En España se hablan cuatro idiomas, el castellano, el catalán, el gallego, el euskera y, además, el inglés de la base americana de Torrejón de Ardoz

Pinceladas

“Sacar a España de Cataluña al fracasar sacar Cataluña de España…”, la nueva máxima del independentismo de Cataluña y su ‘Procés’. Hace unos días, mientras me tomaba un café en el Starbucks de Malecón Las Américas, se me acercó una señora catalana y española, vecina de Cancún, quien nos sigue en nuestra revista El Bestiario online, en www.elbestiariocancun.mx y en las redes sociales de Twitter y Facebook, @SantiGurtubay y @BestiarioCancun, y Santiago J. Santamaría Gurtubay. Esto me dijo: “Yo, últimamente, cuando viajo por España con mi marido, me fijo en los pueblos y ciudades que me gustan. Para mudarme en cuanto me jubile y pasar una temporada en Quintana Roo, México, y otra parte del año en Europa. Yo en Barcelona no quiero vivir. Y le digo una cosa: ninguno de esos pueblos y ciudades está cerca de donde nací. Nací en Cataluña, pero me cansé del desprecio. Ahora, subo al autobús y ya no saludo en catalán: digo ‘buenos días’, para que sepan que los castellanohablantes somos educados”. Tristes palabras que compendian las consecuencias humanas del secesionismo. Para muchos españoles, vivir bajo la coacción identitaria del nacionalismo, hostigados por sus propias instituciones, es algo que ya no merece la pena. La cláusula oculta del acuerdo es ahora manifiesta: no basta sentir afecto por lo propio catalán; hay que renunciar también a lo común español. No hace tanto, Cataluña, y en concreto Barcelona, era un lugar atractivo donde a muchos españoles les gustaba trasladar su residencia. La tendencia ahora es inversa: los últimos datos señalan un saldo migratorio negativo de Cataluña con el resto de España en 2019, comportamiento contrario al que cabe esperar de una región próspera. Más indicios: entre 2017 y 2019, más de cien jueces abandonaron Cataluña de forma voluntaria. En el MIR de 2019, solo uno de los diez mejores opositores a médico especialista de toda España escogió formarse en un hospital catalán. Y no faltan casos de políticos que, por no militar en el secesionismo o alguna forma de nacionalismo rebajado, se han visto obligados a emigrar cansados de vivir con guardaespaldas.

Santiago J. Santamaría Gurtubay

Durante los años del procés, el secesionismo catalán puso en práctica un belicoso plan A que no salió como esperaba: sacar a Cataluña de España. Ahora despliega un plan B más sutil que lleva décadas en marcha: sacar a España de Cataluña. Lo hace por la doble vía de lograr de las élites capitalinas, enredadas en banales juegos de poder, la retirada del Estado de Cataluña, y de construir un censo electoral favorable a través de agresivos ejercicios de construcción nacional, haciendo la vida desagradable a quien se oponga. El plan A es polémico; el plan B, en cambio, siempre ha tenido ingenuos apoyos en Madrid; lo prueba el País Vasco, donde el PNV ya ha logrado echar a España prácticamente del mapa, con el traspaso de la gestión de las pensiones como último ejemplo. Ahora hay una mesa de diálogo y el consejo que yo daría a cualquiera que se sentara en ella por el lado del Gobierno es que no colaboraran con el plan B del secesionismo: sacar al Estado de Cataluña, dado que no han logrado sacar a Cataluña del Estado. Para que la señora que me habló no tenga que hacer las maletas y pueda morirse donde nació. ‘El nacionalismo, enemigo a las puertas’ es una columna que escribió el periodista y exdirector del periódico español El País, Juan Luis Cebrián, a principios de este 2020. “El triunfo de la pasión identitaria sobre el diálogo ilustrado ha comenzado a hacer ya serios estragos. El populismo nacionalista constituye hoy una seria amenaza a las democracias en la Unión Europea”, recalcaba Cebrián.

“Hace más de tres años -narra- me tocó vivir en Londres la noche del referéndum sobre el Brexit. Recuerdo todavía el entusiasmo de los partidarios del desenganche con Europa cada vez que se anunciaba una victoria de sus posiciones en cualquier distrito. Contrastaba con la escasa épica de quienes apostaban por la continuidad en la Unión, incapaces de jalear o animar a la concurrencia cuando el escrutinio les resultaba favorable. Me vino este recuerdo al leer días pasados un artículo de Timoty Garton Ash en el que animaba a los europeístas británicos a emprender la lucha por regresar a Bruselas. Soy lector asiduo de sus obras, comparto gran parte de sus ideas, pero su empeño voluntarioso por que los restos del imperio regresen a la alianza con las demediadas potencias europeas no me inspira a estas alturas sino una gran melancolía. El proyecto de la Unión Europea ha recibido ya una estocada letal, y pasarán décadas antes de poder restaurar la confianza entre el continente y los británicos. En la madrugada del pasado día 13 de diciembre del 2019, desperté, esta vez en Cataluña, con las noticias del triunfo de Boris Johnson en las elecciones de su país. Conocidos los resultados de las votaciones no me impresionó tanto la victoria arrolladora del partido conservador, ya esperada, como el derrumbe de la socialdemocracia, que obtuvo sus peores resultados desde hace casi un siglo”.

Pero el hecho para Juan Luis Cebrián más relevante fue que los nacionalistas escoceses se convirtieran en el tercer partido del Parlamento de Westminster. Su líder se apresuró a salir en televisión para enhebrar un discurso no muy diferente al de los separatistas catalanes: reclamó un nuevo referéndum sobre la independencia del antiguo reino, exigió el derecho de autodeterminación y sacó músculo presumiendo de su indudable fortaleza parlamentaria. Al rato compareció el primer ministro para declarar por enésima vez que no permitirá un nuevo referéndum (necesitaría ser aprobado por los Comunes) y que trabajaría por la unión del país. Entonces pudo apreciarse por fin una sustancial diferencia del movimiento escocés con el procés catalán: en ningún momento el dirigente independentista dio a entender que le podría dar igual lo que Londres hiciera o dijera, porque él convocaría la consulta en cualquier caso, como de hecho lo hicieron a las bravas Carles Puigdemont y sus acólitos. Esa disparidad, nada sutil, marca a mi juicio la línea roja entre un político demócrata y un delincuente político, pues no existe democracia sin respeto al imperio de la ley y la igualdad de todos ante la misma. Pero diferencias aparte —ya que hay muchas otras— entre el caso catalán y el escocés, existen también no pocas similitudes. La principal me temo que es el efecto contagio que las posiciones independentistas generan en otras comunidades y, sobre todo, el empujón emocional a los nacionalismos de signo contrario, por lo general más poderosos y concluyentes. Parece que en España hay dificultades para contestar con acierto a la insidiosa pregunta de cuántas naciones hay en nuestro plural territorio, aunque el señor Miquel Iceta, líder de los socialistas catalanes, ha decidido por su cuenta y riesgo que son nueve y exhibe como prueba de ello una que le parece irrefutable: las ha contado. Claro que a lo mejor hay que suspenderle en aritmética. Lo importante en cualquier caso no son las naciones, sino los nacionalismos: el recurso a la identidad cultural, lingüística, religiosa, histórica o lo que sea para reclamar el derecho a constituir un Estado a partir de ella. El Reino Unido tiene menos naciones que nosotros, quizás porque Iceta no ha ido allí a contarlas, pero por su escenario se pasean en cambio más nacionalismos. Podemos enumerar cuando menos un nacionalismo escocés, otro irlandés, uno galés, otro inglés y el más fuerte hoy de todos: el nacionalismo del Brexit, que reivindica aun sin saberlo las glorias del pasado imperio. El triunfo del partido conservador en las elecciones es también un triunfo del nacionalismo británico, y la derrota de los laboristas fruto de su ambigüedad. No es difícil encontrar paralelismos con el calentón españolista que avivan Vox y el Partido Popular y la inconsistencia del PSOE, incapaz de poner sobre la mesa un proyecto para España, y para Cataluña dentro de España, por el que trabajar gobierne quien gobierne.

