Salif Keita defiende en África, en pleno Covid-19, más que nunca, a los albinos, ‘blanco’ de la magia negra

Pinceladas

El cantante sorprendió al mundo con los sonidos del corazón del Continente Negro, con su grupo Les Ambassadeurs, un clon del cubano Buena Vista Social Club.  Hay un momento en que un sonido escalofriante estalla en un espacio casi a oscuras de un barrio de Bamako, la capital del país. Ocurre cuando un negro albino desata su garganta sobre el ritmo hipnótico que entretejen quienes manejan teclados, bajo, guitarra, batería y dos instrumentos netamente africanos, el n’goni y la calabaza. Entonces desaparecen los niños que venden fruta o agua sobre el barro rojizo ahí fuera, se esfuman las cifras de la pobreza y enmudecen los ecos de la guerra. Con ese canto cristalino de Salif y la energética música de una orquesta legendaria reconstruida ahora, casi medio siglo después de su desaparición, Bamako ya no es el calor, el polvo o lo que la miseria roba. Esa peculiar banda sonora vitalista, luminosa, hace que la ciudad se torne en tu cabeza en una coreografía industriosa de motos y coches que recorren las calles jugando con el río Níger… Pero para llegar hasta esta epifanía a la que es imposible hurtar un baile y que ha sido desplegada ante unos pocos privilegiados que asisten a los ensayos del grupo (el joven técnico de sonido, la hija del viejo bajista o los guardaespaldas de Keita, que no han dudado en sacar el móvil e inmortalizar el momento) han tenido que pasar muchos viajes, una huida in extremis, colaboraciones con músicos de medio planeta, carreras olvidadas al volante de un autobús, horas de convivencia y cariño, y muy al principio, una rivalidad. La estación de ferrocarril de Bamako es una mole de ladrillo con aire fantasmal. Parecería en desuso si no fuera porque en una pizarra se anuncia, con fecha de 28 de junio de 2019, la salida de un convoy.

Santiago J. Santamaría Gurtubay

En una esquina, un letrero indica la entrada al hotel Buffet de la Gare y a una explanada con árboles en la que solo se atisban dos lagartijas con el lomo azul. “De pequeño me escapaba para ver tocar ahí a la Rail Band”, dice, pícaro, el subdirector del hotel, que, sorprendentemente, continúa abierto pese a su aspecto arrumbado. Señala un pequeño escenario decorado con los tres colores (verde, amarillo y rojo), casi irreconocibles, de la bandera de Malí. “Salif Keita cantaba por los bares hasta que llegó aquí”. El ministro de los ferrocarriles del Gobierno que surgió del golpe de Estado de 1968, el teniente coronel Karim Dembélé, apadrinó una orquesta para animar las noches en el local. Y la privilegiada voz del albino interpretaba canciones mandinga. No muy lejos de la estación, el propietario del también estatal Motel de Bamako, convencido por el número dos de la Junta Militar, el temible Tiékoro Bagayoko, fundó una orquesta con los mejores músicos del oeste de África. El propósito era idéntico. Amenizar las veladas de una exclusiva e internacional clientela. Allí, junto al río y bajo los árboles cargados de mangos, como relata el experto en músicas africanas Andy Morgan, bailaban diplomáticos, expatriados, viajeros, prebostes del régimen, prostitutas finas y el propio Bagayoko, un ardoroso aficionado que alguna vez sacó su revólver para reclamar sitio en la pista con un par de disparos al aire. “Se constituyó con gente de Senegal, Burkina Faso, Ghana, Guinea, Costa de Marfil o Malí”, rememora el pianista, cantante y compositor Idrissa Soumaoro, de 64 años, ya retirado como inspector general de enseñanzas musicales del país. “Por eso se les llamó Les Ambassadeurs, cada uno representaba su cultura”.

La Rail Band y Les Ambassadeurs convivían en una amistosa rivalidad. La primera preservaba el arte de los griots, los juglares que narraban la historia, pero hacían incursiones en la salsa y el jazz. La segunda buscaba la sintonía con lo que escuchaban los jóvenes malienses vestidos con pantalón de campana y grandes gafas de sol: The Beatles, The Rolling Stones, Santana, Otis Redding o Celia Cruz. Aquel ramillete de talento pronto empezó a evolucionar desde las versiones (atacaban todo tipo de música: salsa, rock, afrobeat, música francesa) hacia la composición, cuando se incorporó el propio Idrissa y el gran guitarrista Manfila Kanté, que sería el líder de la orquesta. “Les Ambassadeurs venían a mi casa y dormían allí, salíamos juntos, éramos amigos”, cuenta Salif Keita. “Mi íntimo era Ousmane Dia, muy buen cantante. Vi que podría aprender mucho de él. Pero yo estaba en la otra banda, y contaban conmigo”. Una disputa allanó el camino. “Lo mío era la música tradicional, pero aprendí mucho. Fueron una buena escuela para mí”. Corría el año 1973. El supergrupo se encaminaba a su leyenda.

