Don Quijote de la Mancha cargó contra una manifestación por la sequía que sufría España. ¿Un negacionista del cambio climático?

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Philipp Blom (Hamburgo, 1970) es un historiador, novelista y traductor alemán. Estudió en Viena y Oxford en cuya universidad se doctoró en Historia Moderna. Más tarde vivió en Londres y París y fijó su residencia en Viena. Su último libro es “El motín de la naturaleza”. Días atrás hacía referencia, en una columna periodística a la actitud de Don Quijote de la Mancha, contra unos ‘manifestantes ecologistas’ de su época.  El valiente caballero ataca a un grupo de hombres que parecen haber secuestrado a una dama. Por supuesto, su ataque acaba mal, porque su objetivo no era una banda de ladrones sino una procesión religiosa con una estatua de la Virgen María, que están paseando mientras rezan para que llueva. Pudiera pensarse en una equivocación o una actitud ‘negacionista’, como la que practican hoy populistas de extrema derecha en el mundo. “La crisis climática obliga a la humanidad a afrontar su propia soberbia y aunque puede estar ante una amenaza existencial, también puede que sea el comienzo de una nueva etapa en su evolución…”, recalca Philip Blom.

Santiago J. Santamaría Gurtubay

La novela quijotesca,  “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”, publicada en 1605, no solo es una obra esencial de la literatura sino también una fuente histórica. En esos años, las procesiones para pedir la lluvia eran frecuentes en España, mientras que en otras partes de Europa la gente rezaba para que hiciera sol, para que acabaran los inviernos aparentemente interminables, para que se salvara la cosecha. La llamada Pequeña Edad de Hielo que cubrió el mundo de finales del siglo XVI a finales del siglo XVII provocó una caída de las temperaturas medias de unos dos grados Celsius. Los cambios fueron drásticos y de calado. Los largos inviernos y los veranos cortos, fríos y lluviosos en el norte de Europa, y las heladas extemporáneas y las sequías en el sur trastocaron sociedades enteras, y la consiguiente crisis agraria causó hambre, hambrunas y rebeliones. Al principio, las reacciones a este “motín de la naturaleza” fueron totalmente medievales, y Cervantes las describe bien. Las procesiones religiosas, los flagelantes, los servicios religiosos especiales y la oleada de quemas de brujas y juicios de la Inquisición prueban que el cambio climático se consideraba un problema moral, un castigo divino por los pecados humanos. Pero toda esa sangre no logró restablecer el equilibrio de la naturaleza. Poco a poco, a base de prueba y error, surgieron otras reacciones. Los botánicos investigaron cómo mejorar los cultivos e introdujeron otros nuevos como las patatas y el maíz, y la agricultura empezó a practicarse a mayor escala y dejó de ser solo de subsistencia para tener fines comerciales. La transformación de las condiciones naturales provocó otros cambios: el comercio de cereales se convirtió en una red auténticamente europea, lo que derivó en la creación de ciudades-mercado y comerciantes con más poder, al tiempo que las noticias, las investigaciones y las ideas se difundían cada vez más gracias a unos métodos de impresión y papeles más baratos y, poco a poco, surgía una esfera pública.

Las personas que impulsaron estos cambios eran profesionales urbanos educados, cuyas vidas reflejaban las nuevas circunstancias. Nació un nuevo género pictórico: el paisaje invernal. Pero el cambio más radical fue que los burgueses, recién asentados, trataron de arrebatar el poder a la Iglesia y a la nobleza y formularon su propia ideología basada en la igualdad y los derechos humanos: la Ilustración. Cuando la Pequeña Edad de Hielo llegó a su fin (probablemente, por algún cambio en la actividad solar), las sociedades europeas se habían transformado por completo. Un continente feudal, tardomedieval, empezaba a ser moderno. La lección que Don Quijote puede enseñarnos hoy es inesperada. Cervantes construyó un personaje que estaba desfasado respecto a su propia época, incapaz de comprender la nueva realidad que lo rodeaba, incluido el cambio climático del siglo XVII. Y eso nos lleva a una conclusión de vértigo sobre la crisis climática actual. Lo que está en juego no es solo que cambie el clima, sino la transformación integral de las sociedades humanas, sus modos de vida, sus economías e incluso sus ideas.

