¿Qué hace China ‘dirigiendo’ el Museo de Carlos Marx en la ciudad alemana de Tréveris?

El Bestiario

Para los aproximadamente 150,000 chinos que la visitan cada año -más que a cualquier otro destino alemán, el legado de Tréveris como el lugar de nacimiento de Karl Marx es el principal atractivo. Reconocido como el padre del socialismo, Marx creía que la lucha entre las clases dominantes y las clases oprimidas estaba impulsada por la propiedad privada de los bienes y servicios -básicamente el capitalismo-. El filósofo sostuvo que la transferencia de la administración de los bienes y servicios de los individuos al Gobierno liberaría a la sociedad de la opresión de clase. “Si nos desviamos o abandonamos el marxismo, nuestro partido perdería su alma y su dirección”, dijo recientemente el presidente chino, Xi Jinping. Tréveris posee la mayor cantidad de ruinas del Imperio romano fuera de Roma y los viñedos de sus alrededores producen algunos de los mejores vinos del país. Además, muchos chinos consideran un héroe al filósofo alemán. En honor al bicentenario del nacimiento de Carlos Marx en 2018, se imprimieron miles de billetes de cero euros con la cara del filósofo (en el mismo papel que los euros válidos y con las mismas filigranas), para venderlos como souvenirs.

Pero los abusos contra los derechos humanos que han tenido lugar en las naciones comunistas, incluida China, han convertido a Marx en una figura controvertida. En Alemania, muchos lo critican. En particular, los antiguos residentes de Alemania Oriental, que alguna vez estuvieron sujetos al régimen comunista. “No es responsable de lo que las personas hicieron con sus ideas. Es verdad que Tréveris ignoró a Marx durante casi 200 años, pero después de la caída del Muro de Berlín, la mayoría de los residentes aceptaron a Marx como un famoso hijo de la ciudad, nos comentaban los ciudadanos chinos residentes. Paralelamente están en marcha los planes para conmemorar el 200 aniversario, en 2020, del nacimiento de Friedrich Engels, que editó ‘El Capital’ y fue coautor del ‘Manifiesto Comunista, con Marx. Carlos Marx siempre será una figura divisiva, pero no fue demasiado difícil reconocerlo como un hijo de la ciudad.

Una de las celebraciones más importantes fue la derrota de Donald Trump este pasado 3 de noviembre durante las reelecciones presidenciales, siendo derrotado por el demócrata Joe Biden. La casa natal del autor de ‘El Capital’ y ‘El Manifiesto Comunista’ ha sido ‘penetrada’ por los populistas de “un país y dos sistemas’, un claro síntoma de la crisis que afecta a la socialdemocracia europea; puede que en el PSOE de España, como en la película ‘Los Otros’, Pedro Sánchez esté muerto y los habitantes de la casa y los espectadores, sin enterarnos; no muy lejos del icono inmobiliario socialista está La Porta Nigra, una puerta erigida en la época romana, por donde pudieron pasar ciudadanos del Pekín ancestral, y donde hay instalada hoy una exposición amable dedicada al populista Nerón, acusado de incendiar Roma, aunque logró, al final, echarle los muertos a los cristianos y a otros bárbaros venidos de Oriente; un equipo arqueológico ha encontrado dos esqueletos de asiáticos en un antiguo cementerio de Londres del siglo II, contemporáneo con el monumento emblemático de Tréveris, Trier, en la Renania de Alemania.

Santiago J. Santamaría Gurtubay

Todo pareciera que estamos ante un cuento chino, pero no lo es, como no lo es la crisis que está minando a la socialdemocracia en España y Gran Bretaña, y a sus emblemáticos PSOE y Partido Laborista; Mao Tse Tung y Deng Xiaoping ‘carcajean’ con Pedro Sánchez y Jeremy Corbyn. En las ciudades de la antigua Roma convivían culturas y pueblos, en sus calles podían escucharse decenas de lenguas que se mezclaban con olores de comida de todo el mundo. En los tiempos del politeísmo, los diferentes dioses se confundían y multiplicaban. Los viajes eran frecuentes y, muchas veces, lejanos. Sin embargo, un reciente descubrimiento puede ampliar todavía más esas fronteras. Un equipo de Museo de Londres ha investigado el origen de 22 individuos que fueron enterrados en un antiguo cementerio situado en el sur de la ciudad utilizado entre los siglos II y IV de nuestra era y se han llevado una tremenda sorpresa: dos ellos provenían casi con toda seguridad de Asia, probablemente de China. ¿Qué hacían dos chinos viviendo y muriendo en el Londres romano? Es un misterio al que, por ahora, la arqueología no puede responder sólo señalar que estuvieron allí. “Estudiamos la morfología de los esqueletos”, explica la arqueóloga Rebecca Redfern, conservadora del Museo de Londres y responsable de la investigación en el cementerio de Lant Street, que será publicada en el Journal of Archaeological Science. “Hemos utilizado técnicas macromorfoscópicas [un análisis forense que permite determinar los ancestros analizando la forma de la cara y otras aspectos morfológicos] y los hemos comparado con poblaciones actuales. Nuestros resultados nos muestran que tienen ancestros asiáticos y que estas dos personas no pasaron sus infancias en Inglaterra. Cuando nos lleguen los resultados genéticos sabremos con certeza si son asiáticos, pero por los datos que manejamos ahora estos individuos están más cerca de poblaciones japonesas o chinas que de cualquier otro lugar”.

No es la primera vez que aparecen asiáticos en el antiguo Imperio -en 2010 se realizó un hallazgo muy similar en Vagnari, en el sur de Italia, confirmado además por el ADN-; pero hasta ahora nunca habían sido encontrados en Gran Bretaña, que entonces se encontraba en la frontera occidental de Roma junto a Renania y a su Tréveris -Trier en lengua germánica-, la ciudad más antigua de Alemania. Las relaciones entre Asia y Roma existían sin duda, porque las dos potencias intercambiaban bienes y eran conscientes de su existencia mutua, pero las pruebas arqueológicas son mínimas y muchas veces discutidas. De hecho, algunos expertos como la bioarqueóloga de la Universidad de West Florida Kristina Killgrove han pedido prudencia hasta que se conozcan los resultados genéticos definitivos. Pese a ello, en un artículo publicado en la revista Forbes asegura no tener “dudas de que personas de ascendencia asiática vivieron en diferentes lugares del Imperio”.

