George Orwell nunca vendió tantos libros de ‘1984’ en Estados Unidos como con Covid-19, del ‘Gran Hermano’ y vigilados ciudadanos

Pinceladas

Saber quién ha estado en contacto con afectados por el coronavirus de Wuhan es clave para frenar el contagio. Y para ello es indispensable que las autoridades sepan dónde estuvieron las personas enfermas antes de ser puestas en cuarentena. Hace solo unos años, trazar por dónde se había propagado un virus era una tarea casi imposible. Pero hoy hay un dispositivo que permite automatizar la localización de las personas con escaso margen de error: su teléfono móvil. Un dispositivo que, además, ni miente ni olvida. El uso de los datos de localización por los gobiernos ha sido tradicionalmente algo misterioso. Técnicamente se puede hacer, pero no está tan claro cómo se hace ni con qué frecuencia. China siempre ha estado varios pasos por delante en vigilancia masiva, pero ahora incluso presume de su capacidad y perfeccionamiento. Sin embargo, también países como Australia o Corea del Sur han demostrado en esta crisis sanitaria la facilidad con la que un Estado puede mirar por dónde ha pasado el propietario de un número de teléfono. La aceptación tácita de que todo vale ante una emergencia como el coronavirus supone un paso más en la resignación a que los movimientos de nuestras vidas estén a disposición de las autoridades.

Santiago J. Santamaría Gurtubay

En enero llegó a Adelaida (Australia) una pareja de chinos de Wuhan, epicentro de la enfermedad. Tenían 60 años y habían ido a visitar a unos familiares. Ambos dieron positivo por el coronavirus. Las autoridades sanitarias no aclaraban por dónde habían pasado. Uno de los problemas eran las trabas lingüísticas, ya que la mayoría de países siguen obteniendo estos datos a través de entrevistas. Pero en Adelaida tenían prisa. “No habían sido aislados cuando empezaron los síntomas, así que era muy importante reunir tanta información como fuera posible”, dijo a la radio local ABC la jefa de Salud Pública de Australia del Sur, Nicola Spurrier. La policía apareció para ayudar. Con el número de teléfono les bastaba para conocer los lugares por donde habían pasado recientemente. “Se usa con bastante frecuencia en investigaciones criminales”, dijo el comisario Grant Stevens, aunque reconoció que era un recurso excepcional. Esta vez, según Stevens, podía usarse porque había “circunstancias que amenazan vidas”. Pero el problema de este criterio es su aleatoriedad. Las autoridades de Australia del Sur lograron trazar el camino seguido por los infectados a través de las operadoras de móvil. Da igual si el usuario tiene la localización desactivada en su teléfono: capta los lugares por las llamadas periódicas entre el móvil y una antena. El sistema es similar al que provocó una polémica en España el pasado octubre cuando el Instituto Nacional de Estadística pactó con las operadoras seguir la pista de todos los móviles de España durante ocho días. Esas localizaciones quedaron archivadas, la única cuestión es cuándo es legal acceder a ellas y cómo.

China, en el centro de la epidemia, ha ido más allá con métodos sorprendentes. La censura en redes sociales es solo el aperitivo. Un ciudadano de Hangzhou, cerca de Shanghái, recibió una llamada de la policía porque habían detectado su matrícula en Wenzhou, en la costa, que había tenido un pico de casos de coronavirus. Le pidieron que no saliera de casa, según cuenta Reuters. A los 12 días, aburrido, el hombre salió. Una cámara de reconocimiento facial le detectó y llamaron a su jefe en el trabajo para que le advirtiera. China ya ha desplegado un programa piloto que emplea sensores que detectan la temperatura de la gente que sale del metro. Puede analizar hasta a 15 individuos cada segundo. Luego un agente hace una comprobación manual del sospechoso. Hay empresas que trabajan también para que el sistema de reconocimiento facial funcione con máscaras. El desbloqueo facial de los móviles, por ejemplo, no funciona con la nariz cubierta.

En China este manejo de datos a gran escala no es algo que se oculte. La operadora China Mobile avisó a sus usuarios con un mensaje hace unos días de que podían comprobar su localización de los últimos 30 días, también según Reuters. Les podía servir si debían demostrárselo a alguien. Es improbable que todos estos sistemas basten por sí mismos para frenar un brote tan grave. Por ello el Gobierno de Pekín ha recurrido a sistemas de otras épocas de vigilancia tradicional, como el control de entradas y salidas de otros ciudadanos o los agentes que tiene el partido en muchos barrios e incluso portales, según informa The New York Times. Pero es espectacular el despliegue de medidas inéditas que va a ponerse en marcha a cuenta de esta crisis.

