Pancho Villa ‘jineteó’ en el descubrimiento de Machu Picchu en Perú

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Su ataque a Columbus en 1916 casi llevaría a la guerra a los Estados Unidos y México. Motivó el que Hiram Bingham, un incauto explorador estadounidense, retrasara 37 años en dar a conocer ‘La ciudad perdida de los incas’, en 1948. Decidió dejar todo para ir a combatir a uno de los jefes de la Revolución Mexicana, José Doroteo Arango Arámbula…

Hace más de un siglo que Hiram Bingham, un incauto explorador estadounidense, recorría las ruinas de esta fabulosa y oculta ciudad. Él la dio a conocer al mundo. Hiram Bingham descubrió Machu Picchu dos veces, con 37 años de diferencia. La primera ocasión fue en 1911, cuando era un joven explorador con ansias de hacerse famoso. La segunda, en 1948, cuando, casi anciano, desacreditado en su carrera política, dos veces divorciado, decidió escribir el libro ‘La ciudad perdida de los incas’, el vívido recuento de la aventura que lo convirtió en leyenda. Las dos historias no son la misma. Como suele suceder, la historia contada supera a la real. Aunque en este caso, ambas verdades son igualmente apasionantes. La diferencia entre Bingham y los que llegaron antes es que fue capaz de armar una excavación profesional. El paisaje era sobrecogedor, con montañas cubiertas de exuberante vegetación y precipicios profundos. Bingham no habría desdeñado riquezas, pero él buscaba el prestigio de un gran explorador. En su primer contacto, Bingham recorrió con curiosidad, pero sin mayor entusiasmo, la ciudadela. Machu Picchu fue un santuario superior, un mausoleo de la talla de las pirámides de los faraones. Pancho Villa (1878-1923) realizó su  famoso ataque fronterizo. Fue un evento que casi llevaría a la guerra a los Estados Unidos y México. Esta acción repercutió en el ‘descubrimiento’ de Machu Picchu…

Según las anotaciones de su diario, recogidas por su hijo Alfred en el libro ‘Retrato de un explorador: Hiram Bingham descubridor de Machu Picchu’, una lluvia fina destempló el frío amanecer del 24 de julio de 1911. La noche anterior, el grupo de americanos acampado a orillas del caudaloso río Urubamba había escuchado al dueño de la choza que se alzaba en el camino, en el lugar llamado Mandorpampa, hablar de unas ruinas incas “muy buenas” más arriba, al otro lado de la montaña que tenían enfrente, el Huayna Picchu. Hizo falta que el jefe de la expedición, el joven Hiram Bingham, le ofreciera pagarle el equivalente a 50 centavos de dólar para que Melchor Arteaga accediera a acompañarlo. Los demás miembros de la expedición prefirieron quedarse, unos para capturar mariposas y otros para hacer la colada. Acompañado por Arteaga y el sargento Carrasco, que los escoltaba y hacía de intérprete, Bingham tuvo que atravesar el peligroso río a gatas sobre un frágil puente colgante e internarse en una zona de densa vegetación, calor y humedad, hasta llegar a una pequeña explanada donde estaban asentadas dos familias de indígenas, los Richarte y los Álvarez. En ese lugar inaccesible -lejos de las levas del ejército- cultivaban sus productos sobre unas antiguas terrazas con muy buena tierra que habían limpiado y acondicionado. Solo llevaban cuatro años allí, pero conocían las ruinas que Bingham quería explorar. El paisaje era sobrecogedor, con montañas cubiertas de exuberante vegetación, manantiales de agua fresca y un cañón de precipicios profundos. No había ruinas a la vista, solo las terrazas centenarias. Así, sin mucho ruido y poco asombro, Hiram Bingham tuvo su primer contacto con Machu Picchu.