Esta especie de fascismo de baja intensidad que a derecha e izquierda acosa a la democracia es miedo a la globalización y a la crisis del 2008

La eclosión del nacionalismo populista, del que el America First de Trump es paradigma, no es un fenómeno solo europeo, ni siquiera solo occidental. Los sucesos en la India, Egipto o Turquía ponen de relieve de qué forma un impostado patriotismo es el inicio de un camino que conduce al autoritarismo, a su vez vergonzante umbral de la dictadura si no hay quien lo impida. Las tendencias antidemocráticas del actual Gobierno de la Generalitat, su disposición a vulnerar la ley que ha jurado cumplir y hacer cumplir, su manipulación clientelar de los medios de opinión de propiedad pública, prácticamente todo su proceder desde que Carles Puigdemont y Joaquim ‘Quim’ Torra accedieron a su condición de muy honorables hoy en entredicho, no son tan diferentes a los prolegómenos de muchos movimientos fascistas. Si el tumulto de una manifestación, por numerosa que sea, se impone a la Constitución aprobada en las urnas, la fuerza del poder establecido democráticamente se desvanece ante el poder de la fuerza. Una competición de ese género nunca acaba bien para los partidarios de la libertad y el progreso. Nuestra historia está llena de ejemplos al respecto.

Esta especie de fascismo de baja intensidad que a derecha e izquierda nos acosa usurpando el nombre de la democracia es en gran parte la consecuencia del miedo a la globalización y de los destrozos generados por el neocapitalismo salvaje, principal culpable de la crisis mundial financiera de 2008. El populismo nacionalista tiene su caldo de cultivo en la desesperación de las clases medias, los recortes en los servicios públicos, la falta de perspectiva de los jóvenes, el caos en la opinión generado por las redes sociales, la ceguera de los mercados y la impericia de los políticos, incapaces de someterlos al interés general. Su triunfo responde también al esfuerzo por impulsar una épica tan falsaria como atractiva, frente al pasmo o la incapacidad de quienes en nombre del diálogo con los disidentes debilitan la fortaleza de las instituciones. Nadie puede ser absuelto de su culpabilidad en el enredo. Quienes critican a Pedro Sánchez por pactar con Bildu o ERC, a cambio de un plato de lentejas, son incapaces de romper con Vox, expresión más o menos camuflada del franquismo sociológico. Aquí nadie mueve ficha, salvo paradójicamente Podemos, que continúa siendo la formación más coherente y previsible (en este sentido podría decirse que hasta la más ética desde el punto de vista aristotélico, aunque no les acompañe todavía la estética).

El PP y el PSOE deberían recuperar el espíritu que hizo posible la Transición democrática y aprender a defender la Constitución de 1978

 El populismo nacionalista constituye hoy una seria amenaza al sostenimiento de las democracias en Europa. No es creíble, aunque teóricamente se muestre como posible, que Estados con la tradición unitaria del Reino Unido o España se balcanicen en un futuro, al menos próximo. Pero el triunfo de la pasión identitaria sobre el diálogo ilustrado a la hora de elegir a los gobernantes ha comenzado a hacer ya serios estragos. El provincianismo cultural, la demonización del otro, la fractura de la convivencia, comienzan a ser moneda corriente. En nombre de la libertad se vulneran las leyes que la garantizan y se desprecian las instituciones que la protegen. No es posible que un partido de la izquierda más que centenario como el PSOE se rinda ante la carcundia nacionalista y la fatuidad supuestamente heroica de quienes una y otra vez a lo largo de la historia han propiciado repetidamente la demolición de nuestro sistema de libertades. Ni tampoco que una derecha democrática y liberal capitule de nuevo ante la España profunda, reaccionaria y cavernícola que abomina de todo el que no piense igual que ella. El PP y el PSOE deberían recuperar el espíritu que hizo posible la Transición democrática y aprender a defender el interés general de los españoles y la Constitución de 1978 en vez de servir solo a las mezquinas aspiraciones que parecen moverles. El enemigo es el nacionalismo provinciano y radical, catalán, vasco o español. Y está a las puertas.

Juan Luis Cebrián que subió en repetidas veces la angosta escalera que conducía al domicilio parisino de Jean Daniel, un palomar lleno de libros en la orilla izquierda del Sena, para debatir sobre el futuro de Europa y de nuestros dos países. Con él y con Eugenio Scalfari, fundador de La Reppublica de Roma, tuvo la oportunidad de entrevistar juntos al presidente socialista francés François Mitterrand. Fue una conversación larga y distendida, en la que pude constatar la personal cercanía entre el periodista y el político, sin que eso enturbiara para nada la independencia intelectual del primero. Milan Kundera ya le definió como uno de los últimos ejemplares de su raza, practicante de un periodismo “todavía no catalogado fuera de la cultura (o incluso opuesto a ella) en esa categoría llamada medios de comunicación”. Mencionaba el escritor checo los precedentes de Albert Camus y George Orwell, y nosotros podríamos añadir los de Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa, sin necesidad de remontarnos a Charles Dickens. Siguiendo su ejemplo, es necesario recuperar la fibra intelectual y literaria de este oficio nuestro, frente al ruido y el gay trinar de los tertulianos que en la pantalla idiota o en las redes sociales contribuyen con estruendo a la polarización, enemiga letal de las democracias.

