Las vedettes de La Habana, en tiempos de Fulgencio Batista, provocan casi una guerra entre México, Cuba y Estados Unidos

Pinceladas

En la republicana y pre-revolucionaria isla del Caribe, Miss Burbujas se paseaba desnuda por Prado; Brenda montó una revista con el nombre de ‘Cocaína’; Tongolele era ‘La diosa pantera’ de Bebo Valdés, en el Tropicana; Joséphine Baker, la espía contra la Alemania nazi…

Santiago J. Santamaría Gurtubay

Ciro Bianchi Ross es destacado intelectual cubano. Consagrado periodista, su ejecutoria profesional por más de cuarenta años le permite aparecer entre principales artífices del periodismo literario en el país. Cronista y sagaz entrevistador, ha investigado y escrito como pocos sobre la historia de Cuba republicana (1902-1958). Ha publicado, entre otros medios, en la revista Cuba Internacional y el diario Juventud Rebelde, de los cuales es columnista habitual. Lo descubrí gracias al periodista y amigo personal de Prensa Latina, Edilberto Méndez, quien visitó nuestra ciudad de Cancún hace una década, siendo entrevistado en el programa ‘Desde el Café’, dirigido por Jorge González Durán. Recuerdo, durante la década que viví en La Habana, las crónicas dominicales de Ciro Bianchi en las páginas centrales del periódico  Juventud Rebelde, encabezando la programación semanal de Cubavisión y Tele Rebelde. En varias de sus crónicas narraba las tensiones ‘cubanomexicanoestadounidenses’ por culpa de las vedettes de los cabarets tan abundantes en aquella época en La Habana…

Los que la vieron apenas dieron crédito a sus ojos. Muchas cosas, ciertamente, habían ocurrido durante décadas a lo largo del Paseo del Prado -asesinatos a mansalva, atentados políticos, estafas… hasta el asalto a un banco; pero aquello superaba cualquier expectativa. Seguida por una turba de curiosos, que la exaltaba y la denostaba a la vez, una mujer en lo mejor de su edad, avanzó desde la calle Ánimas, donde descendió de un taxi, hasta el Parque Central y en su camino llegó incluso a bailar, en el mejor estilo cabaretero, algunos de los compases de ‘La Engañadora’, el popular chachachá de Enrique Jorrín, que salía a la calle desde la victrola de uno de los bares de Paseo. Al llegar a Neptuno, en los alrededores del monumento al gran periodista cubano Manuel de la Cruz, la rodeaba ya una multitud considerable. “¡Descarada!”, gritaban algunos. “¡Bárbara!”, opinaban otros y con esa palabra sintetizaban su belleza. Pero todos por igual se la comían con los ojos. Y es que aquella mujer que tenía la certeza de que ella no era como La Engañadora a la que se aludía en la pegajosa melodía del mismo título, se empeñó en demostrarlo en el atardecer del 7 de noviembre de 1953, cuando tomó la iniciativa de recorrer desnuda, o casi, una de las zonas más populosas de La Habana.

Las fotos que in situ tomó el reportero Rubén González Muñoz, del periódico Información, de la capital cubana, la muestran de cuerpo entero. Aquella dama rubia (al menos en apariencia) y cuidadosamente peinada, con abundantes méritos anteriores y posteriores -nada de almohaditas ni de rellenos, como en el célebre chachachá- cubría su generosa anatomía solo con la parte inferior de un ceñido biquini. Todo lo demás lo llevaba a la vista, aunque resguardado por una capa de agua… transparente. Como complemento de tan breve atuendo, portaba una sombrilla que abrió en cuanto salió del automóvil frente al Casino Español de La Habana. Un coro disonante de piropos de los más diversos matices y colores escoltó la entrada de la señora en el Parque Central. Los automovilistas detenían la marcha de sus vehículos y la saludaban a bocinazo limpio. Apareció al fin un desconcertado policía. “¿Qué hace usted así en este lugar?”, preguntó el agente del orden. “Solo quiero demostrar que no soy La Engañadora”. Desconocía el vigilante si se hallaba en presencia de una exhibicionista o una loca; pero de todas formas tenía que proceder, y condujo a la joven a la estación de policía de la calle Dragones, donde ella reveló sus generales.

