El fantasma de Bin Laden, casi a veinte años de su ataque del 11-S, logra que todos los turistas sean sospechosos terroristas

El Bestiario

Nadie nos examinaba en los aeropuertos buscando una pistola, una granada o explosivos plásticos, ni mucho menos un temible cargamento de Colgate, una simple pasta dentífrica comprada en Costco, Walmart, Soriana, o el Superama de la Bonampak. Mataron al saudí Osama bin Laden, pero, si acertó y existe el paraíso yihadí, le sobran motivos para seguir festejando el ataque terrorista que orquestó contra Estados Unidos… causando molestias antes desconocidas a todo aquel que se sube a un avión comercial. El horror vivido en Nueva York y Washington se repitió después en Londres, Madrid, París, Niza, Bruselas, Berlín, Barcelona… “Durante los seis años que cubrí las guerras de Centroamérica en los ochenta volaba de manera constante entre El Salvador, Guatemala y Nicaragua sin que nadie me examinara nunca en ningún aeropuerto. Hoy todos somos terrorista en potencia, y más en el Gobierno de Donald Trump, especialmente en el caso de que seamos ciudadanos de otro país…”, recuerda el escritor inglés John Carlin…

Santiago J. Santamaría Gurtubay

El impacto sobre los infieles de Occidente, tanto sobre los Gobiernos como sobre los ciudadanos de a pie, no se diluye, se expande, restringiendo las libertades, socavando valores democráticos, pisoteando los derechos humanos. El Estado Islámico (ISIS) y Al Qaeda generan nuevos miedos y dilemas, causando molestias antes desconocidas a todo aquel que se sube a un avión comercial. El horror vivido en Nueva York y Washington se repitió después en Londres, Madrid, París, Niza, Bruselas, Berlín, Barcelona… “Durante los seis años que cubrí las guerras de Centroamérica en los ochenta volaba de manera constante entre El Salvador, Guatemala y Nicaragua sin que nadie me examinara nunca en ningún aeropuerto. Hoy todos somos terrorista en potencia, y más en el Gobierno de Donald Trump, especialmente en el caso de que seamos ciudadanos de otro país…”, recuerda el escritor inglés John Carlin. Hacer una llamada telefónica ya es suficiente. La interceptación por los servicios de inteligencia de mensajes entre líderes de Al Qaeda y el Estado Islámico (ISIS) hizo que se cerraran más de 20 embajadas de Estados Unidos en tierras árabes, no hace mucho tiempo. Fue un ejemplo nada novedoso de cómo el fantasma de Bin Laden sigue sobrevolando la conciencia colectiva de Occidente, sustituyendo el temor a la guerra nuclear durante la Guerra Fría con el temor al terrorismo como el factor determinante de la política internacional.

Solo que en los años cincuenta, sesenta, setenta y ochenta, hasta la caída del muro de Berlín y más allá, el miedo incidía en el ciudadano común y corriente de manera menos tangible. Había quien se construía un búnker antinuclear en el jardín, pero el que quisiera dejar la gestión de la paranoia en manos de la CIA o MI6 no tenía por qué ver su vida cotidiana afectada en lo más mínimo. Uno entraba en un edificio público o el de una gran empresa como entraba en su casa, sin verse sometido a medidas de seguridad. Hoy, si uno se olvida de que no puede llevar un frasco de colonia o una botella de agua abordo de un avión, le revisan el bolso y le manosean de arriba abajo como si fuese un criminal.

