron de la iniciativa a través de asociaciones vecinales o por el boca a boca. Irene Muñoz, técnico de información aeronáutica de 39 años, es una de las voluntarias que siempre ha vivido en el barrio. Conoce bien la zona y sus locales. Entró en ReFood a través de una amiga y esta noche se ocupa de la trazabilidad de la comida: qué llega, de dónde llega, qué sale… “Sí notamos que hay muchas familias a las que les falta alimento”, reflexiona, “tanto españolas como extranjeras”. Laura García y Marta consideran que no les cuesta mucho dedicar tres horas a la semana a la asociación. “Comparto la ruta con varios amigos. Ayudamos y además así nos vemos con cierta frecuencia”, explica García. A Marta le satisface la inmediatez de lo que hacen. “Ves cómo una familia se lleva comida a casa. Y entablas conversaciones con personas que de otra forma no conocerías”, señala. Aunque hace poco ganaron un premio otorgado por la Fundación Mutua Madrileña, el primer objetivo de la asociación es garantizar su supervivencia en un escenario tan cambiante. Multiplicarse en otros barrios es el siguiente paso: que haya un ReFood Villaverde, un ReFood San Blas o un ReFood Centro. “Tenemos claro que cuanto más local sea el trabajo más efectivo será”, termina Alfonso Puras.

El espigador urbano, hoy es aquel que rebusca en los contenedores para rescatar lo que la sociedad de consumo ha descartado

Ya en la Edad Media se espigaba. Entonces eran mujeres de pocos recursos las que recogían lo que quedaba en el campo sin cosechar. El tiempo trajo una variación de esta figura: el espigador urbano. “Hoy es aquel que rebusca en los contenedores para rescatar lo que la sociedad de consumo ha descartado”, explica Mireia Barba, presidenta y cofundadora de la Fundación Espigoladors, una asociación que propone un modelo transformador, participativo y empoderador para combatir el despilfarro y la mala alimentación. Su trabajo se basa en esa milenaria actividad de espigamiento: salvar lo que sobra de las cosechas y, en su obrador del barrio de Sant Cosme, transformar esa materia prima imperfecta en mermeladas, patés y conservas. ¿Y qué sobra? Nutricionalmente, las mismas frutas y verduras que llegan al mercado, solo que algo más feas, si se quiere. Ejemplos serían el típico plátano marronáceo o un tomate con alguna protuberancia. “La cultura del aprovechamiento y el contacto con el campo forman parte de mí desde siempre”, relata Barba. “Mi abuelo tenía una huerta. Allí siempre veía frutas y verduras que crecían con formas que hoy consideraríamos imperfectas, pero que en aquel momento nos comíamos sin dudar. Y obviamente estaban riquísimas”. De aquellas experiencias viene su empeño de dar salida a lo que no se rige por los estándares de mercado. La crisis de 2008 marcó otro punto de inflexión: “Evidenció la paradoja de que, mientras grandes cantidades de comida se desperdiciaban cada día, las colas de los comedores sociales aumentaban”, tercia.

Espigoladors tiene convenios con los sindicatos agrícolas para rescatar estos vegetales en sus explotaciones. Estos días extraen acelgas, coles o lechugas. En verano sacarán pimientos, melocotones o calabacines. En redes han dado nombre a este movimiento: #YoNoTiro. Silvia Carreño, de 47 años y nacida en El Prat de Llobregat (Barcelona), es una de los 2,000 voluntarios que han espigado en el campo. Se apuntó hace un lustro tras una charla de aprovechamiento alimentario. Cuenta que a veces acude a Mercabarna a encajar alimentos que los distribuidores no quieren. “Todo el mundo debería ir a la rebusca alguna vez. Aprenderíamos a valorar el trabajo de los agricultores”, dice. “Mientras se desperdiciaban grandes cantidades de comida, las colas de los comedores sociales aumentaban”, afirma Mireia Barba Barba afirma que espigar es una acción de justicia alimentaria y social, pero también ambiental. Se estima que el despilfarro de comida provoca el 8% de emisiones de gases de efecto invernadero. “Los proyectos que luchan por el aprovechamiento son esenciales. Las afectaciones medioambientales son muy severas y, además, esta problemática choca con la garantía del derecho a una alimentación sostenible para todas las personas”, reivindica. Barba aún recuerda los veranos en los que comía melones tan pequeños que el agricultor no podía vender. “¡Realmente lo que hicimos fue espigar! Estuvimos semanas y semanas comiendo aquella fruta deliciosa”, termina.