El progreso tecnológico se ha convertido en una amenaza existencial, no solo para los insectos y los osos polares, sino para los seres humanos

Desde mediados del siglo XX, el CO2 acumulado durante millones de años ha estado saliendo a tal ritmo a la atmósfera que su composición actual se parece a la de hace tres millones de años, cuando las temperaturas estaban ocho grados por encima de las de hoy y los niveles marinos eran 20 metros más altos. La emisión de CO2 ya ha transformado, además de las temperaturas medias, sistemas climáticos enteros, los casquetes de hielo polar, las corrientes oceánicas, las temperaturas y los niveles de oxígeno, así como las corrientes en chorro a gran altura que determinan el clima. La rápida deforestación de los bosques tropicales -a un ritmo de 30 campos de fútbol por minuto- y los efectos de la agricultura industrializada están intensificando la degradación. En otras palabras: el progreso tecnológico de la humanidad ha alcanzado un nivel que lo ha convertido en una amenaza existencial, no solo para los insectos y los osos polares, sino para los propios seres humanos. La ecuación ha cambiado radicalmente. Los seres humanos de épocas anteriores se beneficiaron de la soberbia de considerarse al margen y por encima de la naturaleza, precisamente porque no tenían la capacidad tecnológica de poner en peligro su propia existencia en todo el mundo.

Todo esto es sabido, y ahora es importante ir más allá. En la Pequeña Edad de Hielo fue posible adaptar las sociedades humanas a las nuevas condiciones climáticas, pero a base de crear unas sociedades totalmente nuevas e incluso nuevas formas de pensar. No parece que las sociedades actuales vayan a poder adaptarse sin transformarse por completo también. Una drástica reducción de las emisiones de CO2 y la contaminación significará el fin del crecimiento económico permanente basado en la explotación y el consumo excesivo. Las tecnologías inteligentes y la producción de energía sostenible podrán compensar en parte las carencias, pero no podemos esperar a encontrar una solución tecnológica perfecta, sino que hay que hacer cambios ya. Igual que en la Pequeña Edad de Hielo, esta transformación económica creará profundos cambios sociales, políticos y culturales. La crisis climática actual demuestra de forma inequívoca que los seres humanos y sus sociedades no están al margen ni por encima de la naturaleza, sino que están dentro y dependen de ella. La distinción entre naturaleza y cultura no tiene validez. La cultura humana es una adaptación evolutiva tan lograda que nos ha permitido olvidar que el Homo sapiens forma parte de la naturaleza. La crisis climática obliga a la humanidad a afrontar su propia soberbia.

La naturaleza nos obliga a reconsiderar su posición de “corona de la creación” con licencia para explotar impunemente los recursos

Empiezan ya a vislumbrarse los primeros perfiles de una civilización adaptada al cambio climático. La naturaleza obliga a la humanidad a reconsiderar su posición de “corona de la creación” con licencia para explotar impunemente los recursos. La alternativa es, como ha sugerido el filósofo francés Bruno Latour, pensar que la humanidad no vive “sobre la tierra”, sino dentro de la zona crítica entre la roca muerta bajo nuestros pies y el vacío infinito del espacio. Esta zona crítica, que abarca la atmósfera y la biosfera habitables, está compuesta de innumerables agentes, desde los gases, los insectos y los microbios, hasta las corrientes marinas, los sistemas climáticos y los seres humanos. Como ocurrió en la Pequeña Edad de Hielo, este sería un cambio cultural profundo. La humanidad, si se viera como parte de un móvil inmenso con un sinnúmero de piezas, todas conectadas entre sí, se comportaría de otra forma dentro de la naturaleza, y acabaría desarrollando otras ideas económicas, sociales y éticas. Puede que estemos ante una amenaza existencial, pero también puede que sea el comienzo de una nueva etapa en la evolución de la humanidad.

“Yo, como don Quijote, me invento pasiones para ejercitarme”. Esta gentil declaración de Voltaire encierra, me parece a mí la más fina y sutil interpretación de Miguel de Cervantes. Porque don Quijote no está loco y Cervantes mucho menos, eso lo sabemos desde el principio del libro. Don Quijote es hidalgo cincuentón y soltero que, llegado a ese ápice de la vida, decide pegar el salto cualitativo y cambiar la realidad de los libros por la irrealidad de la vida, mucho más palpitante y vibrátil que lo meramente escrito. Don Quijote principia, o casi, por hacer realidad una metáfora, los molinos que se parecen a los gigantes, y arremete contra una realidad literaria que le desbarata, como tantas otras le van a desbaratar a lo largo de su nuevo camino. Pero aprendamos esto: que don Quijote nunca se enfrenta sino contra metáforas del vivir, o se reposa en unos duques, de modo que la locura empieza con la realidad y no antes.