El medio oficial Global Times publicó un vídeo en el que desde un dron se hablaba a ciudadanos que no llevaban máscara o estaban fuera de su domicilio habitual, en distintos lugares del país. Les hablaba, además, en directo: “Oíd, vosotras, chicas guapas que vais andando y comiendo, poneos por favor las máscaras, podréis comer cuando lleguéis a casa”, o “abuelo, ¿por qué no lleva aún una máscara?”. El señor se sorprende y sonríe: “No se ría, venga dese prisa y váyase a casa”. Global Times es un diario chino, en formato tipo tabloide, centrado en temas internacionales perteneciente al periódico Diario del Pueblo.​ Aunque este último pertenece al Partido Comunista Chino, las opiniones del periódico no están necesariamente dictadas por el gobierno. Según dos medios chinos citados por The Wall Street Journal, la Administración de un municipio cercano a la macrourbe de Chongqing fue capaz de identificar a más de 5.000 personas que habían estado en Wuhan, sin especificar cómo. En la provincia de Zhejiang, junto a Shanghái, fueron capaces de demostrar que un paciente mentía cuando decía que no había interactuado con nadie: al menos lo hizo con otras tres personas. El goteo de revelaciones vinculadas al coronavirus coincide con la noticia de la compra de bases de datos comerciales que rastrean los movimientos de millones de móviles en Estados Unidos por parte del Gobierno, según una exclusiva también de The Wall Street Journal. Son datos que puede utilizar la Administración de Donald Trump para ver quién se mueve por zonas poco transitadas de la frontera mexicana. La clave en todos estos procesos es la facilidad de acceso a los datos sin pasar por un juez. En una célebre sentencia del Tribunal Supremo norteamericano de 2018, el magistrado John Roberts escribió: “Cuando el Gobierno rastrea la localización de un móvil logra una vigilancia casi perfecta, como si hubiera atado una pulsera monitorizadora en el tobillo del usuario del móvil”. La conclusión del texto era que el Gobierno no podía acceder a datos de localización sin orden judicial.

Cuando escribió el libro “1984”, George Orwell no pensaba en una sociedad futura, sino en el presente. Su distopía no pretendía ser una metáfora, sino una descripción de los totalitarismos del siglo XX, sobre todo del estalinismo. Sin embargo, este libro, escrito en 1948, se ha convertido de nuevo en un punto de referencia en la era de Donald Trump, donde la posverdad y los “hechos alternativos” se han apoderado de la política. La novela del escritor británico, nacido en 1903 y fallecido en 1950, se ha alzado entre los libros más vendidos en Estados Unidos en Amazon, el gigante digital del comercio on-line, pero el fenómeno también ha llegado a México y a España y a la Unión Europea. Un portavoz de la editorial norteamericana Signet Classics, que publica actualmente “1984”, señaló a la radio pública NPR que desde la toma de posesión del 45 presidente estadounidense, “las ventas se habían incrementado un 10.000 por ciento”.

La distopía “1984” y la fábula nada infantil “Rebelión en la granja”, dos de las obras más conocidas del siglo XX, ambas sobre totalitarismos

 Nacido en la India británica, en 1903, y fallecido en Londres, en enero de 1950, Eric Arthur Blair, George Orwell, no solo fue un gran novelista, autor de dos de las obras más conocidas del siglo XX, ambas sobre los totalitarismos: la distopía “1984” y la fábula nada infantil “Rebelión en la granja” —“Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”—, fue también un gran periodista y ensayista. También escribió una obra autobiográfica muy importante sobre la Guerra Civil Española, “Homenaje a Cataluña”, en la que narra su lucha en el frente, pero también la represión que los comunistas teledirigidos desde la URSS lanzaron contra el POUM, el partido trotskista en el que militaba. Su relato sobre el conflicto español está marcado por una obsesión: la verdad. De hecho, como él mismo forma parte del relato, esta es la advertencia que da al final: “Tenga cuidado el lector con mi partidismo, con mis detalles erróneos y con la inevitable distorsión que nace del hecho de haber presenciado los acontecimientos desde un lado. Y tenga cuidado, exactamente el mismo cuidado con las mismas cosas cuando lea otros libros sobre este periodo de la Guerra Civil Española”.

La profunda honestidad de George Orwell es para muchos autores un ejemplo de lo que debe ser el mejor periodismo, un militante socialista que no duda en denunciar el terror del socialismo real. Existen pocos escritores tan alejados de la posverdad o los “hechos alternativos” (lo que antes se conocía como mentiras o patrañas). En su ensayo “Historia del presente”, el británico Timothy Garton Ash escribe sobre “Homenaje a Cataluña”: “No hay la menor duda, ni por un instante, de que está esforzándose en ser lo más exacto  posible, para hallar la verdad objetiva que siempre debe separar las llanuras de la historias y el periodismo, de las montañas mágicas de la ficción”. Garton Ash cita además una frase del novelista polaco Jerzy Kosinski: “Me interesa la verdad, no los datos, y soy lo bastante viejo como para conocer la diferencia”.