Estados Unidos recurre a métodos antidemocráticos para combatir a los herederos de la quintaesencia del fundamentalismo islámico

Aunque tampoco se salvan los nativos de la nación occidental más paranoica del mundo, como ha demostrado Edward Snowden, el filtrador de la CIA, perversamente refugiado en Rusia, con sus revelaciones de que los servicios de seguridad estatales han almacenado información digital privada de millones de estadounidenses. El hecho de que esta versión electrónica, más sutil de los métodos invasivos empleados por la Stasi o el KGB, no cause consternación general y apenas debate entre la mayoría de los ciudadanos de un país que insiste en verse como el estandarte de la libertad individual es atribuible directamente a Bin Laden. Como decía el escritor John Le Carré en una entrevista publicada en el Financial Times, “parece no haber límite a las violaciones de sus libertades, tan arduamente conquistadas, que los norteamericanos están dispuestos a soportar en nombre del contraterrorismo”.

A tal punto lo soportan que solo es una minoría en Estados Unidos la que expresa su desconcierto ante la evidencia de que su Gobierno recurre a métodos antidemocráticos e incluso terroristas para combatir a los herederos de Bin Laden y portadores de la quintaesencia del fundamentalismo islámico. Por un lado están los presos encarcelados en la base militar estadounidense de Guantánamo sin proceso o, siquiera, sin cargos judiciales, algunos de los cuales han sido sometidos a torturas; por otro está la política de drones del Gobierno de Barack Obama, iniciada por George W. Bush. Las consecuencias más inmediatas y catastróficas del 11 de septiembre fuera de Estados Unidos se vieron en las guerras de Afganistán e Irak. Fueron guerras “opcionales”, especialmente la de Irak, cuyo dictador Sadam Husein nada tenía que ver con Bin Laden, más bien todo lo contrario. Pero el estado anímico revanchista de la población estadounidense después de los ataques en Nueva York y Washington, sumado a la presencia en el poder de George W. Bush y su beligerante eminencia gris Dick Cheney, hicieron prácticamente inevitables dos guerras a las que algunos Gobiernos europeos también optaron por apuntarse.

Irán y Arabia Saudita mueven la guerra civil de la familia islámica, los reyes de los petrodólares lideran a los sunitas y los ayatolás, a los chiitas

Recuerdo la imagen de George W. Bush junto al británico Tony Blair y al español José María Aznar, en las Islas Azores. Todavía se están buscando las armas de destrucción masiva que existían en Bagdad, justificadoras de bombardeos masivos sobre su población civil. ¿Vale la pena asumir el papel de conciencia moral del mundo árabe si se corre el riesgo de agitar una vez más el avispero del terrorismo islamista?, se preguntaban los estadounidenses y europeos en contra de semejante intervención. Y, además, ¿no estaríamos beneficiando al sector de los rebeldes sirios que se identifican abiertamente con los terroristas islamistas? Hasta hace poco tiempo fue Siria. Mañana pudiera ser Irán, Pakistán, Egipto, Arabia Saudí… Y aunque Occidente se limpiara las manos absolutamente de los conflictos en tierras musulmanas, el impacto que ha tenido el 11-S lo seguimos viendo en nuestras vidas, a través de la gradual y aparentemente inexorable invasión a nuestras libertades, todos los días. Este mes de septiembre se han cumplido 19 años de aquellos terribles atentados con aviones comerciales, repletos de pasajeros civiles, colisionados por los ‘kamikazes’ contra el Pentágono y las Torres Gemelas, en Washington y Nueva York. Murieron unas tres mil personas.  En el 2021 estaremos ante el vigésimo aniversario.

El Congreso de Estados Unidos aprobó una ley que permitía a las víctimas de los atentados denunciar ante los tribunales a Arabia Saudí por sus supuestos vínculos terroristas. El ex presidente Barack Obama vetó la ley, que contaba con el apoyo mayoritario de demócratas y republicanos. La Cámara de Representantes ratificó el texto, aprobado el pasado mayo por unanimidad en el Senado, en una fecha simbólica: dos días antes del 15 aniversario de los atentados con aviones contra Washington y Nueva York, en los que murieron unas tres mil personas. Los oponentes de la ley, entre ellos la Casa Blanca, temían que ésta acabara dañando las relaciones con Arabia Saudí, un socio esencial, aunque difícil, de EE UU en Próximo Oriente. Arabia Saudí había amenazado con represalias financieras si la ley se legara a aplicar. La iniciativa refleja las tensiones crecientes en la relación entre Washington y Riad, tras el acuerdo nuclear alcanzado con Teherán, acuerdo suspendido por Donald Trump. En el explosivo Oriente Medio, Irán y Arabia Saudita mueven los hilos de la guerra civil existente en el seno de la familia islámica. Los reyes de los petrodólares son líderes sunitas y los ayatolás, chiitas.