El periodista Jean Daniel se maravilló de que, frente al jacobinismo francés, España fuera definida como “nación de naciones”

En 1995, Jean Daniel, fundador de Le Nouvel Observateur y ganador del premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, fallecido este pasado 19 de febrero- visitó España invitado por la Fundación Francisco Fernández Ordóñez para dar una conferencia sobre ‘Nación y nacionalismos’. Había publicado recientemente un libro sobre el tema. Comentamos lo chocante que resultaba que en un momento en el que emergía la crisis de los Estados nación y se cuestionaba incluso el concepto de soberanía, en la era de la globalización de la cultura, la economía y la política, rebrotaran con más fuerza que nunca los sentimientos nacionales, identitarios y tribales en muchas zonas del planeta. En el pórtico de su libro, Daniel había incrustado una cita de Bertrand Russell que definía el nacionalismo como el río perverso que se origina en el manantial de la nación, y por aquella época España seguía sometida además a la violencia terrorista de ETA, ejercida precisamente en nombre de la nación vasca. En su disertación, Jean Daniel comentó la inquietud que algunos compatriotas nuestros podían tener ante la interrogante de si Europa ayudaría a promover en mayor medida la unidad de España o la autonomía de las regiones. Se maravilló también de que, frente al jacobinismo francés, nuestro país fuera definido como “nación de naciones”. Dicho término, hoy tan hostigado por la derechona y tan intemperantemente reivindicado por el catalanismo extremo, era moneda corriente en el debate político de hace un cuarto de siglo. Gregorio Peces-Barba, en una obra que publicó solo meses después de la visita de Daniel, explicaba que el consenso constitucional en torno al sistema de las autonomías se asentaba “sobre la idea de España como nación de naciones y regiones”. Este fue un concepto extendido entre los padres de la Constitución, aunque el propio Peces-Barba ya se encargó de explicar que la nación misma, como noción puramente cultural que es, no exige una organización estatal propia “y los Estados pueden no estar apoyados en una comunidad nacional, sino en varias o en ninguna”.

No me parece superflua esta reflexión cuando se ha reunido la llamada mesa de diálogo entre el Gobierno de Madrid y la Generalitat de Cataluña, o al hilo de valorar la entrega de la gestión de las pensiones al Ejecutivo de Euskadi. El problema por el momento no es el contenido en sí mismo de las medidas que puedan pactarse, sino el método y los motivos que impulsan las decisiones de La Moncloa. No son fruto de un proyecto del partido socialista para una reforma del Estado que mejore su funcionamiento, sino del permanente tacticismo de su secretario general, atrapado por la debilidad de su posición parlamentaria. Cuando asegura que el Gobierno durará cuatro años parece haber asumido ya que tal cosa depende en exclusiva de la voluntad de los independentistas. Los Gobiernos de Cataluña y Euskadi han instalado por eso hace tiempo un taxímetro para tarifar en su beneficio el precio del viaje presidencial, que amenaza con vulnerar la igualdad constitucional de todos los ciudadanos. A medio y largo plazo, dialogar sobre Cataluña solo puede ser útil políticamente si se hace en el Parlamento, sede de la soberanía nacional española. Cualquier solución que se imagine pasa necesariamente por una reforma constitucional, imposible de emprender si no participa la oposición conservadora. No creo yo por lo demás que esté en riesgo la unidad de España, reforzada, por cierto, gracias a nuestra integración en Europa contra el ensueño separatista y pese a lo errático de la nueva política exterior que se nos anuncia. Lo que peligra es el desarrollo y profundización de la democracia española, amenazada por la polarización, la fragmentación política y los caciquismos locales.

El reconocimiento por el Gobierno central del “hecho diferencial” en Cataluña y el País Vasco potenció el nacionalismo español excluyente

Volviendo a Jean Daniel, en la conferencia de marras aseguró que los españoles, herederos entre otras cosas de los fueros territoriales, sabemos, “tal vez mejor que los demás, que la nación es a la vez una realidad misteriosa y amenazada”. La definió, citando al sociólogo Marcel Mauss, como “una sociedad suficientemente integrada en la que el poder central democrático ostenta la noción de la soberanía nacional”. A construirla se aplicaron los padres fundadores de nuestra Constitución de 1978. Por lo mismo Peces-Barba ya avisaba hace 25 años que el reconocimiento por el Gobierno central del “hecho diferencial” en Cataluña y el País Vasco rompería frontalmente el consenso constitucional y potenciaría como reacción el nacionalismo español excluyente. En él, tanto o más que en los separatismos de la periferia, habitan los diablillos patrios que algunos creían ya exorcizados. Todo presidente de un Gobierno se debate en su interior a la búsqueda del equilibrio entre los votos que precisa y el anhelo inconfesado de su reconocimiento futuro, lo que a veces le empuja a ejercer el poder como si de un deporte de riesgo se tratara. Enredado como está en las definiciones de lo que es una nación, Pedro Sánchez, haya escrito o no su tesis universitaria, debería leer las que otros redactaron. Comprendería así que la ruptura del consenso constitucional que está al borde de protagonizar es la mayor de las amenazas que pueda imaginarse para el futuro de la democracia en este país de todos los demonios. Ni sus votantes ni la Historia se lo perdonarían.

Los políticos lanzan palabras confusas, ambivalentes, algunas llenas de mesura destinadas al cerebro y otras cargadas de odio y fanatismo que van a parar a los intestinos. El mayor castigo que sufre la humanidad es el de la confusión de lenguas que se produjo al pie de la torre de Babel. Desde entonces estamos condenados a no entendernos por el hecho de poder dar a una misma palabra un significado distinto. Por ejemplo, que conquistador para unos sea sinónimo de héroe y para otros de genocida, que el soldado y el terrorista coincidan en la misma persona, que unos llamen víctima a lo que otros llaman verdugo, que un patriota pueda ser a la vez un idealista, un romántico y un fascista. Estar dispuestos a matarse para imponer el significado de la palabra libertad, Constitución, democracia, pueblo, nación, independencia, España, Cataluña, interpretadas por cada bando a su conveniencia, en esto consiste el castigo de Babel, la trágica ceguera de la historia. Si las unidades de medida, un litro, un metro, un kilo, una yarda, una libra, un galón, cada uno las entendiera y aplicara a su antojo de forma distinta, sin duda la catástrofe económica y social sería inenarrable. Por fortuna, en esto no hay discusión, cosa que no sucede con las palabras confusas, ambivalentes que lanzan los políticos, algunas llenas de mesura destinadas al cerebro y otras cargadas de odio y fanatismo que van a parar a los intestinos. Por desgracia, entre España y Cataluña ya solo rige la tercera ley de Newton: por cada acción se produce una reacción igual y opuesta, en este caso impulsada por las palabras intestinales que lanzan por la boca los radicales de ambos bandos, y, en ellas, la palabra guerra se emite ya sin pudor para sustituir a las formas enmascaradas de sacrificio, conflicto o confrontación eslovena. Según la copla lorquiana, primero jaleo, después alboroto y finalmente vamos al tiroteo, o sea, vamos alegremente con la forma estúpida de búfalos ciegos a la guerra civil como si se tratara de un evento deportivo.

