Cuba: diez apuntes (desde fuera)

Signos

Uno. Cuando en la renovación cupular del Partido Comunista se apuesta por la continuidad -ideológica y revolucionaria, y sin enmiendas de ninguna especie-, entonces se está apostando por la involución progresiva y la obcecada condena del modelo de Estado a la descomposición irremediable. Renovarse o morir, reza el axioma. Reformarse es seguir, diría, asimismo.

Dos. Cuando se sabe con absoluta objetividad que se agotarán muy pronto los alimentos y los medicamentos (y ya no quedan fondos para sostener fiscalmente las gratuidades del consumo y los servicios fundamentales, ni la insolvencia burocrática perenne de las empresas del Estado), y se insiste en esa continuidad del ‘exitoso’ modelo y su ideología soberanista, comunista y antiyanqui, se sabe que la lógica es la de unas élites que perseveran en su estatus, como el estatus quo, y no la de la defensa de las mayorías que precisan renovaciones y nuevos rumbos para evitar el abismo, como en todos los procesos históricos del mundo que de cuando en cuando requieren cambios legítimos y alternativas verdaderas.

Tres. Claro que en las protestas cubanas antigobiernistas hay poderosas cargas de profundidad desde el enemigo extranjero, y una intervención inhumana y de potencial genocida que aprovecha las penurias y las acumuladas inconformidades populares, alentadas en buena medida por los grupos extremistas enemigos -de adentro y de afuera- y los núcleos -también radicales- de poder internos que impiden procesos de transformación del régimen y de mejor gestión de esas carencias y esos descontentos e insatisfacciones populares. Y desde luego que es del todo condenable que se aproveche la peor crisis sanitaria de todos los tiempos para procurar la anarquía general y el colapso del modelo y el régimen revolucionarios, y que no se repruebe en absoluto el bloqueo estadounidense con el que intenta destruírseles, y que tanto contribuye a extender y profundizar, más acá o más allá de las debilidades propias de ese modelo y ese régimen, una crisis humanitaria cuyas criminales dimensiones contra la gran mayoría del pueblo cubano están en consonancia con los saldos del embargo y de la guerra extranjera contra la dirigencia revolucionaria. Defender el abatimiento de los derechos humanos de un pueblo con la consigna propagandista de liberarlo (como en Vietnam y en tantas naciones invadidas, bombardeadas y quemadas para salvarlas de la esclavitud de sus tiranos), no puede sino condenarse como la promoción de un proyecto y una intención genocidas, del mismo modo que es tan censurable el radicalismo comunista que llama a las fuerzas revolucionarias al combate contra los manifestantes callejeros, y que opone la represión y la violación de los derechos humanos como armas de defensa del Estado contra el imperialismo y el enemigo intervencionista, sin reconocer sus particulares incapacidades para remontar la herencia de un sistema plagado de contradicciones y trampas económicas intransitables que obran la inviabilidad de un mercado interno competitivo y del abasto de lo esencial para el consumo popular, y de ineptitudes y sorderas para procurar, asimismo, un diálogo político y social proclive a la transparencia, la diversidad, la inclusión y los consensos que inhiban las tensiones y las crispaciones, y permitan confundir menos e identificar y enfrentar mejor, los asedios externos disfrazados de propósitos de liberación, y los faltantes, incomodidades y sufrimientos internos producidas por las corruptelas, las inoperancias, las arrogancias y las inercias propias de las fallas y los sólidos estamentos nocivos que debieran removerse de la estructura y los procesos de Estado, y que en un grado o en otro terminan por hartar hasta a los más fieles y tolerantes revolucionarios que no gozan de los beneficios excluyentes del estatus quo.

Cuatro. Gracias a su Revolución, el cubano ha sido reconocido como uno de los pueblos con mayor potencial de desarrollo humano en el mundo. Pero por culpa de la falta de reformas revolucionarias esenciales, también ha sido condenado a desaprovechar ese potencial en el orden económico (de la innovación tributaria, productiva y administrativa) y en el de las libertades y las manifestaciones del pensamiento crítico. La gran riqueza humanística no ha superado los condicionamientos de la censura partidista y de la estricta vigilancia de la Seguridad del Estado.

Cinco. Y si algo peor pudiera ocurrir como respuesta del Estado a la peor de sus circunstancias tras el Período Especial, es poner a defender consignas sexagenarias a los nonagenarios comandantes fidelistas sobrevivientes, al tiempo que se impone un cerco a la comunicación con el mundo mediante la suspensión de la Internet, lo que se justifica como un modo de atenuar la influencia de la propaganda enemiga, aunque también informe de una disposición totalitaria y lesiva de las garantías individuales. Defender las conquistas revolucionarias soberanas sin autocrítica y acusando todos los males nacionales al enemigo contrarrevolucionario y en medio de todas las privaciones que no soportan los millones de quienes las padecen, es echarle demasiada leña al fuego.

Seis. La Cuba del Período Especial de hace tres décadas no padecía el insoportable calor de los ‘apagones’ de la era del calentamiento global y el cambio climático de hoy día. (Un calor que se complica con el obligado encierro doméstico puesto como alternativa sanitaria contra la pandemia, y que en los cada vez más ardientes y húmedos días y noches del verano es acompañado de plagas más nutridas de bichos y mosquitos, asimismo más densas y empecinadas por la intensidad progresiva de ese calentamiento global y ese cambio climático que no eran ni siquiera tema de conversación en aquellos días aciagos del Periodo Especial.)

Siete. Tampoco había alimentos y medicamentos en el Periodo Especial. Pero tampoco se había padecido un Período Especial precedente cuya sobrevivencia vislumbrara que uno nuevo no encontraría recursos anímicos ni materiales ni ideológicos, ni heroicidades ni liderazgos ni convocatorias patrióticas ni antiimperialismos creíbles de manera suficiente para resistirlo.