Cervantes rompe con la mediocridad de su vida, pálidamente enaltecida de glorias bélicas, escribe un libro de su rabia por el mundo

Voltaire vio bien que el hombre en madurez o pega ese salto que digo o le coge ya la postura a la vida, que es la muerte, y no dará más de sí. Don Quijote acierta con ese momento en que se cambia de vida, de cabalgadura, de compañía -Sancho Panza- de curas y bachilleres, de dueñas y sobrinas, del mismo sol en las mismas bardas. Los libros que leía le estaban hurtando a la poesía de la acción con la poesía poética y mala de la dicción. Así que incluso se inventa, entre las pasiones militares y andantes, una nueva pasión amorosa. Es la primera lección que Cervantes nos da en su libro. La vida tiene una segunda parte que se correspondería con la tercera juventud de Aristóteles. Es él, Cervantes, quien rompe con la mediocridad de su vida, pálidamente enaltecida de glorias bélicas, para emprender un libro donde está su rabia por el mundo, su energía al fin liberada al servicio de sí mismo, no ya la energía domeñada y servil del alcabalero y otras suertes.

Cervantes es irónico por anacrónico. Ha empezado tarde su aventura y lo sabe. El Quijote no es el libro que vive sino la vida que no ha vivido, y no nos pone a su personaje como ejemplo de nada ni hidalguía de nadie, sino como caso singular de hombre que se decidió a pegar el salto y ese salto quien lo pega es él mismo en figura de Quijote, e incluso se lo hace pegar a un pobre borriquero hecho de perezas y conformidades, siendo así que Sancho nunca pierde el sentido, ese inútil y pobre sentido común del pueblo, pero tampoco pierde la ironía y la distancia para burlarse de su amo con todos los respetos. Don Quijote entra en su nueva edad como un escándalo y Sancho pasa todas las aduanas como un saco de centeno. Tenemos, entonces, el salto desdoblado en tres. Cervantes que roba la fama con un libro, don Quijote que toma por asalto la libertad del vivir más allá de la edad y la voluntad. Sancho, que primero a regüeldo y luego a pleno pulmón, vive vida de caballero andante sin haber leído tales libros. Es la primera rebelión española del intelectual aburguesado, la primera revolución burguesa del hidalgo antecedente y el primer motín del castellano pueblo, un motín de uno solo, Sancho, que vale por todos los que vendrán. Aún hoy, y hoy más que nunca, el hombre que no hace esa revolución interior, que no pega ese salto vecinal, será comido por el poder, amortajado por lo establecido y muerto de asco…

“Que la muerte cuando llegue, sólo encuentre un pellejo vacío, porque nuestra sementera humana la hemos esparcido fecundamente”

Hay tres razones para ser héroe, como diría el pintor surrealista español Salvador Dalí. En Cervantes, estas razones son el inventarse pasiones, la capacidad de ejercitarse contra el tiempo y el haber roto con el compromiso burgués de la novela y de la vida. El hombre que se inventa pasiones es tan héroe o más como el que las vive. El hombre que se ejercita a diario, no sabemos si para la vida o para la muerte, es el que quiere agotarlo todo aquí y, como decía Juan Ramón Jiménez, que la muerte cuando llegue, sólo encuentre un pellejo vacío, porque nuestra sementera humana la hemos esparcido fecundamente. Por aclarar un poco las cosas, diremos que don Quijote, efectivamente, es un personaje de novela, pero donde veo yo al hombre metafórico es en Cervantes, que nos da el nivel medio del hombre español, siempre de santo laico, de héroe doblado o de comunero entre el pueblo. Queremos a Cervantes no tanto por ilustre como por hombre medio que roza irónicamente el fracaso para triunfar de la España oficial con su España real.