Descendiente directo de Sundiata Keita, fundador del imperio de Malí, en el siglo XIII, que cubría el oeste de África

 Entra Salif Keita a la sala insonorizada (ha sido el último en llegar, con casi una hora de retraso) con paso seguro, marcando distancias. Vestido con un atuendo tradicional claro que apenas destaca de su piel despigmentada. Ha llegado un noble, el descendiente directo de Sundiata Keita, fundador del imperio de Malí en el siglo XIII, cuya extensión cubría buena parte del oeste de África. Salif, de 64 años, es una rareza, no solo por ser blanco en un país que escupe al paso de los albinos para conjurar la mala suerte. Aunque su padre era un campesino de Djoliba, un pueblo cercano a Bamako, su linaje le impedía dedicarse a lo que más amaba: ser un griot destinado a exaltar las bondades de poderosos y nobles como él mismo. Escapó a la capital, donde los bares en los que cantaba y una estera en el mercado fueron su hogar. Hoy se sienta en un gastado sofá de terciopelo junto a las jóvenes coristas aquí en Moffou, un centro cultural que él fundó hace varios años con estudio de grabación, radio y otra sala de conciertos. Le acompañan un par de guardaespaldas (su entourage asegura que teme a la ira de su exesposa) y otro albino, un artesano a quien ha apadrinado y que trabaja en su fundación para combatir la enfermedad. Keita pide que se repita el tema donde se quedaron el último día de ensayos para la gira europea que les llevó a 9 países en 10 conciertos; entre ellos, el del Festival La Mar de Músicas en Cartagena (Murcia) el 25 de julio. Sigue el ritmo con el pie envuelto en una babucha y mueve los labios repicando la letra de la canción en bambara, la lengua más común en Malí.

La mayoría de los 12 músicos que forman un círculo en esta pequeña sala de conciertos convertida en local de ensayo rondan los 70 años. Su maestría se nota en el sonido, no tanto en la enérgica ejecución. Cheick Tidiane Seck, de 61 años, se sienta a los teclados, orgulloso de su camisa con la efigie de Jimi Hendrix. “¡Me la hizo su hermana!”, exclama. Es un hombre expansivo, que ha trabajado con Manu Dibango y Hank Jones, el pianista del compositor de jazz Charlie Parker. Acaba de publicar un disco en el que toca todos los instrumentos. Ha sido capital en la reunión de Les Ambassadeurs. “Siempre hemos alimentado la necesidad y la ambición de volver y tocar juntos, con ayuda o sin ella”, dice. “Esta orquesta era mítica, ha diseñado el advenimiento de la música moderna en Malí”. Y tanto. Enfrente está Ousmane Kouyaté, de 62 años, alto, elegante, un virtuoso de la guitarra. Un guineano que abandonó sus estudios de agronomía para seguir los pasos de Les Ambassadeurs hacia Abiyán, la capital de Costa de Marfil, donde se instalaron en 1978, cuando cayó su protector, el teniente Bagayoko. El grupo se salvó de la detención por la mentira de un policía amigo que compartía con ellos un guiso de cordero en la frontera. “Ya están al otro lado”, dijo por teléfono. Kouyaté ha trabajado con una larga lista de músicos, entre ellos el propio Keita.

La Orquesta Aragón tocó con ellos, el batería, Mamadou Bakayoko, alias ‘Pacheco’ no se quita su camiseta del Che Guevara

En un lateral se sienta el profesor Idrissa a los teclados. “Nos queríamos, nos entendíamos, nos comunicábamos bien. Les Ambassadeurs era fantástica como orquesta. No ha habido dos. Y el ambiente era maravilloso, éramos como una familia. Siempre había quien te proponía discretamente cosas para mejorar. Cuando viajábamos, íbamos en el mismo autobús y dormíamos en el mismo sitio. Lo hacíamos todo juntos”. Los cuatro jóvenes del grupo, las dos coristas y los que tocan la calabaza y el n’goni, colaboradores habituales de Keita, les miran con reverencia. Están tocando con sus mitos. También adopta un tono reverencial Madibo Kone, de 75 años, a los bongos. Cuando Les Ambassadeurs se fueron a Costa de Marfil, él tuvo que quedarse por su familia y sobrevivir como conductor de autobús. Falta Amadou, el guitarrista ciego del conocidísimo dúo de afrosoul Amadou & ­Mariam. Tiene conciertos fuera. A la batería, Mamadou Bakayoko, alias Pacheco, un tipo chupado con una camiseta del Che a quien cuesta entender. Todo tiene su porqué… ­Johnny Pacheco les visitó y tocó con ellos, igual que la Orquesta Aragón.