“Hemos realizado numerosos estudios de esqueletos de la época romana encontrados en Londres para determinar su origen y han revelado que los residentes de Londinium tenían ancestros que provenían de una enorme variedad de lugares de todo el Imperio, que incluyen el Mediterráneo, el norte de África y ahora Asia”, explica Redfern para explicar que se trata de un hallazgo raro, pero tampoco extraordinario en una civilización que era realmente global. Las evidencias más sólidas de las relaciones entre China -entonces en manos de la dinastía Han- y el Imperio romano provienen de Asia: la principal prueba es un relato chino del año 166 de nuestra era recoge la llegada de un embajador de Marco Aurelio, emperador de 161 a 180.

Soldados romanos de Craso, derrotados en la batalla de Carras, acabaron en las estepas asiáticas, ‘La leyenda de la legión perdida’

‘La leyenda de la legión perdida’, en cambio, nunca ha logrado ser corroborada con la arqueología: esta teoría, defendida entre otros en los años cincuenta por el sinólogo de Oxford Homer Dubs y sobre la que Santiago Posteguillo ha escrito una novela que lleva precisamente ese título, es tan apasionante como etérea. Según esta historia, una de las legiones que Craso comandó contra los partos, derrotada en la batalla de Carras (53 antes de Cristo, todavía en la República), acabó en las estepas asiáticas. Hace diez años se presentó una investigación del ADN la población china de Liqian, una localidad situada en el borde del desierto del Gobi, cuyos habitantes poseen un 56% de genes caucásicos y presentan rasgos extrañamente occidentales. ¿Son los descendientes de aquellos legionarios? También los habitantes de un valle de Pakistán dicen provenir de los soldados de Alejandro Magno (de cuya presencia sí aparecieron, en cambio, sólidas pruebas como la ciudad de Aï Khanun en Afganistán).

Los romanos llamaban a los chinos Seres, el pueblo de la seda, porque este producto estaba en la base de su comercio: enormemente codiciada y valiosa en el Imperio, el secreto de su producción no llegó a Occidente hasta el siglo VI a través de Bizanzio. Tal vez aquellos chinos de Londres eran comerciantes, tal vez embajadores, tal vez esclavos, tal vez ni siquiera eran chinos. En cualquier caso, el hallazgo del cementerio de Lant Street no hace más que agrandar el misterio… ¿Qué hace China ‘dirigiendo’ el Museo de Carlos Marx en Tréveris? La casa natal del autor de ‘El Capital’ y ‘El Manifiesto Comunista’ ha sido ‘penetrada’ por los dirigentes actuales chinos, edulcorando su ‘capitalismoPPCh’ y los sucesos de Tianamén de 1989. No muy lejos está La Porta Nigra, una puerta erigida en la época romana, por donde pudieron pasar ciudadanos del Pekín ancestral, y donde se instaló una exposición amable dedicada al populista Nerón, acusado de incendiar Roma… Se me olvidaba, entre la Porta Nigra y el Museo de Carlos Marx hay un restaurante chino, con codillo, salchichas y cerveza fermentada en su menú. No faltan imágenes del reformista Deng Xiaoping…

Una vaca bloqueaba una carretera, Deng Xiaoping le musitó que iba a nombrarla jefe del partido; el animal salió corriendo

Recuerdo una anécdota de finales de 1989. Meses después de las protestas de la plaza Tiananmen, que desencadenaron la purga del entonces secretario general del Partido Comunista Chino (PCCh), Zhao Ziyang, por simpatizar con los estudiantes-, circuló en Pekín un chiste político que sintetizaba los riesgos que jalonan el camino hacia el poder en el país asiático. Contaba que en una ocasión iba el líder chino Deng Xiaoping en un coche con otros dos altos dirigentes cuando encontraron que una vaca bloqueaba la carretera. Uno de los funcionarios amenazó al animal con declarar la ley marcial -como había hecho Deng durante las manifestaciones de Tiananmen-, pero este no se movió. El otro le advirtió que enviarían al Ejército, y la vaca se puso rápidamente de pie. Pero no fue hasta que Deng musitó en la oreja al bovino que lo iba a nombrar jefe del partido que el animal salió corriendo asustado. La broma debió de sonar dura a muchos en aquellos meses tristes, cuando el país estaba aún sacudido por los efectos de la matanza en la madrugada del 4 de junio, pero resumía lo que había ocurrido en el pasado y volvería a ocurrir en el futuro a algunos de quienes ambicionan el poder en este país de régimen de partido único y equilibrios delicados entre las distintas facciones.

Días a atrás visité la ciudad de Tréveris junto Alain Bravo Rodríguez, quien sacó las fotos que acompañan a este El Bestiario y acudimos al lugar que, treinta años atrás, era visita de culto obligada de los socialdemócratas españoles y como no de muchos demócratas ibéricos. Los daguerrotipos de entonces los sacaron Isabel y Cristina Aldalur. Era un secreto a voces que la familia socialdemócrata europea de los Olof Palm de Suecia y Willy Brandt de Alemania, esencialmente, apoyaron financiera e ideológicamente la ‘Transición Democrática’ de España, tras el final de franquismo, con la muerte del caudillo Francisco Franco. Por aquel tiempo, los Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero,  militantes de base del PSOE y años después, presidentes socialistas españoles, eran todavía marxistas leninistas. No pudieron desprenderse, ni en pleno verano ‘sartreniano’ de Sevilla y León, de las bufandas rojas del Mayo de 1968 francés y de los adoquines de las avenidas parisinas, que se trajeron como fetiches de sus fiebres de Paul Sartre. Muy pronto dejaron de ser marxistas leninistas y hay algún malintencionado que afirma todavía que falta muy poco para que se el Partido Socialista Obrero Español, expulsara la o de obrero… Todo quedó en un intento fallido.

