La ‘nueva normalidad’ es sólo el aviso de que la pandemia irá desapareciendo entre los temas importantes

La Opinión de Salvador Montenegro

Será el destino

Más allá de que seamos los ciudadanos más ejemplares y nos guiemos por las recomendaciones más sensatas y justas, estamos a merced del azar. Y lo que ha comenzado como la ‘nueva normalidad’ es sólo el aviso de que la pandemia irá desapareciendo entre los temas importantes (o los que importan a la gente importante, decía un prestigiado historiador de la salud, que es la que decide sobre la economía, la opinión pública y el poder político, y condiciona la ‘normalidad’).

Sea de la ferocidad que sea y lo desconocido que encierre el mal de nuestros días, pierde valor cuando baja de la conciencia y la gente se echa a la calle y sigue andando. Si la pandemia no se desviraliza por sí misma, la vacuna de la cotidianidad y sus demás asuntos –relaciones, distracciones y preocupaciones- harán la inmunidad mental del rebaño.

Ahora mismo en los Estados Unidos, por ejemplo, donde la crisis sanitaria es tan virulenta como la económica que ha provocado y como pocas en su tumultuoso historial de todo tipo de conflictos (bélicos, comerciales, raciales, de poder) asociados a su cultura –y su adrenalina- de la violencia y la dominación, una eventualidad ajena a la de la pandemia y su secuela económica ha desplazado el foco del interés público. El estallido de un nuevo incendio social atizado por un exceso policiaco racista ha ocupado la atención de amplios sectores de población y los ha movilizado en torno de la nueva crisis, de la nueva alarma, de otra circunstancia catastrófica como tantas que, estructurales o coyunturales, al cabo irán relegando el presente de la adversidad sanitaria (aunque, a diferencia de los males acumulativos de las pestes económicas en la salud del cuerpo social de la humanidad que se resienten en el diario vivir de mayorías cada vez más afectadas y de inversionistas que pierden sus apuestas en los casinos bursátiles, quizá los de la salud no sean tan importantes para la gente importante y entonces dejen de ser importantes en la opinión pública, si dejan de enfermar o matar a esa gente, o si no perjudican la economía de los grandes inversores).

En realidad privan dos factores:

Si el virus sigue siendo tan mortal o no como en el principio de su expansión, morirán los que tengan que morirse pero la vida de la gente no puede seguir confinada porque ese no es su hábitat, sino el social. Como en todas las grandes plagas y conflagraciones que han puesto en vilo al género humano en distintas épocas y lugares del planeta, tarde o temprano se tiene que poner a la crisis a un lado y hasta donde llegue en ese segundo plano, en el que han de ser ellas, las crisis, las confinadas y combatidas con los recursos disponibles, como el SIDA, o los saldos de las guerras más atroces, o como las pandemias económicas integrales que dejan cada vez más pobres y más muertos de hambre, y contra las que no hay antídotos sino, acaso, pálidos intentos de mitigación del mal que las produce: el de la acumulación financiera que se expande en una globalidad por demás agotada, enferma y al borde de una extinción tan irremediable como la fuerza que es, acaso, del umbral último de la Historia. En segundo lugar, y por virtuosa que sea la capacidad de descubrimiento –y más vertiginosa en el día a día de las generaciones digitales y algorítmicas-, son tantas más las cosas que no se conocen que las que sí o que se podrían aprehender, que el mundo no puede atenerse solo a los cálculos de lo predecible o lo probable y está obligado -es parte del destino- a enfrentarse a la adversidad atenido a lo que sabe o cree que puede prevenir, pero también al instinto de conservación que tiene como todos los seres vivos.