“Venga a verme cuando regrese de Cuba”, le dijo JFK, asesinado en el momento en que Jean Daniel, conversaba con Fidel en La Habana

El escritor mexicano Carlos Fuentes dedicó un magistral artículo a Jean Daniel, de 99 años, decano mundial del periodismo. “Era joven (para un francés). Bien parecido (para su edad). Inteligente (como casi todos los franceses). Y era misterioso. Tenía un aire de personaje de Graham Greene o de Eric Ambler…”, lo describía Carlos Fuentes, en las primeras líneas. “Solo que su personalidad misma escondía juventud -añadía el escritor, intelectual y diplomático-, apariencia física, inteligencia y misterio, detrás de una fachada de bonhomía sonriente y elocuencia verbal. ¿Lo había visto, muchos años antes, acompañando a su amigo Albert Camus en las noches existencialistas del cabaret Tabú? ¿Lo veía ahora como realmente era, o como el emisario de una relación peligrosa y esperanzada dentro de la Guerra Fría? Él pasaba por México desde Washington y rumbo a La Habana. No había comunicación aérea entre Cuba y Estados Unidos, de manera que el paso por México era obligado. Él acababa de conversar en la Casa Blanca con el presidente John F. Kennedy, quien reconoció que pocos países habían sido tan humillados por Estados Unidos como Cuba y que ahora Estados Unidos pagaba el error de haber apoyado a Fulgencio Batista. Solo que Cuba ya no era un problema cubano, sino mundial. Fidel Castro obraba, quizás, por independencia, locura, orgullo, o ideología. ‘Venga a verme cuando regrese de Cuba’, me dijo el presidente John Fitzgerald Kennedy, asesinado en el momento en que él, Jean Daniel, conversaba con Fidel Castro en La Habana. El líder cubano imaginaba lo imposible: que Kennedy entendiese la realidad latinoamericana y se convirtiese en el más grande presidente de los Estados Unidos…

Cuento lo anterior porque sitúa a Jean Daniel en el centro mismo de su profesión de periodista. Escucha. Entiende. ¿Calla… o publica? ¿Dice… o guarda silencio? Lo mueve una sensación hiriente: la cruel intimidad, no de Kennedy y Castro, sino de Estados Unidos y Cuba. Lo asalta una pregunta aún más cruel: ¿La muerte revela secretos? Lo persuade, en fin, una convicción profesional: el periodismo permite revelar lo que no afecta a la vida personal de terceras personas. Tardé en darme cuenta de esta verdad, presente en la conciencia del hombre que conocí en México, el que venía de Washington e iba a La Habana. Creí entenderlo un poco mejor durante la visita a México del presidente François Mitterrand en 1981. Simpatizante del presidente, simpatizante del socialismo, noté entonces en Jean Daniel una cierta distancia que se resistía a la seducción que tan bien sabía desplegar Mitterrand.

Jean Daniel nos dijo lo mismo que Albert Camus le hizo hincapié al salir del Tabú: ‘No podemos tener la razón solitariamente”

Distancia, pero no por antipatía hacia el poder, sino por esa fidelidad a la polis, a la ciudad, a la sociedad, que es la fidelidad del periodista y que dificulta la amistad con el poder cuando se escribe sobre el poder. No hablo, aquí, de divergencias frontales y legítimas del periodista con un poder opuesto al periodista, sino de la -¡cuánto más difícil!- relación del periodista con un poder con el que está de acuerdo, pero al cual no puede dejar de juzgar, en nombre del periodismo, sí, que es el nombre de la sociedad, de la política, de la polis, de la ciudad compartida por el poder y sus críticos, incluso de los que simpatizan, pero no dejan de juzgar al poder. Entendí entonces, que el misterioso hombre que iba de Washington a La Habana, que el escéptico hombre que acompañaba a Mitterrand a Yucatán, tenía una lealtad con su profesión que no le impedía acercarse al poder pero diciéndole al poder: soy respetuoso, pero no soy conformista. Soy periodista: quiero conocer la afirmación y su negación; quiero conocer la negación y su afirmación.

La historia, nos dice Milan Kundera, no es maestra de la verdad, por el simple hecho de que se está haciendo y no ha dicho su última palabra. Esto es lo que hace Jean Daniel: ve la historia que se está haciendo. Se niega a ponerle el letrero ‘Fin’ a la historia porque cree, con ironía cierta, con escepticismo visible, que debemos abrir un horizonte mejor para todos, ‘fuera -nos dice- de la facilidad del hábito y la fatiga del uso. México, durante mi juventud estudiantil, me reservaban un ejemplar, de L’Express primero, del Observateur en seguida, en la Librairie Française del paseo de la Reforma. Era nuestra manera de ligarnos al mundo, fuera de las exigencias del nacionalismo mexicano. Nuestra manera, leyendo a Jean Daniel, de hacernos parte del mundo, partícipes de sus peligros y de sus oportunidades también, pero sobre todo, leyendo a Jean Daniel, de entendernos mejor a nosotros mismos. América del Norte nos concernía. Checoslovaquia era nuestra. Francia nos pertenecía, y éramos, por todo ello, gracias a Jean Daniel, más mexicanos, más latinoamericanos. ¿Qué nos decía, pues, nuestro grande y querido amigo, cuyos 90 años –tenía al morir 99, nació en Blida, Argelina, un 21 de julio de 1920- celebramos ahora? Lo mismo que le dijo hace años Albert Camus, con la voz de Juliette Greco en la penumbra, al salir del Tabú: ‘No podemos tener la razón solitariamente’. Gracias, Jean Daniel, por estar con nosotros”.