Se llamaba Virginia Martha Lachima, bailarina norteamericana conocida en el mundo del espectáculo con el nombre de Miss Burbujas. Pronto debutaría en un cabaré de La Habana y había querido hacer una demostración de su arte, un anuncio en vivo, en el área más concurrida de la ciudad. Desde finales de los años 40, el desnudo femenino estaba a la orden del día en Cuba, y no solo en teatros pornográficos, como el Shanghái de la calle Zanja, en el Barrio Chino.  Eran numerosas las publicaciones que reproducían exclusivamente fotos de mujeres sin ropas, e incluso periódicos muy serios las incluían bajo títulos llenos de sugerente desenfado, tales como ‘El pollo del día’ o ‘El arte con vitamina C’. Las revistas teatrales tampoco querían quedarse atrás y en el Teatro Nacional, Brenda, una bailarina uruguaya, se mantuvo en el candelero al exhibir su cuerpo maravilloso. Su mérito como artista no era cosa del otro mundo, pero sí su figura. Sólida, bien dispuesta, de carnes apretadas y firmes, senos cortos, vientre redondo y pequeño, caderas de ánfora…

Brenda en La Habana llegó al clímax del escándalo cuando montó en el Nacional la revista titulada ‘Cocaína’, que en siete días dejó a sus empresarios (entre ellos, la propia bailarina) 30,000 dólares de ganancia limpia. Escribía el poeta Nicolás Guillén en su columna del diario El Nacional, de Caracas: “Presa de súbita honestidad, el gobierno decidió suprimirla. ¿La revista?, pensará el lector. Pues no. Prohibió el título, y a partir de ese momento la obra apareció en los carteles como ‘Sensación’, antes ‘Cocaína’, con lo que todo el mundo rió hasta soltar las tripas y continuó llenándose el teatro…”. Pero casi todo lo que sube tiene que bajar. Brenda desnuda empezó a aburrir en el Nacional y desnuda pasó al Teatro Martí, con lo que el público supo ya a qué atenerse. Y cuando la taquilla habló claro, la hermosa uruguaya reapareció vestida, con lo que, por lo inédito e inusitado, alcanzó el mismo éxito que cuando se presentó desnuda por primera vez. En cuanto a Miss Burbujas, desconocemos qué pasó con ella tras su tránsito por la estación de policía de la calle Dragones. Seguramente, se vio obligada a pagar una multa por el delito de escándalo público. O tal vez la Policía se mostrara compasiva con ella. O alguien, paternalmente, intercedió a su favor.  De cualquier forma, haya pagado la multa o no, el escribidor está seguro de que su generoso anuncio en vivo repercutió en la promoción de su espectáculo.

Por aquellos días -febrero de 1951- estuvo en La Habana Yolanda Ivonne Móntez Farrington. ¿Quién? Pues nada menos que la célebre Tongolele, “la bailarina de la cara seria y las caderas sonrientes”, como se le llamó en Cuba luego de sus actuaciones en el Teatro Nacional y en el cabaré Tropicana, donde se presentó como estrella en el show ‘La diosa pantera’, de Bebo Valdés. Su debut en el afamado centro nocturno no debió ser fácil, pues coincidió allí con Josephine Baker. Y todo salió bien, hasta tal punto que no podía moverse por la ciudad sin que la gente se acercara a ella. Finalmente, intervino la policía que le prohibió, recordaría la bailarina, “que anduviera por la calle o fuera a las tiendas, porque la gente que iba detrás de mí formaba un lío”.  Nació en Washington, en 1932. Su madre descendía de padre inglés y madre francesa; y su padre, de español y sueca, en tanto que por las venas de la abuela corría sangre tahitiana. Estaba predestinada para ser una bailarina exótica. Yolanda Yvonne Montes Farrington (Spokane, Washington, Estados Unidos, el 3 de enero de 1932), era una vedette y actriz estadounidense nacionalizada mexicana. Su padre, Elmer Sven Móntes, era mexicano y descendía de padre español y de madre sueca. Su madre, Edna Pearl Farrington, de padre inglés y madre francesa. Su abuela materna, Molly (Maeva), tenía sangre tahitiana en sus venas. Desde niña descubrió su pasión por la danza y trabajó en el Ballet Internacional de San Francisco (California) como parte de una revista tahitiana. Fue contratada como bailarina por Américo Mancini, famoso empresario teatral de la época. Debutó con gran éxito en el famoso cabaret Tívoli de la Ciudad de México.​ Tongolele impulsó el éxito de las ‘Exóticas’, un grupo de vedettes que causaban sensación en México a fines de los años 1940s y principios de los años 1950. Aunque surgieron otras vedettes que alcanzaron popularidad en la época (como Kalantán, Bongala y Su Muy Key), ninguna alcanzó los niveles de popularidad de Tongolele.

