De militarizaciones a ‘militarizaciones’

Signos por Salvador Montenegro

La disyuntiva parecía ser la de elegir entre las caravanas de sicarios y las de las Fuerzas Armadas, y las poblaciones a merced del ‘narco’ y de gobernantes a su servicio preferían, por supuesto, el paisaje en movimiento de la tropa.

Hoy día la tropa ha vuelto a patrullar las calles y los caminos, y las caravanas de matones han dejado de ser parte del violento entorno diario.

López Obrador enmendó su decisión de no militarizar la vía pública y la vida civil, porque entendió que la tropa era la única alternativa inmediata ante la generalizada e irredimible corrupción policial, y la insuficiencia de la Guardia Nacional como solución constitucional emergente. Y la tropa ha evolucionado en el desempeño de sus funciones de seguridad pública, en el control del uso de la fuerza, y en el orden de las garantías del ‘debido proceso’ y los derechos humanos.

Hoy día opera mejor el sistema de Inteligencia que el del enfrentamiento armado, y hay más acciones exitosas y sin tiros, que regueros de cadáveres sin mermas positivas en el mercado de las drogas y la extorsión.

Hoy día se complican el soborno y el sometimiento de autoridades e instituciones al poder del ‘narco’, porque se ha interrumpido en buena medida la cadena de la corrupción entre los mandos civiles y militares vinculados con sus negocios y pertenecientes al perímetro de su influencia.

La intolerancia al crimen desde el poder republicano más alto, ha permeado e intimidado a las jerarquías inferiores en el Ejecutivo Federal, y en todos los Poderes y en todos sus niveles de gestión.

El miedo no anda en burro, y no cualquiera se salta las trancas de corromper y corromperse en su entorno de decisión; sabe que hay subordinados que pueden denunciarlo, y mandos superiores que pueden castigarlo, y ser, unos y otros, elogiados por ello.

Nada más distante de la óptica lópezobradorista que la de fortalecer la presencia militar en el país para sustentar su liderazgo presidencial como parte de una iniciativa autoritaria. Eso puede ser propio de alternativas fácticas, oligárquicas y golpistas, y no de quien ejerce la dirigencia del Estado por oposición a los grupos de poder enemigos de las mayorías populares que lo eligieron y no han dejado de legitimar su mandato de manera abrumadora.

Las Fuerzas Armadas mexicanas han alcanzado un grado de confianza popular tal, que son la institución mejor calificada por los ciudadanos. Y López Obrador no acude a ellas con un sentido de poder sino de fiabilidad, convencido de su lealtad institucional, su disciplina y su eficacia, lo que incomoda a los grupos de poder desplazados, por vez primera, de los privilegios fácticos del control político, y que, como siempre han entendido -cual algo costumbrista y ordinario- que cuanto se decide desde la cúpula del Estado es parte de sus intereses, entonces los militares también deben defender esos derechos oligárquicos tradicionales y representarlos.

López Obrador pone en las calles a los militares como alternativa institucional y operativa eficiente contra la inseguridad -algo a lo que siempre se había resistido, incluso más allá de lo pertinente en términos de sus atribuciones constitucionales-, con el mismo sentido funcional y de servicio civilista con el que lo hace frente al desastre del sistema de salud heredado de la larga noche de la corrupción privatizadora y ante las urgencias sanitarias promovidas por la pandemia, y con la misma orientación con que ahora los pone al frente de una gestión portuaria y aduanera estratégica, luego de tantas complicidades y turbiedades públicas cometidas en favor del trasiego ilegal de productos de todo tipo y de todos los niveles del crimen, y en contra de la hacienda y la seguridad nacionales.

Los que ven moros con tranchete en ese tipo de ‘militarización’ (que incluye, por cierto, la limpieza de playas y de paso se acaba con el creciente negocio de las concesiones gubernamentales a empresas privadas ‘fantasma’), son los que saben de sobra que los Gobiernos ilegítimos no disponen de la tropa para efectos tan serviciales como los del mandatario mexicano, sino para todo lo contrario: para favorecer a los menos, aplastando por la fuerza de las armas los derechos de los demás.

SM

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