Puigdemont, Torra y Junqueras son muy mayores para galopar hacia la república catalana en un caballo de cartón de los Magos de Oriente

Manuel Vicent acaba de regalarnos una de sus columnas, que nos ayudan a digerir las mil y una chorradas de los ‘Otros reyes’ para quienes independencia es una palabra sagrada que empieza por inflamar el corazón y acaba por achicharrar el cerebro. “Los soberanistas catalanes –hace hincapié el intelectual del mediterráneo Castellón- parece que están jugando muy felices a la república y a la independencia de Cataluña como, tal vez, lo hacían con el caballo de cartón que les trajeron los Magos de Oriente cuando eran niños. Alguien debería decirles que los reyes son los padres, una realidad que se empeñan en ignorar. En tiempos de la aterida y famélica posguerra los niños que dejaban de creer en los reyes se quedaban sin juguetes. Para ahorrarse los regalos que no podían comprar, las familias pobres solían revelar muy temprano este secreto a sus hijos como una forma cruel de destete de las ilusiones vanas y los niños pobres a su vez, como venganza de su infortunio, les abrían los ojos a los niños ricos, pero estos simulaban seguir creyendo en los reyes para que no les faltaran los regalos. Alguien debería decirles a Carles Puigdemont, a Joaquim ‘Quim’ Torra y a Oriol Junqueras que ya son muy mayores para galopar hacia la república catalana en aquel caballo de cartón con el que se daban golpes contra las paredes por el pasillo de casa. Independencia es una palabra sagrada que empieza por inflamar el corazón y acaba por achicharrar el cerebro. Acogidos a esta ilusión los independentistas siguen escribiendo una carta a los Magos de Oriente esperando que les traigan una república de regalo, pero un día como hoy, al abrir los paquetes al pie de la chimenea con latidos de emoción, se encuentran siempre con el único y maldito juguete, un rompecabezas diabólico del mapa de España, de imposible solución. Como aquellas familias pobres que destetaron a sus hijos con el pan negro del cruel desengaño, alguien debería decirles a los independentistas catalanes que los reyes son los padres, aunque queda por ver si los padres de verdad en este caso no será la derecha radical que llega caracoleando en caballo jerezano”.

El actual presidente de la Generalidad de Cataluña, Joaquim ‘Quim’ Torra, desde el 17 de mayo del 2018, fecha en la tomó posesión del cargo autonómico, ha protagonizado un viaje de un hombre gris hacia la intransigencia salvaje. Católico practicante, pero ácido con sus rivales. “Cada día me siento más llevado hacia la ribera de la intransigencia más salvaje”, escribió en 2011. Así es el ‘president’ menos conocido de la historia contemporánea. Xavier Vidal-Folch, periodista español, nacido en Barcelona, en 1952, nos ha aportado en múltiples crónicas, reportajes y columnas, muchos de los datos que acompañan a esta columna de EL BESTIARIO. Católico practicante, pero ácido con sus rivales. “Cada día me siento más llevado hacia la ribera de la intransigencia más salvaje”, escribió en 2011. Así es el ‘president’ menos conocido de la historia contemporánea. “Acabas de hundir a Winterthur Asistencia en el mismo momento de su nacimiento”, le dice con sorna en 1997 el presidente del potente grupo asegurador para España y Portugal, el legendario Josep Cercós, a su empleado. Este es ‘Quim’ Torra, uno de los tres abogados de la secretaría general, que dirige Frederic Boix. Sucede que la presentación pública de la nueva filial que acababa de protagonizar el letrado treintañero ha sido “monótona, gris, aburrida”, rememora uno de sus colegas

El ‘president’ de Cataluña, un antisistema, desde una autopista llama por Twitter a la movilización, Barcelona en llamas, la alcaldesa alucina…

 Tsunami Democràtic, la plataforma que está promoviendo las protestas callejeras contra la sentencia del ‘procés’, nació en la cumbre que a primeros de septiembre del 2019 mantuvieron los principales líderes separatistas en Ginebra, según fuentes policiales. Al encuentro acudieron el expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont y su sustituto, ‘Quim Torra’, entre otros, con el fin de recuperar la “unidad de acción” del independentismo. La primera acción del movimiento fue colapsar el aeropuerto de El Prat. El ministro del Interior, el socialista Fernando Grande-Marlaska, aseguró que se está investigando quiénes están detrás de Tsunami Democràtic, y descartó que el Gobierno se plantee indultar a los dirigentes independentistas condenados. “Por supuesto que hay investigaciones, tenemos unos servicios de inteligencia eficaces y terminaremos sabiendo quién está detrás de estos movimientos”, recalcó, cuando apenas restan tres semanas para que los españoles vuelvan a las urnas, el 10 de noviembre, a elegir un nuevo presidente. Todo apunta a que Pedro Sánchez volverá a ser el más votado. España no ha podido, con su modelo parlamentarista, el cerrar un acuerdo que permitiera contar con un Gobierno. Del bipartidismo de la Transición Democrática, con dos principales protagonistas PSOE y PP, pasamos a un bibloquismo, tras la irrupción de nuevas opciones políticas como Podemos, Ciudadanos y Vox. Las imágenes de ‘guerrilla urbana’ vividas en Cataluña, auspiciadas por el propio ‘Quim’ Torra, presidente de la Generalitat de Catalunya, Comunidad Autónoma de España, van a pesar a la hora de la nueva ronda de negociaciones prevista tras el 10-N, donde nadie va a conseguir una mayoría absoluta. España, hoy, tiene un Gobierno del PSOE y Podemos, presidido por el socialista Pedro Sánchez.

El unilateralismo aplicado por los secesionistas catalanes ha disparado las alarmas. Urge que se imponga el ‘seny’. En la cultura popular catalana, el ‘seny’, traducible por sensatez, cordura, sentido común o buen humor, es la ponderación mental, o sana capacidad mental que predispone a una justa percepción, apreciación, comprensión y actuación. Probablemente, la palabra tiene su origen etimológico en el vocablo ‘sensus’, en latín, ‘sentido’. El ‘seny’ como característica de la sociedad catalana, al igual que la mesura como cualidad castellana en el Cantar de Mio Cid, estaba basado en un conjunto de costumbres y valores ancestrales que definían el sentido común sobre la base de una escala de valores y unas normas sociales que imperaban en la Cataluña tradicional. Muchos de estos valores se transmitían, como en Castilla, por medio del refranero, de padres a hijos en forma de proverbios o aforismos e historias morales, gran parte de ellas inspiradas en la ética cristiana. Muchas lecciones de inculcación de valores morales tienen como protagonistas animales y plantas comunes en las zonas rurales de Cataluña como en el refranero castellano de animales y plantas comunes en Castilla.

¿Y qué va a pasar con Joan Manuel Serrat que es catalán pero se siente también español y quiere seguir con España y con Europa?