“No es que Estados Unidos se haya convertido en Oceania”, el país donde transcurre “1984”, explica Alex Woloch, profesor de literatura en la Universidad de Stanford (EE UU) y autor de “Or Orwell: Writing and Democratic Socialism” (Harvard University Press). “No se ha suprimido la libertad de expresión, ni se ha impuesto la censura ni tampoco un sistema de vigilancia masiva, ni se llevan a cabo ejecuciones por motivos políticos, no es eso”, prosigue. “Pero el nacionalismo de Donald Trump, su retórica autoritaria y, por encima de todo, su agresiva ignorancia de la verdad ha hecho saltar todas las alarmas, sobre todo su deslegitimación de sus enemigos. Todo eso nos lleva a George Orwell y a la forma en que insistía en que las mentiras son mentiras y en que los hechos importan”.

El director de The Washington Post rechaza los ‘hechos alternativos’: “El partido te pide que rechaces lo que ven tus ojos y escuchan tus oídos”

George Orwell habla en su libro de una nueva lengua y su protagonista trabaja en el Ministerio de la Verdad, que se ocupa de establecer lo que es falso y lo que es verdadero. Los hechos son definidos por el Estado, no por los ciudadanos. Son conceptos que resultan bastantes inquietantes en la actualidad, en un momento en que una de las principales asesoras de Donald Trump, Kellyanne Conway, la que ha sido su jefa de campaña y consejera del presidente en la Casa Blanca, ha acuñado el concepto de ‘hechos alternativos’, que consiste básicamente en negar las evidencias empíricas, como ocurrió con la polémica sobre el número de personas que asistieron a la toma de posesión.  Uno de los comentarios sobre el libro “1984” en Amazon, decía: “Hoy Kellyanne Conway anunció que nos estaban proporcionando hechos alternativos. Son sombras de un pasado que cambia mientras se controla el presente. Tenemos que estar preparados para la fiesta como si estuviésemos en mil novecientos ochenta y cuatro…”.

El director de The Washington Post, Martin Baron, recordó, en una conferencia en Madrid, España, en la Fundación Rafael del Pino, la relevancia de la obra del novelista y ensayista británico al señalar que los ‘hechos alternativos’ le recuerdan a “1984”: “El partido te pide que rechaces lo que ven tus ojos y escuchan tus oídos”. Con George Orwell, el Ministerio de la Verdad se ocupa de establecer los hechos que deben ser ciertos para unos ciudadanos constantemente vigilados por el ‘Gran Hermano’ —una de las muchas intuiciones de Orwell en el libro es la omnipresencia de la televisión, que no solo se usa para ver, sino también para ser vistos—. La nueva lengua, que sirve para simplificar la forma en que se expresan los ciudadanos y así evitar sentimientos y pensamientos no deseados, es definida así por George Orwell al final del libro: “El propósito de la nueva lengua no era solo proporcionar un medio de expresión a la visión del mundo y los hábitos mentales de los devotos del Socing [la ideología dominante en el mundo orwelliano], sino que fuese imposible cualquier otro modo de pensar. La intención era que cuando se adoptara definitivamente la nueva lengua y se hubiese olvidado la vieja lengua, cualquier pensamiento herético fuese inconcebible, al menos en la medida en el pensamiento que depende de las palabras”.

“Goldstein defendía conceptos aberrantes como la libertad de expresión, la libertad de prensa, el derecho de reunión y el derecho de opinión”

Otros conceptos acuñados por George Orwell en su novela son la policía del pensamiento, el doble piensa o la mutabilidad del pasado. También describe lo que llama los “dos minutos de odio”, que tienen profundos ecos en los venenosos discursos o tweets dirigidos a cualquiera que piense diferente o que sea diferente del presidente Donald Trump. Esos “dos minutos de odio” consisten en ofrecer a todos los ciudadanos la imagen del archienemigo del Estado, Goldstein, que defendía conceptos aberrantes como “la libertad de expresión, la libertad de prensa, el derecho de reunión y el derecho de opinión”. No es la primera vez, ni de lejos, que “1984” vive un boom por su capacidad para reflejar la realidad. En 2013, cuando se produjeron las revelaciones de Edward Snowden sobre el espionaje masivo de EE UU, la novela también saltó a las listas de más vendidos. En el prólogo a la edición española, el escritor y semiótico italiano, Umberto Eco, autor de “El nombre de la rosa”, comenta: “El libro ‘1984’ es un grito de alarma, una llamada de atención, una denuncia, y por eso ha fascinado a millones de lectores en todo el mundo”. Seguramente, ni el propio George Orwell sospechaba hasta dónde iba a prolongarse la vigencia de su obra.