Salif Keita se levanta y escucha, uno a uno, el sonido que sale de la batería, el que genera el viejo percusionista y el joven que golpea la calabaza. Su gesto brusco para la música: “¡Esto no está haciendo bailar! ¡Hacen todos lo mismo!” Cheick responde: “Hemos estado haciendo eso cinco días”. “Tú haces jazz, tú eres un jazzman, pero esto no mueve a bailar. ¡Lo lamento!”. Keita se enerva. Aflora su perfeccionismo. O su capricho. “Tiene una dualidad: por una parte no escucha a nadie, por otra es encantador”, dice un colaborador suyo, “pero creo que todas las personas fascinantes son complicadas”. La tensión crece, ahora se discute en bambara. Hasta que interviene Idrissa tapando el intercambio con las notas de su teclado: “Parad ya”.

Les Ambassadeurs se disolvieron en 1985. Pero dejaron muchos hitos: como cuando Salif Keita improvisó ante el presidente de Guinea Sekou Trouré un canto de alabanza griot llamado Mandjou que les supuso la protección del dudoso mandatario. Cuando el ya himno personal de Trouré fue grabado años después colándose el grupo una noche en un estudio de Costa de Marfil, el tema fue un éxito panafricano. O cuando pasaron tres meses en el invierno neoyorquino empapándose de los sonidos de finales de los setenta.

Vive en una isla de seis hectáreas en el río Níger, con dos caballos, un caimán y una cabra que sigue a todos los lados a la cocinera

Lo único que se ve desde aquí son grandes árboles de sombra generosa, plantas que buscan el frescor y una extensión de agua en tonos verdosos que parece no tener fin. Es lo que contempla al levantarse todos los días Salif Keita. “Estoy en Bamako, pero en el campo”, dice alzando la barbilla, como señalando al río Níger. “Es inimaginable en una gran capital encontrar un lugar como este, en el medio del agua… Adoro estar aquí. Es mi paraíso. Me siento muy unido al agua. No puedo pasar una semana sin ver el río o el mar. Me hace falta. Es bueno para mi cabeza”. Keita vive en una isla de seis hectáreas en el río Níger, una especie de Neverland con dos caballos, un par de antílopes, un caimán y una cabra que sigue a todos lados a la cocinera. Hay bungalós para alquilar, bar al aire libre, sala de conciertos, esculturas (un león o una grotesca sirena que preside la piscina) y porches donde algunos músicos de Les Ambassadeurs celebran el inicio del Ramadán con un guiso de cordero. Pero Salif, el hombre cuya carrera estalló acuñando el afropop tras el fin de Les Ambassadeurs (ha publicado una decena de discos de estudio y colaborado con artistas de la talla de Santana, Wayne Shorter o Cesária Évora), no abandona su casita a orillas del río, construida sobre una barcaza fluvial. Allí entran y salen sus mujeres y sus amigos. Él les espera en el porche, sentado a una mesa que tiene la forma del continente africano. Los días que no compone suele ir a ver a su familia, al pueblo, juega a las damas (“es algo muy inteligente”, explica) y, si puede, evita la ciudad.

Esa ciudad invisible desde aquí: Bamako, dos millones de almas. Hace nada era la meca para los amantes del extraordinario tesoro musical de Malí, que se desplegaba en festivales y bares donde gozar con genios como Toumani Diabaté, el mago de la kora; Ali Farka Touré (que interpretaba interludios musicales en las sesiones de Les Ambassadeurs) o Rokia Traoré. Pero eso fue antes de 2012, antes de la guerra. “Nuestra nación pasa por un momento de crisis dolorosa, queremos llamar a la unión de todos los pueblos, como dice el lema de Malí”. El siempre sonriente Cheick, el buda negro, se ensombrece. El país no solo se sitúa en los puestos de cabeza de los indicadores de pobreza de todos los países de mundo (el undécimo con menor renta per capita). Sus 20 años de régimen democrático, con muchas carencias, eso sí, se rompieron en 2012 con una asonada militar y la división en dos del país por la revuelta de los tuaregs del norte y grupos yihadistas, que prohibieron los conciertos. Trescientas mil personas huyeron hacia el sur y 500,000 niños están en riesgo grave de desnutrición. Aún hoy, con unas elecciones democráticas celebradas en 2013, el norte está en manos del tuareg Movimiento Nacional de Liberación del Azawad. No hay rastro de turistas, solo llegan hombres y mujeres de uniforme con cascos azules…