Lo que fue un encuentro casual se convirtió en el descubrimiento arqueológico más importante de América del Sur

Pero no es exactamente esa la historia que él contó poco después, cuando se fue dando cuenta del interés que podía tener esa ciudad situada en Machu Picchu (cerro viejo, en idioma quechua). Un lugar conocido por los habitantes de las cercanías, pero totalmente ignorado por la historia, por la arqueología académica de Cuzco y de Lima. Unas ruinas que no parecían haber sido saqueadas por los buscadores de tesoros, ni tocadas por los conquistadores españoles. Hiram Bingham no habría desdeñado las riquezas escondidas, pero lo que él buscaba en realidad era el prestigio y la fama de un gran explorador. Un año después regresó con una expedición perfectamente planificada. Había conseguido a partes iguales subvenciones de la revista National Geographic y la Universidad de Yale. Lo que fue un encuentro casual se convirtió para la opinión pública de todo el planeta y para los círculos académicos en el descubrimiento arqueológico más importante de América del Sur. Declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco, desde 1983 está considerada una de las siete maravillas del mundo y es visitada y admirada por miles de turistas al año. Demasiados, según los expertos.

Hiram Bingham III nació en Honolulú (Hawai) en 1875, en una familia de respetados predicadores protestantes venida a menos. Su afición a escalar montañas le vino de pequeño y seguramente las verdes cumbres del entorno de Machu Picchu le recordaron aquellos otros paisajes. Pudo pensar que el mundo se ve mejor desde la cima más alta. Siempre quiso destacar y los estudios fueron para él un trampolín social y económico. Se graduó en la universidad de Yale (Connecticut) en administración de empresas, donde, además de formar parte de una fraternidad masónica, se casó en 1899 con Alfreda Mitchell, la adinerada nieta del fundador de las prestigiosas joyerías Tiffany’s & Co. Después obtuvo otro título en la de Berkeley (California) y se doctoró en Harvard, donde enseñó historia y política. En 1907 volvió a Yale como profesor, pero lo que apasionaba a Bingham eran los viajes. América del Sur empezó a interesarle porque académicamente era territorio virgen. También un terreno apto para los negocios estadounidenses, como se encargó de propagar mediante algunas conferencias. Su primer viaje fue en 1906, con el fin de estudiar sobre el terreno la gesta libertadora de Simón Bolívar, del que quiso escribir una biografía. Un recorrido que le sirvió para descubrir su auténtica vocación, la de explorador.

Tras dar con Machu Picchu tenía sus esperanzas puestas en otros hallazgos, “no podía estar allí la última capital de los incas”

A su vuelta se creó para él la cátedra de estudios sudamericanos en Yale, y tuvo a su cargo una biblioteca especializada con 25,000 títulos. Posiblemente ahí se fraguaron sus sueños de aventura, de grandeza, aunque el destino quizá fue más generoso de lo que él se pudo imaginar. No obstante, tras su primer contacto con Machu Picchu tenía sus esperanzas puestas en otros hallazgos: estaba convencido de que los huesos encontrados en un glaciar andino eran de gran antigüedad (no lo eran) y que el monte Coropuna era la cima más alta del continente sur. Tras la difícil escalada y la medición quedó decepcionado. ¿Y las ruinas en ese lugar inaccesible? “La gente me pregunta con frecuencia: ¿cómo es que descubrió Machu Picchu?”. La respuesta es: “estaba buscando la última capital de los incas”, relata en su libro ‘La ciudad perdida de los incas’, escrito cuando tenía 73 años y la fortuna parecía haberle dado la espalda. El libro no tardó en convertirse en un éxito de ventas. Con motivo de su centenario, el libro se reeditó en inglés con un esclarecedor prólogo de Hugh Thomson, escritor de viajes y explorador. La detallada y amena descripción de su famosa aventura es recreada y adornada con elementos dramáticos que acrecientan el interés del relato y dejan de lado los datos que no contribuyen al dinamismo de la historia. “Hiram Bingham tenía todas las ventajas de su lado, con su carisma, oportunismo, conocimiento de las fuentes bibliográficas y una empecinada y casi inagotable energía. Le ayudaron dos factores: la suerte y la habilidad de explotarla”, escribe Thomson.