President Donald Trump participates in a tour of a Honeywell International plant that manufactures personal protective equipment, Tuesday, May 5, 2020, in Phoenix. (AP Photo/Evan Vucci)

Hoy día, las ciencias de la salud y las que las auxilian frente al peligro global, lo mismo que las relativas a las iniciativas económicas, están al límite frente a la compleja letalidad de un planeta cada vez más chico, más deshumanizado, más amenazado y menos habitable. Lo demás es cosa de Dios -según la fe de algunos- o de las circunstancias sabidas o posibles. Y tiene que remarse aun en medio de inevitables contradicciones y nociones que, propuestas como alternativas, a menudo advierten escenarios absurdos y soluciones que más parecen improvisaciones que remedios sostenidos en sofisticadas operaciones deductivas, pero que son las que hay como las mejores, en un entorno de criterios tan diversos y tan enconados -donde, como en todos los grandes derrumbes y agonías, el caos, el oportunismo y el primitivismo sobresalen contra los mejores juicios y las más convencidas vocaciones solidarias- que, en efecto, hacen de la confusión el mejor instrumento de la propaganda, y, del azar y su veredicto último, la única respuesta inapelable.(Porque, a fin de cuentas, el azar no existe como tal -como algo providencial, espontáneo o milagroso-, sino como el encuentro de variables y coincidencias inexplicables para la lógica disponible -y a menudo mágica-, pero no en la de las causas y los efectos del universo cuántico desconocido y perfectamente concatenado más allá de nuestra insignificancia y finitud inteligentes).

Y así, el mapa de riesgo se puede pintar del más fuerte rojo prohibitivo y la oficialidad, no obstante, decretar que allí debe avanzarse en la dinámica económica que implica mayor contacto social y más alto riesgo de contagio infeccioso. Pero es que sin movilidad económica y social no puede haber vida vivible. ¿Se ha de priorizar la apertura económica donde el mercado es más escaso,donde menos renta fiscal y social produce, y donde, por tanto, ha habido menos aglomeración y menos contagio? Esas son las encrucijadas del destino, y, o se cruzan, o se vive en la antípoda de la naturaleza humana. Por supuesto que se irá en la línea de los intereses más poderosos. Pero esa es la paradoja de la vía civilizatoria. En los equilibrios de la realidad, son las fuerzas del que más puede las que se imponen: los poderes económicos y de apropiación, sobre todo, que son los que más se han atrevido a la conquista del mundo, más allá de los escrúpulos, el derecho humano y los límites que los demás no cruzan. No se puede contra las tendencias inevitables de la injusticia y el avasallamiento, sino acaso solo contenerlas en lo posible. Contra el prejuicio y la desigualdad, la razón minoritaria ha detenido su masivo empuje depredador, ha abierto nuevos horizontes vitales, pero está condenada a perder en la dialéctica evolutiva.Es el desgaste inevitable del itinerario humanístico:el avance hacia el encuentro con el primitivismo y la consumación del ciclo.

Pero, por lo demás, justas o injustas las leyes económicas, y más o menos pertinentes las iniciativas de los Estados para inhibir los efectos de la pandemia, contra todos los riesgos conocidos o desconocidos tarde o temprano se tiene que abandonar el confinamiento y la crisis derivarse a un estadio secundario de la convivencia colectiva y del interés mediático y de opinión pública. Y más allá de lo bien o lo mal hecho en torno de las crisis sanitaria y económica, el azar, como en todas las tragedias de la humanidad, dirá la última palabra. Porque a las llamadas ‘cargas virales’ deben asociarse las características de la salud de las poblaciones regionales y sus muy asimétricas posibilidades de defensa inmunológica, más sus particulares tipologías culturales e idiosincráticas, sus niveles educativos e informativos, y sus grados de responsabilidad y compromiso con las exigencias que impone la emergencia biológica, más la identidad y la legitimidad popular de sus Gobiernos, la civilidad de los acuerdos y la convergencia política, etcétera, en torno de las iniciativas para enfrentar dicha contingencia y la económica, y donde es más fácil entender que lo probable y lo asequible y sistematizable es infinitamente limitado y precario frente a lo inexplorado, lo inasible y lo azaroso.

Todas las pasadas desgracias de la humanidad han estado inscritas en dicha lógica. Y lo único absoluto es que la civilización es cada vez más presa de lo desconocido y lo eventual, porque cada día sabe y se sobrecoge más ante la inmensidad de lo microscópico, lo cósmico y sus peligros. Males irán y vendrán. Y la naturaleza humana los seguirá enfrentando, transgrediendo lo que indique como solución que haga todo aquello para lo que no está hecha.

SM

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