Hoy el caso es Manuel Bartlett

Foto: Cuartoscuro

Signos

Al director de la Comisión Federal de Electricidad, Manuel Bartlett Díaz, la DEA., más que ‘guardada’, ‘se la tiene cantada’.

Y bien se ocupa de hacerlo a voz en cuello para que, a diferencia del ‘caso Cienfuegos’, a ‘nadie’ le caiga de sorpresa si ‘algo’ sobre el particular ocurre.

Lo acusa de haber sido cómplice -cuando menos- del asesinato, en el 85, del agente conocido como Kiki Camarena (Enrique Camarena Salazar) cuando investigaba las operaciones de producción y tráfico de drogas del Cártel de Guadalajara, para abastecer la insaciable demanda de las mismas en la Unión Americana.

Denuncia que su agente desconocía la colaboración del Gobierno mexicano con la CIA para usar recursos del narcotráfico en el fondeo de la insurrección armada contra el régimen sandinista de Nicaragua, y por lo que fue procesado, en el Senado de los Estados Unidos, el coronel Oliver North, jefe de esa encomienda durante el mandato presidencial de Ronald Reagan.

Documentales, series televisivas, declaraciones mediáticas de exoficiales antidrogas comisionados al esclarecimiento del crimen de Camarena, e información oficial y extraoficial que vincula al funcionario federal mexicano con la desaparición del policía de la DEA hace más de 35 años, están de moda hoy día, cuando diversas producciones audiovisuales de ficción en torno al narcotráfico latinoamericano y sus vínculos con el poder político están soportadas en hechos y datos reales.

Se refiere que organizaciones criminales como la de Caro, en México, y la narcoguerrilla colombiana, por ejemplo, cooperaban con la CIA para el financiamiento de la guerra contra el Gobierno sandinista, y que la Casa Blanca priorizaba esa causa clandestina y delictiva, aun si debía convertir en enemigos y combatir a los perseguidores legales de sus criminales aliados.

La DEA establece que el Gobierno mexicano era partidario del régimen de Reagan en esa prioridad, porque sus averiguaciones así lo prueban.

Y más allá de sus evidencias probadas o probables, están las referencias históricas incontrovertibles.

Bartlett era el jefe directo del jefe de la Dirección Federal de Seguridad. Y ese retorcido jefe policiaco era colaborador de la CIA y al mismo tiempo miembro de la mafia gubernamental asociada al ‘narco’ que, a su vez, era colaborador de la CIA.

Hoy día, el ‘caso Bartlett’ tiene al jefe máximo del país en una encrucijada.

Bartlett es el símbolo gestor y representante de la militancia de la soberanía energética. Y también es el blanco perfecto de los sectores nacionales y extranjeros enemigos del obradorismo y de sus proyectos estatistas y moralistas, tipificados por sus enemigos de comunistas y demagogos.

Y, claro, como era de esperarse, algunos sobrevivientes compañeros de armas de la vieja guardia priista y ahora aliados del enemigo presidencial, como el general Jorge Carrillo Olea en Proceso, han empezado a soltar la lengua sobre aquel pasado y su desagüe en estas vainas. Porque además están muy viejos, son millonarios y no tienen nada que perder.

Bartlett ahora quiere limpiar su estela criminal en el remanso de la resurrección moral, pero sería como si cualquier depredador de las cavernas del totalitarismo, como nosotros mismos, piensan esos viejos excorreligionarios, de pronto fuera salvado y redimido como por la gracia del Espíritu Santo o de la ‘4T’.

Y hablan a los cuatro vientos los ancianos que fueron espías y verdugos al servicio de la paz social impuesta por los institucionalizados inquisidores, y el nombre de Manuel Bartlett fluye, como sólo uno más de todos de ellos.

Y hablan, con los pelos de la burra en la mano, porque creen que los moralistas y libertadores de ahora no son sino una panda de simuladores y traidores.

Porque a ellos el ‘narco’ los compraba pero les temía. Eran la mano de hierro indivisible que repartía la corrupción, pero la controlaba y garantizaba la estabilidad y la seguridad pública como principio y garantía del régimen revolucionario. Y hoy día el ‘narco’ incendia pueblos y mata donde quiere, y el régimen de la moral le tiene miedo.