Cartagena de Indias es un hervidero. No solo por su sofocante humedad, sino porque se empezaron a congregar numerosos escritores y editores para participar en el ‘Hay Festival’ de la ciudad colombiana. En el antiguo claustro de monjas del hotel Santa Clara, la directora general (CEO) de Penguin Random House Grupo Editorial, la catalana Nuria Cabutí expresa de inicio su sorpresa por ese éxito de “1984” en EE UU, recuerda que en España es una lectura recomendada en la educación y afirma: “La verdad es que son obras, como este clásico que es “1984”, te hacen pensar, sobre todo en el momento actual en que se vive, y especialmente EE UU. Las consecuencias de los recientes cambios en este país serán muy importantes en la cultura. Y todo ello se suma el fenómeno de las redes sociales, que tienen tanto seguimiento pero que plantean la cuestión de que hasta qué punto se puede ser críticos en esta sociedad”.

El vasco Fernando Aramburu y el madrileño Luisgé Martín van caminando por ese punto neurálgico del festival de la ciudad, patrimonio de la Humanidad. “Sospecho que muchas personas”, apunta el autor de “Patria”, “quieren tener la sensación por adelantado de lo que podría ser vivir en una sociedad sin ningún tipo de libertad y controlada por un ‘Gran Hermano’. Van en búsqueda de esa sensación. En este caso ese ‘Gran Hermano’ sería Donald Trump”. A su lado, el escritor de “La vida equivocada” aporta otra idea: “El libro ‘1984’ es un referente de las sociedades distópicas en las que todo se puede venir abajo. Me sorprende que vuelva a venderse porque, si bien no soy muy lector de ciencia ficción, este libro tiene más que ver con el estalinismo. Hay otros como ‘Ubú rey’, que tiene más que ver. Esta es una obra teatral del autor francés Alfred Jarry estrenada el 10 de diciembre de 1896 en el Théâtre de L’Oeuvre, París. Hay muchas novelas sobre el reino de la estupidez que podría relacionarse más”.

“A Donald Trump le costó cinco días llegar casi a una guerra con México y perseguir a las mujeres”, comenta el cineasta colombiano Ricardo Silva

Recién llegado, el colombiano Héctor Abad Faciolince recalca: “Muchas veces la ficción explica de un modo sintético y eficaz la realidad. Hay algo misterioso, casi premonitorio, en el arte de inventar que se parece al arte de adivinar. La novela de Philip Roth, La conjura contra América, ayuda a entender mejor lo que pasa en el mundo que cualquier análisis sociológico o periodístico”. Al antiguo artista del tatuaje y hoy novelista con un libro de culto como Narcisa, el estadounidense Jonathan Shaw, no le extraña el éxito de 1984. “Primero porque es un clásico, segundo porque es un superventas y tercero y más importante porque George Orwell fue un visionario, un escritor que sabía de lo que hablaba, que tuvo acceso a la ideología de las élites, y que explicó los mecanismos de control del poder”. “Tal vez lo más interesante es que lo lea y descubra ahora la gente joven. A ellos ya no les producirá ninguna sorpresa ese control de la sociedad que relata, esa vigilancia a la que estamos sometidos, porque ya está pasando, pero cuando lo leíamos nosotros, hace ya un tiempo, no pensábamos que esto en realidad podía ocurrir”, señala Sigrid Kraus, directora literaria de Salamandra, la alemana creada en Brasil. Por último, el escritor y cineasta colombiano Ricardo Silva añade: “No creo que sea una casualidad, sino una consecuencia directa de la llegada de Trump. Ha llegado un futuro apocalíptico y la gente quiere consultar la profecía como se hace con Nostradamus. Es un vaticinio real porque las sociedades tienen la tentación del autoritarismo. A Trump le costó cinco días llegar casi a una guerra con México y perseguir a las mujeres”.

Big Brother (conocido en castellano como Gran Hermano o Hermano Mayor) es un personaje de la novela de George Orwell 1984 (1949) y, por tanto, también de las películas del mismo nombre basadas en dicha novela. Es el ente que gobierna a Oceanía según el Ingsoc. Si bien nadie lo conoce, la presencia del Hermano Mayor o Gran Hermano es una constante a lo largo de toda la novela, apareciendo constantemente a través de las telepantallas en la fuerte propaganda del partido único Ingsoc y en enormes murales en cada rincón de la sociedad descrita por George Orwell. Big Brother es un personaje de la novela de primera importancia, del mismo nivel que el protagonista, Winston Smith. De carácter omnipresente es, junto con Emmanuel Goldstein, el fundador del Partido que todo lo controla. Su existencia es enigmática, pues nunca llega a aparecer en persona ni a decirse su nombre real, tratándose simplemente de una invención por parte del Partido para ser utilizada como arma propagandística e infundir a la población confianza a la vez que temor y respeto (el Miniver o Ministerio de la Verdad se encarga de cambiar la historia y el presente, según cómo van variando las circunstancias).