La socialdemocracia europea abandonó el marxismo en 1959 y elaboró una “una visión diferente de las relaciones entre capitalismo y socialismo”

Tras el final de la Segunda Guerra Mundial la socialdemocracia europea abandonó el marxismo y elaboró una “una visión diferente de las relaciones entre capitalismo y socialismo”, y su propuesta se centró en “una mayor intervención estatal en los procesos de redistribución que en los de producción, de forma que una política fiscal progresiva permitió consolidar eficazmente la red asistencial que configura el Estado de bienestar”. El momento decisivo se produjo en 1959 cuando en el Congreso de Bad Godesberg el Partido Socialdemócrata Alemán abandonó el marxismo, renunciando a “proclamar últimas verdades”, e identificando completamente socialismo y democracia. Así el SPD se propuso crear un “nuevo orden económico y social” conforme con “los valores fundamentales del pensamiento socialista” -“la libertad, la justicia, la solidaridad y la mutua obligación derivada de la común solidaridad”- y que no se consideraba incompatible con la economía de mercado y la propiedad privada. Frente a la aceptación del capitalismo propugnada por el SPD y el resto de partidos socialdemócratas del centro y del norte de Europa, sus homólogos del sur elaboraron una alternativa que llamaron socialismo democrático en la que no renunciaban a alcanzar el socialismo, aunque siempre mediante el respeto a las reglas de la democracia -los partidos comunistas del sur también se sumaron a esta iniciativa construyendo su propia alternativa ‘socialista democrática’ que llamaron eurocomunismo-.

Los ideales de la nueva socialdemocracia heredera del “revisionismo reformista” quedaron plasmados en la Declaración de Principios de la Internacional Socialista de 1989 en la que se proclamó que “una democracia más avanzada en todas las esferas de la vida: la política, la social y la económica” es el marco y a la vez el fin del socialismo. Así pues, según los socialdemócratas no existe un conflicto entre la economía capitalista de mercado y su definición de una sociedad de bienestar mientras el Estado posea atribuciones suficientes para garantizar a los ciudadanos una debida protección social. En general, esas tendencias se diferencian tanto del social liberalismo como del liberalismo progresista en la regulación de la actividad productiva, y en la progresividad y cuantía de los impuestos. Y esto se traduce en un incremento en la acción del Estado y los medios de comunicación públicos, así como de las pensiones, ayudas y subvenciones a asociaciones culturales y sociales. Algunos gobiernos europeos han aplicado en los últimos años una variante de la Tercera Vía que es un poco más próxima al liberalismo, con un menor intervencionismo y presencia de empresas públicas, pero con el mantenimiento de las ayudas y subvenciones típicas de la socialdemocracia -cuyo principal exponente ha sido el laborista británico Tony Blair-. Por lo demás, su ideología en temas sociales es equiparable a la del resto de la izquierda política.

Puede que en el PSOE, como en la película ‘Los Otros’, Pedro Sánchez esté muerto y los habitantes de la casa y los espectadores, sin enterarnos

Pedro Sánchez, el presidenciable por la izquierda histórica española, se ha enrocado en una interpretación sui géneris de los estatutos del PSOE para atribuirse la autoridad de que ha sido desposeído por la mayoría de su Comisión Ejecutiva. Los barones próximos a Susana Díaz, la líder en Andalucía, han cumplido su amenaza y han precipitado la renuncia en tromba de la mayoría de la dirección (17 miembros). El reglamento es taxativo al respecto: al quedar vacante la Ejecutiva, ésta desaparece automáticamente como órgano de dirección y el secretario general deja de serlo. Por eso, ante el vacío de poder, al Comité Federal, máximo órgano entre congresos, le toca asumir las riendas de la organización y convocar un congreso extraordinario. Sin embargo, la guardia pretoriana de Sánchez (18 miembros) pretende hacer valer otra interpretación de los estatutos, según la cual la Comisión Ejecutiva, aunque mermada, sigue existiendo y puede tutelar sin problemas la convocatoria del congreso extraordinario. 

La fractura es ya tan grave que a estas alturas la militancia y la opinión pública tienen motivos para preguntarse si Pedro Sánchez sigue siendo -como mantiene- secretario general del PSOE o es sólo un desahuciado político acuartelado en Ferraz y dispuesto a que sean los juzgados los que decidan el futuro del partido. Si hasta ahora Pedro Sánchez había justificado su intención de conformar una alternativa al PP y no doblegarse ante Mariano Rajoy con argumentos políticos a tener en cuenta -el mandato del Comité Federal y su oposición frontal a un candidato manchado de corrupción-, su absurdo atrincheramiento lo invalidan definitivamente. El sentido común basta para concluir que cualquier dirigente a quien su equipo da la espalda pierde la autoridad. Parapetarse en interpretaciones interesadas de los estatutos para permanecer en el poder y estar dispuesto a ir a juicio es una apuesta suicida que sólo puede precipitar la implosión de su partido. Puede que en el PSOE, como en la película ‘Los Otros’, del director vasco Alejandro Amenábar, Pedro Sánchez esté muerto y los habitantes de la casa y los espectadores, sin enterarnos.

Ni el PSOE ni el Partido Laborista han sabido convencer a los electores pese a la caótica situación que viven sus respectivos países

La primera vez que ganó Corbyn, en septiembre de 2015, el partido acababa de perder las generales tras virar a la izquierda con Ed Miliband y se planteaba moverse hacia el centro izquierda. Los pesos pesados del Nuevo Laborismo, con Blair y Brown a la cabeza, pedían ese cambio para volver a ganar elecciones. Sin embargo el partido se alejó más a la izquierda aún al elegir a Corbyn con el apoyo masivo de los sindicatos. El partido quedó dividido. El deterioro del liderazgo de Corbyn se acrecentó con su tibia aportación a la campaña en contra del Brexit. Ni el PSOE ni el Partido Laborista han sabido convencer a los electores pese a la caótica situación que viven sus respectivos países. Pero, ¿se pueden comparar realmente la crisis en ambos partidos? “Ambas tienen su origen en la amenaza a los partidos políticos tradicionales que ha sido creada por las fuerzas económicas globales”, dice Tony Travers, profesor de Política de la London School of Economics. “La izquierda todavía tiene que formular una alternativa que sea atractiva para los votantes de centro. Los partidos tipo socialista y laborista ahora se enfrentan a la necesidad de apelar tanto a los votantes de centro como a los más radicales de extrema izquierda”.

La crisis de la socialdemocracia podría extenderse más allá de Reino Unido y de España. Afirma Travers que “probablemente no es sólo una ‘crisis’ de la socialdemocracia, sino un gran desafío para todos los partidos mayoritarios”. Y pone como ejemplo la irrupción de políticos como Donald Trump y Bernie Sanders en los Estados Unidos. “Hay un descontento con la política del día a día y un deseo cada vez mayor entre los votantes para que se produzca algún tipo de cambio. No está claro que la mayoría de los votantes sepan realmente qué tipo de alternativa quieren, y menos aún existe un acuerdo”. Y asegura que, como consecuencia de todo esto, “existe una fragmentación y un crecimiento de nuevos partidos populistas”.