Ocho. El Periodo Especial de los noventa, tras el derrumbe soviético y de la subsidiaridad del colonialismo nuclear de la Guerra Fría, debió ser en Cuba lo mismo que en Rusia y el llamado ‘campo socialista’: una oportunidad depurativa que preservara lo mejor del viejo modelo, tirara a la basura lo peor del mismo, y abriera las expectativas de un nuevo mundo. Eso hace la Rusia de Putin ahora: economía mixta, despliegue inversor, predominio del Estado en sectores estratégicos, alta eficiencia fiscal y financiamiento público en gran escala a la salud, la educación, el consumo popular, la infraestructura, y el desarrollo científico y tecnológico.

Nueve. En el Periodo Especial debió ponerse fin al prejuicio de la propiedad privada, el colectivismo forzado, al estatismo absoluto y a la nociva administración burocrática de todos sus procesos económicos y productivos.

Diez. La crisis de ahora no se resuelve con modelos democráticos pluripartidistas, pero requiere un nuevo liderazgo histórico que Díaz-Canel no tiene; que enfrente a los dogmáticos y los intransigentes, a los proyanquis y a los violentos espontaneístas. Se requiere un régimen transitorio pero de consenso, revolucionario pero antirrepresivo, socialista pero humanista y progresista, y con un talante fuerte pero popular y conciliador. Díaz-Canel no tiene fuerza popular ni autoridad de consenso ni soberanía. Está atado por el castrismo radical. Y si la crisis cubana de hoy día no se asume como la oportunidad de modernización revolucionaria a la que se negó Fidel en el pasado Período Especial –porque era un pecado contra el paraíso de la eternidad perfecta-, será el derrumbe. Antes, los aliados que llegaron al poder en algunos países hicieron posible suplir las subvenciones soviéticas perdidas. Ya tampoco existe esa salida. Cuba depende de sí misma y de sus capacidades de negociación global y reforma interna. Necesita inversión privada, renta fiscal y generación de producto nacional. La ideología y la institucionalidad partidistas son del todo prescindibles. Se precisa del abasto y no de la censura; y de un poder de negociación internacional convincente y consecuente con el liberalismo y el mercado. (Corea del Norte debe quedar más lejos en el horizonte que Vietnam.) Se tiene que renunciar al anacronismo, y conseguir a toda costa alimentos, medicamentos, e insumos urgentes para el fomento productivo. Si la gente no cree en quien quiere convencerla en medio del naufragio, el hundimiento está garantizado. Si Díaz-Canel no emerge como un líder reformador y soberano, la continuidad será la de lo peor, y no la de lo mejor de Cuba. ¿Puede, por ejemplo, Díaz-Canel, prescindir de la vieja guardia intolerante y proclive a la confrontación facciosa, y hacer a un lado los anquilosados estamentos partidistas del castrismo duro para abrir un flanco de interlocución innovadora y regenerativa con los sectores cubanos inconformes pero no contrarrevolucionarios sin que la vieja guardia y sus herederos lo acusen de traidor y lo derriben? Porque Cuba necesita ahora mismo un liderazgo que transite entre la apertura soviética de Gorbachov y el control sereno y sin claudicaciones de Vladimir Putin, para inaugurar, dentro de la Revolución, un socialismo blando, de economía mixta y libertades suficientes y relativas que posibiliten el bienestar social y cierran el paso a la tentación intervencionista. Pero, seamos claros: Cuba es un pueblo grandioso y temerario. Pocos seres como los cubanos son tan expresivos, extrovertidos y combativos. En ese espíritu se encierra su virtud y su adversidad, su fuerza de conquista y su poder autodestructivo; la intensidad de la unión y la ruptura. Hay un vasto potencial de explosividad, sentado sobre el más precario de los equilibrios, cuya desactivación exige un poder visionario del que, por fortuna, la Revolución ha dotado a tantas inteligencias, pero a las que, por desgracia, ella misma, también, y su partido, han impedido imponerse y tomar las decisiones que hacen falta ahora. La sonoridad cubana es tumultuosa e inversamente proporcional a la capacidad de los cubanos para escucharse y aceptar sus diferencias y para conciliarlas. El odio sordo se amotina y la sobria razón palidece. Toda solución entre las flechas envenenadas parece una quimera. Se advierten cantos de guerra, como en los sesenta. Pero la defensa soberana y la justicia de hoy lo que menos necesitan son consignas y trincheras. Y la mínima utopía está atrapada entre la gritería, la confusión, la sordera, la furia, la impaciencia, el oportunismo, el caos y la falta de juicio dirigente, en un entorno frenético donde a la prudencia y la cordura se les llama simulación y cobardía, y contra el incendio tan temido sólo se convocan y se escuchan soluciones tan combustibles como la insurrección -o la revolución contrarrevolucionaria- o la defensa de la Revolución contra los contrarrevolucionarios. Los llamados a la solidaridad, la tregua y las consideraciones intermedias, son blasfemias de muy baja frecuencia. Y el mundo no ayuda mucho. La diplomacia es sólo de intereses geoestratégicos. Y en tal espectro y en medio de la tragedia humanitaria, ganan los que la convierten en la lucha necesaria por la libertad… Y ya, más nada. Porque hoy día, el grueso de la agenda de esas cosas amenaza con que sólo hay espacio para las refriegas de la coyuntura, los ataques y las diatribas de ida y vuelta, las iras y las exclusiones de quienes no son tocados de manera personalísima por el Acontecer Cubano.

SM

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