Para crear este personaje, Orwell se inspiró en líderes totalitarios caracterizados por infundir una política de miedo y de extremada reverencia hacia sus personas, educando a la población a través de una propaganda gubernamental intensiva en valores colectivistas donde pensar individualmente sea visto como una traición a la sociedad. Hace especial reminiscencia a gobernantes del comunismo y del fascismo tales como José Stalin o Adolfo Hitler, siendo en particular Stalin quien tiene más similitudes con el personaje de la novela ya que George Orwell critica a este personaje ya que era partidario de León Trotsky, que en la novela es representado por Emmanuel Goldstein.

Vivimos en una sociedad orwelliana donde se manipula la información y se practica la vigilancia masiva y la represión política y social

Muchos analistas detectan paralelismos entre la sociedad actual y el mundo de “1984”, sugiriendo que estamos comenzando a vivir en lo que se ha conocido como sociedad orwelliana, una sociedad donde se manipula la información y se practica la vigilancia masiva y la represión política y social. Sin embargo, no hay que olvidar que estos elementos ya aparecen en la novela rusa “Nosotros” (1920) de Yevgueni Zamiatin, en la que se inspiró George Orwell, y que se considera la novela fundadora de la novela distópica contemporánea. La novela de “1984” es, sin embargo, mucho más popular y el término ‘orwelliano’ se ha convertido en sinónimo de las sociedades u organizaciones que reproducen actitudes totalitarias y represoras como las representadas en la novela. La novela fue un éxito en términos de ventas y se ha convertido en uno de los más influyentes libros de los siglos XX y XXI.

El personaje principal de la novela es Winston Smith, que trabaja en el Ministerio de la Verdad. Su cometido es reescribir la historia, ironizando así el ideal declarado en el nombre del Ministerio. Tras años trabajando para dicho Ministerio, Winston Smith se va volviendo consciente de que los retoques de la historia en los que consiste su trabajo son solo una parte de la gran farsa en la que se basa su gobierno, y descubre la falsedad intencionada de todas las informaciones procedentes del Partido Único. En su ansia de evadir la omnipresente vigilancia del ‘Gran Hermano’ (que llega inclusive a todas las casas) encuentra el amor de una joven rebelde llamada Julia, también desengañada del sistema político; ambos encarnan así una resistencia de dos contra una sociedad que se vigila a sí misma. Juntos Winston y Julia creen afiliarse a la Hermandad, un supuesto grupo de resistencia dirigido por Emmanuel Goldstein —un personaje casi tan ubicuo y omnipresente como el propio ‘Gran Hermano’, el Enemigo del Pueblo, traidor a la Revolución y escritor de El Libro, el cual Winston lee hasta llegar a comprender los mecanismos del doble pensar, herramienta base de dominación del Partido—, y que es en realidad uno más de los instrumentos de control del Partido.

A través de una historia intrincada, con temas como el lavado de cerebro, el lenguaje, la psicología y la inventiva encaminados al control físico y mental de todos los individuos, la educación totalitaria de la juventud, etcétera, George Orwell relata la historia trágica y aparentemente emancipadora de Winston Smith y Julia, quienes tratan de escapar de un sistema donde la intimidad y el libre pensamiento están prohibidos. Al descubrir que los presuntos “miembros de la resistencia” formaban parte también del mecanismo represor, los protagonistas son encerrados por la Policía del pensamiento y sometidos a tortura en el Ministerio del Amor. Winston es obligado a reconocer que un enunciado evidentemente falso como 2+2 = 5 es en realidad verdadero. Su fortaleza sorprende a los torturadores en la Habitación 101, pero todo no es más que parte de una alienada pesadilla. Winston acaba, tras largos e inhumanos meses, aceptando interiormente que la verdad es lo que el partido dice y no lo que su intelecto deduzca, o ni siquiera lo que sus sentidos perciban. Al final Winston reencuentra a Julia, que ha sido también torturada, pero ambos son incapaces de mantener en sus mentes alguna sensación de cercanía y se separan como dos extraños; se indica entonces que la finalidad del Partido Único se había cumplido pues de hecho el amor entre Winston y Julia ha desaparecido, reemplazado por el amor hacia el ‘Gran Hermano’, único sentimiento afectuoso tolerado por el régimen. No obstante, lo único que Winston sabía era que desaparecería, de la noche a la mañana, sin dejar ni una huella o algún conocido, incluso alguna evidencia de haber existido. Sabía también cómo sería su muerte, siendo lo único de lo que tuvo certeza en toda la historia.

Publicado el 8 de junio de 1949, el grueso de la novela fue escrito por George Orwell, ya gravemente enfermo de tuberculosis, en la isla de Jura, en Escocia, entre 1947 y 1948, aunque ya había comenzado los apuntes en 1944. En una carta a su agente literario, F. J. Warburg, fechada el 22 de octubre de 1948, George Orwell afirmó que se le había ocurrido la idea de escribir la novela en 1943, y que aun dudaba entre titularla “The Last Man in Europe” (El último hombre de Europa) o “Nineteen Eighty-Four” (Mil novecientos ochenta y cuatro),​ y no descartaba otro título de última hora.