El auge de Corbyn con el de Podemos en España o Syriza en Grecia hasta el punto que se le ha llamado “el Pablo Iglesias o el Tsipras británico”

Muchos expertos en Reino Unido han comparado el auge de Corbyn con el de Podemos en España o Syriza en Grecia hasta el punto que se ha llamado a Corbyn “el Pablo Iglesias o el Tsipras británico”, aunque Corbyn, de 67 años, tiene una extensa trayectoria política dentro del laborismo luchando contra la venta de armas a Saddam Hussein, la invasión de Irak, la intervención en Siria y en defensa de los derechos de los palestinos, entre otras causas. La diferencia es que la izquierda en Reino Unido, como consecuencia de las particularidades del sistema electoral británico, que dificulta la creación de nuevos partidos, se ha dividido dentro de uno de los dos grandes partidos tradicionales británicos. Corbyn cuenta con el apoyo del movimiento ciudadano Momentum y con el apoyo principalmente de sindicatos, de gente joven, de ecologistas, de trabajadores sanitarios y de personas desencantadas con la política tradicional. “Sin duda ambos [en referencia al movimiento de Corbyn y al de Podemos] proceden de una tradición más radical de la izquierda, que está siempre presente, pero normalmente menos visibles”, dice Travers. “También hay una revuelta contra la ‘socialdemocracia’, aunque los principales ganadores son a menudo los partidos moderados de centroderecha que parecen más capaces de mantenerse unidos”.

En los últimos meses, con Corbyn al frente, el Partido Laborista ha registrado 300,000 nuevos militantes. Corbyn se impuso a su rival Owen Smith con una claridad abrumadora en la contienda interna de su formación. El resultado de las primarias precedió al congreso laborista que ha determinado que Corbyn tenía el reto de unir el partido y de fijar la estrategia del partido para hacer frente al Brexit y ganar las próximas elecciones generales. Las encuestas indican que ahora mismo Corbyn perdería ante los conservadores. El alcalde de Londres, Sadiq Khan, avisó que el Partido Laborista no puede quedarse como un partido protesta, sino que su objetivo debe ser ganar las elecciones. Corbyn, ha afirmado que está convencido que escalarán “la montaña electoral” y que ganaran las próximas elecciones. Corbyn expuso su visión del país que, dijo, era “el socialismo del siglo XXI” y prometió “construir un Reino Unido más justo y un mundo más pacífico”. Aseguró que la inmigración (principal motivo del Brexit y esencial preocupación para los británicos) no es el problema y que se debe invertir más en las zonas con mayor inmigración. Prometió la renacionalización de los servicios públicos, una partida extra para promover el arte en las escuelas, la construcción de más viviendas sociales y “acabar con la grotesca desigualdad creada por el sistema de mercado único”. Y pidió unidad a su partido, un partido profundamente dividido y con el 80 por ciento de los diputados rebelados contra su líder.

Combate en España entre quiénes están en el “bando” de la abstención frente la investidura de Mariano Rajoy y quiénes defienden el no

Hay por lo menos dos diferencias claras entre las guerras del PSOE en el pasado y la que se libra ahora en torno a la continuidad o no de Pedro Sánchez. La primera es que nunca los conflictos anteriores desembocaron en una fractura pública de tal envergadura y en la evidencia de que la batalla es claramente táctica, partidista; y la segunda, que pocas veces los contendientes han trabajado tan poco los materiales ideológicos que deben dar causa a las luchas, hasta el punto de que el único instrumento utilitario del combate en curso consiste en definir quiénes están en el “bando” de la abstención frente la investidura de Mariano Rajoy y quiénes defienden el no, según el decir del cuestionado Pedro Sánchez. Resumidos en tan estrechos límites los debates sobre la crisis general de la socialdemocracia o la irrupción en su espacio de Podemos y sus confluencias, cuando se lanza la mirada al pasado se ve que muchas de las guerras sin cuartel dentro del PSOE obedecieron, obviamente, a luchas por el poder interno, a veces barriobajeras, donde las ambiciones personales se cruzaron con los verdaderos debates. Sin embargo, lo que resumían o traducían eran batallas políticas de bastante mayor alcance para la ciudadanía.

En 1979, el PSOE perdió las segundas elecciones generales a manos de la UCD de Adolfo Suárez. Ya se había producido la transición a la democracia y estaba promulgada la Constitución, con su corolario de primeras críticas por las excesivas cesiones que se habrían hecho durante su elaboración. Hubo un movimiento de rearme ideológico entre militantes del PSOE, que en el 27 Congreso, celebrado en 1976, se había definido como un partido de identidad marxista. Esas posiciones chocaron con las del secretario general, Felipe González, en el 28 Congreso: el líder defendió el abandono del marxismo, pero fue derrotado. En lugar de quedarse al frente de una organización que quería virar a la izquierda, González renunció a continuar en el cargo. En los cuatro meses siguientes de debates, en los que el PSOE quedó regido por una comisión gestora, cristalizó una contradicción: la gran mayoría de la militancia quería que González fuera el secretario general -muy apoyado entonces por dirigentes como Alfonso Guerra o Nicolás Redondo-. La contraofensiva desembocó en un congreso extraordinario donde González resultó reelegido con amplia mayoría y los críticos no alcanzaron el 10% de los votos. Aquella batalla reforzó la autoridad política de González y fue bien acogida por otros sectores sociales, que en 1982 prestaron a los socialistas los votos suficientes como para reunir la famosa mayoría absoluta de los 202 diputados, jamás igualada.

Las guerras dentro del PSOE entre dos almas: los marxistas de finales de los años 70 contra los “liberales” de Felipe González

Años más tarde llegó otra gran batalla. El Gobierno centrista de Leopoldo Calvo Sotelo había incorporado España a la OTAN, y el PSOE sostuvo que eso no podía ser. Felipe González cambió de criterio durante sus primeros años en el Gobierno, pero había prometido un referéndum sobre la cuestión. Lo convocó y se jugó el cargo a que la ciudadanía aceptara que España debía quedarse en la Alianza Atlántica; forzó las cosas hasta el punto de lanzar la pregunta pública de quién iba a gestionar “el no” a la OTAN, si esta era la postura triunfante. Otra vez salió con bien del traumático trance, a costa de algunos desgarros en su partido y de muchos en el seno de otros sectores de izquierda. Esa operación no pretendió tapar derrotas electorales previas: la secuencia fue la contraria, primero ganó el referéndum y luego convocó elecciones generales, en las que el PSOE retrocedió en votos y escaños, pero volvió a obtener mayoría absoluta.