Hay dos temas que despiertan a Salif Keita de su letargo frente al río. Uno es el albinismo, su empeño en que sus semejantes dejen de ser atacados y marginados, y otro, Malí. “Necesitamos ayuda. Y tenéis que decir que no estamos en guerra, que el problema está en el exterior”. Parece algo más complejo. El príncipe albino es partidario de una regeneración de las clases dirigentes. Sokou Dibaté, el bajista, vive en París. Tiene 73 años. Es uno de los ocho supervivientes de Les Ambassadeurs. Todos dicen algo parecido: “Algunos partieron a la aventura, otros han muerto… La muerte es un viaje sin retorno. Ya no están el batería, el saxo, el balafonista, Mafila, nuestro director. No estaremos en el mismo lugar que ellos, pero sin duda nos han llamado. No olvido a ninguno”.

Nacer albino en África es la peor condena para una familia, sus órganos son  comprados por miles de dólares para rituales

Hay lugares de África donde nacer albino sigue siendo la peor condena. Se les ve aún como hijos del diablo. Cualquier órgano suyo sirve para rituales de magia negra. Los brujos pueden llegar a pagar 1,600 euros por una pierna. Si el miembro se arranca en vivo, mejor. Viajamos años atrás a Tanzania para hablar con las víctimas de tan escalofriante superstición. “Eran tres. Entraron en la choza y empezaron a golpearnos a todos. Uno llevaba una botella de queroseno. Me agarraron entre los tres. Me inmovilizaron y empezaron a cortarme el brazo a machetazos. Cuando acabaron salieron corriendo con mi brazo y gritaron a mi madre que me echara el queroseno en la herida hasta que cauterizara y dejara de sangrar. Yo ya estaba desmayada…”. Kabula Nkalango, de 14 años y albina, tiene la mirada triste y una sonrisa forzada de quien ha visto el horror y ya no espera nada sano de esta vida. Lleva un año en una escuela especial a 160 kilómetros del lago Victoria, en Tanzania. Nunca antes había ido al colegio. Era analfabeta, aunque ahora ya es capaz de leer y hacer sumas y restas. “Cuando llegó estaba psicológicamente devastada. Tenía pesadillas y se despertaba pensando en las caras de los hombres que le arrancaron de cuajo su brazo derecho”, comenta Peter Ajali, el director de las escuelas Buhangiya. Kabula habla pausado y no sostiene la mirada. Prefiere agachar la cabeza y cruzar su brazo izquierdo sobre el pecho, por encima del uniforme azul del colegio, como queriendo ocultar que le falta el otro brazo. Es tímida y recelosa, aunque sus profesores le insisten en que hable con los periodistas porque, dicen, “el mundo tiene que saber lo que pasa aquí”.

Y lo que pasa en Tanzania es que el 60% de la población cree en la brujería, sobre todo en la llamada “brujería muti”, que en sus formas más extremas utiliza partes humanas para sus conjuros y brebajes. Desde hace unos años, los hechiceros que la practican han señalado a los albinos, un sector social especialmente estigmatizado en ese país, como los objetivos más fáciles para este tipo de magia negra. Lo más normal es que se profanen las tumbas de los albinos fallecidos por accidente o enfermedad para así robar sus huesos y dárselos a esos chamanes. Pero el verdadero “muti” para que sea realmente efectivo, necesita que los órganos o miembros humanos se arranquen en vivo para que los gritos y el dolor del sacrificado potencien el efecto del conjuro. Por eso los traficantes de órganos que atacaron a Kabula le dieron una botella de queroseno a su madre, porque su misión no era matarla, sino mutilarla, lo cual no les hace menos crueles, pero sí demuestra el grado de deshumanización y locura al que pueden llevar unas creencias ancestrales: “No nos eches la culpa, nos envían solo para cortarle el brazo, no queremos matarla”, le gritaron a la madre de Kabula, que tuvo la suerte de sobrevivir.

Los sacrificios humanos pueden haber sido centenares en las zonas más remotas y aisladas de Tanzania

Ha habido al menos 60 asesinatos rituales de albinos en Tanzania en los últimos tres años, 16 en Burundi, 7 en Kenia. Estos son los muertos comprobados e investigados por las diferentes policías, pero varias ONG calculan que los sacrificios humanos pueden haber sido centenares, porque los ocurridos en las zonas más remotas y aisladas ni son tenidos en cuenta. “La culpa la tienen todos los mitos extendidos por los brujos de que los albinos tienen algunos poderes mágicos y que sus órganos pueden utilizarse en pociones mágicas para conseguir que los ricos sean más ricos o triunfen”, asegura Vicky Ntetema, directora de la Fundación Under the Same Sun (Bajo el Mismo Sol) y antigua delegada de la BBC en Dar es Salam. Hace cuatro años realizó la primera denuncia periodística sobre la persecución de los albinos en Tanzania grabando con cámara oculta a varios brujos que hacían magia negra con humanos. Desde entonces lleva escolta, ha dejado el periodismo y ayuda a este colectivo.