El mensaje de ‘orwelliano’ se basaba en la confianza en el futuro y en esa sensación de que el mundo iba a convertirse en un lugar mejor

Hace 75 años, el escritor inglés George Orwell, llegó a España, con el proyecto de pelear en la Guerra Civil. En su viaje desde Inglaterra, hizo una escala en París, que aprovechó para completar un trámite en el consulado español y, sobre todo, para conversar con Henry Miller. Los escritores se tenían mutua admiración a pesar de que, o quizá justamente por esto, la obra de Miller estaba situada en las antípodas de la de Orwell. El secretario del escritor neoyorquino escribió un registro de aquel encuentro, que fue amistoso, entrañable e ideológicamente muy tirante. Cuando Orwell le explicó su proyecto de viajar a España para combatir el fascismo, y habló del deber moral que, desde su punto de vista, tenían los escritores frente a aquel formidable enemigo, Miller trató de hacerle ver que aquellas ideas eran propias de un boy-scout, y después le dijo textualmente: “Ir a España en este momento es el acto de un idiota”. Al final de aquella reunión, Miller hizo su contribución personal a la causa de la República Española: le regaló a Orwell su abrigo de pana. Con ese abrigo de pana llegó el escritor inglés a Barcelona, a principios de 1937. Se apuntó en el cuartel Lenin y se vistió con el uniforme que le adjudicaron y que él identificó inmediatamente como multiforme, porque las prendas no coincidían, ni entre ellas mismas, ni con las de ningún otro miliciano. “Como estábamos en España, todo se hacía sin ton ni son”, nos cuenta Orwell en el primer capítulo de ese libro raro, estruendoso, conmovedor y hermosísimo que es ‘Homenaje a Cataluña’. Un libro que es, en realidad, un homenaje a ese mundo lleno de ideales, de solidaridad y de respeto por el otro que, en esta época nuestra tan dineraria y feroz, cuesta trabajo concebir.

¿Qué hacía ese escritor, educado en Eton, jugándose la vida en otro país para combatir el fascismo?, se pregunta Jordi Soler. Nacido en La Portuguesa, cerca de Yanga, Veracruz, México, un 16 de diciembre de 1963, se hizo escritor y poeta.​ Es hijo de Jorge Enrigue, un abogado de Jalisco y María Luisa Soler, química de profesión y refugiada republicana barcelonesa. De manera paralela a sus novelas, ha escrito columnas en los diarios La Jornada, Reforma, El País, y las revistas Letras Libres y EP Semanal. De 2000 a 2003 se desempeñó como agregado cultural en la Embajada de México en Dublín, Irlanda. Es miembro de la Orden del Finnegans, orden que tiene como objeto la veneración del Ulises de James Joyce cada 16 de junio (Bloomsday) junto con otros autores como Enrique Vila-Matas, Antonio Soler o Eduardo Lago y el editor Malcolm Otero. Fue productor, locutor y director de la extinta estación ROCK 101 de 1990 a 1995, su programa más conocido en dicha estación fue ‘Argonáutica’. También fue locutor de Radioactivo 98.5 de 1996 hasta el año 2000, cuando se incorporó como agregado cultural de la Embajada de México en Irlanda. Actualmente reside en Barcelona —ciudad que abandonó su familia después de la Guerra Civil Española — desde donde transmite la ‘Transmisión transatlántica’, misma que ha sido recibida con gran cariño por el público mexicano que tanto lo venera, para la cadena Aire Libre FM 105.3 de la Ciudad de México.​Escribe la columna ‘Melancolía de la Resistencia’ para Milenio Diario.

“La verdad es que no pegó ni un solo tiro, al contrario, se llevó una bala fascista en la garganta que, años después, terminó matándolo”

“Además del uniforme a Orwell –escribe Jordi Soler– le dieron un rifle antes de partir con su tropa rumbo al frente de Aragón. La verdad es que Orwell no pegó ni un solo tiro, al contrario, se llevó una bala fascista en la garganta que, años después, terminó matándolo. Pero, sobre todo, prestó un servicio impagable a la humanidad con la obra literaria que produjo su aventura en España, y que se suma a esas otras dos novelas suyas inolvidables que son Rebelión en la granja y la escalofriante 1984, por cuyas páginas siguen circulando esas ratas horribles, que venían de comerle el cinturón a los milicianos de ‘Homenaje a Cataluña’. De su llegada a Barcelona hay una fotografía, de Agustí Centelles, que lo dice todo: al final de un pelotón de republicanos bajitos, y rigurosamente multiformados, se yergue al fondo de la fila un tío alto, de abrigo de pana y bigotito, que saca a todos la cabeza y que es, por supuesto, George Orwell. ¿Qué hacía ese marciano inglés en la Guerra Civil?, ¿qué hacía ese escritor, educado en Eton, jugándose la vida en otro país para combatir el fascismo? ¿quién de nosotros, habitantes de este milenio metalizado y frívolo, se jugaría el pellejo por defender una manera de ver y de orientar la vida, una cosa tan etérea como una idea o un concepto?. Lo cierto es que entonces, hace nada más 75 años, miles de extranjeros se apuntaron voluntariamente para venir a España a hacer la guerra, sin más, ni menos, estímulo que sus convicciones”.