Los sunitas y los chiitas, las dos caras más importantes del Islam, un conflicto de siglos por la sucesión de su profeta Mahoma

Tras la muerte del profeta Mahoma, en el 632 después de Cristo, sus seguidores empezaron a cuestionarse quien debería ser el sucesor para el Gobierno del califato islámico. Algunos creían que este sucesor debería ser designado por gracia divina y que un parentesco familiar con Mahoma era una señal para elegir a esa persona como futuro líder. Bajo este concepto se creía que el mejor sucesor para el califato era un primo o yerno de Mahoma.  Inmediatamente surgió un grupo de oposición quienes creían que el nuevo líder del califato debía ser elegido por la mayoría de miembros de la comunidad musulmana. Quienes argumentaban esto último se basaron en extractos de la ‘Sunna’, un libro que contiene las palabras del profeta y sus seguidores. Es por esto que a este bando se lo denominó como los sunitas y su oposición se la conoce como chiitas. En la actualidad la mayoría de los musulmanes son sunitas, 83% a nivel mundial, mientras que los chiitas representan tan solo un 13%. Son de mayoría sunita: Arabia Saudita, Afganistán, Pakistán, Jordania, Kuwait, Yemen, Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Túnez, Qatar, Libia, Turquía, Siria… Y, chiitas, Irán. Azerbaiyán, Bahréin, Irak, Líbano… Como se puede observar la gran mayoría de musulmanes por países pertenecen al grupo sunita; sin embargo los conflictos se desatan en casos como el de Siria que tiene un predominio de musulmanes sunitas pero su gobierno es del grupo chiita o al contrario como en el caso de Bahréin con un predominio de musulmanes chiitas en su población pero con un gobierno de corte sunita.

Otro motivo que causa conflicto entre estas comunidades es el nombramiento de líderes. Los sunitas reconocen como líderes a Abu Bakr, suegro de Mahoma, y a los tres primeros califas justos, Umas, Uthman y Alí. Mientras que los chiitas consideran como líder a Ali ibn Abi Talib, el primo y yerno de Mahoma, y no reconocen legitimidad del gobierno de los tres primeros califas justos. Estos dos grandes grupos tienen también subramas y organizaciones independientes. Entre las subramas del grupo sunita se encuentran los wahabitas mientras que los chiitas tienen varias subramas, imamíes, alauitas, ismaelitas, drusos y zaidíes. Sin embargo estos subgrupos no han causado el impacto internacional que tiene las organizaciones de cada grupo principal. Las organizaciones del grupo sunita son: Al Qaeda, Hamas, Talibán, Estado Islámico y los Hermanos Musulmanes. Hay varias consideradas terroristas por sus acciones violentas dentro y fuera de sus territorios. Por otro lado, solo hay una organización acusada de ejercer el terrorismo en el grupo chiita: Hezbola.

Los chiitas creen que los imames, líderes espirituales, son infalibles en todos los asuntos, actos, principios y creencias y que además son intermediarios entre el pueblo y Dios. Los chiitas esperan la llegada del duodécimo imam quien será el nuevo líder musulmán. En este punto los sunitas están en completo desacuerdo ya que ellos creen que la adoración a Alá debe ser directa y sin intermediarios. Los sunitas reconocen, además del Corán, a la sunna que son las tradiciones del profeta y los chiitas reconocen al Akhbar que es la noticia sobre el profeta. El matrimonio temporal está prohibido para los sunitas pero permitido entre los chiitas. Los lugares de peregrinación, para los sunitas son la Mezquita Masjid al- Haram en La Meca, la Mezquita del Profeta en la Medina y la Mezquita de Al-Aqsa en Jerusalén. Para los chiitas, además de las tres anteriores, también tienen como destino sagrado el Mausoleo de imam Hussein en Karbala, Irak.