Ese es el caso.

El caso es que Bartlett sabía muy bien lo que hacía la Federal de Seguridad, sobre la que él decidía como secretario de Gobernación que era, y donde lo obedecía a ojos cerrados José Antonio Zorrilla, hoy presidiario.

Y es el caso que, la Federal de Seguridad, usaba como colaborador suyo a Rafael Caro Quintero, y como tal lo protegió y favoreció su huida hacia Costa Rica cuando la DEA lo acusó de la tortura y el homicidio contra su agente Camarena en Guadalajara.

Y el caso es, asimismo, que la CIA operaba el financiamiento de los ‘contras’ nicaragüenses a través del ‘narco’ colombiano, mexicano y centroamericano, y aun en contra del combate de la DEA a ese mismo ‘narco’ (y como ocurre a menudo en los contradictorios lodazales de la drogadicta democracia imperial por la liberación de los pueblos).

Y el caso es, además, que, en efecto, Bartlett buscaba la candidatura presidencial de entonces, la cual, a fin de cuentas, le ganó Salinas (y que, como Salinas, él también hubiera perdido del mismo modo frente a Cuauhtémoc Cárdenas los comicios presidenciales), al que debió hacer ganar a toda costa mediante el fraude electoral que su entonces jefe, el presidente Miguel de la Madrid Hurtado, le ordenó ejecutar.

Y el caso es que en Estados Unidos no se cierran jamás los expedientes criminales ni los procesos de venganza -y menos los que se refieren a sus sórdidas guerras colonialistas y a sus enemigos en ellas-, y esa carpeta contra Bartlett echa más humo ahora mismo que antes.

(Porque si algo sabe hacer Washington es esperar. Y ahora el soberanismo estatista que defiende Bartlett en la CFE contra las corporaciones globales de energía -entre ellas las estadounidenses- que se han establecido en México mediante la corrupción privatizadora disparada por el neoliberalismo salinista -al que Bartlett hizo ganar como secretario de Gobernación de De la Madrid- hace inmejorable el momento para ajustar las cuentas con el defensor del nacionalismo energético de ahora por aquella vieja deuda pendiente con la DEA, olvidando que si bien operaba en contra de la agencia antidrogas también lo hacía porque no le quedaba más remedio: o estaba con ella o con la CIA; y la de la corrupción de la CIA, favoreciendo el narcotráfico para el sostenimiento armado de los ‘contras’, era entonces una causa esencial de la Casa Blanca de Ronald Reagan.)

Y, bueno, Bartlett es un ave de ese tipo de tempestades.

También era secretario de Gobernación cuando el jefe de la misma Dirección Federal de Seguridad que protegió y uso a Rafael Caro Quintero, José Antonio Zorrilla Pérez, mandó asesinar al mejor periodista mexicano de todos los tiempos, Manuel Buendía Tellezgirón, porque una sociedad entre altos funcionarios del Gobierno delamadridista -a la que pertenecía Zorrilla y era dirigida por el entonces titular de la Defensa, Juan Arévalo Gardoqui- y los principales líderes del ‘narco’ mexicano de entonces entendió que el columnista -‘amigo’ del director de la Federal de Seguridad, hoy Centro de Investigación y Seguridad Nacional, el Cisen- sabía de ella y denunciaría dicha alianza criminal, la primera identificada en la historia sangrienta de las relaciones entre el Estado y las mafias de las drogas, y le ordenó a Zorrilla -el ‘amigo’ de Buendía y con quien compartía prácticas de tiro, implacable que es el hampa- el atentado, según lo publicara en Proceso el maestro Miguel Ángel Granados Chapa poco antes de morir, refiriendo la revelación a Samuel del Villar -comisionado en su momento por De la Madrid para mantenerlo personalmente al tanto de las investigaciones del homicidio, y luego procurador del Distrito Federal en la gestión cardenista-, quien apenas había fallecido.

Y, bueno, ese es el caso…

SM

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