El procés es apoyado por una parte no mayoritaria de la sociedad catalana, que ha logrado que Cataluña haya perdido su bandera tradicional, la senyera –sustituida por la estelada-, Estatuto de Autonomía y Constitución Española. Con este movimiento separatista se rompió un Pacto de Estado. La ‘revolución’ no la hacen hoy los pobres, sino el ‘clan’ de Jordi Pujol y sus millones ‘blanqueados’ en Andorra, Enrique Peña Nieto sigue muy atento lo que ocurre en Barcelona…‘Andorra embarga 76.5 millones de euros al abogado de Enrique  Peña Nieto y le investiga por blanqueo’, titula El País un trabajo de investigación periodística dirigida por José María de Irujo… “La justicia de Andorra ha ordenado embargar 76.5 millones de euros (83.1 millones de dólares) a Juan Ramón Collado, abogado del expresidente mexicano Enrique Peña Nieto, del Partido Revolucionario Institucional (PRI). El letrado está siendo investigado en el país pirenaico por asociación ilícita y blanqueo de capitales, según un auto judicial. Collado, que es conocido en México como el abogado del poder por defender a autoridades y políticos, fue detenido el pasado 9 de julio. Y, desde entonces, se encuentra en una prisión mexicana acusado de varios delitos. La alarma de los investigadores del país pirenaico se activó después de que el letrado transfiriera 10.5 millones de euros (11.6 millones de dólares) desde Andorra a una cuenta del BBVA en Madrid seis días antes de ser arrestado en México. La fortuna de este letrado en el principado, depositada en la Banca Privada d’Andorra (BPA), había sido congelada junto a la del resto de clientes de esta entidad en marzo de 2015, cuando la institución financiera fue cerrada por presuntas irregularidades. Las 1,600 actas del consejo de administración de la BPA han sido objeto de un exhaustivo análisis por parte de la Policía de Andorra. Los investigadores han puesto el foco en las sociedades y países mencionados en el informe del Financial Crime Enforcement Networks (FinCEN). El documento de este organismo del Tesoro de EE. UU., que resultó clave para intervenir el banco, acusaba a la entidad de favorecer el blanqueo de capitales procedente del crimen organizado. El informe policial, de abril de 2016, rastrea las transacciones del banco con clientes de Venezuela, EE. UU., México, Panamá, Uruguay. Y también las cuentas relacionadas con las investigaciones judiciales del clan Pujol, PDVSA, Gao Ping o el caso Clotilde, que se saldó en 2015 con una condena de nueve años de inhabilitación para el exalcalde de Lloret de Mar Xavier Crespo (CiU) por aceptar sobornos de la mafia rusa.

¿Osaba Santi -me preguntaban estos días mis sobrinos nietos, todos ellos menores de diez años, residentes en Cancún, en México, y en País Vasco, en España- dónde va a ir Cataluña? “Cataluña no va a ir a ningún otro lugar”. ¿No quieren estar en España y dónde quieren estar? “En Europa”. ¿Pero España no está ya en Europa? “Sí”. ¿Y qué va a pasar con Joan Manuel Serrat que es catalán pero se siente también español y quiere seguir con España y con Europa? ¿Y el Barcelona podrá seguir jugando la Liga de Fútbol Española y venir a jugar con el Eibar, en el campo de Ipurúa, o tendrán una Liga de Fútbol Catalana?… “No me hagáis tantas preguntas. Además no es bueno preguntar tanto pues al final os vais a convertir en candidatos a los gases lacrimógenos del Cuerpo Nacional de Policía, la Ertzaintza o los Mossos d’Escuadra…”. Llevo casi medio siglo en el mundo del Periodismo, tras acabar mi licenciatura en Ciencias de la Información por la Universidad del País Vasco. Paradójicamente nuestra Facultad de Lejona dependía de la Universidad de Barcelona, por órdenes de las autoridades del Ministerio de Educación y Ciencia de la Dictadura de Francisco Franco. Muerto el ‘Generalísimo’ la Transición Democrática de 1978 logró que Euskadi tuviese su autonomía universitaria en el área del Periodismo. Muchas veces siento que no prestamos suficiente atención a noticias aparentemente laterales que esconden sin embargo, a poco que uno se pare a pensar en ellas, claves de asuntos determinantes. Desde hace años y más en los últimos meses, semanas y días estamos ‘mareados’ con tantas noticias y columnas que nos llegan desde España, relacionadas con el denominado procés de Catalunya, una insurrección de sedición protagonizado por las propias autoridades autonómicas. Esperemos que ahora no les dé por hacer sus ‘procés’ a los franquistas de toda la vida, a los que sueñan con un paraíso bolivariano, a los que no entienden todavía como desapareció la Unión Soviética…

Me imagino que los ‘exiliados’ del cava catalán como Codorniú y Freixenet, y los ‘edulcadores’ infantiles de Cola Cao y Nocilla, para salvar la próxima campaña navideña en España y la Unión Europea, querrán montar su puesta en escena con sus ‘golpes de estado’ propios para regresar a la “Help Catalonia”, como si fuera una película de Luis García Berlanga o Luis Buñuel… Voy a referirme a dos titulares periodísticos sobre Catalunya en catalán y Catalonha, en aranés. El aranés es el glotónimo que recibe la variedad de la lengua occitana hablada en la comarca española del Valle de Arán (Lérida): “Los votantes más ricos, con una media de 2,190 euros de ingresos familiares netos, votan a la CUP” y “El 25 de mayo de 2014 se convocó en 130 municipios de Cataluña un referéndum sobre diferentes cuestiones sociales, que fue prohibido por la Junta Electoral Central y el Tribunal Supremo porque se solapaba con las elecciones europeas; ese día los Mossos d’Esquadra, enviados por la Generalitat de Artur Mas, paralizaron el referéndum y requisaron urnas, hubo 500 ciudadanos identificados y 10 denunciados por desobediencia”. ¿Adivinan ustedes a qué partido político apoyan los votantes más ricos del espectro social catalán, según un estudio reciente del Centre d’Estudis d’Opinió de la Generalitat? ¿Y a qué partido votan los segundos votantes más ricos? ¿Y los más pobres? Los votantes más ricos, con una media de 2,190 euros de ingresos familiares netos, votan a la CUP -el partido anticapitalista e independentista que sostiene al Gobierno-; los segundos más ricos, con 2,175 euros, a Junts pel Sí -la coalición para la independencia formada por Esquerra Republicana y PdCat, la antigua Convergència-, y los más pobres, con 1,490 euros, al PP (los segundos más pobres votan al PSC-PSOE: 1,682 euros).

“Los ricos catalanes queremos separarnos de los pobres extremeños y andaluces, que no dan golpe y gastan mucho…”