En algunas películas de terror resulta inquietante esa muñeca de trapo con la cabeza de porcelana que te mira desde el anaquel de la estantería; o ese niño que discurre con un triciclo a lo largo del pasillo enmoquetado de un hotel totalmente vacío; o esa bailarina que rueda sin cesar sobre una caja de música al son de la Barcarola. Los niños suelen dar buen resultado en las películas de terror. Y también los falsos payasos. Cualquiera quedaría aterrorizado si una noche de niebla en una gasolinera perdida saliera a atenderte un payaso riendo a carcajadas con la manguera del surtidor en la mano. Los maestros del género saben que el terror se produce más por lo que el espectador imagina o presiente que por lo que ve en la pantalla. Eso es lo que sucede ahora en este perro mundo en el que los glaciares se licúan, las tempestades son cada vez más violentas, los incendios más pavorosos, las inundaciones más masivas y las sequías más angustiosas. Los científicos afirman que esta creciente intensidad de las catástrofes se debe al cambio climático, aunque no todos están de acuerdo. De pronto en medio de este debate ha aparecido una adolescente, Greta Thunberg, cuyo rostro inquietante recuerda al de esa muñeca de porcelana que mira fijamente desde la estantería y con su sola presencia el cambio climático se ha convertido en una película de terror. Con su ira y sus lágrimas ha ejercido un exorcismo en la tribuna de las Naciones Unidas como una médium enviada desde el fondo de las inminentes tinieblas frente a un Donald Trump, ex presidente republicano quien vive hoy en Florida, muy cerca de Miami,  en el papel de siniestro payaso color calabaza. El terror del cambio climático no es por lo que vemos sino por lo que presentimos en un futuro que se debate entre una muñeca de porcelana que llora y un payaso que ríe. Tal vez la venganza de un mar ahíto de basura que está dispuesto a ahogar a la humanidad en su propia mierda.

Recuerda qué limpio estaba aquel mar de tu niñez, cómo sabían los frutos, qué aroma tan puro contenían las hogazas de pan

Te levantas después de una noche de sueño tranquilo con el propósito de convertirte en un tipo sostenible, aunque sea por un día. Se da por supuesto que no se te ha ocurrido oír las noticias ni las tertulias de la radio durante la madrugada en la cama. Primer paso. Cuando en el cuarto de baño, al contemplar tu rostro en el espejo, compruebes que eres una ruina, no te desprecies por eso. Se trata de un desastre natural, que nada tiene que ver con el cambio climático. Acéptate como eres y dúchate con agua fría para ahorrar energía. Demórate en el baño; practica todas las abluciones laicas imaginables; ama a tu cuerpo sobre todas las cosas, tanto o más que a tu espíritu; procura secarlo con una toalla perfumada y cúbrelo después con una tela de amoroso algodón. No permitas que roce tu piel cualquier objeto de plástico en todo el día. Segundo paso. Vivir consiste en desayunar, pero los ingredientes no son sólo los que están en la bandeja, el zumo, el café y la tostada. También interviene en un perfecto desayuno la luz del sol en la ventana y los bellos pensamientos que convoques. En esa regla convergen los epicúreos, los estoicos y los cínicos de la antigua sabiduría. Por esta vez abstente de leer el periódico, de oír la radio y de ver la televisión, cuyas noticias son las que crean un efecto invernadero sobre tu vida. Tercer paso. Por muy desgraciado que te sientas, sin duda habrás guardado algunos momentos de placer en tu memoria. Recuerda qué limpio estaba aquel mar de tu niñez, cómo sabían los frutos dorados de aquellos árboles, qué aroma tan puro contenían las hogazas de pan candeal que se guardaban en la alacena de la vieja casa. Apoya la palanca en aquel placer y sal a la calle. Adondequiera que vayas la armonía de aquellos recuerdos irá descontaminando el aire a tu paso y te convertirá en un tipo sostenible por un día.