Con todo, Bingham no es un fabulador o un fanfarrón. Hasta el final procuró darle un aire entre científico y literario a sus andanzas. Tampoco se otorga cualidades inmerecidas. Él no era arqueólogo ni sabía nada de las culturas precolombinas en su primer viaje, aunque tuvo la suficiente capacidad de observación y empeño como para ir dándole a su descubrimiento el nivel que merecía. Porque la diferencia entre la aproximación de Bingham y la de los que llegaron a estas ruinas antes que él es que fue capaz de armar un aparato de investigación y excavación profesionales. “La expedición de la Universidad de Yale que él encabezó permitió -por primera vez en la historia- analizar una cultura prehispánica desde una perspectiva multidisciplinaria que incluyó la arqueología, la geología, la meteorología, la osteología, la patología, la topografía y la etnología, entre otras”, apunta el director de la Biblioteca Nacional de Perú (BNP), Ramón Mujica Pinilla, en el texto de presentación de la exposición ‘Descubriendo Machu’.

El explorador es considerado culpable de extraer de manera ilegal 46,332 piezas arqueológicas incas y llevarlas a la Universidad de Yale

Machu Picchu está situada sobre la cadena de montañas de Vilcabamba, a unas ocho jornadas a pie de la ciudad de Cuzco y a 2,360 metros de altura en una zona de bosques tropicales y montañas de pendientes casi verticales, flanqueada por un cañón que forma el río Urubamba. La temperatura anual oscila entre los 10 y 21 grados. Hay más de 50 variedades de orquídeas en los alrededores. Sin duda alguna, el lugar fue escogido también por sus cualidades paisajísticas, a las que los incas eran muy sensibles. Un secreto parque de ensueño, autosuficiente, apto para la meditación y el culto, aparentemente lejano de cualquier perturbación. La amenaza vino con el estruendo de los arcabuces. Los conquistadores españoles buscaban por toda la región a los incas rebeldes refugiados en Vilcabamba. Esa capital en el exilio hasta ahora no suficientemente identificada, en la que vivieron los herederos del imperio hasta 1572, cuando se apresó y decapitó al último de ellos, Túpac Amaru. Se calcula que Machu Picchu, al igual que otros recintos de importancia en las inmediaciones, fue totalmente evacuada entre 1530 y 1570, cuando patrullaban peligrosamente cerca las tropas de Hernando Pizarro y después las de Arias Maldonado. No hay evidencias de que la encontraran, aunque ese territorio tuvo propietarios españoles y criollos.

El explorador es considerado culpable de extraer de manera ilegal 46,332 piezas arqueológicas incas, propiedad del pueblo peruano, llevándoselas a la Universidad de Yale, en Estados Unidos. El 16 de septiembre de 2007, los diarios informaron al mundo de la devolución de lo solicitado por Perú. Dice Página 12 de Buenos Aires: Tomó años de reclamos y meses de negociaciones. Pero el día 15 de septiembre, el ministro de Vivienda peruano, Hernán Garrido Lecca, pudo anunciar en Lima que la Universidad de Yale va a devolver casi 50,000 piezas retiradas de Machu Picchu hace casi un siglo. Los artefactos fueron excavados por Hiram Bingham, que descubrió la ciudad perdida de los incas, y llevados a la prestigiosa universidad norteamericana. “Nos tomó catorce horas hablar, pero lo logramos”, dijo el ministro del Perú.

Un artículo del semanario Los Angeles Times manifestó que la vida de Hiram Bingham como profesor y explorador fue usada como inspiración para los fundamentos del personaje de Indiana Jones.  Indiana Jones es una franquicia de medios concebida por el director de cine estadounidense George Lucas, y conformada primordialmente por las películas ‘Raiders of the Lost Ark’ (1981), ‘Indiana Jones and the Temple of Doom’ (1984), ‘Indiana Jones y la última cruzada’ (1989) e ‘Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal’ (2008), todas ellas dirigidas por Steven Spielberg y protagonizadas por Harrison Ford. Paramount Pictures es la responsable de la distribución de las películas estrenadas hasta ese momento. ‘Sonríe’ Francisco Villa.

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