La culpa de que 1 de cada 9 habitantes del planeta pase hambre se puede atribuir a la gestión que hacemos de la comida

¿Cuántos alimentos se desperdician en América Latina?, se pregunta en una investigación la BBC. El ser humano malgasta 750,000 millones de dólares en alimentos cada año, una cifra muy superior al PIB de Argentina. Cada vez que vayas al supermercado, piensa dos veces antes de llenar el carrito de compras. Y es que en América Latina se desperdician 348,000 toneladas de alimentos al día, cantidad suficiente para dar de comer a todo Perú. En total son 127 millones de toneladas de alimentos perdidas al año. Es decir, la región pierde alrededor del 15% de sus alimentos disponibles, a pesar de que, según la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), 34.3 millones de sus habitantes -5.5% de la población- pasan hambre. “Lo que se pierde y desperdicia en los alimentos solamente a nivel de venta es más de lo que se necesita para alimentar a todas las personas que padecen hambre en la región”, asegura Eve Crowley, representante de la FAO en Chile. El total de 127 millones de toneladas de comida significa que, en promedio, cada latinoamericano malgasta 223 kilos de frutas, verduras, carne, pescado y productos lácteos al año. En el continente, los países que han publicado datos sobre desperdicios son Argentina, Brasil, México y Colombia. Los argentinos no consumen el 12.5% de lo que producen. O lo que es lo mismo, 16 millones de toneladas al año se desaprovechan en el país. La mayoría de esta cantidad -14,5 millones- se pierde antes de llegar a los consumidores. El siguiente es México que, con 10.4 millones de toneladas, es uno de los países que más desperdicia en términos relativos ya que estos alimentos corresponden al 37% de los que el país produce. Cierra el grupo Colombia, con 9.7 millones de toneladas. A pesar de lo escandalosas que resultan las cifras, la FAO estima que “sólo” el 6% de las pérdidas mundiales de alimentos se dan en América Latina y el Caribe. Y es que, a nivel global, entre un cuarto y un tercio de los alimentos producidos anualmente para consumo humano acaba en la basura. Según Alan Bojanic, representante de la FAO en Brasil, estas pérdidas “causan un perjuicio estimado en 940,000 millones de dólares al año”.

Teniendo en cuenta que en el planeta se desechan 1,300 millones de toneladas anuales, suficientes para alimentar a 2,000 millones de personas, no es de extrañar que el Programa Mundial de Alimentos de la ONU asegure que hay suficiente alimentos para que todos los habitantes del planeta tengan lo necesario para vivir una vida sana y productiva. La culpa de que 1 de cada 9 habitantes del planeta pase hambre se puede atribuir a la gestión que hacemos de la comida. ¿Cuánta basura puede acumular una persona en 4 años. No hay más que analizar las cifras que maneja la FAO. Según la organización, el 55% de las frutas y hortalizas, el 40% de las raíces y los tubérculos, el 33% de los pescados y mariscos, el 25% de los cereales y el 20% de las oleaginosas y legumbres, productos lácteos, y carnes que se venden en América Latina acaban en la basura. “Estamos destrozando nuestro planeta para cultivar alimentos que nadie come”, asegura Tristram Stuart, autor de ‘Despilfarro: el escándalo global de la comida’, en el documental Just Eat It.

Los friganos buscan alimentos seguros y en condiciones para preparar sus propias comidas o para compartirlas en reuniones públicas