Equivocadamente se suele tildar a Obama como pacifista, cuando no ha tenido reparo alguno en sumarse a la apuesta militarista de Bush

La ley no citaba específicamente a Arabia Saudí, pero sus promotores, entre ellos familias de víctimas del 11-S, la defendieron. Había datos alarmantes como el que 15 de los 19 terroristas que secuestraron cuatro aviones en territorio estadounidense eran ciudadanos saudíes. Un informe desclasificado en julio determinó que algunos yihadistas tuvieron contacto con personas que “podrían estar conectadas” con el gobierno árabe. En primera instancia, si observamos la respuesta estadounidense al terrorismo del islamismo radical, y sus planteamientos de seguridad desde el 11-S hasta hoy, pareciera que Obama había dado la vuelta por completo a la ideologizada estrategia militarista de su predecesor. Sin embargo, una mirada más atenta nos descubrirá que, en esencia, mantuvo buena parte de los instrumentos empleados y los mismos objetivos: evitar que se repita un ataque similar y defender los intereses planetarios de quien se sigue viendo a sí misma como la nación indispensable. Lo que afortunadamente se perdió por el camino fue la carga mesiánica que movía a Bush, dando paso a un gobernante más pragmático, centrado en preservar el liderazgo mundial de su país con un uso más realista de sus inmensos recursos.

Equivocadamente se suele tildar a Obama como pacifista, cuando no ha tenido reparo alguno en sumarse a la apuesta militarista de Bush (recordemos la surge en Irak), ampliándola a muchos otros escenarios como Libia, Somalia o Yemen. Así, durante su mandato apostó decididamente por la militarización de la CIA, el empleo de drones (aviones no tripulados) para eliminar a sus enemigos, el creciente protagonismo de las unidades de operaciones especiales y el apoyo a fuerzas locales de socios o aliados más o menos presentables. Y aunque estos sean instrumentos menos visibles, no son en ningún caso menos letales que las unidades convencionales que su antecesor desplegaba en aquellos países que suponían alguna amenaza a sus intereses. Es, en resumen, otra forma de hacer la guerra, en la que la aversión a desplegar tropas propias en el terreno lleva a aprovechar al máximo las ventajas de la tecnología militar, al tiempo que se potencia a actores locales (con asesoría, instrucción y suministro de equipo y armamento) para que asuman la pesada carga del combate terrestre. A este punto se ha llegado tras las amargas lecciones extraídas de Afganistán e Irak, ejemplos de decisiones equivocadas de los agentes secretos de la inteligencia militar al pensar que los soldados estadounidenses serían recibidos por las poblaciones locales como héroes liberadores, al creer que la superioridad tecnológica de la maquinaria militar evitaría desgastarse hasta el límite de las capacidades propias en escenarios que no eran vitales (mientras Rusia y China asomaban con fuerza en otros que sí lo eran) y al considerar que la sociedad (y los oponentes políticos) asumirían sin rechistar las bajas propias y la desatención a necesidades internas más acuciantes.  Mientras tanto, como era previsible aun a pesar de la eliminación de Osama Bin Laden, el monstruo no solo sigue estando ahí, con Al Qaeda y sus franquicias regionales plenamente operativas, sino que se diversificó con el Estado Islámico, los grupos locales inspirados por estos referentes en diversos países y hasta los llamados ‘lobos solitarios’, que también se sienten parte de una guerra global ‘urbi et orbi’, bendecida por el propio Osama Bin Laden, su ex ‘Papa’ en la tierra, cuyo ‘Vaticano’ estaba en las montañas de Tora Bora en Afganistán.

