De Dantes, Diablos y otros infiernos

Signos

País de mierda

Alguien hace todo, pero absolutamente todo, mal, o lo hace todo, absolutamente todo, bien, sin lugar a ninguna duda. Él es perfectamente culpable de todo cuanto es dañino para todos y que, por culpa suya, es todo, o él es todo lo contrario: plenamente responsable de lo bueno y maravilloso que les pasa a todos y que, por obra suya, es todo.

En este país guadalupano de necios contumaces y químicamente puros -por decirlo con recato y civilizada hipocresía-, la pregunta es: ¿por qué no se encuentra otro exactamente igual a él, o que pretenda ser mejor, y los ponemos en la balanza de las urnas a los dos a ver quién pesa más y gana, y san se acabó el embuste y la matraca?

¿Cómo hemos llegado a eso, a la cima de una idiota crispación militante donde no caben las dudas razonables ni los puntos intermedios; donde todo es adorable y pío, y el mismo todo es aberrante y corrosivo?¿Cómo es que en las tan celebradas libertades democráticas del segundo milenio se incubó el huevo del más rencoroso y fascistoide cretinismo que lo mismo incluye a los más tontos que a los menos?

Porque se requeriría vivir bajo la losa de una dictadura genocida, y ni siquiera en la democracia pluralista más imperfecta, para asegurar con entera convicción y sinceridad del fuero interno de uno, que un mandato electo y con respaldo popular -ya no digamos amplio, y menos el más legitimado de la historia nacional- es perfectamente nocivo y depredador para el país, o exactamente todo lo contrario.

De modo que lo que más parece que hay es un importante sector de la nación (sí: mucho más importante, por supuesto, que el de los tiempos de los liberales y los conservadores de las guerras del ochocientos, porque entonces la sociedad civil era apenas la de unos cuantos grupos informados y enfrentados en un México analfabeto y casi inexistente y disperso en un territorio enorme, inconexo e ingobernable, de etnias remotas y desconocidas, y cacicazgos y gavillas de salteadores que hacían sus propias patrias e imponían sus propios fueros) dividido más que nunca entre la más obcecada simulación montada en su postura hasta el ridículo, y una idéntica y ferviente idolatría montada en otra que la niega y dispuesta a perseverar en ella con el mismo aliento.

En la segunda etapa de la guerra revolucionaria mexicana de hace cien años, el bando de las legiones de agraristas menesterosos era representado por el jefe invicto de su poderoso ejército, Francisco Villa, y el de sus enemigos del Gobierno constitucionalista en fuga y abanderado de los intereses de la gente educada, por Venustiano Carranza.

Bien: En la Convención de Aguascalientes se encontraron las comitivas de ambas facciones y, como no llegarían a acuerdo alguno, cual era de esperarse, Villa, de soluciones simples y espontáneas, propuso como solución terminal ‘que nos fusilen al señor Carranza y a mí, y que se acabe el problema de una vez por todas’.

Ganaron los constitucionalistas. El presidente civil -villista y zapatista- emanado de la Convención, Eulalio Gutiérrez -un mediocre licenciado de saco y corbata-, se cambió de bando cuando asumió el poder, y Villa no lo pudo encontrar para matarlo porque tenía el apuro de irse a pelear contra Obregón. La científica vileza de los letrados (la crema y nata de la intelectualidad urbana hizo el programa del constitucionalismo sólo para que le sirviera de bandera legal y uso político discrecional a sus caudillos) suele imponerse a las causas justas de los analfabetos y desarrapados. Pero, mafiosos homicidas que eran, los mismos constitucionalistas ejecutaron a su jefe Carranza en una emboscada y, en otra, también dejaron a Villa como coladera. Asunto resuelto. (Luego vinieron otras purgas sanguinarias y décadas de estable dictadura constitucionalista, pero ese es otro cuento.)

En una democracia no hay que mandar matar a nadie, aunque cundan las celadas de la intriga de los inconformes más poderosos. Están las urnas. Y en medio de las cruzadas fanáticas del mismo país, ahora aturdido por el extremismo maniqueo de la blasfemia de unos y otros, lo único que falta es el poderoso contendiente del que ahora es todo y nada -según unos y otros-, pero para que gane el mejor, y no para que ambos se vayan a la mierda de una vez por todas. 2022, sería el año decisivo