Los friganos rechazan el desperdicio de alimentos. El término friganismo o movimiento frigano (del extranjerismo proveniente del inglés: freeganism) designa un estilo de vida anticonsumista, con una participación limitada en la economía convencional, mínimo consumo de recursos y mejor aprovechamiento de los mismos. Una de estas estrategias es evitar el consumismo innecesario, y otra la recolección de alimentos que han sido previamente tirados a la basura o descartados por estar próxima o pasada su fecha de caducidad. Los friganos1​ (o freegans​) son considerados activistas que se manifiestan contra el consumo y desperdicio excesivo de productos,​ siendo los alimenticios el foco de atención en muchas de sus acciones. Sus actividades son básicamente nocturnas y junto a restaurantes y supermercados, donde es posible encontrar alimentos seguros y en condiciones para preparar sus propias comidas o para compartirlas en reuniones públicas. En algunos casos, los friganos lo son por necesidad (léase incluso pobreza extrema) más que por convicción, llegando en ciertos casos a consumir alimentos en mal estado y/o en condiciones higiénicas muy degradadas.​​ Este movimiento comenzó a mediados de 1990, junto a los movimientos antiglobalización y ecologistas. Los friganos obtienen la comida, generalmente, extrayéndola en parte de un contenedor o papelera y/o de un cesto de descarte de comidas al paso. Muchos supermercados, tiendas de alimentos o restaurantes, tiran comida en buenas condiciones a medida que se acerca la fecha de caducidad o por presentar algún tipo de daño en el envoltorio o el aspecto estético del empaque. Extrayendo comida de la basura, los friganos evitan contribuir con los regímenes a los que su ideología se opone: gastar en demasía dinero en productos que de una manera o de otra dañan el medio ambiente, y/o no tienen en cuenta los derechos de los animales, y/o favorecen la dispersión urbana, y/o en ciertos aspectos no respetan los derechos de los trabajadores. También argumentan que, mediante esta recolección de alimentos, se evita que los mismos acaben en un basurero.

La principal razón por la que se asocia el friganismo con el veganismo es por el acceso limitado que se tiene a alimentos como carnes rojas y blancas, además también del uso de tejidos y cosméticos de origen animal. Además de que el acceso a alimentos de origen vegetal es más fácil, ya que pueden ser cultivados y procesados por uno mismo; sin embargo, muchos friganos han declarado que consumirían alimentos de origen animal si se tuviera acceso gratuito a estos. No todos los que se identifican como friganos son veganos y existen algunos que practican la recolección urbana de alimentos y consumen los productos animales que han sido desechados argumentando que, de lo contrario, se desperdiciarían y que los animales no deben ser sacrificados en vano. Un rol clave del friganismo es su positivo impacto en el ecosistema. Propone un uso eficiente de los recursos que se tienen al alcance, lo que reduce al mínimo posible el desperdicio. Al reducirse el desperdicio, se reduce la basura. Esto es especialmente notorio con la comida, siendo que la comida consumida por un frigano se obtiene a través de la comida ya desperdiciada. Además, un frigano hace uso de lo que tiene a su alcance, lo que extiende aún más la reducción de desperdicios, ya que no sólo se reduce la cantidad de basura generada, sino que también se usa el desperdicio ya generado como un recurso, eliminando así el desperdicio ya generado. También se apoya el consumo de vegetales cultivados por uno mismo, la reconstrucción y adaptación de espacios donde puedan crearse jardines para estos cultivos y especialmente el evitar consumir vegetales cultivados de forma industrial, usando pesticidas y demás químicos tóxicos, modificación genética y transportación a lo largo y ancho de países, acciones que contribuyen a la contaminación. Las personas que practican el friganismo son a menudo interrumpidas y acosadas por la policía. Estas prácticas suelen percibirse como un tabú en la mayoría de los países desarrollados, y por ello se conciben como socialmente inaceptables. Ciudades como Madrid han tipificado multas para las personas que busquen o seleccionen comida entre la basura.​ En general, la sociedad percibe la basura como algo sucio y no siente que pueda ser un lugar apto para conseguir comida. Es por esto que algunos friganos realizan actividades como repartir la comida o los bienes obtenidos de la basura con el fin de mejorar esta percepción.

Aprovechar los excedentes del sistema y para denunciar la opulencia y despilfarro en los que vivimos sumergidos, a veces sin darnos cuenta