La sede de su ONG está rodeada de vallas electrificadas y guardias de seguridad porque 10 de los 14 miembros de su equipo son albinos. Para Vicky, la permisividad de la Administración tanzana con esos brujos tiene una explicación clara: “Hay gente en el Gobierno bien formada, bien educada, que cree en los brujos. ¡Políticos, ministros, líderes religiosos, policías y empresarios acuden a ellos! Hay políticos que visitan a los brujos durante las campañas electorales para beber las pociones mágicas que supuestamente les harán ganar las elecciones. ¡Y luego esa gente es la que tiene que decidir si a los brujos se les permite o no continuar con sus prácticas…!”. No es una denuncia en falso. El único diputado albino elegido en las urnas, Salum Khalfan Barwani, por el partido de la oposición al presidente Jakaya Kikwete, nos comentó en su oficina que él había ganado su escaño “sin recurrir a la brujería, no como otros diputados del Parlamento”.

Muchos creen que los albinos son una maldición divina, o que son, simplemente, subproductos de un adulterio o una enfermedad venérea

El albinismo es un trastorno genético hereditario, una falta de pigmentación en la piel, el pelo y los ojos. En Europa lo sufre una de cada 20,000 personas, pero en Tanzania hay un caso cada 4,000 habitantes. El Gobierno ya ha censado a unos 8,000 albinos, pero la Sociedad Tanzana de Albinos, una institución financiada con dinero público, calcula que hay unos 160,000. En nuestro mundo, un albino es uno más, pero en Tanzania, como en casi toda África del este, un albino es un ser inferior. En este país, por el que pasan 600,000 turistas al año para ver el Serengeti o el Kilimanjaro o la isla de Zanzíbar, muchos creen que los albinos son una maldición divina, o que son gafes que traen mala suerte, o que son hijos del demonio, o que son, simplemente, subproductos de un adulterio o una enfermedad venérea. En Tanzania, los albinos son discriminados, segregados y en muchos casos perseguidos, asesinados o mutilados. Los mitos construidos sobre su supuesto carácter sobrenatural y maléfico no tienen ningún sentido, pero de alguna manera han calado entre la población. Por eso los asesinos de albinos actúan con enorme impunidad, porque cuando a un colectivo se le estigmatiza en la categoría de infrahumano es fácil pasar, sin demasiados prejuicios, a la fase de exterminio.

Que los albinos no son humanos, sino fantasmas o presencias espectrales, es una de las leyendas más comunes sobre ellos. De hecho, en las zonas rurales se  tiene la convicción de que un hijo albino es una condena de mala suerte para toda la familia. Así que a ese niño se le aparta de la familia, se le aleja al establo, con los animales, y se espera hasta que se desvanezca, porque, según esta creencia, los albinos no mueren, sino que desaparecen: “Mira, te voy a explicar de dónde viene ese mito estúpido”, dice Babu Sikare, un albino tanzano que vive en Estados Unidos. “La razón es que, tiempo atrás, realmente sí que desaparecíamos… ¡pero porque nos solían matar…! Y después de asesinarnos nos desmembraban y hacían desaparecer los cuerpos. Nos mataban y luego decían que nos habíamos desvanecido, porque no se nos volvía a ver… No se perseguía a nadie, no había prensa detrás como tú ahora. Y la gente se creía que nos evaporábamos…”.

Babu tuvo la suerte de nacer en la capital, Dar es Salam, en el seno de una familia que lo quiso y lo trató como uno más. Fue el número uno en su clase y consiguió una beca para estudiar en Ohio (EE UU), donde trabaja en un banco de inversiones. Lo que peor lleva es que la gente crea que traen mala suerte. En sus ratos libres es cantante de ‘rap’ bajo el nombre de Albino Fulani (Un Albino Cualquiera); pasearse con él por un mercado de Dar es Salam es como llevar una diana de desprecio en la espalda. En mi escaso suajili puedo escuchar cómo, a nuestro paso, muchos individuos susurran la palabra ‘wazungu’, una expresión despectiva de la época colonial que podríamos traducir por “putos blancos”: “La gente me llama de todo. Me dicen ‘zeru’, que significa cero, o sea, nada. Me llaman ‘kaburu’, que en Sudáfrica era el insulto a los blancos racistas. Y ahora tienen una nueva expresión, nos gritan ‘dili’, un diminutivo del inglés ‘deal’, es decir, negocio. Muchos me ven como un negocio, un ‘business’. Si me cortan la mano, hacen negocio. Pillan pasta. Así que no te sorprendas si vamos por la calle y alguien grita: ‘¡Ei, Dili!’. Se refieren a mí, amigo, no a ti”.