“Hoy George Orwell puede parecernos un marciano porque ¿quién en su sano juicio, va ir a pegar tiros a otro país, dejando en el suyo su pisito, su automóvil, su mutua médica, su plan de jubilación y su nicho pre-pagado en el cementerio? La respuesta es que, en el mejor de los casos, muy pocos. El mundo ha cambiado radicalmente, las ideologías se desvanecen, los ideales flaquean, ya no se sabe a qué parte de la derecha pertenece la izquierda y hoy la gente, para creer en algo, tiene que verlo en Google. A menos que se trate de dinero o propiedades, dos elementos del paisaje mental contemporáneo en los que todos seguimos teniendo una inquebrantable fe. Pero resulta que la crisis económica, que se ceba en España con insultante entusiasmo, nos va dejando sin pisito, sin automóvil, sin mutua y sin nicho en el cementerio, y todo sin haber ido a hacer la guerra, sin pegar un tiro, sin haber hecho absolutamente nada. Es más, nos ha dejado así después de habernos comportado como buenos ciudadanos, que pagan sus impuestos y se conducen con decencia. En lugar de enfocar esto como una tragedia, que sería lo natural, tendríamos que verlo como una invitación a reconvertirnos en otra cosa, en un marciano como Orwell, por ejemplo. Y para esto basta con cambiar el punto de vista, mirar más allá de los escombros, de los cascotes y las columnas de humo que va dejando esta crisis, y reconducir el desconcierto, la desazón y la cólera que ésta produce, hacia un sitio diferente, más allá del desánimo general que lo paraliza todo. En lugar de estarnos mirando la punta de los zapatos, podríamos mirar hacia el horizonte y, una vez ahí, trazar una cartografía íntima para ver en qué punto, precisamente, nos encontramos”.

“En lugar de enfocar la crisis como una tragedia, tendríamos que verla como una invitación a reconvertirnos en otra cosa”

“Quién logra trazar esta cartografía íntima ya ha observado, reflexionado, sacado conclusiones de su entorno y su circunstancia –recalca Jordi Soler–, como lo haría un solitario del calibre de George Orwell, no en la Guerra Civil que ya pasó, sino frente a esa turbulencia que han generado los chacales financieros, y la incapacidad de los Estados para contenerlos, ese poder oscuro contra el que el individuo común no puede defenderse, pero sí que puede mantener ‘una guerra sin batalla, una guerra de guerrillas’, para utilizar el concepto que proponía Gilles Deleuze. Esta guerra de guerrillas consiste en no bajar la guardia, no distraerse ni desanimarse, vigilar de cerca a nuestros gobernantes, mantener los ojos bien abiertos para ver pasar la siguiente oportunidad y, sobre todo, confiar en algo, creer en algo, como lo hizo hace 75 años George Orwell. Ese individuo solitario, ese marciano que hace su guerra de guerrillas, terminará armonizando con las miles de individualidades que están empeñadas en lo mismo. Se trata de metamorfosear la catatonía en un nuevo resplandor”.

“En el primer capítulo de ‘Homenaje a Cataluña’, Orwell nos cuenta la impresión que le produce Barcelona. Eran los primeros meses de 1937 y sus habitantes estaban en pie de guerra, o escondiéndose de la guerra; en todo caso la ciudad había sido bombardeada, había tiros en la calle, columnas de humo negro salían de algunos edificios, la comida escaseaba y casi no había azúcar, ni carbón, ni gasolina. Barcelona era una ciudad oscura, empobrecida, destruida, y sin embargo Orwell veía más allá de lo que era evidente, caminaba por las calles entre escombros, humaredas y cascotes con la ilusión de estar viendo una ciudad obrera, donde la gente trabajadora se organizaba para construirse un futuro decente. Orwell, en lugar de perderse en las ruinas de aquella ciudad veía, más allá de la humareda y los escombros, el giro portentoso que estaba dando la historia de la humanidad. Y los barceloneses soportaban aquel desastre, escribe Orwell, porque ‘confiaban en la revolución y en el futuro, y se tenía la sensación de haber entrado en una era de libertad e igualdad’. Todo el optimismo de aquella gente martirizada por la guerra que describe el escritor inglés, se basaba en la confianza en el futuro y en esa sensación de que el mundo iba a convertirse en un lugar mejor. Ahí está la fórmula, el mensaje cifrado que nos envía Orwell desde sus páginas: esa confianza y esa sensación. A partir de ahí, no tenemos más remedio, hay que empezar a fundar, día tras día, el porvenir”.