Como todos, estos datos toleran muchas interpretaciones, pero dos de ellas me parecen inapelables. Una: en España, igual que en casi todas partes, son los ricos los que quieren separarse de los pobres, no los pobres los que quieren separarse de los ricos: “los ricos catalanes queremos separarnos de los pobres extremeños y andaluces, que no dan golpe y gastan mucho (y no queremos separarnos de los pobres catalanes porque no podemos, al menos de momento)”; esto es absolutamente natural, aunque sea absolutamente injusto (y si es de izquierdas yo soy arzobispo de Canterbury). Dos: contra lo que se dice a menudo, los votantes de la CUP no son herederos de la vieja y fortísima tradición anarquista catalana: los seguidores de Buenaventura Durruti eran proletarios utópicos, desheredados sin remedio, esclavos en busca de emancipación, y por eso eran peligrosos para el poder; los votantes de la CUP son, con harta frecuencia, gente acomodada, coqueta y volátil, que no está dispuesta a correr ningún riesgo y no representa un peligro real para nadie. Son ‘antisistema’ pero con Seguridad Social de la Unión Europea, con los ‘delicatessen’ de la ‘Izquierda Caviar’. Esa era la primera noticia casi escondida a que aludía. La segunda la recordaba hace poco el señor Antonio Sanz en una carta al director de varios medios españoles que hace años el ‘padre’ de los independentistas del 2017, Artur Más, reprimió una consulta popular sobre diferentes cuestiones sociales, requisando urnas… Para el lector Antonio Sanz, este hecho es la demostración del cinismo del llamado derecho a decidir, “que sólo se aplica a lo que interesa a los dirigentes catalanes independentistas. Para que la gente exprese su opinión sobre cuestiones sociales, no se pueden poner urnas; pero, para que la clase dirigente catalana tenga un estadito donde lo controlen todo y el 3% de ‘impuesto independentista’ – un ‘derecho de piso’- aplicado por el president de Catalunya durante la Transición Democrática Española, Jordi Pujol, a  todo empresario que quisiera llevarse un contrato de su Gobierno autonómico, pueda quedar impune, sí”.

A ese cinismo que acompaña a la traición se añade otro, quizá más sangrante, y es que los dirigentes independentistas fingen no saber que la democracia no consiste únicamente en votar, que votar es una condición necesaria pero no suficiente para la democracia, y que un referéndum no es en sí mismo un instrumento democrático: si lo fuera, Adolfo Hitler y Francisco Franco serían demócratas, porque ambos convocaron y ganaron referendos; pero los dirigentes independentistas fingen muy bien esa ignorancia, y de ahí que mucha buena gente crea en Cataluña que un referéndum antidemocrático es el colmo de la democracia. Dos noticias laterales, ya digo, pero, si de lo que se trata es de saber qué pasa en Cataluña, yo las hubiera colocado en primera página.

“Un exceso de descentralización” provoca el que “no haya solución” para Cataluña, según el historiador estadounidense Stanley G. Payne

El hispanista norteamericano Stanley G. Payne considera que no hay ninguna solución fácil sobre Cataluña y teme que, en definitiva, “no haya solución” y atribuye la situación que se vive en la actualidad en España a “un exceso de descentralización”. La situación única que se vive en estas horas en relación con Cataluña a una suma de factores como la educación, la actuación política y la tergiversación de la Historia. Aunque el nacionalismo es una tendencia que existe en otros países del mundo, lo que hace diferente a lo que se vive en España es la cierta contundencia y el exceso con la que se produce: No son en sí diferentes sino por la forma de expresión. Stanley G. Payne, que obtuvo el premio Espasa por su obra “En defensa de España: desmontando mitos y leyendas negras” asegura en su obra que “España es el único país occidental, y probablemente del mundo, en el que una parte considerable de sus escritores, políticos y activistas niegan la existencia misma del país, declarando que la nación española sencillamente no existe”. “No hay mucho sentido activo de patriotismo. La utilización de algunos elementos históricos, ya sean falsos o ciertos, es más exagerada que en otras partes, al tiempo que las distorsiones, sobre todo de su Historia contemporánea, son más profundas”. Para el hispanista, “la de España es una historia que a menudo se ha distorsionado y, sin duda, es la más distorsionada de Occidente”. Así, cree que las dos polémicas más importantes del presente en España, como son la relativa a la nación y la que se centra en la Guerra Civil y el franquismo, quizá no tengan una solución inmediata.

Muchos desencuentros son más políticos que historiográficos y pervivirán durante bastante tiempo. La Historia de España, especialmente de los últimos 40 años, debe ser analizada de forma mucho más objetiva. Respecto a una reforma constitucional, Payne cree que será “enormemente complicada”, pues ante “excesos” como el régimen fiscal del País Vasco, que ha supuesto una excepción, es difícil “dar marcha atrás”. En su opinión, en España ya existe el federalismo “pero es asimétrico”, y eso, dice, conduce a muchas dificultades. Hay todavía en el mundo quienes se resisten a relegar esa imagen exótica de la Península Ibérica. España ha cambiado sustancialmente en los últimos años, pero mantiene esa tendencia al extremismo. Eso explica su marcada participación en la cultura contemporánea de la deconstrucción y de la negación del pasado y de la historia. La exageración o la tergiversación de la historia ocurren en otros países pero, dice, en algunas comunidades autónomas se encuentran algunas de las distorsiones más graves de la historia que se enseñan en las escuelas, con eufemismos que se remontan a la Reconquista. ¿Por quién doblaban las campanas, este octubre en los pueblos de Cataluña, Ernest Hemingway?

Mientras tanto Jordi Pujol carcajea. Todo el mundo habla de su ‘El Procés’ y se han olvidado de sus ‘fechorías’. El poder judicial no lo ha hecho. Estamos ante el último empujón al ‘caso Pujol’, donde se conocerán, además, otros datos sobre la traición al pacto constitucional en España, promovido y financiado por el expresident de la Generalitat y sus asesores financieros implicados en ‘El Procés’. Aún deben completarse algunas comisiones rogatorias —Liechtenstein, Malta o Francia no han contestado; Suiza lo ha hecho a medias— y de que una de las principales preguntas sigue en el aire: ¿Cuál es el origen preciso de la fortuna que los Pujol amasaron en Andorra y ocultaron a la Hacienda española durante tres décadas? Jordi Pujol asegura que el dinero procede de una deixa (legado) que su padre, Florenci Pujol, entregó a Marta Ferrusola y a los hijos de la pareja por si venían tiempos de vacas flacas. Eso es lo que explicó en un comunicado que envió a los medios de comunicación y del que se cumplen cinco años, asfixiado por las primeras informaciones sobre las cuentas en Andorra, donde Juan Collado, el abogado de Enrique Peña Nieto es también investigado. Dios los cría y el diablo los junta.

Hay una frase popular que nos sirve para cerrar esta nueva columna sobre Catalunya y España. “En España existen cuatro idiomas: el castellano, el catalán, el gallego, el euskera y, además, el inglés de Torrejón”. La Base Aérea de Torrejón de Ardoz es utilizada por la Fuerza Aérea de Estados Unidos (USAF). Después de los Pactos de Madrid de 1953 entre Estados Unidos y España, entonces bajo la dictadura del general Franco, la USAFE (United States Air Force in Europe) construyó en Torrejón una larga y nueva pista de despegue de 13.400 pies (4.266 metros), reemplazando la pista de aterrizaje que había entonces, una enorme plataforma de aparcamiento de hormigón y otras múltiples instalaciones para alojar a los bombarderos de la Fuerza Aérea Estratégica de los Estados Unidos y apoyar a las misiones SAC Reflex. Dichas instalaciones se mantienen en la actualidad y la pista de despegue de la Base Aérea de Torrejón sigue siendo la pista de despegue más larga de Europa. Solo se habla inglés, ni castellano, ni catalán, de gallego, ni euskera.