La libertad de expresión y el derecho a la blasfemia enorgullecían a los franceses hace cinco años, hasta el ataque a Charlie Hebdo

Se lo conoce como el “Juicio de Charlie Hebdo”, pero el megaproceso que comenzó este miércoles, 2 de septiembre, en París va mucho más allá. Los 49 días de juicio contra 14 acusados de complicidad con los autores materiales de los atentados de enero de 2015, con casi un centenar de abogados, 144 testigos y 200 personas constituidas como acusación civil, abrirán sin duda las heridas de los familiares y amigos de las 17 víctimas mortales de la primera oleada de unos ataques yihadistas en Francia que desde entonces han costado la vida a más de 250 personas. Una pesadilla que comenzó el 7 de enero de 2015 con el ataque de los hermanos Chérif y Said Kouachi a Charlie Hebdo en el que murieron iconos de la revista satírica como su director, Charb, o los dibujantes históricos Cabu, Tignous o Wolinski. El horror continuó con el asesinato, un día después, de una policía en las afueras de París a manos de otro extremista, Amedy Coulibaly, quien cerró su ruta asesina con otra matanza, el 9 de enero, en el supermercado judío parisino Hyper Cacher. Pero el juicio es, también, un proceso que va a obligar a Francia a plantearse su posición, cinco años después de unos atentados que cambiaron para siempre al país, ante cuestiones clave como la libertad de expresión y el derecho a la blasfemia, la laicidad o el antisemitismo. La respuesta inquieta a más de uno.

En materia de antisemitismo, “la sociedad francesa no ha despertado tras el ataque del Hyper Cacher, como no despertó tras el asesinato de tres niños en una escuela judía en Toulouse en 2012 ni tras el asesinato de Ilan Halimi”, un joven judío secuestrado y torturado en 2006, lamenta Patrick Klugman, abogado de 16 víctimas del hipermercado judío en el que fallecieron cuatro rehenes antes de que Coulibaly fuera abatido. En entrevista con un grupo de corresponsales, Klugman habla de una “paradoja francesa”: Francia es “el país que tiene el mayor número de actos antisemitas y, a la vez, tiene el arsenal más completo para combatirlos y una clase política extremadamente movilizada. Pero el problema está allí. Francia es un país muy fracturado y el antisemitismo es una de las manifestaciones más visibles de esas numerosas fracturas, porque además es el único punto de encuentro entre alguien de extrema izquierda y otro de extrema derecha, entre muy ricos y muy pobres, entre un francés de viejo linaje y alguien de la periferia parisina de origen extranjero. Es un virus extremadamente expansivo”.

Las cosas tampoco parecen ir mucho mejor en materia de libertad de expresión. ¿Se atrevería hoy alguien a publicar las caricaturas de Mahoma que fueron el detonante del atentado contra Charlie Hebdo?

“El móvil del crimen era la voluntad de prohibir criticar a Dios, es decir, la libertad de expresión, resumiendo, la libertad”

“Honestamente, no sé quién lo haría hoy, el miedo ha ganado, porque la vida que ha tenido el equipo de Charlie no la quiere nadie”, confiesa Caroline Fourest. La periodista francesa colaboró con la revista y es una firme defensora de todas las libertades que, afirma, encarna esta publicación irreverente desde sus comienzos. “Charlie Hebdo es la tradición satírica y, por tanto, la libertad de expresión crítica que nos ha permitido poner a la iglesia en su lugar y posibilitar así que emergiera la república. Esa tradición de caricatura y sátira es la fuente de todas nuestras libertades, incluidas las que disfrutan hoy las minorías o las mujeres, gracias a la laicidad”, resume la también ensayista, autora de títulos como ‘Elogio de la blasfemia’ o ‘Generación ofendida’. En el banquillo se sentarán los denominados segundos cuchillos, 11 acusados (otros tres están bajo orden de busca y captura, entre ellos Hayat Boumeddiene, pareja de Coulibaly) de haber ayudado material o intelectualmente a los primeros cuchillos, los autores materiales, que murieron tras los ataques.