En el mercado negro una mano de un albino se paga hasta mil dólares y una pierna hasta dos mil, no todo el mundo puede pagarlo

¿Pero quién usa este tipo de brujería asesina? Está claro que en una sociedad atrasada cualquier superchería se puede convertir en dogma, pero no se puede decir que esta sea una brujería de las clases bajas. En Tanzania, un país donde el 80% de la población vive en el umbral de la pobreza, no todo el mundo puede pagar mil dólares por una mano o dos mil dólares por una pierna, que es como se cotizan actualmente los órganos de albinos en el mercado negro. Son muchos los que creen en la magia negra, incluso en las capas más altas de la sociedad. Pero casi todas las investigaciones apuntan a que son los mineros del interior y los pescadores del lago Victoria los que más recurren a esa magia para tener suerte y riqueza. “Todos gritábamos, pero no podíamos hacer nada. Mis padres habían fallecido, vivíamos con mi tía, que estaba aterrorizada”, me cuenta Tyndi Mbushi. Ella es albina, de la región de Geyta, donde las minas de oro son el sustento de la población. A ella no la tocaron porque el alboroto asustó a los liquidadores, pero sí tuvieron tiempo de cortar a machetazos la pierna derecha de su hermana Bibiana. “También intentaron cortarle la izquierda, pero cuando nos pusimos todos a gritar salieron corriendo solo con una pierna. Bueno, con la pierna y con los dos dedos que le cortaron al intentar poner la mano para defenderse”.

Hablan con toda su familia de adopción arropándolas y dándoles cariño. Bibiana prefiere dejar a su hermana el relato gráfico de los hechos. Un relato desgarrador en una niña de apenas 12 años. Quizá por eso, por ser tan pequeña, lo cuenta de esa manera tan directa y horrible, sin adjetivos y sin detalles. Bibiana me enseña los terribles costurones que le dejaron los dos machetazos en su pierna izquierda, justo por la ingle, mientras se apoya en la muleta que le ayuda a andar. “De mayor quiero ser banquera para ayudar a mi familia y a las personas pobres”, dice con una tremenda ingenuidad. Le pregunto qué siente por los hombres que la mutilaron, si rencor, odio o quizá perdón, y me contesta con un sonoro silencio que probablemente contiene muchas más opciones de las que yo le he planteado.

Dagumoto’ es la palabra utilizada en la jerga de los hechiceros para denominar los asesinatos por encargo o los sacrificios rituales

¿Pudo la pierna de Bibiana acabar como una especie de detector de metales en alguna mina de oro? ¿Pudo su sangre ser vertida en una galería oscura para intentar encontrar la veta buena que sacara a unos mineros sin escrúpulos de su miserable existencia? Bibiana nunca lo sabrá. Ella ha sobrevivido. Es otro ejemplo que contradice la leyenda de que los albinos se desvanecen. El mito de que son almas negras encerradas en cuerpos lívidos esperando encontrar otro organismo que colonizar. “Es una leyenda muy conocida que los trozos de albino traen buena suerte. Es una tradición que viene de siglos, de nuestros padres y abuelos, cuando nos decían que los albinos simplemente desaparecían”, reconoce Waega Makuruka, un pescador del lago Victoria que accede a hablar sobre el tema en una apartada cala llena de pescadores furtivos. No somos bien recibidos en esa playa. Somos blancos, llevamos cámaras, somos un imán para la policía… Algunos nos gritan que no les enfoquemos para no ser reconocidos; otros, que nos vayamos. “A mí me han dicho que se utilizan huesos de albino, pero no sé qué partes realmente”. Waega habla de soslayo y con titubeos, porque muchos de sus compañeros intentan acercarse para escuchar lo que dice y saber si habla de más.

El contacto que nos ha llevado hasta allí ha sido rotundo: “Aquí todo el mundo cree en esa brujería”. La zona de Mwanza se hizo famosa gracias al documental “La pesadilla de Darwin”, que retrataba la pesca a destajo de la perca del Nilo para su exportación, dejando a los habitantes locales para alimentarse apenas las raspas. Son esos pescadores, según Ntetema, los que acuden a los brujos para encontrar los bancos de peces: “Deshuesan las manos cortadas, muelen los huesos, y ese polvo lo esparcen por… lo que sea, el mar, el lago, para que el pescador haga más capturas… Pero también usan el pelo rubio, pelo de cabeza de albino. Primero lo fríen, luego lo raspan y después lo espolvorean por donde creen que está el banco de peces”.