Madrid parecía el escenario de la película de Luis García Berlanga, ‘Bienvenido Mister Marshall’, los americanos no pasarían de largo

El avión del presidente norteamericano Ike Eisenhower aterrizó a las 16:23 de una tarde de invierno del 21 de diciembre de 1959. En la pista de Torrejón de Ardoz esperaba un ufano Francisco Franco, consolidado ya internacionalmente, dispuesto a rubricar en España y en el resto del mundo, la cumbre de su poder político. La visita del general victorioso de las fuerzas anglo-norteamericanas que echaron de Europa a la Alemania nazi de Hitler, era todo un símbolo y un respaldo enorme a la figura del generalísimo. Eisenhower, un militar como el mismo Franco, había ganado campañas militares durante la II Guerra Mundial, a lo largo de lo que él mismo denominó “misión en Europa”, mientras el Régimen comprobaba cómo sus antiguos ‘amigos’ alemanes perdían poco a poco una guerra que cuándo comenzó, estaban convencidos de que iban a ganar. Paradójicamente, Dwight. D. Eisenhower fue el primer Jefe de Estado de una potencia mundial que se entrevistó con Franco después de que en 1940 lo hiciera Adolf Hitler en Hendaya; el que fuera el enemigo número uno de los norteamericanos durante la guerra en Europa. Para estar a la altura de la ocasión, el recibimiento que se preparó para la visita del máximo dirigente norteamericano fue extraordinario. Todo el país, representado en la capital de Madrid, se volcó en agasajar al extranjero en una forma que parecía reproducir la genial sátira del cineasta Luis García Berlanga, ‘Bienvenido Mister Marshall’ (1953) con la diferencia de que entonces los americanos no pasarían de largo. Pero Eisenhower no era el senador Marshall, no llevaba su plan de ayudas bajo el brazo. Nada impidió que el recorrido de los generales desde el aeropuerto en la base Hispano-norteamericana hasta el palacio de la Moncloa -residencia que se acondicionó para el alojamiento de Eisenhower- fuera en clave casi de desfile triunfal. A pie de pista el general Francisco Franco, fue puntual a diferencia de Hendaya y eso a pesar de que el avión de Eisenhower llegó antes de lo previsto. No cabía un alfiler entre lo más granado de las autoridades: además del Gobierno en pleno, acudieron todas las autoridades militares, una representación de los procuradores en cortes y las máximas personalidades de la justicia. Desde lo alto del Boeing presidencial, Eisenhower, vestido de paisano, aunque toda su aura “desprendiera un aire militar” según contaría el embajador español en Washington, José María de Areilza, saludó a la multitud -unas 50.000 personas- que le aclamaron en las pistas de Torrejón de Ardoz. No hubo abrazo con Franco, sino un cordial apretón de manos tras bajar la escalerilla del Boeing 707.

La mítica imagen se produciría en la despedida. Las presentaciones fueron más bien breves y corrieron a cargo del ministro de Exteriores, Fernando María Castiella, y del embajador norteamericano John Lodge. Franco, a diferencia de su colega militar, vestía el uniforme de capitán general de los ejércitos con la cruz laureada al pecho que le impusiera su amigo el general José Enrique Varela en el desfile de la victoria de 1939. “Permitidme que os exprese en nombre del pueblo español y en el mío propio nuestra rendida admiración por la tarea a la que os habéis entregado con tanto coraje personal, nuestra gratitud por haber venido a visitarnos y a informarnos sobre vuestro trascendental viaje”, exclamó el generalísimo, aún en el aeropuerto de Torrejón. Las alusiones al viaje en misión de paz de Eisenhower y los parabienes no escondían el rédito que Franco quería sacar de la partida, adjudicándose el privilegio de ser informado por el mismísimo Eisenhower, máxima autoridad del país más poderoso de occidente. Por su parte, el presidente norteamericano divagó en su discurso inicial en el aeropuerto, con continuas alusiones históricas a la unión entre el “nuevo mundo” y España, adulando, además, la conquista de los españoles de los siglos XV y XVI: “Hace más de cuatro siglos y medio que Colón el gran Almirante, salió mar afuera en un viaje que iba a cambiar el curso de la Historia del mundo. Desde entonces hombres y mujeres españoles han explorado y colonizado, regado y enseñado. La cultura y el idioma de España han florecido en el Mundo nuevo mucho más allá de lo que habían soñado Fernando e Isabel”. Sin duda, Ike o sus colaboradores debían conocer la predilección del Régimen por la mitificación del imperio español y de los Reyes Católicos, muy presentes en toda la iconografía y parafernalia franquista. En la comitiva de Francisco Franco y Carmen Polo, ‘La Collares’, había asesores castellanos, catalanes, gallegos y vascos. Celtiberia Show.

El periodista Luis Carandell (Barcelona 1929 – Madrid 2002) inauguraba Celtiberia Show, una sección en revista Triunfo, a mediados de 1968. Le sirvió como lienzo donde retratar, con cierta ironía corrosiva, una parte de la vida cotidiana de la España no oficial. Lo conseguía recreándose con manifestaciones pintorescas publicadas en la prensa, sacando punta al lápiz con carteles sorprendentes, coplas populares, esquelas o fotografías bien curiosas: “Prohibido atropellar niños bajo multa de 50 pesetas” decía uno de esas menciones; “Se habla idiomas, por señas” mostraba una foto de una pizarra de un bar; “Se vende rebaño de cabras, con cabrero o sin él” contaba un anuncio; “No se admitirán deboluciones de entradas a quien no teniendo 18 años la saque” o “Desearíamos comprar loro especie habladora (preferible hablando idiomas)” señalaban otras dispensas con faltas de ortografía, sin olvidar expresiones ininteligibles, o al menos paranormales, como “Exfusilada por las hordas marxistas” que aparecían en algunos de estos escritos. No eran tiempos, aquellos, en lo que los medios de comunicación pudieran satirizar a las altas instancias del país, por lo que este incisivo periodista -que llegó a ser considerado como el mejor cronista parlamentario del siglo XX- se dedicó durante años a recoger este anecdotario con el fin, tal vez, de descifrar un país que había vivido demasiados años encerrado en sí mismo. Las crónicas tuvieron tal éxito, que solo un par de años después, en 1970, el autor decidió recoger el material en un libro que acabó por disfrutar de diversas reediciones y actualizaciones, aunque sección y revista desaparecieran formalmente del quiosco en el año 1982. Era, sin duda, otra manera de explicar las contrariedades de una época, sin atacar las autoridades. Un país que empezaba a soñar con superar el “subdesarrollo” pero que psicológica y materialmente vivía aún marcado por una cruel guerra civil y una larga dictadura. Te echamos de menos Luis Carandell.

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