Las guerras dentro del PSOE han desembocado muchas veces en la visualización de dos almas o dos sectores: los marxistas de finales de los años 70 contra los que se reclamaban “socialistas y liberales”, encabezados por Felipe González; los que exigían más rapidez en la redistribución del crecimiento económico, en torno al entonces secretario general de la UGT, enfrentado a finales de los 80 a los ministros económicos del Gobierno y a Felipe González; o las luchas de los “renovadores” contra “los guerristas” de los años 90, que traducían la tensión entre un sector más liberal y otro más clásico dentro del espacio socialista. Hasta llegar a las tensiones entre los partidarios de José Luis Rodríguez Zapatero contra un magma de viejas guardias en el decenio pasado. Los participantes en todas esas batallas se armaron con materiales ideológicos y se combatieron con notable ferocidad, pero nunca dieron la sensación de que estuvieran dispuestos a romper el PSOE como instrumento político principal del espacio de la izquierda o del centroizquierda. Por crueles que fueron las diferencias y los combates partidistas entre los principales dirigentes, siempre se observó una voluntad final de coexistir o de cohabitar.

El partido socialista español probablemente se encuentra en el momento más difícil de su historia desde el final del franquismo

La batalla en curso tiene mucha peor pinta. Una sucesión de desastres electorales, iniciada en 2011, llevó en 2014 a improvisar la solución renovadora de unas primarias, de las que surgió un secretario general prácticamente desconocido hasta entonces fuera de reducidos círculos socialistas. La gestión de Pedro Sánchez no ha conseguido detener el continuo declive de votos socialistas en las urnas, pero es difícil reconocer los ejes o las batallas políticas claras, fuera del intento actual de resumir la división interna entre los que quieren impedir el Gobierno de Rajoy a toda costa y los sospechosos de contribuir a dejarlo en La Moncloa. Resulta notable que la gran discusión del presente sea la disquisición técnico-jurídica sobre cómo debe interpretarse el artículo 36 de los estatutos del PSOE. Y eso en un país políticamente bloqueado, que lleva cerca de 300 días sin Gobierno estatal, ha votado ya dos veces en elecciones generales y, de continuar así las cosas, puede verse abocado a hacerlo en unas terceras sin garantía de que sean decisorias. La crisis va por barrios y se nota en muy diversos sectores políticos. Pero resulta particularmente grave cuando el partido que tiene la llave para lograr el desbloqueo político se encuentra tan ensimismado en sus asuntos internos, discutiendo qué “bando” tiene derecho a quedarse con la marca PSOE o si este partido debe ser de militantes o de votantes. Sin exageración puede afirmarse que esta fractura puede hacer cada vez más pequeño al PSOE y que corre el riesgo de inhabilitarle como principal instrumento de la izquierda. El partido socialista probablemente se encuentra en el momento más difícil de su historia desde la Transición.

La carrera de Pedro Sánchez como máximo responsable del PSOE no suma más que fracasos históricos. En las seis citas con las urnas en este periodo, el PSOE ha batido su récord de suelo electoral. En las elecciones andaluzas anticipadas de marzo de 2015 el PSOE ganó, se quedó sin mayoría absoluta y bajó al 35.4% (cuando había llegado hasta el 50.4% en 2004). En las municipales y autonómicas de 2015 se quedó en el 25% (el tope había sido el 43% en 1983) pero se recuperaron con pactos en autonomías como Extremadura, Castilla-La Mancha, Comunidad Valenciana, Aragón y Baleares. En las generales del 20-D, el PSOE descendió a 90 escaños (22%, casi siete puntos y un millón y medio de papeletas menos que Rubalcaba en 2011) y el 26-J volvió a hundir esa marca hasta 85 diputados y 120,000 votantes menos. El suelo se ha tocado otra vez el 25-S en Galicia y Euskadi.

Ninguna relación entre dos Estados es más importante para el destino de nuestro planeta que la mantenida por China y EE UU

Es esperable que la política de Joe  Biden hacia China sea sustancialmente diferente a la de Donald Trump y se parezca más a la de sus aliados europeos, al no interpretar a China como una amenaza existencial, sino como un desafío económico y normativo. Será una política más sofisticada que la del Gobierno republicano saliente, combinando elementos de contención, un desacoplamiento selectivo, y de cooperación, especialmente en la lucha contra la Covid-19, el cambio climático y la proliferación de armas de destrucción masiva; más multidimensional, menos focalizada en la guerra comercial y más activa en otros ámbitos como el de los derechos humanos; más preocupada por fortalecer capacidades estructurales sobre las que se sustenta la competitividad económica estadounidense; y menos unilateralista, con mayor presencia en los organismos multilaterales y coordinación con sus aliados. Si esto se concretara, podría dar lugar a actuaciones coordinadas transatlánticas para hacer frente más eficazmente a la competencia económica de China y a su rivalidad sistémica. Ninguna relación entre dos Estados es más importante para el destino de nuestro planeta que la mantenida por China y EE UU. Por un lado, un conflicto bélico entre ambos países podría tener un impacto destructivo sin precedentes. Por otro, no hay dúo que pueda superar, cuando cooperan, su capacidad para impulsar iniciativas eficaces sobre los grandes temas de la agenda global. La presidencia de Donald Trump ha supuesto un profundo deterioro de esta relación bilateral, que ha alcanzado su punto más bajo desde que Mao Zedong  y Richard Nixon protagonizasen un inesperado acercamiento diplomático hace casi medio siglo. Cuando se asiente la polvareda levantada por el controvertido mandato de Trump, y pueda evaluarse con cierta templanza, es muy posible que uno de los elementos más duraderos y significativos de su mandato sea el endurecimiento de la política estadounidense hacia China. De hecho, este es un tema en el que el presidente electo Biden ha modificado significativamente su posición durante los últimos tiempos, acercándose a algunos de los postulados defendidos por su predecesor.