Elena Poniatowska le contó a Juan Carlos I que cuando Jordi Soler era niño, y vivía en la selva de Veracruz, tenía un elefante en su jardín

No quisiera acabar esta distópica columna sin hacer mención a una anécdota ocurrida en España, en la entrega de los Premios Cervantes, con Elena Poniatowska y Jordi Soler como protagonistas, sumándonos al optimismo de George Orwell. El mundo, nuestros Cancún, Playa del Carmen, Chetumal…, Quintana Roo, México, España…se convertirá en lugares mejores. Depende de nosotros mismos. Hay que trabajar para forjar un mejor porvenir. El propio Jordi Soler contó lo ocurrido, en plena crisis donde el Rey de España, Juan Carlos I, fue cuestionado por la opinión pública española, por matar un elefante en una cacería en África. El padre de Felipe VI pidió públicamente perdón a sus ‘súbditos’, los ciudadanos. Éstos aceptaron sus disculpas, algo excepcional entre las élites de poder en España. Ningún político ha sido capaz de disculparse, incluso habiendo siendo acusado y procesado por corrupción…

“Llegando al Palacio Real tuve que abrirme paso entre la horda de turistas que intentaban cruzar las puertas, vestidos como corresponde al género, pantaloncillo corto, chanclas, gafas oscuras, gorra y botellín de agua en la mano, todos con sus guías Michelin y sus teléfonos para hacer fotografías y ataviados con un colorido que me hacía sentir cuervo, o camarero de postín, metido como iba en mi traje rigurosamente oscuro. Había recibido una invitación para el almuerzo que ofrecía el Rey a Elena Poniatowska, la más reciente Premio Cervantes, que además de ser mi amiga es mi paisana. Dentro del palacio, antes de pasar al comedor, noté que la concurrencia era un nutrido grupo de empresarios, políticos y funcionarios, más un modesto contingente de escritores y editores. La división quedaba escrupulosamente reflejada en los nombres que había frente a los platos, para indicar las posiciones en la mesa: el nombre de empresarios y políticos importantes estaba precedido por un largo Excelentísimo Señor Don; el de funcionarios y empresarios de medio pelo, por un Señor Don más modesto, y a los narradores y a los poetas nos tocaba un Don (o Doña cuando era el caso) sobrio, escueto y significativo.

La mesa del Rey es un mueble de dimensiones medievales, para comunicarse de una punta a la otra hay que hacerlo por señas o con el teléfono móvil, y el ancho invita a subirse encima, a pelear cuerpo a cuerpo con el faisán que supuestamente va uno a comerse, pero en el siglo XXI, que es el de la corrección política, los comensales, aun los de esa mesa que invita a la incursión física y al griterío, nos quedamos en nuestro lugar y comimos con toda educación el almuerzo que ofrecía el Monarca: raviolis de verduras, pescado al horno y un postre a base de chocolate, todo acompañado con una copita de champán, una de vino blanco y otra de vino tinto. Quizá dentro del Palacio Real, donde impera un riguroso ambiente del siglo XVIII, deberían ofrecerse almuerzos más acordes con su enorme mesa, con faisanes despatarrados en su bandeja de plata y ríos de vino en lugar de las pulcras copitas del nuevo milenio, porque, según he visto en las pinturas de la época, los reyes bebían de unas copas enormes y se servían el vino de unas jarras que no se terminaban nunca. Pero estamos en otros tiempos, y el almuerzo en honor de Elena Poniatowska, que por cierto es princesa con primos Borbones, fue más bien silencioso, con un lacónico brindis y un correcto discurso que hizo el Rey, desde su lugar en la mesa, con un micrófono para hacerse oír en aquella inmensidad.

Al final abandonaron la mesa la Reina, el Príncipe y la Princesa, rumbo al salón donde se serviría el café y unas copitas de brandi también muy del siglo XXI. Después Elena Poniatowska, acompañada por el Rey, recorrió lentamente el flanco derecho de la mesa, deteniéndose en algunas de las personas que quería presentarle a Su Majestad, y así llegó hasta donde estaba yo, con mi traje de cuervo de postín y un lamparón de ravioli en la corbata, y con esa naturalidad que la caracteriza, le dijo al Rey mi nombre y le contó, basada en un episodio que aparece en dos de mis novelas, que cuando era yo niño, y vivía en la selva de Veracruz, tenía un elefante en mi jardín. La palabra ‘elefante’ cayó como un paquidermo en medio del comedor, se hizo un silencio que yo iba a aprovechar para explicar que se trataba del elefante de un circo que se escapaba a pastar en nuestro jardín, pero Su Majestad me desarmó con una media sonrisa, altamente polisémica, que todavía estoy tratando de decodificar, y después siguió andando con Elena rumbo al salón donde se servía el café…”.

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