¿Lo hay?, es la cuestión. Es decir, ¿hay ese perfil popular alternativo?¿Qué tal, por ejemplo, el Diablo Fernández, de Femsa (Coca Cola, Oxxo, etcétera); él mismo, y no peleles candidatos bajo su millonario patrocinio, aunque también pudiera –el Diablo- echar mano del inefable Bronco Rodríguez, su paisano escudero y gobernador de Nuevo León? ¿Hay el perfil de relevo?,¿algún desconocido emergente más allá de la pacotilla que ladra soberanías fiscales mientras endeuda al infinito a sus Estados, o de los que se cuidan de que no los enchiqueren por sus graves antecedentes delictivos? Porque si no hay, ¿a qué le tiran los neoconstitucionalistas?, ¿solo a descabezar al paria rural de Palacio para que arda Troya, o, más acá, en las elecciones del 2021, a sumar un mazacote partidista de toda ralea y cero escrúpulo y liderazgo y adherencia popular, a ver si se hacen de Legislaturas y Ayuntamientos -literalmente- abandonados por un piquete de oportunistas que llegaron prendidos como chinches del caballo electoral de López Obrador y solo para ensuciar su causa (porque una cosa es llegar como pasaje de relleno y muy otra es rascarse con sus uñas, y gobernar y legislar por cuenta propia)?

Así, parecieran más éticas y auténticas las mafias (contra)revolucionarias de las asonadas traicioneras del principio de los tiempos.

Y no: no se esperen conductas críticas, razonamientos y propuestas para el convencimiento. Habrá automovilistas pitando, protestando y profiriendo improperios y respondiendo a conjuras redundantes y hartantes en algunas ciudades, y habrá más y más de lo mismo también en la otra parte: la histeria de los enjaulados dando vueltas y gritándose sus verdades a sí mismos.

Villa estaría muerto de risa pensando en el paredón que demandaba para resolver las violentas disputas de su tiempo. ¿Y tantas revoluciones sangrientas y revueltas democráticas para después de dos siglos de nación acabar en este cochinero de encarnizadas conspiraciones de panfleto?, diría, acaso, oyendo los grititos del pobre Diablo Fernández que dice que él paga lo que sea porque le formen ‘el cuadro’ al presidente.

‘El infierno’, claman unos (por supuesto: los de Dante y los del Diablo, Delgado y Fernández, respectivamente). ‘El milagro’, gritan otros. Los comedidos sofismas de los eruditos de gabinete o los de las turbas de las galerías, nublan el cielo pasional de los incautos. Y no faltan los adelantados que, si de infiernos y milagros se trata, no tardan en adelantar vísperas: Alfaro, el Diablo, el Bronco, Dante o Cabeza de Vaca para la Presidencia en el 24, contra, digamos, ¿Fernández Noroña? ¿Por qué no, si el circo está para todos los delirios radicales? Aunque el saldo en caja del 2021 –consignando los resultados de la peste y sus complejos factores económicos- puede ser definitivo, tapando bocas y espejismos –de una vez por todas-o, en la polaridad furiosa del contexto, oxigenando el renacimiento triunfalista opositor de las jaurías.

Pero hay una historia irrefutable como un dios, dirán los justos en el último horizonte: la de las crisis económicas ‘salvadas’ con la única receta a mano de los canallas: con deuda pública, desigualdad y hambre, en un México devorado por la ruina moral del poder político durante medio siglo, y cuyos culpables no tuvieron más madre ni más mérito que el de los peores criminales que se ganan a pulso la vida tras las rejas.

‘Qué país’, dirían Villa y Zapata. ‘Qué país, diría Virgilio.

Las quiebras económicas brutales del 76, el 82 y el 95, más la destrucción del principal recurso energético y fiscal de la nación, el petrolero –cuando más excedentes ha dejado gracias a los precios del crudo más altos de la historia, como en los sexenios de Fox y Calderón-, en la era democrática de la alternancia en el poder político, identifican, sin ópticas confusas ni más lámparas que las de la memoria y la decencia del buen juicio, quiénes debieron -y debieran aún- ir al patíbulo de los condenados necesarios. Lo demás solo es berrido histérico y abuso de las libertades y el derecho de cuantos, sin la mínima sensibilidad y con el mayor descaro, se niegan a guardar un silencio que, si bien no habría de redimirlos, por lo menos no los exhibiría tanto en el basurero de la opinión pública.