Esto no significa que Joe Biden vaya a limitarse a seguir una política continuista hacia China. El consenso entre demócratas y republicanos sobre China es más limitado de lo que suele decirse, incluso en China. Aunque dentro de ambos partidos hay diversidad de opiniones sobre esta cuestión, como se desarrolla en este documento, principalmente mediante el análisis de múltiples fuentes primarias, existen importantes discrepancias tanto en el diagnóstico, la entidad de la amenaza que supone China para EE UU, como en la estrategia a seguir entre la Administración saliente y la entrante. De ahí que el previsible cambio de inquilino en la Casa Blanca conllevará modificaciones significativas de la política de EE UU hacia China, cuya transcendencia se dejará sentir mucho más allá Pekín, incluyendo en Europa. Este análisis se divide en tres partes. En la primera se resume el legado de la política de Trump hacia China, incidiendo en cómo ha afectado los planteamientos de muchos especialistas y funcionarios afines al Partido Demócrata, entre los que están asesores muy próximos a Biden, y del propio presidente electo. La segunda parte presenta las principales diferencias que se pueden esperar de la política de Biden hacia China respecto a la que previsiblemente hubiera implementado Trump en su segundo mandato. En tercer lugar, se reflexiona sobre los posibles efectos que la política de Biden hacia China tendrá sobre la relación transatlántica y sobre los vínculos de la UE con China.

Donald Trump generó un consenso entre republicanos y demócratas sobre la necesidad de endurecer la política de EE UU hacia China

El presidente saliente es una de las figuras políticas más polarizadoras de la historia de EE UU. Sin embargo, ha conseguido generar un nuevo consenso entre las filas republicanas y demócratas sobre la necesidad de endurecer la política de EE UU hacia China. La Administración Trump subrayó desde sus orígenes que China suponía una amenaza mucho mayor para EE UU de lo que habían identificado las Administraciones anteriores, incluyendo la de Obama-Biden, y que era necesario introducir más elementos de contención en su política hacia el gigante asiático. Desde esta perspectiva, se advertía que se había exagerado la capacidad de EE UU para influir sobre el sistema político chino y que la política de compromiso con China no había hecho que este país se liberalizara ni política ni económicamente de la manera que se había presupuesto en Washington durante décadas. Por tanto, el desarrollo de China dejaba de ser visto como positivo en sí mismo para EE UU, toda vez que este no se traducía en una transformación de China acorde a los valores e intereses norteamericanos, sino en el empoderamiento de una potencia ascendente y revisionista. Esto se plasmó en la Estrategia de Seguridad Nacional de diciembre de 2017, que identificaba a China como la mayor amenaza para el liderazgo estadounidense, gracias a que sus líderes explotaban de manera injusta, pero eficaz, unas reglas de juego que no respetaban, pero les beneficiaban. Esto hacía imperativo modificar los términos de la relación, so pena de erosionar irremisiblemente la prosperidad y seguridad de los estadounidenses. En vez de hacerlo mediante una política de compromiso selectivo, la Administración Trump, por boca del vicepresidente Mike Pence, optó por rescatar del cajón de la Guerra Fría la estrategia de contención China.

Esta visión rompía con la política de compromiso con China que Biden había respaldado consistentemente durante su larga carrera en el Senado y durante su vicepresidencia. Algunos de sus asesores durante la Administración Obama comenzaron a cuestionar la política de compromiso con China, acercándose a las posiciones defendidas desde la Administración Trump en un artículo publicado en Foreign Affairs en la primavera de 2018 titulado “The China reckoning: how Beijing defied American expectations”. Progresivamente, este análisis se ha convertido en mayoritario dentro de la comunidad de expertos en política exterior y próximos a Biden, compuesto, entre otros por Michèle Flournoy, Susan Rice, Antony Blinken, Kurt Campbell, Samantha Power, Ely Ratner, Jake Sullivan y los hermanos Donilon. Antony Blinken, vicesecretario de Estado durante la Administración Obama-Biden y principal asesor en política exterior del presidente electo, reconocía la existencia de este consenso en un acto celebrado el pasado julio en el Hudson Institute.

“Si China se sale con la suya, seguirá robando a EE UU y a las empresas su tecnología y propiedad intelectual”, escribe Joe Biden

El propio presidente electo ha modificado sustancialmente su visión sobre las relaciones sinoestadounidenses en el último año y medio. En un acto de campaña en Iowa el 1 de mayo de 2019, Biden criticó la guerra comercial de Trump contra China argumentando que China no era rival para EE UU debido a sus múltiples dificultades internas, derivadas en gran parte de su sistema político. Menos de un año después, en la primavera de 2020, Biden publicó un artículo en Foreign Affairs, “Why America must lead again” en el que decía que China era definida como “la verdadera amenaza económica” y “que juega a largo plazo ampliando su alcance global, promoviendo su propio modelo político e invirtiendo en las tecnologías del futuro”. Y defendía que “EEUU necesita ponerse duro con China. Si China se sale con la suya, seguirá robando a EE UU y a las empresas estadounidenses su tecnología y propiedad intelectual. También seguirá utilizando subsidios para dar a sus empresas estatales una ventaja injusta y una ventaja para dominar las tecnologías e industrias del futuro”. Esta visión del desafío de China al liderazgo estadounidense no era la de la Administración Obama-Biden, sino que es la que puso sobre la mesa la Administración Trump.

Esta reevaluación del impacto de las acciones de China sobre EEUU ha llevado a Biden a plantear la necesidad de revisar los lazos bilaterales, que antes interpretaba principalmente como una palanca de presión y de cambio de EE UU sobre China. Biden comenzó a interpretar algunos vínculos con China como una vulnerabilidad de EE UU, una dependencia que el gigante asiático puede utilizar en su beneficio. De ahí que en su programa electoral se incluyesen medidas como una revisión de las cadenas de valor en sus primeros 100 días de mandato, orientada a reubicar en EE UU cadenas de valor críticas, como las de medicamentos y equipamiento médico. La dependencia estadounidense de China había quedado patente en estos sectores durante la pandemia del Covid-19. Parece evidente, por tanto, que Biden no va a volver a una política de compromiso con China, al menos no en la forma que tomó en el pasado, sino de manera más selectiva y condicional.