El problema era que Tongolele no usaba orquesta, solo ritmo, recuerda Bebo Valdés. Fue así que Alberto Ardura, el segundo hombre de Tropicana, le dijo: “Bebo, hay problema con los tambores; mira a ver si puedes poner música al número de Tongolele”. Bebo lo hizo y ella quedó tan complacida que en 1952 lo mandó a buscar para trabajar juntos en México. Pero el cubano, aunque le montó algunas piezas, rehusó el encargo porque el representante de la artista se negó a pagarle como debía. El padre de Chucho Valdés, pianista cubano de jazz afrocubano, fundador del grupo Irakere, poco antes de morir en Europa nos legó un álbum ‘Lágrimas negras’, en 2003, con el cantante de flamenco español Diego el Cigala. ‘Lágrimas negras’ es una fusión de ritmos cubanos y voces flamencas, producida por el compositor, productor y guitarrista español Javier Limón, y el editor de libros, guionista, director de cine y productor español Fernando Trueba. El ambiente era tenso tanto en Tropicana como en el Teatro Nacional. “¿Qué va a hacer Tongolele en Cuba? ¿Bailar? Es como tratar de vender helados en el Polo Norte. Gusta en México porque el público de aquí es complaciente y conformista. Allá es otra cosa. Danza y música son para los cubanos como un segundo idioma. Más aún: forman parte de su naturaleza…”.  Lo cierto es que en La Habana se convirtió en el personaje del momento. En una atracción irresistible. Su foto aparecía en todos los periódicos. Pronto hubo mujeres que imitaron su forma de vestir, y aparecieron mechones blancos en las sienes de muchas señoras. Con sus actuaciones impuso la tongomanía. Eternamente joven, fue el contrapunto de Dorian Gray. Hizo telenovelas y participó en más de 30 películas, en las que generalmente se protagonizaba a ella misma. Una se llamó ‘Han matado a Tongolele’. La dirigió Roberto Gavaldón en 1948. Muy apreciada por el público y destrozada por los críticos, fue considerada el peor filme del año. Pero es una película de culto cuyo titular, con una pequeña variación, sirvió de título a la biografía de la artista escrita por Arturo García: ‘No han matado a Tongolele’.

Joséphine Barker (San Luis, Misuri, Estados Unidos, 3 de junio de 1906 – París, Francia, 12 de abril de 1975) era considerada la primera vedette y estrella internacional, espía contra la Alemania nazi y activista por los derechos de las personas de raza negra. Baker se convirtió en un icono musical y político internacional. Se le dieron apodos tales como la ‘Venus de bronce’, la ‘Perla negra’ y la ‘Diosa criolla’. ‘La Venus de ébano’ fue su principal apodo. Joséphine llegó a ser la primera mujer afroamericana en aparecer y protagonizar una importante película, ‘Zouzou’ (1934), en integrar una sala de conciertos en Estados Unidos, y en convertirse en una animadora de fama mundial. Conocida también por sus contribuciones al movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos (Coretta Scott King le ofreció el liderazgo no oficial del movimiento en 1968 tras la muerte de Martin Luther King, pero lo rechazó). Además es conocida por ayudar a la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial, y por recibir el honor militar francés, la Croix de guerre.

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