Si ve usted a alguien rebuscando comida en un cubo de basura, no piense de buenas a primeras que no tiene dinero para comer y lo hace por pura necesidad. Hay otros motivos, a pesar de (o precisamente por) la crisis. Los miembros del movimiento freegan no utilizan ningún producto de origen animal, recogen la comida que muchos ciudadanos y empresas arrojan a la basura no porque no tengan nada que llevarse a la boca, sino para aprovechar los excedentes del sistema y para denunciar la opulencia y despilfarro en los que vivimos sumergidos, a veces sin darnos cuenta. “El freeganismo es un boicot total a un sistema económico donde el beneficio ha eclipsado cualquier consideración ética y en el que complejos sistemas de producción aseguran que todos los productos que compramos tendrán impactos negativos, muchos de los cuales ni siquiera consideraremos nunca”, se explica en la web freegan.info. “Así que, en vez de evitar comprar los productos de una mala compañía solo para apoyar a otra, evitamos comprar cualquier cosa hasta el máximo grado del que somos capaces. Después de años boicoteando productos de compañías responsables de violaciones de los derechos humanos, destrucción del medio ambiente y abuso animal, nos dimos cuenta de que el problema no es que haya un puñado de empresas malas, sino que el problema es el sistema en sí mismo”. El freeganismo es, pues, una dura crítica del consumismo.

Los freeganos tienen varias estrategias para vivir según estos principios. Una es la reutilización de los residuos, ya sea comida, ropa u otros enseres (algunos también están a favor de la okupación de espacios abandonados). Piensan que las sociedades opulentas producen en tal cantidad que es posible alimentarse de sus desechos, descartados muchas veces antes de ser inútiles. Para hacerse con ello practican lo que llaman el dumpster diving (buceo en el basurero), que consiste precisamente en lo que su nombre indica, buscar en los desechos, especialmente en los de supermercados y restaurantes, donde se pierde bastante comida en buen estado. En la última década, anualmente, 33 millones de toneladas de alimentos se tiraron a la basura en Estados Unidos, según los datos de la Agencia de Protección del Medio Ambiente estadounidense (EPA). “Encontramos todo tipo de comida”, explica la activista freegana neoyorquina Madeline Nelson. “Lo más común es el pan; luego, las frutas y hortalizas, hay mucha comida empaquetada y preparada, carne, huevos, productos diarios. Lo más raro son latas y productos como legumbres y pasta, aunque también se encuentran”. Los supermercados y grandes superficies suelen desechar los alimentos cuando vence su fecha de consumo preferente, que no es lo mismo que su fecha de caducidad. La primera indica que, una vez pasada, no se garantiza que el producto ofrezca la plena calidad; puede haber variaciones en su aspecto, olor o sabor, por ejemplo, pero no quiere esto decir que su consumo sea nocivo para el organismo. La segunda, la fecha de caducidad, indica el momento a partir del cual puede hacernos mal. Luego mucho de lo descartado por las tiendas se tira cuando todavía puede aprovecharse.

Los países del Tercer Mundo exportan cantidades masivas de comida, mientras la gente que los produce y procesa encara el hambre

“La comida descartada puede parecer sucia o asquerosa, pero es más asqueroso que cada año Estados Unidos desperdicie la mitad de comida que produce”, dice Nelson. “Gracias a las políticas de libre comercio, los países del Tercer Mundo exportan cantidades masivas de comida, mientras la gente que los produce y procesa encara el hambre y unas condiciones de trabajo poco saludables. Para los grandes negocios, poner el beneficio delante de los principios éticos es la regla, no la excepción”. Según el estudio Save food, el 50% de las pérdidas podrían evitarse si los alimentos “se hubieran planificado, gestionado y almacenado mejor”. ¿Cuánta verdura se destruyó en la última crisis del pepino español? Por el momento, parece que el movimiento freegano, originado en Nueva York, todavía no ha cuajado demasiado en España, aunque existen grupos que lo practican de modo puntual o experimental. Uno de ellos es el colectivo crítico El Invernadero de Lavapiés, que organizó una cena freegan el año pasado. “Llegamos a ello estudiando el concepto de parasistema. Si los antisistema quieren destruir el sistema, los parasistema quieren vivir dentro de él, en sus aristas. De la otra manera, ya que el sistema tiene el monopolio de la violencia, solo se consigue reforzarlo”, explica el miembro del colectivo Luis Tamayo. “Así llegamos al concepto de freegan, que vive de los desechos de la sociedad de consumo”. Para su cena freegan, varios ‘comandos’ recolectaron comida durante cinco días.