China será un competidor mucho más duro de lo que nunca fue la URSS, pero muy improbable que use el paradigma de la Guerra Fría

El endurecimiento de la posición de Biden y sus allegados hacia China no significa que el presidente electo y su círculo compartan la política de la Administración Trump hacia Pekín, que han definido como “confrontacional sin ser competitiva”. Es más, ni siquiera comparten la visión de parte muy importante de la Administración saliente, con Mike Pompeo a la cabeza, que interpretaba a China como una amenaza existencial para EE UU. La Administración entrante, en la línea presentada en el manifiesto “China is not an enemy” y en el artículo “Competition with China without catastrophe”, es muy probable que considere a China como un competidor mucho más duro de lo que nunca fue la URSS, principalmente por su pujanza económica, pero muy improbable que use el paradigma de la Guerra Fría para interpretar la relación bilateral con Pekín, pues no identificará al gigante asiático como una amenaza para la propia supervivencia y sí como un socio central para afrontar temas candentes de la agenda global como el control de pandemias y la gobernanza sanitaria, el cambio climático y la no proliferación de armas de destrucción masiva.

Por tanto, la política china de la Administración Biden no será de confrontación y contención generalizadas, sino que combinará elementos de contención selectiva con otros de cooperación y compromiso. Es decir, el desacoplamiento entre las economías de ambos países será menor con Biden que con Trump, quedando limitadas las restricciones comerciales y financieras a tecnologías y sectores estratégicos o vinculados con violaciones de los derechos humanos, siendo esperable que se relaje algo la presión en el resto de sectores económicos y sobre los intercambios científicos y académicos. En cuanto a la reintroducción de elementos de compromiso en la política estadounidense hacia China, esto se verá facilitado por el hecho de que la Administración Biden no identifica a China como una amenaza existencial y considera que hay otras amenazas, como el cambio climático y las pandemias, en las que sería muy positivo colaborar con China. De ahí que de ahí que muy posiblemente se restablezcan los mecanismos de cooperación en estos campos que fueron desmantelados por el gobierno de Trump.

La política de Biden hacia China será más multisectorial y más activa en otros ámbitos como el de los derechos humanos

Además, varios expertos en política internacional próximos a Biden han planteado la necesidad de desarrollar canales de comunicación y mecanismos de gestión de crisis con China para evitar una posible escalada. Por ejemplo, Michèle Flournoy, una de las figuras que suena con más fuerza como nueva secretaria de Defensa, ha abogado más recientemente por el restablecimiento del foro estratégico bilateral entre EE UU y China, señalando que la comunicación directa y regular en esta materia es clave para evitar errores de cálculo que puedan derivar en un conflicto. Además, la política de Biden hacia China será más multisectorial que la de Trump, menos focalizada en la guerra comercial, y más más activa en otros ámbitos como el de los derechos humanos. Así se infiere de las múltiples críticas que han vertido voces afines a Biden sobre la política de Trump hacia China por subordinar a las cuestiones comerciales el resto de aspectos de la relación. Un ejemplo ilustrativo sería el artículo de opinión que publicó la embajadora Susan Rice, que suena con fuerza como posible próxima secretaria de Estado. Entre los temas a los que la próxima Administración quiere dar más visibilidad en la relación con China, el propio Biden ha apuntado a los derechos humanos en varias ocasiones.

Por ejemplo, en un documento enviado al New York Times presentando sus prioridades en política exterior, Biden dijo: “Cuando sea presidente, los derechos humanos estarán en el centro de la política exterior de EE UU. EE UU debería rechazar el autoritarismo cada vez más profundo de China, liderando el mundo libre en apoyo del valiente pueblo de Hong Kong mientras exigen las libertades civiles y la autonomía que les prometió Beijing. Lo mismo ocurre con la detención desmedida de más de un millón de uigures en el oeste de China. Este no es el momento para hacer negocios como de costumbre.” Es más, en un documento similar, publicado por el Council on Foreign Relations, Biden propuso utilizar la Ley Global Magnitski sobre Responsabilidad de Derechos Humanos para sancionar a las personas y las compañías involucradas en los campos de internamiento en Xinjiang. Habrá que ver hasta qué punto esto supone una vuelta a la hegemonía liberal como gran estrategia estadounidense. En cualquier caso, Anthony Blinken, que también suena como posible secretario de Estado, ha advertido que “esto no es una cruzada para construir un mundo de democracias a punta de bayoneta” y ha parafraseado a Biden para subrayar que la promoción de la democracia y los derechos humanos que haga la próxima administración no se fundamentará en el uso de la fuerza, sino en la fuerza del ejemplo.

Biden volverá al respeto de una sola China y buscará un compromiso tácito con Pekín para no modificar el estatus de Taiwán

Especialistas próximos a Biden también han criticado a la Administración Trump por utilizar las relaciones con Taiwán como moneda de cambio en sus negociaciones comerciales con Pekín y por cuestionar las tradicionales políticas estadounidenses de una sola China y ambigüedad estratégica hacia una posible intervención militar norteamericana en el estrecho de Taiwán. En este sentido, se espera que Biden vuelva a un respeto más escrupuloso de ambas políticas, especialmente la de una sola China, y que incluso pueda buscar un compromiso tácito con Pekín para no modificar unilateralmente el estatus de Taiwán. También es muy probable que la estrategia para competir con China del gobierno de Biden sea diferente de la de Trump, poniendo más énfasis en fortalecer las capacidades estructurales sobre las que se sustenta la competitividad económica estadounidense, asumiendo una mayor presencia en los espacios multilaterales y actuando de manera más coordinada con los aliados de EE UU. En el programa electoral de Biden se ha hecho hincapié en la necesidad de intensificar los esfuerzos del gobierno federal en áreas como ciencia e innovación, educación, formación e infraestructuras para reforzar las capacidades de EE UU en su competencia con China. Además, Biden y su equipo han cuestionado la eficacia de la política exterior unilateralista de Trump por facilitar los esfuerzos de China por ejercer posiciones de liderazgo en y desde los organismos internacionales y por debilitar las alianzas de EEUU. Esto se traducirá muy posiblemente en una renovada presencia de EEUU en los organismos y acuerdos internacionales abandonados por la Administración Trump, en un reforzamiento de sus alianzas y asociaciones en el Indo-Pacífico y en un probable ingreso en el Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico.