Una eterna primavera puede convertirse en una forma de terror. Si uno consulta en Internet la temperatura del valle de Josafat, donde se va a celebrar el Juicio Final, resulta que allí siempre brilla un sol radiante, de 27 grados, con ligera brisa y noches estrelladas, un clima ideal para acoger la ingente masa de una humanidad culpable. Esa gente feliz que a estas alturas del año, camino ya de la Navidad, llena las playas del Mediterráneo y chapotea con toda inocencia en el agua, no sabe que en cierto modo está viviendo un ensayo del Apocalipsis. Hasta ahora se nos ha hecho creer que el fin del mundo se producirá con una lluvia de fuego bajo un sonido de trompetas que los ángeles fieros tocarán para despertar a los muertos. Pero también podría suceder que este espectáculo escatológico en medio de las tinieblas fuera sustituido por un perenne cielo azul, producto de un anticiclón ferozmente anclado en las Azores, de forma que la caricia de un sol azucarado en la piel se convierta en un placer insoportable. La eterna primavera producirá la locura en las semillas y la gente sabrá que el fin del mundo está cerca cuando haya que segar el trigo en enero y se vuelvan carnívoras todas las flores de mayo. El buen tiempo inmutable será una maldición que acabará creando pánico, pero lejos de flagelarse como los penitentes en las procesiones medievales, la gente seguirá chapoteando en aguas del Mediterráneo y sobre esa convulsa masa carnal extendida en las playas, extenuada en la propia felicidad, se abrirá el Séptimo Sello y el veredicto fatal de la historia será emitido. El siniestro oficio de los antiguos profetas que se relamían anunciando toda suerte de calamidades en las postrimerías lo ejercerán ahora los hombres del tiempo y sus pronósticos de un Sol primaveral, deslumbrante e interminable serán nuestra condena.

Donald Trump es el político tóxico que contribuye al calentamiento del planeta con sus bravatas de búfalo desencuadernado

El enero de 2017, poco antes de la pandemia del Covid-19, ya ha pasado a la historia de la meteorología por una doble borrasca, la de la nieve en el Mediterráneo, que atrapó en las carreteras a miles de viajeros incautos, y la de Donald Trump, recién jurado como nuevo presidente de EE UU, que es en sí mismo el ejemplo más fidedigno de cambio climático, el político tóxico que contribuye al calentamiento del planeta con sus bravatas de búfalo desencuadernado. Allá en el fondo de mi memoria está también la otra gran borrasca de nieve en aquel enero de 1946 en medio de un mundo en escombros, que nos contaban nuestros padres en la casa. De pronto la lluvia había dejado de sonar de noche en el tejado para convertirse en un silencio blando y al despertar los niños vimos por primera vez aquel espectáculo de la nieve junto al mar. El 20 de enero se celebraba en el pueblo la feria del patrón San Sebastián. La nieve había caído sobre el tiovivo, sobre la noria y el barracón de tiro donde los chavales trataban de tumbar el patito con un rifle trucado para conseguir el soñado paquete de cigarrillos Bubi. La nieve seguía cayendo mansamente sobre los carromatos de los humillados feriantes que olían a guiso de coliflor, sobre los titiriteros famélicos y las paradas de las turroneras, sobre los carteles del cine Rialto recién inaugurado, que exhibían los rostros de Alida Valli y de Victorio de Sica. El frío heló los naranjos hasta el tronco y el hambre llegó también hasta la cepa de los españoles batida por la miseria de posguerra. Los niños creíamos que la nieve era una fiesta porque se había cerrado la escuela y los pájaros hambrientos se dejaban cazar fácilmente, pero solo seis meses antes habían sido arrojadas dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Cuatro  años han transcurrido desde que nevó como entonces y Donald Trump sigue invocándose  a sí mismo sobre la Biblia para poner al mundo patas arriba a la mayor gloria de Norteamérica.

Con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, la gran potencia global y segundo emisor de gases de efecto invernadero renunciaba a desempeñar un papel de liderazgo en la lucha contra el cambio climático. Pero muchas ciudades y Estados del país decidieron tomar la iniciativa abandonada por el presidente y buscaron su hueco en la vanguardia de esta lucha. El anuncio de Trump de que saldría del Acuerdo de París provocó en su día una inmediata rebelión de alcaldes y gobernadores demócratas que se comprometieron a cumplir y fomentar, en la medida de sus competencias, los objetivos del acuerdo. La Cumbre de Acción Global por el Clima, celebrada en San Francisco, fue una muestra de ese empuje. Ese verano, una coalición de 29 ciudades y Estados demandaron a Trump por sus medidas para la industria del carbón. Tras anunciar Trump su intención de rescindir la autoridad de California para establecer sus propios límites de gases contaminantes, competencia que el Estado de la costa oeste tiene desde hace medio siglo, California y otros 13 Estados le respondieron con una demanda. Pero en los últimos años California se calcinó en devastadores incendios, que los científicos relacionan con el cambio climático, y el territorio que encarnó el contrapeso a la cruzada desreguladora de la Administración Trump asistió atado de manos a la destrucción.

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