“El truco es conocer los buenos puntos de recogida. En un día puedes obtener provisiones para un mes, de otra manera puedes tirarte la noche rebuscando por cubos de basura. El sitio adecuado son los supermercados, que desechan mucha comida y en buenas condiciones. Una bolsa de naranjas porque una esté pocha o un pack de huevos porque uno esté roto”, cuenta Tamayo. “Los particulares somos menos dados a tirar cosas aprovechables”. Al final comieron unas 60 personas: “Solo nos hizo falta comprar aceite y sal. Hubo hasta langostinos”, comenta divertido. “En esto del freeganismo se puede estar por actitud o necesidad. Hay gente que recoge sin ni siquiera conocer el concepto. En ambos casos, cada vez se practica más”.

Para entender la realidad del desperdicio de alimentos en México, una periodista fue a un súper, un restaurante y un mercado

La periodista Sarah del Moral esto es lo que encontró en su aventura ‘freegans’. “Vivimos un paradoja alimentaria: hay comida suficiente para alimentar a todo el mundo, pero el hambre es una de las principales causas de muerte. El planeta produce alimento suficiente para 12 mil millones de personas y sólo somos 7 mil millones de habitantes; sin embargo, cada cinco segundos una persona muere de hambre, desnutrición y sus enfermedades derivadas. Por otro lado, el 39 por ciento de los adultos en el mundo sufren de algún tipo de obesidad, según la OMS…”. El problema es la pésima distribución de los alimentos, aunada a la mala educación alimentaria. En 2050 tendremos 9 mil millones de bocas que alimentar y nadie sabe cómo lo lograremos. Sin embargo, ante este futuro desesperanzador, cruzar los brazos no es opción. El desperdicio de alimentos es uno de los problemas más graves. Según la FAO, alrededor de un tercio de los alimentos producidos para consumo humano anualmente se desperdicia. Mil 300 toneladas de desperdicio en total, 67 por ciento ocurre en África y Asia, mientras que los Estados Unidos, uno de los países que más alimento produce, tira a la basura el 47 por ciento de su alimento total. En México, 30 mil toneladas de alimento se desperdician al día, según Sedesol. El desperdicio en la industria representa una pérdida de alrededor de 120 mil millones de pesos al año. A nivel nacional tenemos los alimentos suficientes para alimentar a toda la población. “El hambre no es un problema de falta de producción”, dice en entrevista Genaro Aguilar, coordinador de la Red Latinoamericana para la Disminución de la Pérdida de Alimentos de la FAO. Así es, la comida no falta, se tira a la basura, se desecha.

Hay distintas formas de combatir el desperdicio de comida. Por ejemplo, el friganismo es un movimiento internacional que surge como protesta ante el capitalismo. Los friganos son personas que viven fuera de la economía convencional, se alimentan de los desperdicios alimentarios de los demás, no porque sean mendigos, sino porque quieren reducir el desperdicio y el impacto que éste tiene sobre el ambiente y la sociedad. Una de sus prácticas más comunes es el llamado ‘dumpster diving’, que literalmente consiste en echarse un clavado dentro de los contenedores de basura y comer lo que te apetezca. De hecho, tienen una guía para hacerlo como todo un profesional. ¿No sacar un peso de mi cartera para poder comer? Tenía que intentarlo Sarah del Moral.

“En esta sucursal gastamos 150 mil pesos a la semana en puras frutas y verduras que van a la basura”, me informa un gerente en México capital

“Decidí poner en práctica el ‘dumpster diving’. Comencé el día con mucha hambre, así que me dirigí a un supermercado enorme donde venden la comida al por mayor. Seguramente encontraré un montón de manjares desperdiciados, pensé. Le conté al gerente sobre el movimiento y mis intenciones de conseguir comida en la basura. Resultó interesado y dispuesto a mostrarme la merma mañanera. Lo malo era que sólo podía ver y no tocar. La empresa, ubicada en el Mercado Medellín en la capital de México, no podía arriesgar su reputación. “Vendemos frescura y calidad, eso tenlo por seguro. Hacemos tiempo exacto en el traslado de la mercancía con tal de mantener la temperatura de los alimentos”, me contó mientras caminamos hacia la merma. Tres carritos de súper repletos de alimentos me esperaban. ¡Tres carritos de comida en perfecto estado desperdiciada por el segundo corporativo más grande del mundo en la categoría de comercio! Y eso que era temprano aún. ¿Es en serio? Empezamos con el carrito de frutas y verduras. “En esta sucursal gastamos 150 mil pesos a la semana en puras frutas y verduras que van a la basura. Si la apariencia no es buena o hay alguna hoja que no tiene un tono verde apetitoso, la desechamos, aunque sea completamente comestible”, me cuenta el gerente, cuya identidad quiere permanecer en el anonimato. Este corporativo tiene aproximadamente 40 sucursales en México. Hagamos cálculos: cada semana se gastan aproximadamente 6 millones de pesos solamente en frutas y verduras desperdiciadas. ¿Cuánta gente puede comer con un millón de pesos semanales en vegetales? No quiero imaginar la suma a nivel mundial. “En las carnes no es tanto”, continuó el gerente. “Como 25 mil pesos semanales”.