Valga de ejemplo de esta mayor sofisticación de la estrategia de Biden hacia China, la lucha contra el cambio climático, que será una de las grandes prioridades de la nueva Administración. Por un lado, se entiende que la cooperación con China es esencial para afrontar esta amenaza, como ya se comprobó durante la Administración Obama-Biden. De hecho, en el programa electoral de Biden se explicita la necesidad de cooperar con China en esta materia. Sin embargo, también se subraya que China debe dejar de subsidiar el carbón y de realizar proyectos altamente contaminantes en el extranjero; y que EE UU debe superar a China en la carrera tecnológica por las energías limpias antes de 2030. Para ello, Biden seguirá una estrategia multilateral y “reunirá a un frente unido de naciones para responsabilizar a China a adoptar altos estándares medioambientales en sus proyectos de infraestructura de la Iniciativa de la Franja y la Ruta”, “ofrecer a los países de la Iniciativa de la Franja y la Ruta fuentes alternativas de financiación al desarrollo para inversiones en energía bajas en carbono” y “reformar el Fondo Monetario Internacional y los bancos regionales de desarrollo”. En relación a la competencia tecnológica con China en el sector de las energías limpias, Biden también se comprometió en su programa electoral a adoptar medidas para que EE UU lidere esta carrera, destinando los recursos necesarios para acelerar la investigación y la producción en este sector.

La próxima llegada de Biden a la Casa Blanca abriría un panorama netamente positivo para la cooperación transatlántica sobre China

La llegada de Biden a la Casa Blanca será una buena noticia para la UE por numerosas razones, entre ellas, su política hacia Pekín, pues esta será previsiblemente mucho más parecida a la de la Comisión Europea y los principales Estados miembros que la de su predecesor. Al igual que Biden, muchos líderes europeos han cambiado recientemente su política de compromiso acrítico con China por otra que podríamos definir como compromiso condicional. Desde esta perspectiva, se identifica a China con diferentes roles (socio, competidor y rival) en diferentes áreas y el estrechamiento de los vínculos con este país deja de ser visto como algo positivo en sí mismo para condicionarse a su alineamiento con los intereses y valores europeos. Esta posibilidad de seguir pensando que las relaciones con China pueden desenvolverse, al menos en determinados campos, siguiendo un juego de suma positiva, separa a los líderes europeos y al presidente electo Biden de la Administración Trump y de su política de confrontación y contención hacia China. Dicha política erosionaba la prosperidad y la seguridad de los europeos, por ejemplo, suscribiendo un acuerdo comercial con China que dañaba los intereses de las empresas europeas y dificultando que la comunidad internacional pudiera articular respuestas eficaces a amenazas globales como el cambio climático o las pandemias.

Además, el presidente electo ha enfatizado su voluntad de colaborar con sus aliados europeos con una intensidad inaudita durante el gobierno de Donald Trump, hasta el punto de identificar la revitalización de las alianzas de EE UU como una de las principales prioridades para su secretario de Estado. Más específicamente, en lo concerniente a su estrategia hacia China, Biden ha explicitado su deseo de coordinar acciones con sus aliados transatlánticos para afrontar más eficazmente el desafío económico y normativo del gigante asiático. Estos posibles esfuerzos estarían orientados a aumentar la competitividad de las economías de EE UU y la UE y a presionar más eficazmente a China para que su acción exterior se ajuste a los intereses y valores democráticos. Además, estarían abiertos a la incorporación de otras democracias y serían coherentes con medidas seguidas por la UE como la firma con Japón del Partenariado en Conectividad Sostenible e Infraestructura de Calidad.

Más allá de la información sobre este asunto distribuida por Biden durante la campaña electoral, es recomendable analizar un informe que ha publicado recientemente el Center for a New American Security, titulado Charting a Transatlantic Course to Address China, entre cuyas autoras está Julianne Smith, antigua viceconsejera de Seguridad Nacional de Biden durante su vicepresidencia. Este documento presenta propuestas particularmente ambiciosas y detalladas de cooperación entre EE UU y sus aliados europeos, que podrían ser exploradas por el próximo gobierno estadounidense. A pesar de que la próxima llegada de Biden a la Casa Blanca abriría un panorama netamente positivo para la cooperación transatlántica sobre China, este nuevo escenario también puede ocultar dificultades, que podrían acentuar el actual estado de desencanto en la relación transatlántica. Por ejemplo, si no se cumplieran las expectativas de colaboración más estrecha en este campo que se están fraguando. Esto no es descartable, dados los diferentes intereses económicos y estratégicos de EE UU y sus aliados de la UE. En este sentido, hay campos en los que puede ser más beneficioso para Europa colaborar con actores chinos que con actores norteamericanos, ya sea por motivos económicos, el despliegue de las redes 5G sería un caso evidente, o para aumentar la autonomía estratégica europea.

La crítica de la Administración Trump a la tradicional política estadounidense de compromiso con China ha calado en las filas demócratas, por lo que es altamente improbable que Biden vaya a replicar como presidente la estrategia hacia China de la Administración Obama-Biden. En cualquier caso, su política hacia el gigante asiático muy posiblemente se diferenciará con nitidez de la de su predecesor, pareciéndose más a la de sus aliados europeos, al no interpretar a China como una amenaza existencial, sino como un actor con diferentes papeles (socio, competidor, amenaza…) en diferentes áreas. Será una política más sofisticada que la de la Administración saliente, al combinar elementos de contención, un desacoplamiento selectivo, y de cooperación, especialmente en la lucha contra el Covid-19, el cambio climático y la proliferación de armas de destrucción masiva; más multidimensional, menos focalizada en la guerra comercial y más activa en otros ámbitos como el de los derechos humanos; más preocupada por fortalecer capacidades estructurales sobre las que se sustenta la competitividad económica estadounidense, como investigación, desarrollo, innovación e infraestructuras; y menos unilateralista, con mayor presencia en los organismos multilaterales y coordinación con sus aliados. Si esto se concretara, parece una base prometedora para impulsar el diálogo sobre China que Washington y Bruselas acordaron establecer el pasado 25 de junio.

En principio, todo esto sería beneficioso para los aliados europeos de EEUU, pues la previsible política china de la Administración Biden es mucho más próxima a la suya que la de Trump. Además, un gobierno de Biden tendría mucho más en cuenta a la UE y a sus Estados miembros a la hora de coordinar medidas para hacer frente a la competencia económica de China y a su rivalidad sistémica, lo que aumentaría la eficacia de los esfuerzos que ya está realizando la UE en esta dirección. En cualquier caso, no hay que olvidar que los intereses económicos y estratégicos de Europa no son los mismos que los de EE UU y esto puede hacer que los vínculos con China sigan generando fricciones en las relaciones transatlánticas, especialmente cuando el próximo inquilino de la Casa Blanca va a esperar más colaboración de Europa que su predecesor.

@SantiGurtubay

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