‘Dagumoto’ es la palabra utilizada en la jerga de los hechiceros para denominar los asesinatos por encargo o los sacrificios rituales. Masalu Luponya es un brujo de la zona de Geyta acusado hace unos meses de encargar el asesinato de un albino. Finalmente fue liberado por falta de pruebas. Cuando le pregunto si es un brujo malo o un brujo bueno, enseguida me hace la distinción: “La brujería buena utiliza raíces y animales, la mala utiliza árboles y personas humanas. Yo soy de los buenos”. Luponya es alto, de sonrisa franca, mirada directa y chispeante, y un gran anfitrión. Sabe caer bien, condición indispensable para un buen embaucador. No le va mal el negocio de brujo. Tiene varias chozas y un enorme terreno de cultivo donde están enterrados sus antepasados. Está delante de esas tumbas, porque dice que sus ancestros le cuentan quién.

Enseguida muestra todo su arsenal de alquimista, todos sus abalorios de curandero y toda su retórica para defender que la magia negra es muy peligrosa, y que solo los más expertos pueden usar porque, si no, sus efectos pueden ser devastadores: “Los asesinatos vienen de hace mucho, mucho tiempo. Primero iban a por las embarazadas; después, a por los calvos; luego, a por la gente que tenía una marca como una M en la mano, y después comenzaron con los albinos”. El hechicero Luponya habla con vehemencia. Controlando sus silencios y jugando con las pausas dramáticas. Mira a los ojos directamente, pero eso, que en otro interlocutor sería una cortesía o una señal de franqueza o de seguridad en sí mismo, me produce cierto desasosiego. Como si su mirada taladrara y estuviera tocando las almas de quienes se acercan. Al salir de la choza invita a probar un brebaje, un antídoto para venenos…

“Claro que conocía al asesino. Éramos más que amigos. De hecho, éramos medio parientes… Solo espero que haya algún tipo de justicia divina”

Muy cerca de los dominios del brujo, a escasos kilómetros del parque nacional de Serengeti, ocurrió uno de los sucesos más estremecedores en esta persecución delirante contra los albinos. Mariam Emanuel, de cinco años, fue asesinada en la choza de su abuelo delante de su hermana. Nindhi, que no padece albinismo, pudo ver todo lo que ocurría desde un rincón de la habitación e incluso reconocer a uno de los asesinos, Kazimili Mashauri, un individuo de la misma aldea, que fue condenado a muerte el año pasado. Encontramos a Nindhi en otro colegio privado de acogida, acompañada de su tutor, que le anima a contar lo que pasó tal y como lo hizo ante el juez: “Me taparon la cabeza con una manta, pero la abrí un poco para ver qué estaban haciendo. Los asesinos taparon la boca de Mariam y con un cuchillo la degollaron. Entonces uno de ellos reco gió en un cazo toda la sangre que salía de su cuello y cuando se llenó, empezaron a bebérsela. Uno detrás del otro. Cuando terminaron de beber la sangre sacaron una bolsa grande y cortaron a hachazos las piernas de Mariam. Yo creo que ya estaba muerta. Las metieron dentro y huyeron”. Lo cuenta de corrido mientras los testigos mantienen la respiración. Aunque el griterío de los niños en el patio del colegio es ensordecedor, todo parece detenerse en cuanto esta niña, tan pequeña y tan adulta, se pone a hablar. Los periodistas se despiden de ella con la preocupación de haberla desestabilizado, aunque el director les dice que no se preocupen. Tiene asimilado lo que pasó, es una buena estudiante y saldrá adelante. Y les recomienda que vayan a visitar al abuelo.

La aldea de Ngalongo no está lejos de Mwanza ni lejos del lago Victoria, donde probablemente acabaron los miembros de Mariam. Son apenas una de cena de chozas de familias pobres que viven en una economía de subsistencia. Cuando llegan los reporteros a la casucha donde vivía la cría, su abuelo, Mabula Fimbo, de 78 años, está comiendo una pasta de flor de yuca mezclada con maíz. “Comida de pobres”, dice ofreciendo una cucharada. “Claro que conocía al asesino. Éramos más que amigos. De hecho, éramos medio parientes… Solo espero que haya algún tipo de justicia divina”, relata con un hablar cansado. Mabula cuenta que el tipo sigue en la cárcel a la espera de ejecución. Que en el juicio no reconoció los hechos, ni por qué lo hizo. Que cada vez que ve a sus familiares siente una mezcla de odio y tristeza, pero que no puede hacer nada. Todas las pertenencias de este hombre, que cría unas cabras para sobrevivir, caben en una maleta que tiene semicerrada en uno de los dos cuartos de la choza.