Ok. ¿Y cuál es la estrategia para reducir la merma? “Reducirla no”, contestó el directivo. Tenemos un equipo que está monitoreando constantemente la temperatura de los alimentos, para que no se echen a perder, nuestra infraestructura es buena y cuidamos nuestro producto, a veces hay factores que no podemos controlar como que los clientes ya no se animen a comprar lo que tenían pensado y lo dejen por ahí, una vez fuera de refrigeración ya no hay vuelta atrás y se vuelve deshecho o sencillamente la producción es demasiada, y no podemos tenerla aquí por mucho tiempo. Las frutas, verduras y panadería que aún son comestibles pero están próximos a su fecha de caducidad o su empaque está dañado, son enviados, a veces, a orfanatos o asilos con los que tenemos convenio, pero con las carnes o alimentos de origen animal es distinto: no los regalamos nunca porque son más propensos a contaminarse y no queremos meternos en problemas”, me contó. No me dejaron llevarme nada, a pesar de que había muchas cosas comibles en ese carrito. Mi estómago seguía vacío.

“Las raciones en un restaurante japonés son relativamente pequeñas y es por eso que no hay tanto desperdicio que en un fast food”

Siguiente parada: un renombrado restaurante de comida japonesa ubicado en la Del Valle. A ver si me va mejor, pensé. Después de dar la debida explicación sobre mi nuevo estatus como frigana, me metí a husmear los botes de basura. Los desperdicios del día no eran tantos como imaginaba, apenas se llenaba un botecito de arroz batido mezclado con servilletas sucias, palillos usados y colillas de cigarro. El chef del lugar me contó que en su restaurante no hay tanto desperdicio porque las porciones que sirven son relativamente pequeñas y casi siempre el comensal acaba con todo lo que pide. Pero, si alguien deja algo en el plato, ellos tienen prohibido comerlo. “Va directo al basurero. Es la regla de todos, o al menos la mayoría de, los restaurantes”. “He trabajado en muchos restaurantes y te puedo decir que nada se compara con lo que se tira en un ‘fast food’ o en un buffet, o en esos con promoción de ‘come todo lo que quieras por 199 pesos”, me dijo. Mientras escuchaba, hurgué en la basura para ver qué podía rescatar. Nada. Todo estaba revuelto con cenizas de cigarros y otras cosas que hacían incomestible a la comida. “Sería más sencillo si dividiéramos la basura en orgánica e inorgánica”, me dijo al final con cara de culpa. Me voy a buscar a otro lado. Arigato!

Caminé entre distintos puestos callejeros, cafeterías y tiendas de abarrotes que tuvieran basureros a la vista. Quería pescar algo de comer con o sin permiso, pero no pude recuperar ni una papita, no porque no hubiera comida, sino porque todo lo comestible estaba revuelto con líquidos sospechosos, plásticos, cigarros y otras cosas asquerosas. Puros menjurjes apestosos. Si algo era comestible, seguramente ya estaba contaminado. Entonces entendí lo difícil que es vivir siendo frigano en México. No puedo esperar que cada dos calles me encuentre cajas repletas de donas con chocolate, pasta intacta o bolsas de lechugas orgánicas, limpias. Quizás en Nueva York sea más fácil que ocurra ese escenario. Aquí no. En México, ensuciarte las manos para conseguir alimento está más relacionado a una necesidad que a una convicción.