¿Y todavía hay quien reprueba la administración hacendaria del actual régimen y rinde tributo a las tecnocracias monetaristas serviles y sometidas sin escapatoria a los determinismos financieros de los mercados bursátiles y de la banca internacional, de los que se han olvidado tantos pero de cuyo escarnio irrecuperable sigue hablando a grito abierto la memoria de la deuda eterna a pagar en dólares y al tipo de cambio de los pesos devaluados por esos habilidosos operadores hacendarios mexicanos, millonarios todos, y del más nutrido reconocimiento académico y la mayor confiabilidad de los grandes corporativos mexicanos y los acreedores extranjeros? ¿Y de veras puede creerse que la venta de electricidad privada a la CFE era un negocio redituable para el país, y que los dividendos reales no eran para los dueños de esas empresas, como las españolas, que pagaban sobornos y comisiones a la plutocracia pública que colaboraba con ellas -como pagaban la constructora OHL o las petroleras Repsol y Odebrecht, de España y Brasil, durante los dos sexenios anteriores-, y una de las cuales, Iberdrola, llegó al grado de corromper tanto al Gobierno mexicano que ofreció incorporar a su consejo de administración -lo que cumpliría cuando dejaron sus cargos- a los miembros del gabinete presidencial que les otorgó los contratos, como el expresidente Calderón mismo y su exsecretaria de Energía, Georgina Kessel, culpables, cuando menos, de conflicto de intereses, como los tantos de Peña? ¿Puede resistir todo eso, cuando menos, la férrea defensa de que todo tiempo pasado fue mejor? ¿Puede sostenerse, asimismo, que el exprocurador Medina Mora fue muy justo y respetuoso de las instituciones amparando a las decenas de narcofuncionarios policiales y ministeriales –la mayoría bajo su mando- perseguidos por la DEA, a los que procesó, durante el mandato de Calderón, con expedientes tan mal hechos que la PGR de Peña no tuvo ningún problema en desistirse de los cargos para que todos esos delincuentes salieran libres, por lo que además de todo Peña propuso y consiguió que ese socio del hampa -que fue embajador de Calderón en Londres y suyo en Washington- fuese investido ministro de la Corte solo para seguir multiplicando sus muy productivos actos criminales, como el de ordenar, desde el Poder Judicial -y con la anuencia de los demás ministros incondicionales de la Sala presidida por él, quien antes de renunciar como ministro, apurado por las evidencias de corrupción, gestionó un amparo para que Peña no fuese consignado penalmente-, la devolución de las fortunas bancarias confiscadas por Hacienda -en la trampa de retener y reponer, para simular el ejercicio del derecho, lo cual duplica el dolo y la impunidad- a numerosos familiares y socios empresariales y lavadores de dinero de los grandes jefes del crimen organizado? (Y, por supuesto: si los presidios no son visitados dentro de algún tiempo, en calidad de huéspedes distinguidos y apenas vayan cerrándose sus casos, por ese tipo de rufianes, cuando tanto han sido denunciados a la opinión pública sus vastos delitos por los titulares de la Unidad de Inteligencia Financiera de la Secretaria federal de Hacienda y por el propio presidente de la República, podrá decirse entonces que todo ha sido un circo, y que si bien todo tiempo pasado no ha sido mejor, tampoco habrá sido todo lo malo que el nuevo régimen republicano dice que fue, comparado con el suyo).

Porque, de veras, siendo gente de trabajo y de bien, y sin haber sido un beneficiario de la inmundicia gobernante en el pasado medio siglo, ¿puede decirse, sin rabia ni amargura, con honestidad y con sentido común, que todo tiempo pasado fue mejor, y que con un sistema de Justicia que no hubiese sido sometido durante ese tiempo a la vorágine de la descomposición del poder político, algunos expresidentes y otros tantos gobernadores no estarían hoy -felizmente para las buenas conciencias ciudadanas- tras las rejas?

Acaso algunos en lugar de predicar con la boca llena debieran agradecer la suerte bíblica de no estar siendo arrasados, y arrestados y llamados a cuentas por la ley. Y antes de acusar la malversación de una institucionalidad republicana que no ha sido sino la muñeca de las perversiones políticas más depravadas de sus gobernantes y de sus iguales –empezando por el Poder Judicial, vejado y prostituido en el andar de todos los tiempos-, y antes de atizar más el escándalo infiel del pacto fiscal, los panistas, por ejemplo, debieran revisar muy bien el catálogo de sus pecados pero sobre todo sus cuentas, las que habrán de legar como impagables a las generaciones futuras, y las que pueden tener con la Justicia penal. Porque hay algunos, sobre todo de Jalisco hacia el norte y entre el Pacífico y el Golfo de México, que son verdaderos pájaros de cuenta, y de no pocas cuentas por pagar más allá de los confesionarios. Si las ideologías no fueran ese fárrago de cuentos chinos que ya nadie se cree hoy, esa gente no cabría en la angélica dimensión blanca y azul. Han desnaturalizado su credo partidista y su fe en Dios hasta la apostasía, más que los priistas y los perredistas la discursiva herencia redentora de la Revolución Mexicana.

En fin: son tiempos de oficios electoreros, donde la mentira y la perfidia son más ubicuas que la pandemia, y donde las verdades verdaderas (casi) no tienen lugar en el tumulto y la sordera de las subjetividades y las máscaras.

SM

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