Fourest coincide con el abogado de Charlie Hebdo, Richard Malka, para quien el juicio es un proceso sobre la libertad de expresión -“el móvil del crimen era la voluntad de prohibir criticar a Dios, es decir, la libertad de expresión, resumiendo, la libertad”, declaró en la revista Le Point- que debe hacer reflexionar también a los que, con sus críticas a Charlie, se convirtieron en “cómplices intelectuales” del mismo. “Es importante que nos interroguemos sobre la responsabilidad de los terceros cuchillos, los que señalaron a Charlie como un posible objetivo a fuerza de estigmatizarlo, de llamarlo racista, con una deshonestidad intelectual muy peligrosa e inflamable”, afirma Fourest. Sobre todo porque, advierte, hay incluso en la izquierda un sector “identitario” que está formando el pensamiento de los jóvenes y que “confunde la crítica de las ideas, incluso la crítica de la religión, con la crítica de las identidades, lo que impide el debate sobre el integrismo religioso. Confunden el derecho a la blasfemia con el racismo, y envenenan nuestro debate público en un contexto en el que existen siempre asesinos que pueden ampararse en esa confusión para sentirse legítimos y autorizados para matar” como lo hicieron los hermanos Kouachi, Coulibaly y sus cómplices ahora llamados a responder ante la justicia.

Mientras seamos capaces de responder ante el terrorismo con procesos democráticos significa que seguimos en pie y que ellos no han ganado

Francia fue el primer país del mundo en abolir el delito de blasfemia, tras la Revolución Francesa en 1789. Dos siglos después, solo el 50% de los franceses se muestran favorables al “derecho a criticar, incluso de manera escandalosa, una creencia, un símbolo o un dogma religioso”, según una encuesta realizada en febrero. Los críticos con la blasfemia son en gran medida jóvenes, reveló el sondeo de Ifop para Charlie Hebdo. En lo que va de año, el país se ha visto sacudido por el caso Mila, una adolescente que sufrió tales amenazas por decir en sus redes sociales que “odiaba” el islam que tuvo que cambiar de colegio. En julio, centenares de internautas reclamaron la supresión de la cuenta satírica de Twitter Dieu officiel (Dios oficial), que tiene 1,2 millones de seguidores, por considerarla blasfema. “Ante una secularización de la sociedad que continúa (en Francia hay cada vez menos creyentes y más agnósticos y ateos), constatamos que ciertos creyentes exacerban su identidad religiosa y se muestran mucho más intolerantes ante las críticas de otros de sus prácticas culturales”, señala el relator del Observatorio de la Laicidad, Nicolas Cadène. No significa que la sociedad francesa sea menos tolerante hoy que hace cinco años. “El índice de tolerancia no parece bajar. Pero creo que el miedo y el repliegue en los valores refugio, como son las religiones, están aumentando”, explica por correo electrónico.

¿Han ganado entonces los extremistas, como se preguntaba Le Point? “Cinco años después, colectivamente hemos perdido ligereza, despreocupación y, probablemente, un poco de libertad”, reconoce Klugman. Pero de ahí la importancia del juicio. “Este tipo de procesos contribuyen a mejorar nuestra inmunidad colectiva, que es nuestra capacidad de responder, mediante el derecho, al terror. Mientras seamos capaces de responder ante el terrorismo con procesos democráticos, seguimos en pie y eso es muy importante para nuestra sociedad. Es un ejercicio democrático, una prueba de resistencia. Este juicio significa que seguimos en pie y que ellos no han ganado”.

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