“Residuos de alimentos”, los consumidores tiran conscientemente, ya sea por comprar demasiado o porque simplemente ya no quieren comerlo

Según la guía visual de desperdicios de alimentos del periódico británico The Guardian, existe el término “desperdicio no intencional”, que es consecuencia de la falta de infraestructura y transporte en la industria alimentaria. En los países ricos las pérdidas involuntarias son bajas, pero existen niveles elevados de “residuos de alimentos”, es decir, la comida que los consumidores tiran conscientemente, ya sea por comprar demasiado o porque simplemente ya no quieren comerlo. De nuevo derrotada, y pensando en la abundancia de nuestros mercados mexicanos, me dirigí al mercado de Medellín, en la Ciudad de México. Ahí amablemente me abrieron las puertas de su basurero y me dieron acceso. Desafortunadamente no había nada que se pudiera salvar, uno de los trabajadores me explicó que dividían la basura en orgánica e inorgánica, pero después de que el camión de la basura pasara por ella, desconocía su destino. Entré al mercado y me sorprendió que en el primer puesto de frutas y verduras, la señora a cargo, Marta, me obsequió muy amablemente dos bolsas llenas de comida. No tuve que explicar mucho sobre el friganismo, pues ella y su esposo ya sabían todo al respecto. Me dijeron que había llegado un poco tarde, y que los alimentos desechados en buen estado ya estaban en manos de ‘Comida no Bombas’, una organización de activistas que inició en los 80 en Estados Unidos y se expandió por todo el mundo promoviendo el veganismo no violento y recuperando desperdicios de comida para elaborar platillos y regalarlos en las calles. Sin embargo, Marta acudió a los vecinos para juntarme otras bolsas llenas de mangos, aguacates, flor de calabaza, calabazas, manzanas y otros vegetales que se iban a ir a la basura. Evidentemente mis verduras y frutas no tenía la apariencia a la que estoy acostumbrada, pero estaban perfectos (no echados a perder, no contaminados) y su sabor era igual de rico.

Le pregunté a Marta si las personas que viven en la calle saben que pueden entrar al mercado para recolectar alimentos. Me dijo que a veces algún niño de la calle se acerca y ella le regala comida, pero regularmente no sucede. “Supuestamente ése es el trabajo de los bancos de alimentos, venir por todos los desperdicios del mercado para después repartirlos en diferentes centros, pero a veces se les olvida venir y no podemos dejarlo aquí, tenemos que tirarlo”, me contó. Actualmente, México tiene 66 bancos de alimentos que rescatan más de 112 mil toneladas de comida, según la Asociación Mexicana de Bancos de Alimentos AC. Estos bancos funcionan a través de donaciones de distintas empresas que ofrecen sus productos que son comestibles, pero no adecuados para la venta. Después de realizar estudios socioeconómicos, eligen a las personas que realmente lo necesitan y les piden una cuota de recuperación que no exceda el 10% del valor comercial de la comida. “Los que son responsables de las donaciones pocas veces vienen, vemos más a los de ‘Comida no Bombas’ que a los bancos. Hay muchos que vienen a friganear y nuestros puestos están siempre abiertos para ellos, porque no nos gusta ver cuánto se desperdicia”. Salí muy satisfecha con mi nutritiva adquisición. Comí pasta con calabacitas, berenjenas, y pimientos, acompañada con agua de mango. Gratis, y no solo eso: con comida que pudo echarse a perder en el bote de basura.

Al parecer el friganismo en México va viento en popa, y representa un mínimo esfuerzo del país por reducir el desperdicio. Quizás algún día tengamos restaurantes y supermercados que no general desperdicios, como los hay en Europa; o tal vez nuestros chefs comiencen a hacer cenas comunitarias para aprovechar los desperdicios, como Dan Barber. Estrategias sobran, mientras esparcimos gotas de consciencia a la industria alimentaria que sólo se preocupa por el fondo de nuestros bolsillos, está en nuestras manos crear una cultura de menos consumo que logre alimentar a todo el mundo. Podríamos empezar por no dejar que la comida de nuestro refri se eche a perder, o ¿por qué no?, comer lo rescatado de la basura. Créanme, esto se podría hacer a diario sin problema. Si van a París no se pierda una visita al restaurante Freegan Pony Resto vegan alternatif. Varias fotos acompañan esta columna ‘freegans’.

@SantiGurtubay

@BestiarioCancun

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