Le piden que les enseñe la tumba de Mariam y le preguntan si no temen que intenten profanarla. Les mira, les lanza algo lejanamente parecido a una sonrisa de complicidad y les pide que le acompañen a su cuarto. Al entrar se agacha, levanta el jergón sucio donde duerme y enseña, ahí, debajo de su propia cama, la tumba de su nieta Mariam. Ante las caras de estupor, agachado delante del colchón, mirando ese suelo duro donde no hay lápida, ni flores, ni velas,susurra: “Es que si la entierro ahí fuera, seguro que acabarían profanándola y llevándose sus huesos”. Mientras le ayudan a bajar la cama, se preguntan los visitantes a qué extremos de amor y devoción hay que llegar para enterrar a alguien dentro de casa. Qué desolación hay que sufrir para dormir todas las noches con esa presencia etérea en la habitación y qué remordimiento por no haber podido evitar su muerte.

“Soy negro, mi piel es blanca, es la diferencia, me hace único”, gritos de esperanza de Salif Keita para miles de albinos africanos

“Soy negro, mi piel es blanca, es la diferencia. Me hace único”. Quizás estas palabras del músico Salif Keita animaron a Abdoulaye Coulibaly en su lucha. Nacer albino es África es un castigo que muchos de ellos pagan con la discriminación, el aislamiento o incluso la muerte. Coulibaly decidió cruzar el Estrecho de Gibraltar, que separa África de Europa, para encontrar una vida mejor. Ahora, meses después ha conseguido ser el primer negro albino en obtener el asilo en España por su condición. Salif  Keita, fundador de una organización que lucha por la igualdad de los albinos, ha sido “un referente desde siempre” para Coulibaly. Su historia ha marcado la vida de miles de ‘Coulibaly’ discriminados por ser negros con piel blanca. Salif  Keita, cantante y compositor del pop africano. Este músico, procedente de Malí es conocido como ‘La Voz de Oro africana’. Por otro lado, es descendiente directo del fundador del Imperio de Malí, Sundiaka Keita. Salif nació en la ciudad de Djoliba. Fue marginado por su familia y apartado de su sociedad por ser albino, signo de mala suerte en la cultura mandinga. En 1984 Keita se trasladó a París para alcanzar una mayor audiencia. Su música combina ritmos tradicionales de África Occidental e influencias de Europa y América, a la vez que mantiene un estilo general islámico. A nivel instrumental también se ve reflejada esta combinación, con la inclusión de balófonos, yembes, koras, órganos, saxofones y sintetizadores. Keita ha triunfado en Europa como uno de los grandes cantantes africanos.

A Salif le dieron con la puerta en las narices cuando anunció que iba a dedicarse a la canción, que quería ser músico. Personas como él, cuya estirpe legendaria está emparentada con el emperador mandinga del siglo XIII. Estaban llamadas a retos mayores y no a sucumbir a vulgares tentaciones artísticas propias de la clase plebeya, cuando no de delincuentes. Si a la tradición secular se une que es albino en tierra de negros, la magnitud del reto que afrontó este cantante de 61 años de Malí a finales de los sesenta queda bien retratada. Hombre voluntarioso, hecho a sí mismo, presentó recientemente en Cartagena, España, su nuevo disco ‘La différence’. Grabado entre París y Bamako, el reciente álbum culmina una trilogía dedicada al folclor maliense. Y no es oportunismo: después de residir un par de décadas en Francia, regreso a s país para reencontrarse con su gente, pero también con sus tradiciones culturales.

Primero llegó “Moffou”, disco deslumbrante, luego siguió “M’Bemba” y ahora, “La différence”… Este último trabajo hace hinca pié en que la riqueza humana se basa en la diversidad y no en la exclusión. “La diferencia es bonita. Soy un hombre negro, mi piel es blanca, y me gusta. Es mi diferencia. Soy blanco, mi sangre es negra, y me gusta. Porque la diferencia es bonita”, cantaba en uno de sus recitales el músico albino que no quiso ser emperador. Vestido totalmente de blanco apareció en el escenario, calado con una gorra adornada con tres cipreas modo de amuleto. Preparaba por entonces Salif un documental con el que logró levantar la voz a nivel mundial por los albinos que no han tenido su suerte artísticas, de las medidas de apoyo que está impulsando desde una fundación solidaria y de la satisfacción que le ha originado el asilo político que España ha concedido a Abdoulaye Coulibaly, de 22 años, tras llegar vivo en un cayuco a las costas de las Islas Canarias.

@SantiGurtubay

@BestiarioCancun

www.elbestiariocancun.mx

Te puede interesar

George Orwell nunca vendió tantos libros de ‘1984’ en Estados Unidos como con Covid-19, del ‘Gran Hermano’ y vigilados ciudadanos

Pinceladas Saber quién ha estado en contacto con afectados por el coronavirus de Wuhan es …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *